Soy el Pastor de mi Iglesia
Si Dios es Rey, el rey del universo, el Rey de Israel. Dios es pastor, el Pastor de Israel. Los salmos tienen expresiones entrañables.
Al punto acude a nuestra memoria la oración del salmo 23: “El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; | me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; | me guía por el sendero justo, | por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, | nada temo, porque tú vas conmigo: | tu vara y tu cayado me sosiegan” (vv. 1-4). Dios es el Pastor de Israel: “Pastor de Israel, escucha, | tú que guías a José como a un rebaño; | tú que te sientas sobre querubines, resplandece” (Sal 80,2).
Entre los profetas, Ezequiel ha destacado esta imagen (capítulo 34). “Vosotros sois mi rebaño, las ovejas que yo apaciento, y yo soy vuestro Dios —oráculo del Señor Dios—“ (Ez 34,31).
Ningún profeta ni guía se ha atrevido a apliacrse a sí mismo esta imagen divina. Jesús sí: Yo soy el Buen pastor. Y en el capítulo 10 de san Juan vemos ampliamente desarrollada esta Poesía, esta “alegoría” (técnicamente así llamada) del Buen Pastor. Nadie sino él ha podido decir: “yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. 11 Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,10-11).
En una de las aplicaciones él nos dice: “Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pasto” (Jn 10,9).
Y un espiritual puede comentar.
“Sus ovejas encontrarán pastos, porque todo aquel que lo sigue con un corazón sencillo es alimentado con un pasto siempre verde. ¿Y cuál es el pasto de estas ovejas, sino el gozo íntimo de un paraíso siempre lozano? El pasto de los elegidos es la presencia del rostro de Dios, que, al ser contemplado ya sin obstáculo alguno, sacia para siempre el espíritu con el alimento de vida.
Busquemos, pues, queridos hermanos, estos pastos, para alegrarnos en ellos junto con la multitud de los ciudadanos del cielo. La misma alegría de los que ya disfrutan de este gozo nos invita a ello. Por tanto, hermanos, despertemos nuestro espíritu, enardezcamos nuestra fe, inflamemos nuestro deseo de las cosas celestiales; amar así es ponernos ya en camino”. (De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios, Homilía 14).
El Buen pastor Crucificado, inspiró un soneto pastoril, bellísimo a Lope de Vega (1562-1635) , lleno de piedad de piedad y de unción: Pastor que tus silbos amorosos / me despertaste del profundo sueño. Este Pastor, Buen Pastor, (ho poimên, ho kalós, el Bueno, el Hermoso) nos inspire versos de amor, para cantarle en su Pascua en que vivimos.
Soy el Pastor de mi Iglesia,
que con mi sangre adquirí,
y con sangre de discípulos
más bella la embellecí.
Bajo el cayado amoroso
suyo me reconocí,
suyo por él conocido,
amado con frenesí.
Ser de él, solo de él,
oveja de su redil,
es ser del Padre que ha dado
la misión de ser feliz.
El Señor es mi Pastor
y el Evangelio mi atril,
la vara que me conduce
por el camino a seguir.
En el redil del Pastor
yo quiero entrar y salir,
y hallar pasto saludable,
que de él nunca me fui.
Él es la puerta, decía,
siempre abierta para mí,
sé libre, me sugería,
que libertad yo te di.
La libertad de pensar
vivir sin tener que huir;
que es la gracia del Espíritu,
que bulle y hace bullir.
La hermosura de la fe
cual vuelo de serafín
es un silbido amoroso,
como canción pastoril.
Pastor de mi corazón,
que de amor quiere vivir
para morir en sus brazos
cuando se acerme mi fin.
Esta es la historia y pasión
de quien no quiso ser ruin,
de quien soñó con tus sueños
en contra del Sanedrín.
Buen Pastor, que eres divino,
dando tu vida por mí,
conociendo a cada una
cual única para ti.
Vas delante, tú el primero,
abriendo ruta y confín,
y la Iglesia, tras tus pasos,
sigue segura en la lid.
Mi Pastor, mi Comunión,
mi Guía y mi Paladín,
mi Amor que rompe los nombres
que yo le pueda decir.
Porque eres Dios verdadero,
encarnado hoy y aquí,
Jesús de los ojos míos,
Jesús de Getsemaní.
Mi Jesús Resucitado,
Jardinero en un Jardín,
con perfume las Miróforas
quisieron tu cuerpo ungir.
Pero tú ungiste a tu Iglesia
para un divino festín,
tu cuerpo es la santidad
para por siempre existir.
Sacramento del altar,
todo Dios a recibir;
el Pastor se hizo mi pasto
que quiere tenerme en sí.
Ya mis venas son sus venas
y mi vida es su latir,
¡oh Dios humano, Dios mío,
cuyo sí fue solo sí! Amén, aleluya.