Jesús anuncia el Evangelio en su pueblo de Nazaret
Mc 6,1-6
Texto
1Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus
discípulos. 2Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que
lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa
que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? 3¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José
y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se
escandalizaban a cuenta de él. 4Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus
parientes y en su casa». 5No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos
imponiéndoles las manos. 6Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor
enseñando
Hermanos:
1. El Evangelio de san Marcos, que vamos
leyendo este año, en su sencillez, nos resulta sumamente expresivo. Jesús que
duerme en la barca, pero es capaz de dominar las fuerzas del viento y del mar,
Jesús que cura a la mujer hemorroísa y resucita a la niña de 12 años, hija de
Jairo, judío, jefe de la sinagoga. Cada una de esta escena es el retrato total
de una persona que es diferente de todos los rabinos, maestros y profetas.
¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen? Pues este es el Hijo
de Dios, a quien nosotros hemos dado toda nuestra fe.
Hoy, un episodio de lo
que una vez le ocurrió en su pueblo de Nazaret, del que quizás se podría decir
que no tiene mayor transcendencia, pero que, visto en profundidad, termina en
lo mismo. ¿Quién es este? Si conocemos su parentela…, si aquí nos conocemos
todos con nombres y familias…, si aquí nadie es más que nadie… Pero sucede que
este habla como nadie ha hablado, sin haber pasado por las escuelas de los
rabinos…, si incluso dicen que ha hecho milagro en Cafarnaúm, que está a
cuarenta kilómetros de Nazaret… Son preguntas que saltan y que los nazaretanos
no las supieron responder, Jesús quedó defraudado y, sin duda, triste. Vamos,
pues, a ver una serie de detalles, para que no nos encontremos nosotros en la
misma situación que aquellos incrédulos oyentes, sino que, por el contrario, nos
beneficiemos del regalo infinito que ds, nuestro Padre, nos ha hecho al darnos
a su Hijo amado.
2. Jesús está ya en
plena actividad, y, aunque no lo hayamos leído, Jesús ha ido a la región de Gerasa,
que está a la otra parte del lago, y ha sanado a un endemoniado, que andaba
como un loco por los sepulcros.
Jesús viene a su
pueblo, No viene a visitar a su familia y amigos; viene con sus discípulas, es
decir, viene ahora como misionero, como mensajero de Dios, que anuncia el
Reino. El pueblo tenía sinagoga, y Jesús, hijo de Israel, acude a la sinagoga,
porque es consciente de que el Evangelio que él lleva, está destinado primero a
los hijos de Israel.
¿Quién es este? Es el
carpintero, el artesano. Es el hijo de María. Probablemente, al decir hijo de
María, y no hijo de José, como era normal designar a las personas por el padre,
es indicio de que José había muerto…, aunque la expresión sin más de “hijo de
María” nos lleve de por sí a pensar en el nacimiento virginal. También esto
sería posible para un lector cristiano.
Lo que Jesús dijo
resultó maravilloso, porque nunca habían oído cosas semejantes. ¿Cómo se explica
esta sabiduría si este hombre no es ningún doctor que venga de los libros…? Es
claro que Jesús habla con la sabiduría de Dios, no con la sabiduría de los
hombres… Ya lo había dicho san Marcos a propósito del primer sermón de Jesús,
en Cafarnaúm: Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Una enseñanza
nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y lo
obedecen» (Mc 1,27).
Es oportuno recordar
aquí lo que cuenta san Juan en un episodio que le ocurrió a Jesús en Jerusalén,
con ocasión de la Fiesta de los Tabernáculos o de las Tiendas, que una fiesta
muy popular, de muchas peregrinaciones. “A mitad de la fiesta, subió Jesús al
templo y se puso a enseñar. Los judíos preguntaban extrañados: «¿Cómo es este
tan instruido si no ha estudiado?». Jesús entonces les contestó: «Mi doctrina
no es mía, sino del que me ha enviado; el que esté dispuesto a hacer la
voluntad de Dios podrá apreciar si mi doctrina viene de Dios o si hablo en mi
nombre” (Jn 7, 14-17).
En aquella ocasión nos
había advertido el evangelista: “Y es que tampoco sus hermanos creían en él (Jn
7,5).
Los hermanos de Jesús,
como Santiago, hermano del Señor, son sencillamente los parientes de Jesús, en
el estilo del lenguaje judío. Expresión que ha dado tanto que hablar, en
particular entre nuestros hermanos protestantes. No son otros hijos de María,
ni tampoco hermanastros de Jesús, hijos de un hipotético matrimonio anterior de
José. Jesús en la Cruz no puede decir “Ahí tienes a tu hijo”, por Juan, si
María hubiera tenido otros hijos con la obligación de atenderle. Pero esto,
hermanos, es asunto de clases, poniendo sobre la mesa todos los textos, y
explicándolos debidamente cada uno.
Sigamos con lo que
pasó en Nazaret: No le creyeron. Y Jesús dijo una frase, que era un refrán o un
dicho sabido y que lo seguimos diciendo: que nadie es profeta en su patria. San
Marcos nos ha transmitido así el comentario de Jesús: “No desprecian a
un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”.
Eso ya les había
ocurrido a los profetas. Así el profeta Ezequiel, de quien leemos hoy cuando
Dios le envía: “a ellos te envío para que
les digas: “Esto dice el Señor”. Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un
pueblo rebelde, reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos” (Ez
2,4-5).
4. El desenlace d esta
escena tiene dos puntos diferentes: Jesús fracasó y no fracasó. Dice el
Evangelio:
No pudo hacer allí ningún milagro,
solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su
falta de fe.
Esto nos puede pasar
exactamente hoy, hermanos. Cuando san Francisco comenzó su aventura espiritual
con aquella llamada a la pobreza, el primer enemigo fue su propio padre,
comerciante de Asís. Aquello era un despilfarro intolerable. Y lo llevó ante el
obispo de Asís. Y entonces el joven Francisco se quitó su propia ropa, se
desnudó, y se la entregó a su padre: Hasta ahora he llamado “padre mío” a
Pietro Bernardone; a partir de ahora sí puedo decir: Padre nuestro que estás en
los cielos… Y hubo jóvenes y adultos del propio pueblo que lo siguieron. No
tuvo que ir a buscarlos lejos.
A los pocos años una
joven quedó iluminada por el ejemplo de Francisco: Clara de Asís. Con el correr
de los acontecimientos, siguieron a Clara su hermana Inés, su madre Hortolana.
Jesús sí curó enfermos
hasta en su pueblo, aunque la mayoría le dijeran que no. Los santos están aquí,
en mi pueblo, en mi parroquia. Yo estoy llamado a ser uno de ellos; yo estoy
llamado a ser curado por Jesús y a amarle con todo el corazón.
Pablo fue uno de esos seguidores de Jesús, a
pesar de que había sido un fanático fariseo. Pero Pablo, que ha tenido sublimes visiones,
sabe perfectamente que solo la gracia de Dios, solo la gracia, no nuestra
entrega, nuestra habilidad, nuestras conquistas, obran maravillas. Nos ha dicho
en la lectura de hoy.
“… si quisiera gloriarme, no me comportaría como un necio, diría la
pura verdad; pero lo dejo, para que nadie me considere superior a lo que ve u
oye de mí. Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me
ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para
que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de
mí y me ha respondido: «Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la
debilidad». Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida
en mí la fuerza de Cristo (2Cor 12,6-9).
Hermanos, este es el
cuadro espiritual en que nos movemos. Cristo es el centro, Cristo es el Guía,
Cristo es el que nos lleva al Padre y el que hace maravillas y quiere hacerlas
conmigo.
Señor Jesús, un día predicaste en Nazaret, y hoy sigues anunciando el
Reino entre nosotros a través de tantas voces. Te suplico que me tengas como
discípulo, y a través de mis palabas, mi testimonio y mi vida entera, yo sea
anunciador del Reino que nos has traído.
2 julio 2024