Homilía en el domingo IV de Pascua 2015
Texto
evangélico:
Yo soy el
Buen Pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas; el asalariado, que no es
pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y
el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las
ovejas.
Yo soy el
Buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el Padre
me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo,
además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que
traer; y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo Pastor.
Por eso
me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la
quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo
poder para recuperarla: ese mandato he recibido de mi Padre.
Hermanos:
1. Una persona de cultura, que no hubiese leído
nunca el Evangelio, que no conociera la fe cristiana, si leyera este párrafo
del capítulo 10 de san Juan, se quedaría profundamente admirada y comenzaría a
preguntarse: Pero ¿quién es este Dios que habla? Porque los hombres no pueden
hablar de esta manera. Y tendría razón.
Nos encontramos ante un párrafo de revelación de
una belleza extasiante. El cristiano que lo lee, y que sabe que Dios habló en
el Antiguo Testamento, al momento le viene al recuerdo uno de los salmos más
conocidos, el bello salmo del Pastor:
El Señor es mi pastor, nada me falta;
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas;
me guía pro el sendero justo
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan (Salmo 23).
2. ¿Quién es el Pastor? Está bien claro: Dios
mismo. ¿Y quién es el rebaño? El pueblo de Dios. “Pastor de Israel, escucha, tú
que guías a José como a un rebaño, tú que te sientas sobre querubines resplandece
ante Efraím, Benjamín y Manasés; despierta tu poder y ven a salvarnos…” (Salmo
80).
Dios es el pastor. Pastor y rey son dos imágenes
que, aplicadas a la divinidad, evocan poder, ciertamente, un poder absoluto,
también; pero este poder omnipotente es un poder benéfico, salvador, protector,
providente.
En el Evangelio de hoy la imagen del pastor, que
técnicamente sería la alegoría del pastor, nos lleva, de modo sorpresivo, al
terreno de la intimidad. Es un lenguaje espiritual y místico, que alcanza su
pura condensación en esta frase: Yo soy
el Buen Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen, igual que el
Padre me conoce, y yo conozco al Padre. Estamos en la espiral íntima y
circulatoria del conocimiento del amor, coronada por la entrega de la vida: yo doy mi vida por las ovejas.
3. Al escuchar este domingo esta sugestiva alegoría
de Jesús, Buen Pastor, podemos poner dos puntos de referencia: la Iglesia y
cada una de nuestras personas, de esta manera:
- Jesús Resucitado es el Buen pastor que conduce a
su Iglesia, exactamente igual a como Dios ha sido el Pastor de Israel.
- Y en segundo lugar, Jesús Resucitado es mi
pastor, que me conduce por los senderos y cañadas de esta vida, en días claros
y en días de rayos y tormentas, hasta las praderas celestiales. El Apocalipsis,
que nos habla de Cristo Cordero, nos lo representa también en funciones de
pastor: “Porque el Cordero que está delante del trono los apacentará y los
conducirá hacia fuentes de aguas vivas” (Ap 7,17).
Hablemos, pues, de los dos aspectos: Jesús
Resucitado, Pastor de la Iglesia; Jesús Resucitado, pastor de mi anhelante
corazón.
4. ¿Quién es el que conduce a la Iglesia? El jefe
de la Iglesia católica es el Papa Francisco: esto es un lenguaje de periódicos.
Esta frase en labios de un estudiante de teología merecería un reprobado. Es
una frase confusa, que tiene más errores que verdades.
Quien conduce a la Iglesia no es ni el Papa
presente, Papa Francisco, ni el papa precedente, Papa Benedicto. Quien conduce
a la Iglesia es Cristo, el que ha muerto por ella, el que le ha dado vida en el
sacrificio de la Cruz, el que el ha infundido el Espíritu Santo presente en los
corazones.
¿Cuáles son los caminos de la Iglesia? Los que le
vaya marcando el Espíritu.
Alguna vez he citado unas frases del Papa Benedicto
XVI en la misa inaugural de su pontificado, en la plaza de San Pedro el 24 de
abril de 2005, justamente hace 10 años. Decía: “¡Queridos amigos! En este
momento no necesito presentar un programa de gobierno. (…) Mi verdadero
programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino
de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la
voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo
quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”.
Más bellamente, más claramente no se puede decir.
No es el Papa, por brillante y mediático que sea, el que hace el programa, el
que nos arrastra a todos. No es esa la verdadera imagen del Papa. Grabémoslo
bien: ponerme, junto con toda la Iglesia,
a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por
Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de
nuestra historia.
Y es así; es realmente así para nuestro consuelo. Jesús
conduce a su Iglesia por caminos sorprendentes. Yo y todos debemos estar
atentos, por si el Señor quiere servirse de nosotros, pero que sea siempre él
el que aparezca; nunca nuestra vanidad.
5. El segundo punto de nuestras consideraciones
es el mismo, aplicado al ámbito personal. El Señor es mi pastor, él me conduce
a mí, él y en definitiva solo él.
Él me tiene preparadas sorpresas que yo
ignoro. Jesús me conduce a través del trato personal. Si una persona avanza por
los caminos espirituales, espontáneamente surge un consejo: ¿Por qué no dedica
usted media hora todos los días a su trata personal con Dios? Ni yo ni ningún
sacerdote puede comunicarle a usted el secreto que necesita. El secreto de su
vida lo tiene Dios y solo Dios. Déjese conducir por Dios; haga lo que Dios le
vaya sugiriendo al corazón. Dios ni se engaña, ni puede engañarnos. Todo lo que
usted advierte dentro sí con paz (no con turbación), con claridad (no con confusiones)
y con continuidad (no de repente un día presa de emociones), todo lo que usted
vea así puede tomarlo como signo de la voluntad de Dios. Vaya por ese camino. Dios
no le va a defraudar.
El Señor es mi pastor: nada me falta.
6.
Señor Jesús, que, al morir, te has constituido en el verdadero pastor de tu Iglesia,
danos a todos la confianza de que, abandonándonos en ti, ni nos vas a defraudar
ni nos vamos a inhibir. Haznos disponibles en todo momento a cumplir con
audacia tu santa voluntad. Amén.
Guadalajara, 25 abril 2015, víspera del
Buen Pastor. (En la Orden Capuchina, Fiesta de la Madre del Buen Pastor, y
popularmente “Divina Pastora de las almas”.