sábado, 8 de agosto de 2026

2112 (1056) Jesús, confesado como Hijo de Dios tras la multiplicación de los panes

 

 

Jesús, confesado como Hijo de Dios tras la multiplicación de los panes

Mt 14,22-33

Texto

 22Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. 24Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. 25A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. 26Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. 27Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». 28Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». 29Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; 30pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». 31Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?»32En cuanto subieron a la barca amainó el viento. 33Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios»

Hermanos:

1. La multiplicación de los panes con la resurrección de los muertos son los milagros más esplendorosos que nos dan la identidad de la fe que profesamos. Hoy nosotros confesamos como confesaron los discípulos postrados en la barca: Realmente eres Hijo de Dios.

A decir verdad, nosotros no podemos distinguir en la vida y persona de Jesús unos hechos sobre otros como para decir estos son más divinos, porque en él sencillamente todo es divino.

Esta misma semana que ha concluido, el día 6 de agosto, celebrábamos una fiesta venida hace muchos siglos de Oriente: la transfiguración del Señor. Bien sabemos que todos los años al comenzar la Cuaresma, si leemos el primer domingo siempre las tentaciones de Jesús en el desierto, como contrapunto todos los años en el segundo proclamamos el Evangelio de la Transfiguración, y en él oímos al Padre que nos dice: Este es mi Hijo amado, escuchadle. He aquí, pues, el Cristo de nuestra Fe, el Hijo amado del Padre, que es al mismo tiempo el Hijo de María Virgen.

La multiplicación de los panes tuvo una consecuencia inmediata. Este que nos ha dado de comer, este nos puede dar la liberación. San Juan detalla que quisieron cogerle y hacerle Rey, porque este, mejor ninguno de los jefes y héroes anteriores, mejor que los Macabeos de hacía más de un siglo puede ser nuestro liberador. Jesús nunca pensó en eso, que podía haberlo hecho. Desde las raíces de la fe que inspiraba a Israel formar un movimiento de liberación, y lo habría conseguido. Jesús huyó al momento, para pasar la noche en diálogo con Dios.

2. Y aquí comienza el Evangelio de hoy. Jesús manda a sus discípulos que vayan a la otra orilla del lago de donde habían venido, y él fue al monte a orar. Y dice el Evangelio Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

Y reaparece el mismo sentimiento que en la multiplicación de los panes. Jesús vio la escena, y sintió compasión. Si Jesús hizo el milagro del pan porque sintió compasión, aquí va a ocurrir otro tanto. En esta marejada que se ha levantado, la barca puede volcar e ir todos al agua. Jesús desde el monte con ojos divinos vio la escena y acudió a remediarla.

A la cuarta vigilia de la noche, es decir, a la madrugada antes de la aurora aparece Jesús caminando sobre las aguas. Nunca lo habían visto así. Y gritaron de miedo: Es un fantasma. Jesús  avanzó y les dijo: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

3. Y aquí comienza una secuencia divina. Pedro, el impetuoso y decidido, arranca diciendo: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Qué hermosa palabra, que la podemos repetir nosotros: Mándame ir a ti. La respuesta de Jesús fue muy simple: ¡Ven! El  milagro se hizo, porque Pedro saltó al agua, y el agua no era agua. Era como una autopista firme, de cemento.

Y Pedro comenzó a caminar triunfante. Iba a Jesús. Pero de repente pensó: pero el agua es agua…, y tuvo miedo; y entonces sí, el agua fue agua y comenzó a hundirse. Y Pedro gritó: Señor, sálvame. Jesús corrió y lo sacó antes de hundirse.

Todo esto es real y al mismo tiempo es simbólico.  Y cada uno se lo puede aplicar a sí, conforme a las palabras que vienen a continuación. Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?»

Y lo salvó. No había pasado nada. Y seguramente que ni tenía la ropa mojada. Donde está Jesús no puede pasar nada malo. Pero la lección llega hasta nosotros: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?»

Cuántas veces Jesús nos ha hablado de la fe en el Evangelio. Precisamente en la misa de ayer, es decir del sábado anterior a este domingo, hemos escuchado una lección sublime de fe.

Un padre lleva a su hijo epiléptico a Jesús a que lo cure, porque el hijo se revuelve y tienen momentos terribles como si tuviese un demonio. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo»…

La escena tiene este final Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?». Les contestó: «Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible» (Mt 17).

4. Hermanos, la fe hace milagros si la fe – es decir, la confianza sin condiciones en Jesús – es total, humilde y verdadera.  Nada os sería imposible nos ha dicho Jesús.

Pero ahora viene lo sublime de la escena.

Jesús sube a la barca, y acaso con sus mano extendida, con una orden de sus labios mandó al mar que se callara, y el mar, como una bestia encabritada, se apaciguó; cesó el huracán, se hizo la calma.Y el tiempo fue una suave primavera. Los apóstoles se mostraron en la barca, y dijeron lo que solo se puede decir en una liturgia divina: Realmente eres Hijo de Dios.

¿Es ese el Jesús de nuestra fe? Sí, hermanos, ese es el Jesús en quien creemos y a quien nos confiamos.

Con estos sentimientos podemos evocar escenas del Antiguo Testamento, cuando le dijo Dios que aguardase en una cueva, al huir de la persecución. Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.

Después del fuego, el susurro de una brisa suave.

Y allí estaba Dios.

Hermanos, Dios es la brisa de nuestra vida. En el silencio y en la paz de nuestro corazón, en la oración tranquila allí viene Dios. Para nosotros, personas mayores, Dios tiene que ser brisa del atardecer, como lo fue para el profeta Elías.

La lección es clara: Confianza y abandono. No nos puede pasar nada malo, si tenemos confianza en Jesús y en él nos abandonamos.

Señor Jesús, te pedimos esta confianza, esta fe que tú nos has predicado. Amén.

(Desde Palencia, en Ejercicios espirituales), 8 agosto 2026

21011 (1055) Jesús, el predicador y sanador, da de comer a la multitud y anuncia el banquete celestial

 

 

Jesús, el predicador y sanador, da de comer a la multitud y anuncia el banquete celestial  

Mt 14,13-21

Texto

 13Al enterarse Jesús se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. 14Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. 15Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». 16Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». 17Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». 18Les dijo: «Traédmelos». 19Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. 20Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras.

Hermanos:

1. Cuando explicamos el santo Evangelio sentimos como un respeto sagrado, que es como un miedo espiritual de profanar las palabras del Señor. Es bueno este miedo por el motivo que lo inspira.  Y esta sensación experimentamos hoy ante la escena que acabamos de escuchar, el milagro esplendoroso de la multiplicación de los panes, narrado por los cuatro Evangelios. Incluso los evangelistas Marcos y Mateo narran una segunda multiplicación de los panes, variando las cifras finales. Algunos intérpretes han pensado que acaso esta duplicidad responda a una repetición espiritual que hacen los evangelistas sobre un milagro central de la vida de Jesús.

Al acercarnos con reverencia a los Evangelios nos preguntamos qué pasó y qué significado puede tener este episodio divino de la vida de Jesús, qué significado tuvo para ellos, qué significado tiene hoy para nosotros. Porque la verdad última de la multiplicación de los panes es que se ha escrito para nosotros.

2. Para situarnos en la onda divina hemos de pensar, ante todo, que aquel pueblo de Israel, que salió de la esclavitud de Egipto por el amor y la intervención de Dios, recorrió años el camino del desierto, para entrar en la tierra de promisión. ¿Quién lo alimentó en el desierto? Dios mismo, por el maná que era pan de ángeles, por el agua de la roca. Esos dones de Dios fueron espiritualizados cuando los meditaba piadosamente el pueblo de Israel. San Pablo hizo esta reflexión escribiendo a los fieles de Corinto: “Pues no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo” (1Cor 10,1-4).

La Sagrada Escritura nos está diciendo que, si nos fiamos de Dios, Dios como Padre que es no nos va a fallar. No les faltó comida y bebida, pero no imaginamos que había una roca  inmensa que seguía a la caravana y que esa roca les dada el agua que necesitaban y quería. San Pablo da un salto y se atreve a decir: Y la roca era Cristo. No se le ocurre decir: Y la roca era Moisés, el jefe que los conducía. Y la roca era Cristo. Si entendemos de verdad el sentido profundo de las Escrituras a Cristo hemos de ponerlo como el protagonista de toda la historia de la salvación, en el Antiguo Testamento y desde el comienzo del mundo. Porque el mismo san Pablo nos dirá: todo fue hecho por él y para él.

Este pensamiento vale para entender la multiplicación de los panes, cuyo sentido histórico nos desborda completamente.

3. Para entrar en el clima espiritual verdadero la liturgia de hoy nos pone como primera lectura un texto del libro de Isaías (de lo que llamamos Segundo Isaías). Dios es fiel y no ha de fallar a su pueblo atribulado que cuando se escriben estas cosas está en el destierro:

Esto dice el Señor:

«Oíd, sedientos todos, acudid por agua;

venid, también los que no tenéis dinero:

comprad trigo y comed,

venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche.

¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta

y el salario en lo que no da hartura?

Escuchadme atentos y comeréis bien,

saborearéis platos sustanciosos.

Inclinad vuestro oído, venid a mí:

escuchadme y viviréis.

Sellaré con vosotros una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David».

El profeta ve en su corazón que Dios prepara un festín a su pueblo, porque Dios es amor.

Esta profecía el cristiano la ve cumplida en Jesús, en Jesús, en la multiplicación de los panes.

Es una convicción que Jesús ha manifestado reiteradamente en sus palabras: Si Dios alimenta a los pájaros, que van a ir al mercado, ¿no va a hacer mucho más que nosotros, que como sus hijos verdaderos? La multiplicación de los panes es el signo más esplendoroso de ese banquete Dios nos prepara, el banquete definitivo. Así es Dios, nuestro Padre. Y esto no hace por medio de su Hijo amado, Jesucristo.

4. Vamos a fijarnos en los detalles de la escena.

El primero es que Jesús, al ver a aquella multitud que le seguía, tuvo compasión. Y esa compasión no se le ha agotado. Hasta podríamos tomar este rasgo como definición misma del Jesús de nuestra fe. ¿Quién es Jesús? El Compasivo, el compasivo, el misericordioso, siendo al mismo tiempo el todopoderoso. Esa compasión va a ser eficaz y creadora.

El primer efecto de esa compasión es que Jesús curó a los enfermos. En el ministerio de Jesús van unidas predicación y curación. La presencia y la palabra del Señor son salvación del alma y del cuerpo. Sintió compasión y curó a los enfermos.

Y sigue el texto evangélico: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».

La respuesta de Jesús: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer».

Aquí hay un detalle que tanto ha hecho que reflexionar: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. San Juan detalla que esos cinco panes y dos peces los tenía un muchacho. La reflexión que muchos han desarrollado es esta: que cuando se comparte, hay. En todo caso Jesús ha dicho: Traédmelos. Jesús se ha servido de esa mínima existencia para dar de comer a toda la inmensa multitud. Ciertamente no es el mensaje central, pero hay que tenerlo en cuenta.

5. Lo central y maravilloso es que Jesús ha dado de comer a la multitud. Si queremos garantizar los detalles históricos nos perdemos.

- Quién hizo aquel cálculo de 5.000 hombres, sin contar mujeres y niños.

- Entendemos que se pueda comer el pan; pero ¿y aquel pescado? Un pescado recién comprado en el mercado no se puede comer; hay que prepararlo, ¿cómo es aquel pescado que multiplica Jesús y que la gente ha comido apetitosamente.

- Muy importante la última valoración que hace el evangelista: todos comieron, todos quedaron saciados, como diciendo que la comida había sido a plena satisfacción; y hasta sobraron nada menos que doce canastas, una por cada una de los doce apóstoles. Este es el banquete que da Jesús, que no está dando Jesús.

6. Ahora bien hermanos, en este relato sagrado hay unas palabras misteriosas, que seguramente nos dan la clave íntima del sentido de esta escena. Son estas palabras sagradas:

- Tomó.

- bendijo a ds, pronunció la bendición sagrada.

- los partió

- y los dio a los apóstoles para que distribuyeran.

Son las palabras que usa el sacerdote en el momento de la consagración, recordando las palabras de la Cena: elevando los ojos al cielo tomó el pan, te bendijo, pronunció la bendición, lo partió, lo dio diciendo: Tomad y comed esto es mi cuerpo.

Son los mismos momentos y acciones sagradas que suceden en la Eucaristía. ¿Quiere decir esto que la multiplicación de los apnes era ya la Eucaristía? No, pero sí que anunciaban la Eucaristía, y que anunciaban igualmente el banquete mesiánico final, ese banquete que es el cielo y que Jesús mencionó también en la Última Cena.

Estas palabras sagradas nos están sugiriendo a nosotros, queridos hermanos, que para nosotros la multiplicación de los panes es la Eucaristía de nuestros altares, la Eucaristía que como misterio pascual la Iglesia celebra especialmente los domingos.  Misterio excelso de nuestra fe que nos llena el corazón de alegría.

Estamos celebrando el Eucaristía; estamos celebrando la multiplicación de los panes.

Concluyamos, hermanos, poniendo nuestra fe y amor en el corazón de Jesús compasivo:

Señor Jesús, gracias infinitas por el don incomparable de la santa Eucaristía. Tú has de estar con nosotros siempre hasta que te encontremos un día en el banquete celestial. Gracias, en ti confiamos. Amén.

Pamplona, 30 julio 2026.