Vivir con Jesús en la Casa Común
y un poema
Dedicado
a las personas que con humildad
quieren
hacer de su vida una bella y nueva creación de Dios,
en la sencillez,
en la pureza, en la generosidad,
en una palabra:
en el amor
Preámbulo
para
una lectura correcta de la encíclica
1. Para entender esta encíclica –
novedosa por el tema, atrayente en la exposición, valiente en los desafíos,
mística, sutil y espiritual en los principios secretos que la inspiran – habrá que
leer la misma encíclica:
- en
directo,
- con
cierta pausa y deleite,
- y
desde el principio al final., aunque no de una tirada.
Piense el lector que las presentaciones
de los periódicos suelen ser lecturas parciales, y, con frecuencia, sesgadas,
acentuando determinas claves y olvidando conscientemente otras que no tienen
venta publicitaria; en suma, tendenciosas.
2. La encíclica intencionalmente va dirigida a todo el mundo, a todos los
interesados que quieran leerla. El magisterio pontificio, por su propia
naturaleza, se ciñe a la Iglesia católica, y así se hace expresamente en la
orientación inicial de tales documentos; pero un maestro – o hermano – puede
dirigirse a todos los hombres de buena voluntad. Así hizo el Papa Juan XXIII al
escribir la “Pacem in terris” (Jueves
Santo 1963, quinto de nuestro prontificado): “…al clero y fieles de todo el
mundo y a todos los hombres de buena voluntad”.
Antes lo había hecho el libro de la Sabiduría (siglo I antes de Cristo), que
comienza: “Amad la justicia, gobernantes de la tierra…” (Sab 1,1). Y el humilde
y mínimo Francisco de Asís también escribió una carta a los Príncipes de la
tierra: “A todos los "podestà" y cónsules, jueces y gobernantes de toda la tierra y a todos los demás a
quienes lleguen estas letras, el hermano Francisco, vuestro pequeñuelo y
despreciable siervo en el Señor Dios, os desea a todos vosotros salud y paz”.
En algún momento la encíclica queda
restringida a quienes tienen la fe de Jesús: “Quiero proponer a los cristianos algunas líneas de espiritualidad
ecológica que nacen de las convicciones de nuestra fe” (n. 216).
3. La encíclica aborda la propuesta de
un inmenso proyecto, personal y comunitario, incluso universal. Y es el de una ecología integral. Una “ecología
integral”, como diversas veces aparece en la redacción del documento, tiene
cuatro integrantes o referencias:
1) Armonía
espiritual consigo mismo.
2) Armonía
con la Naturaleza.
3) Armonía
con la Sociedad.
4) Armonía
con Dios.
Con este planteamiento ya “hemos movido
el tapete”, porque este lenguaje no es la definición de los Diccionarios, ni la
de los Ecologista, ni de los partidos “Verdes”, ni de grupos semejantes. (A la
fecha que escribo estas líneas ya he comenzado a ver en titulares expresiones
como esta: “la encíclica verde”. ¡Qué desvío!). Esta es una de las constantes
del documento, si bien uno de los seis capítulos tiene este título específico:
“Capítulo IV. Una ecología integral”.
4. La encíclica tiene, de modo esencial,
por la naturaleza del tema, implicaciones
políticas, económicas y sociales… (el Papa dice, de hecho, que “se
agrega al Magisterio social de la Iglesia”, n. 15), pero en
ninguno de estos aspectos está la clave, sino en Cristo, centro de la creación.
Las múltiples instancias que reclama la ecología son obvias:
“Si tenemos en cuenta la
complejidad de la crisis ecológica y sus múltiples causas, deberíamos reconocer
que las soluciones no pueden llegar desde un único modo de interpretar y
transformar la realidad. También es necesario acudir a las diversas riquezas
culturales de los pueblos, al arte y a la poesía, a la vida interior y a la
espiritualidad. Si de verdad queremos construir una ecología que nos permita
sanar todo lo que hemos destruido, entonces ninguna rama de las ciencias y
ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con
su propio lenguaje. Además, la Iglesia Católica está abierta al diálogo con el
pensamiento filosófico, y eso le permite producir diversas síntesis entre la fe
y la razón” (n. 63).
5. Una de las constantes del documento son los
“pobres” (cuya palabra aparece en plural 48 veces), e igualmente los
“débiles” (débil/débiles, 20 veces), “la cultura del descarte” (5 veces). La
encíclica evidencia cómo en los intereses que determinan la ecología, los
siempre perjudicados son los pobres, los débiles. Un ejemplo, el agua: “…la
contaminación del agua afecta particularmente a los más pobres que no tienen
posibilidad de comprar agua envasada, y la elevación del nivel del mar afecta
principalmente a las poblaciones costeras empobrecidas que no tienen a dónde
trasladarse” (n. 48).
Frente a los pobres, los poderes dominantes:
economía, política, técnica.
6. La finalidad de la encíclica es crear
un nuevo estilo de vida, que nos
implica a todos; un estilo de vida que lleve a la configuración de determinados “hábitos” de comportamiento
personal y comunitario en el cuidado de la Casa Común. La doctrina no es
suficiente; son necesarios los hábitos correspondientes. ya sea en sentido
negativo (“para modificar los hábitos dañinos de consumo”, n. 55), y, más bien, en
sentido positivo (“La conciencia de la gravedad de la crisis cultural y
ecológica necesita traducirse en nuevos hábitos” n. 209, y dos veces más en el
mismo número).
7. La encíclica supone un alto grado de conocimiento de las
Ciencias de la Naturaleza, que se recibe del estado actual de las ciencias que
los lectores normales no estamos obligados a tener: ¿qué sabe uno de los
cambios climáticos del planeta, o de la “biodiversidad” [diversidad biológica],
palabra bastante usada (10 veces) a todo lo largo de la encíclica? Un ejemplo:
“A su vez,
el calentamiento tiene efectos sobre el ciclo del carbono. Crea un círculo
vicioso que agrava aún más la situación, y que afectará la disponibilidad de recursos
imprescindibles como el agua potable, la energía y la producción agrícola de
las zonas más cálidas, y provocará la extinción de parte de la biodiversidad
del planeta. El derretimiento de los hielos polares y de planicies de altura
amenaza con una liberación de alto riesgo de gas metano, y la descomposición de
la materia orgánica congelada podría acentuar todavía más la emanación de anhídrido
carbónico” (n. 24).
En este sentido la encíclica
merece afrontarla como estudio específico en el plan general de una “formación
permanente”, cosa que no es posible – ni conviene – que se haga en un día
retiro, sino en otro clima y con la verdadera competencia.
8. Dado que la encíclica quiere
ser una reflexión dirigida a todos y cada uno de los habitantes de esta Casa
Común, que es nuestro Planeta Azul la Tierra – nuestra “madre” y “hermana” en
el lenguaje de san Francisco – tiene de sí, como hemos apuntado, implicaciones
políticas, económicas (muy específicamente comerciales) y, en suma sociales. Para
uno que vida la vida desde los interesas de Cristo, estas implicaciones se
llaman simplemente Implicaciones
pastorales.
9. Ahora bien, por un sentido de
realismo u sencillez, en un retiro buscamos un encuentro personal entre Jesús y
yo, y la pregunta esencial es esta: ¿Qué
me está pidiendo el Señor en este momento concreto de mi vida, en el “hoy” y
“aquí” de mi “historia de salvación”? Una pregunta que se amplía a mi
comunidad y en tal caso la misma pregunta revierte sobre mi fraternidad: Qué
nos está pidiendo el Señor.
En esta finalidad, tienen
especial incidencia el capítulo II y el capítulo VI.
Capítulo II: El Evangelio de la creación [62-100]: I. La luz que ofrece la fe - II.
La sabiduría de los relatos bíblicos – III. El misterio del universo - IV. El
mensaje de cada criatura en la armonía de todo lo creado (aquí se incrusta en
el número buena parte del Cántico de san Francisco de las Criaturas) - V. Una
comunión universal – VI. Destino común de los bienes - VII. La mirada de Jesús
(especialmente este apartado).
Capítulo VI: Educación y espiritualidad ecológica [202-246]: I. Apostar por otro
estilo de vida - II. Educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente
- III. Conversión ecológica - IV. Gozo y paz - V. Amor civil y político - VI.
Signos sacramentales y descanso celebrativo - VII. La Trinidad y la relación
entre las criaturas - VIII. Reina de todo lo creado - IX. Más allá del sol
(terminando con dos oraciones).
I
SAN
FRANCISCO DE ASÍS
Y SAN BUENAVENTURA
El cardenal Jorge Mario
Bergoglio tomó el nombre de Francisco por tres razones, según explicaba, a los
pocos días de la elección, a un grupo de periodistas: por ser lo que san
Francisco sugiere acerca de los pobres, acerca de la paz, y acerca del cuidado
de la creación.
De hecho, en la homilía
inaugural del pontificado, en la fiesta de san José (19 marzo 2013) cuyo oficio
fue cuidar a Jesús y a María con ternura, habló del cuidado de la creación y de
otros cuidados, apuntando ya a lo que sería una ecología integral:
“Pero la vocación de
custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una
dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza
de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san
Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el
entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por
todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos,
quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro
corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan
recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo,
también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con
sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en
el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del
hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los
dones de Dios”.
Lo que dice explícitamente la
encíclica
1)
Primera referencia
San Francisco de Asís
10. No quiero desarrollar esta
encíclica sin acudir a un modelo bello que puede motivarnos. Tomé su nombre
como guía y como inspiración en el momento de mi elección como Obispo de Roma.
Creo que Francisco es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil
y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad. Es el santo patrono
de todos los que estudian y trabajan en torno a la ecología, amado también por
muchos que no son cristianos. Él manifestó una atención particular hacia la
creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Amaba y era amado por su
alegría, su entrega generosa, su corazón universal. Era un místico y un
peregrino que vivía con simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con
los otros, con la naturaleza y consigo mismo. En él se advierte hasta qué punto
son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres,
el compromiso con la sociedad y la paz interior.
11. Su testimonio nos muestra también que una
ecología integral requiere apertura hacia categorías que trascienden el
lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de
lo humano. Así como sucede cuando nos enamoramos de una persona, cada vez que
él miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar,
incorporando en su alabanza a las demás criaturas. Él entraba en comunicación
con todo lo creado, y hasta predicaba a las flores «invitándolas a alabar al
Señor, como si gozaran del don de la razón» [Tomás de Celano, Vida primera de
San Francisco, XXIX, 81].
Su reacción era mucho más que una valoración intelectual o un cálculo
económico, porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con
lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe.
Su discípulo san Buenaventura decía de él que,
«lleno de la mayor ternura al considerar el origen común de todas las cosas,
daba a todas las criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce
nombre de hermanas» [S. Buenaventura, Legenda maior,
VIII, 6]. Esta convicción no puede ser despreciada como un romanticismo irracional,
porque tiene consecuencias en las opciones que determinan nuestro comportamiento.
Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a
la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza
en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador,
del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a
sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo
lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo. La
pobreza y la austeridad de san Francisco no eran un ascetismo meramente
exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero
objeto de uso y de dominio.
12. Por otra parte, san
Francisco, fiel a la Escritura, nos propone reconocer la naturaleza como un
espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y
de su bondad: «A través de la grandeza y de la belleza de las criaturas, se
conoce por analogía al autor» (Sb 13,5), y «su eterna potencia y
divinidad se hacen visibles para la inteligencia a través de sus obras desde la
creación del mundo» (Rm 1,20). Por eso, él pedía que en el convento
siempre se dejara una parte del huerto sin cultivar, para que crecieran las hierbas
silvestres, de manera que quienes las admiraran pudieran elevar su pensamiento
a Dios, autor de tanta belleza [Cf. Tomás de Celano, Vida
segunda de San Francisco, CXXIV, 165]. El mundo es algo más que un
problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa
alabanza.
2)
Segunda referencia
En el número 87 cita
los versos del Cántico de las criaturas que nombran elementos de la creación: hermano
sol, hermana luna, estrellas, hermano viento, aire, nube, hermana agua, hermano
fuego. No menciona a la “hermana madre tierra”, que la ha nombrado en las líneas iniciales. Un hermano o hermana de la
familia franciscana agradeceré tener los textos delante.
«Alabado seas, mi Señor,
con todas tus criaturas,
especialmente el hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.
Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas, y
bellas.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire, y la nube y el cielo sereno,
y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.
Alabado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy humilde, y preciosa y casta.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello, y alegre y vigoroso, y fuerte»
El Cántico completo es
este:
Altissimu,
onnipotente, bon Signore,
tue
so' le laude, la gloria e l'honore et onne benedictione.
Ad
te solo, Altissimo, se konfano,
et nullu homo ène dignu
te mentovare.
(Las
estrofas que cita el Papa)
Laudato
sie,
mi' Signore, cum tucte le tue creature,
spetialmente messor lo
frate sole,
lo qual'è iorno, et
allumini noi per lui.
Et ellu è bellu e
radiante cum grande splendore:
de te, Altissimo, porta significatione.
Laudato si', mi'
Signore, per sora luna e le stelle:
in celu l'ài formate clarite et pretiose et belle.
Laudato si', mi'
Signore, per frate vento
et per aere et nubilo
et sereno et onne tempo,
per lo quale a le tue creature dài sustentamento.
Laudato si', mi'
Signore, per sor'aqua,
la quale è multo utile et humile et pretiosa et
casta.
Laudato si', mi'
Signore, per frate focu,
per lo quale
ennallumini la nocte:
ed ello è bello et iocundo et robustoso et forte.
Laudato
si', mi' Signore, per sora nostra matre terra,
la
quale ne sustenta et governa,
et produce diversi
fructi con coloriti flori et herba.
Laudato
si', mi' Signore, per quelli ke perdonano per lo tuo amore
et
sostengo infirmitate et tribulatione.
Beati
quelli ke 'l sosterrano in pace,
ka da te, Altissimo,
sirano incoronati.
Laudato
si', mi' Signore, per sora nostra morte corporale,
da
la quale nullu homo vivente pò skappare:
guai
a quelli ke morrano ne le peccata mortali;
beati
quelli ke trovarà ne le tue sanctissime voluntati,
ka la morte secunda no
'l farrà male.
Laudate
e benedicete mi' Signore et rengratiate
e
serviateli cum grande humilitate.
3)
Otras cuatro referencias a san Francisco:
ü “Por eso
es significativo que la armonía que vivía san Francisco de Asís con todas las
criaturas haya sido interpretada como una sanación de aquella ruptura. Decía
san Buenaventura que, por la reconciliación universal con todas las criaturas,
de algún modo Francisco retornaba al estado de inocencia primitiva.”
ü “No
es casual que, en el himno donde san Francisco alaba a Dios por las criaturas,
añada lo siguiente: «Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu
amor». Todo está conectado. Por eso se requiere una preocupación por el ambiente
unida al amor sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante
los problemas de la sociedad” (núm. 91).
ü “La
espiritualidad cristiana, junto con la admiración contemplativa de las criaturas
que encontramos en san Francisco de Asís, ha desarrollado también una rica y
sana comprensión sobre el trabajo, como podemos encontrar, por ejemplo, en la
vida del beato Carlos de Foucauld y sus discípulos” (núm. 121).
ü “Recordemos
el modelo de san Francisco de Asís, para proponer una sana relación con lo
creado como una dimensión de la conversión íntegra de la persona. Esto implica
también reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y
arrepentirse de corazón, cambiar desde adentro” (núm. 218, cita a continuación
a los obispos australianos).
ü “Invito a
todos los cristianos a explicitar esta dimensión de su conversión, permitiendo
que la fuerza y la luz de la gracia recibida se explayen también en su relación
con las demás criaturas y con el mundo que los rodea, y provoque esa sublime
fraternidad con todo lo creado que tan luminosamente vivió san Francisco de
Asís” (núm. 221).
San
Buenaventura
Hay cuatro referencias
de san Buenaventura, que los amantes del Franciscanismo verán con mucho agrado.
El Seráfico Doctor Hace una interpretación de san Francisco desde la soberanía
de Dios y el Primado de Cristo, que le da al Papa una pista certera para el
pensamiento de la encíclica.
1)
“Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que
existe. Su discípulo san Buenaventura decía de él que, «lleno de la mayor
ternura al considerar el origen común de todas las cosas, daba a todas las
criaturas, por más despreciables que parecieran, el dulce nombre de hermanas»”
(núm. 11).
2)
“Decía san Buenaventura que, por
la reconciliación universal con todas las criaturas, de algún modo Francisco
retornaba al estado de inocencia primitiva.” (núm. 67).
3)
“El universo se desarrolla en
Dios, que lo llena todo. Entonces hay mística en una hoja, en un camino, en el
rocío, en el rostro del pobre. El ideal no es sólo pasar de lo exterior a lo
interior para descubrir la acción de Dios en el alma, sino también llegar a
encontrarlo en todas las cosas, como enseñaba san Buenaventura: «La contemplación
es tanto más eminente cuanto más siente en sí el hombre el efecto de la divina
gracia o también cuanto mejor sabe encontrar a Dios en las criaturas exteriores»”
(número 231 íntegro)
4)
“Para los cristianos, creer en un solo Dios que es
comunión trinitaria lleva a pensar que toda la realidad contiene en su seno una
marca propiamente trinitaria. San Buenaventura llegó a decir que el ser humano,
antes del pecado, podía descubrir cómo cada criatura «testifica que Dios es
trino». El reflejo de la Trinidad se podía reconocer en la naturaleza «cuando
ni ese libro era oscuro para el hombre ni el ojo del hombre se había
enturbiado». El santo franciscano nos enseña que toda criatura lleva en sí
una estructura propiamente trinitaria, tan real que podría ser espontáneamente
contemplada si la mirada del ser humano no fuera limitada, oscura y frágil. Así
nos indica el desafío de tratar de leer la realidad en clave trinitaria” (núm.
239 íntegro).
Volvamos
a los textos de las fuentes franciscanas
Para
los miembros de la familia franciscana, el “tema” de san Francisco y las
criaturas es mucho más que un tema, pues pertenece a las fibras puras de su
espiritualidad. Puede ser esta una ocasión para volver personalmente a tantos
pasajes que nos han deleitado en nuestra juventud. Es maravilloso que Tomás de
Celano, en su Vita II, al iniciar el
tratado de “La contemplación del Creador en las creaturas” nos dé esta
síntesis, hablando de “el amor del santo a las creaturas sensibles e
insensibles”. Es un pasaje de pura mística.
“Este feliz viador, que
anhelaba salir de este mundo, como lugar de destierro y peregrinación, se
servía, y no poco por cierto, de las cosas que hay en él. En cuanto a los
príncipes de las tinieblas, se valía, en efecto, del mundo como de campo de
batalla; y en cuanto a Dios, como de espejo lucidísimo de su bondad. En una
obra cualquiera canta al Artífice de todas; cuanto descubre en las hechuras, lo
refiere al Hacedor. Se goza en todas las obras de las manos del Señor (Sal
91,5), y a través de tantos espectáculos de encanto intuye la razón y la causa
que les da vida. En las hermosas reconoce al Hermosísimo; cuanto hay de bueno
le grita «El que nos ha hecho es el mejor» [S. Agustín, Confesiones I,4 etc.]. Por las huellas impresas en las cosas sigue
dondequiera al Amado [CF. Job 23,11; Cant 5,17], hace con todas una escala por
la que sube hasta el trono.
Abraza todas las cosas
con indecible afectuosa devoción y les habla del Señor y las exhorta a
alabarlo. Deja que los candiles, las lámparas y las candelas se consuman por
sí, no queriendo apagar con su mano la claridad, que le era símbolo de la luz
eterna. Anda con respeto sobre las piedras, por consideración al que se llama
Piedra [Ver 1Cor 10,4]. Cuando ocurre decir el versículo Me has exaltado en la
piedra (Sal 60,3), como para expresarlo con alguna mayor reverencia, dice: «Me
has exaltado a los pies de la Piedra».
A los hermanos que
hacen leña prohíbe cortar del todo el árbol, para que le quede la posibilidad
de echar brotes. Manda al hortelano que deje a la orilla del huerto franjas sin
cultivar, para que a su tiempo el verdor de las hierbas y la belleza de las
flores pregonen la hermosura del Padre de todas las cosas. Manda que se destine
una porción del huerto para cultivar plantas que den fragancia y flores, para
que evoquen a cuantos las ven la fragancia eterna (cf. 1 Cel 81).
Recoge del camino los
gusanillos para que no los pisoteen; y manda poner a las abejas miel y el mejor
vino para que en los días helados de invierno no mueran de hambre. Llama
hermanos a todos los animales, si bien ama particularmente, entre todos, a los
mansos.
Pero
¿cómo decirlo todo? Porque la bondad fontal, que será todo en todas las cosas,
éralo ya a toda luz en este Santo” (2 Celano
165).
II
PARA
LEER EL CANTICO DE LAS CRIATURAS
En una mirada
absolutamente superficial el Cántico del Hermano Sol o Cántico de las criaturas
es un poema lirico, placentero, que da un sentido totalmente positivo de la
vida, y que puede ser muy estimulantes para todos los que aman la creación y
luchan por la noble causa de la paz.
Se ignora que nació de
un Francisco llagado por el Señor, que sufría una falta de visión casi total y
después de una noche de muchas molestias. En estas condiciones ¿se puede expandir
el corazón con tales efusiones…? Este Cántico de las criaturas acaso nos dé la
clave del alma de Francisco.
El benemérito
franciscano francés Eloi Leclerc (*1921) publicó en 1970 su obra sobre “El
Cántico de las criaturas”. La “Introducción” nos hace asomar al alma de
Francisco desde donde él canta a Dios.
_________
“Este ensayo
no pretende más que volver a leer el Cántico de las Criaturas de
Francisco de Asís. Este Cántico puede entenderse en su sentido directo
y material. Entonces aparece como una loa dirigida al Altísimo por (y a través
de) los diversos elementos de la creación: el sol, la luna y las estrellas, el
viento y el agua, el fuego y la tierra. Tal es la manera corriente de
comprenderlo. Esta lectura se para en el sentido claro y primero, es decir, en
las cosas que menciona expresamente el Cántico, o bien en la dimensión
cósmica y religiosa del poema. A este nivel, la inspiración que anima la obra
de Francisco de Asís parece la misma que la de los salmos y cánticos de la
Biblia que celebran a Dios en la creación. En cuanto a la imagen del universo
que implica este Cántico, se ha observado que es un reflejo del
sistema cosmológico de la época: sistema caracterizado por el geocentrismo y la
teoría de los cuatro elementos fundamentales de los antiguos.
Esta lectura
del Cántico del Sol es desde luego válida. Pero ¿es exhaustiva? Al
parecer, cabe leer este poema a otro nivel más profundo, prestando atención no
ya sencillamente a las cosas que celebra, sino a la manera original, singular,
como las imagina, valoriza y ordena. Entonces constataremos que los elementos
cósmicos aparecen delicadamente diferenciados y se presentan en parejas
fraternas, en un orden que no es reflejo de un escalonamiento objetivo ni de
sistema cosmológico alguno. Y algo más chocante: algunos elementos reciben unos
calificativos que carecen evidentemente de significado objetivo. Esto delata
una valorización de los elementos, cuyo sentido no ha de buscarse solamente en
las cosas mismas, ni en el contexto cultural de la época, sino en el sujeto.
Las realidades cósmicas nos abren a unas profundidades que hablan de valores
íntimos inconscientes.
Consecuentemente,
el Cántico del Sol viene a expresar una fraternidad, no sólo con los
elementos materiales, sino también con lo que estos elementos debidamente
valorizados simbolizan, es decir, con los valores inconscientes de que están
impregnados y a los que prestan una especie de lenguaje. ¿Cuáles son los
valores íntimos así materializados? ¿Qué experiencia profunda es la que el Cántico
del Sol expresa de modo simbólico e inconsciente? ¿Qué significan, en una
palabra, cada una de las imágenes materiales empleadas y su ordenada secuencia?
Todo esto nos induce a releer el poema, esforzándonos por descubrir y descifrar
en su sentido primero y cósmico otro sentido, un sentido íntimo.
Una atención
mayor al texto y el examen de las circunstancias de su composición nos llevan a
esta lectura interior. Se ha llegado a decir que este poema acompaña como un estribillo
a Francisco de Asís en toda su vida y que sus estrofas son los restos de la
corriente ordinaria de sus ideas y sentimientos. Pero no es menos cierto que,
en su forma acabada, brota al término de un largo itinerario espiritual. Casi
veinte años se deslizaron desde la conversión de Francisco a la vida
evangélica. Veinte años en los que se empeñó día tras día en seguir las huellas
del Señor, meditando sin cesar «el advenimiento de dulcedumbre» y la pasión del
Hijo altísimo de Dios. Y he aquí que acaba de recibir en su carne, sobre el
monte Alverna, los estigmas que le asemejan plenamente a Cristo crucificado.
Perdiendo sangre por todas sus heridas, agotado por los ayunos y la enfermedad,
ciego y casi agonizante, Francisco no es sino «una sola cosa paciente y
redentora con Cristo», según las palabras de Claudel. Sufría en todo su cuerpo
y, más quizás, en su alma. Los valores evangélicos de pura simplicidad, de
pobreza y de paz, que le parecían esenciales a la Revelación del Amor, estaban
marginados en una cristiandad fascinada por el poder y dominada por la idea de
cruzada. Hasta algunos de los suyos los contestaban a veces. En la vida de
Francisco se cernía el ocaso. Y Francisco no conocía todavía del todo la paz
del atardecer.
Entonces se
produjo el suceso. Viniendo del Alverna, exhausto de fuerzas, Francisco se
detuvo en el monasterio de San Damián, donde vivían Clara y sus hermanas. Allí
había oído por primera vez las palabras de Cristo que le invitaron a restaurar
su casa que amenazaba ruina. Clara le instaló en una casa contigua al convento.
Pero los sufrimientos no daban tregua a Francisco. «Dos años antes de su
muerte, estando ya muy enfermo y padeciendo, sobre todo, de los ojos, habitaba
en San Damián, en una celdilla hecha de esteras... Yacía en este mismo lugar el
bienaventurado Francisco y llevaba más de cincuenta días sin poder soportar de
día la luz del sol, ni de noche el resplandor del fuego. Permanecía constantemente
a oscuras tanto en la casa como en aquella celdilla. Tenía, además, grandes dolores
en los ojos día y noche, de modo que casi no podía descansar ni dormir...».
Pero una noche, reflexionando sobre todas las tribulaciones que le agobiaban,
tuvo piedad de sí mismo y dijo interiormente: «Señor, ven en mi ayuda en mis
enfermedades para que pueda soportarlas con paciencia» (Leyenda de Perusa 83).
Celano da a
entender que se trabó entonces una batalla en el alma de Francisco y que oraba
para resistir a la tentación del abatimiento: «Orans...sic positus in
agone», «Hasta que al fin, mientras oraba así puesto en trance de lucha,
obtuvo del Señor...» (2 Cel 213). En el transcurso de esta agonía, oyó de
repente una voz: «"Dime, hermano: si por estas enfermedades y
tribulaciones alguien te diera un tesoro tan grande que, en su comparación,
consideraras como nada el que toda la tierra se convirtiera en oro; todas las
piedras, en piedras preciosas, y toda el agua, en bálsamo; y estas cosas las
tuvieras en tan poco como si en realidad fueran sólo pura tierra y piedras y
agua materiales, ¿no te alegrarías por tan gran tesoro?" Respondió el
bienaventurado Francisco: "En verdad, Señor, ése sería un gran tesoro,
inefable, muy precioso, muy amable y deseable". "Pues bien, hermano
-dijo la voz-, regocíjate y alégrate en medio de tus enfermedades y
tribulaciones, pues por lo demás has de sentirte tan en paz como si estuvieras
ya en mi reino"» (LP 83).
Un gozo
sobrenatural se apoderó inmediatamente del alma de Francisco: el gozo de la
certidumbre del Reino. Sabía que la ruta emprendida -la del sufrimiento con
Cristo- era la ruta «que conduce a la Tierra de los vivientes» (2 R 6,5). En
este instante, se levantó sobre el alma de Francisco una aurora espléndida. A
la mañana llamó a sus compañeros y, no pudiendo contenerse de gozo, se puso a
cantar el Cántico de las Criaturas que acababa de componer.
Parece, pues,
imposible comprender este Cántico sin relacionarlo directamente con la
experiencia profunda de Francisco, con su áspero sufrimiento, con su paciencia
heroica, con su combate cotidiano por los valores evangélicos, con su gozo
sobrenatural, con su existencia íntima, en una palabra, con Cristo. Este Cántico
brota de las profundidades de una existencia. Es su culmen y, sin duda, su más
alta expresión. Pero hay algo a primera vista sorprendente: este hombre de ojos
enfermos que no soportan la luz y no disfrutan de la vista de las criaturas,
este hombre cuya mirada no tiene más horizonte que el esplendor del Reino,
canta la materia para expresar su gozo: la materia ardiente y radiante, el sol,
el fuego; la materia nutricia, el aire, el agua, la tierra, «nuestra madre la
Tierra». Y canta en términos que evocan extrañamente las antiguas celebraciones
paganas, en las que el hombre daba gracias por el dominio del Sol y por la
maternidad y la fecundidad de la Tierra. Es el viejo lenguaje de lo sagrado, el
de las hierofanías cósmicas, que se repite y se pronuncia con la espontaneidad,
el candor y el calor de una lengua materna. ¡Y ni una sola referencia en todo
el Cántico, ni una alusión al misterio sobrenatural de Cristo y de su
Reino! Sólo se mencionan y celebran, a la gloria del Altísimo, las realidades
materiales.
Habría
ciertamente motivo de sorpresa si estas realidades cósmicas, por el modo en que
se celebran, por la riqueza afectiva y onírica de que están inconscientemente
impregnadas, no constituyesen una especie de lenguaje: el lenguaje de una
experiencia íntima de lo sagrado. «Manifestar lo 'sagrado' sobre el
'cosmos' y manifestarlo en la 'psyqué' -dice P. Ricoeur- es la misma cosa...
Cosmos y Psyqué son los dos polos de la misma 'expresividad'; yo me expreso
expresando el mundo; yo exploro mi propia sacralidad descifrando la del mundo». Este juicio da, según creemos, la clave de una lectura
interior del Cántico del Sol de Francisco de Asís…”.
Puede el
lector continuar con estos párrafos profundos en
III
LLAMADOS
A LA MÍSTICA:
MI
CAMINO ESPIRITUAL
El teólogo que examina
la encíclica no dirá que es una encíclica no dirá que el pensamiento que el
Papa desarrolla sea “antropocéntrico” – mucho menos “geocéntrico” (la tierra y
el universo centro que debatimos) – sino “cristocéntrica”, y, al final,
“teocéntra-trinitaria”, porque la Trinidad “más allá del sol” corona toda la
ecología: La Trinidad y la relación entre
las criaturas (238-240). Para un no creyente no tiene ningún sentido hablar de los sacramentos y la
ecología (nn. 233-235), y de decir a continuación: “En la
Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación” (n. 236). Igualmente de
dedicar un número a la “Reina de todo lo creado” (n. 242). “Ella vive con Jesús
completamente transfigurada, y todas las criaturas cantan su belleza. Es la
Mujer « vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce
estrellas sobre su cabeza » (Ap 12,1). Elevada al cielo, es Madre y Reina de
todo lo creado. En su cuerpo glorificado, junto con Cristo resucitado, parte de
la creación alcanzó toda la plenitud de su hermosura” (Ibídem).
Como punto de partida habíamos
comenzado en la cruda observación de “lo que le está pasando a nuestra casa”
(título del primer capítulo) y terminamos en la pura mística.
Esta orientación
dinámica, que sin duda procede de largas horas de meditación del mismo Papa, y nos
lleva a una relectura personal, y a preguntarme simple y llanamente:
-
¿Es que yo estoy llamado a la mística?
Y la respuesta llana y
sencilla es este:
-
Sin duda; este es mi camino.
“. Porque no será
posible comprometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que
nos anime, sin «unos móviles interiores que impulsan, motivan, alientan y dan
sentido a la acción personal y comunitaria»[151]” (n. 216).
1.
La mística y “el místico”, “el místico experimenta la íntima conexión que hay
entre Dios y todos los seres, y así «siente ser todas las cosas Dios»
Tenemos que sopesar
estos párrafos, cuando la encíclica está llegando a la cima:
“233. El universo se
desarrolla en Dios, que lo llena todo. Entonces hay mística en una hoja, en un
camino, en el rocío, en el rostro del pobre [159]. El ideal no es sólo pasar de
lo exterior a lo interior para descubrir la acción de Dios en el alma, sino
también llegar a encontrarlo en todas las cosas, como enseñaba san
Buenaventura: «La contemplación es tanto más eminente cuanto más siente en sí
el hombre el efecto de la divina gracia o también cuanto mejor sabe encontrar a
Dios en las criaturas exteriores» [In II Sent., 23, 2,
3.].
234. San Juan de la
Cruz enseñaba que todo lo bueno que hay en las cosas y experiencias del mundo
«está en Dios eminentemente en infinita manera, o, por mejor decir, cada una de
estas grandezas que se dicen es Dios»[ Cántico espiritual, XIV-XV,
5.].
No es porque las cosas limitadas del mundo sean realmente divinas, sino porque
el místico experimenta la íntima conexión que hay entre Dios y todos los seres,
y así «siente ser todas las cosas Dios»[162]. Si le admira la grandeza de una
montaña, no puede separar eso de Dios, y percibe que esa admiración interior
que él vive debe depositarse en el Señor: «Las montañas tienen alturas, son
abundantes, anchas, y hermosas, o graciosas, floridas y olorosas. Estas
montañas es mi Amado para mí. Los valles solitarios son quietos, amenos,
frescos, umbrosos, de dulces aguas llenos, y en la variedad de sus arboledas y
en el suave canto de aves hacen gran recreación y deleite al sentido, dan
refrigerio y descanso en su soledad y silencio. Estos valles es mi Amado para
mí» [Ibídem].”
2.
Una ascesis y una pedagogía para una mística
La mística sería – y es
– el camino “connatural” para quien en el Bautismo recibió la plenitud de los
dones del Espíritu Santo, por la gracia de Cristo.
Pero no podemos ser
frívolos, como si la mística fuese un estado anímico que, como la abeja
laboriosa elabora el propio panal. El ser humano puede crear ambientes, pero no
mística; ambientes de relajación y de placidez que suscitan reacciones
placenteras en el cuerpo y en el psiquismo, una evanescencia sanadora que me
libera de mis fantasmas y traumas. La mística es la visita del Señor, para
hacer florecer las semillas plantadas dentro de nosotros por la mano del Señor
desde nuestra creación, muy distinto a lo que anuncia la New Age.
Con todo, es importante
una observación muy sutil que en nota trae la encíclica, fruto de la
experiencia y de la sabiduría de un maestro sufí, un místico musulmán, «No hace
falta criticar prejuiciosamente a los que buscan el éxtasis en la música o en
la poesía. Hay un secreto sutil en cada uno de los movimientos y sonidos de
este mundo. Los iniciados llegan a captar lo que dicen el viento que sopla, los
árboles que se doblan, el agua que corre, las moscas que zumban, las puertas
que crujen, el canto de los pájaros, el sonido de las cuerdas o las flautas, el
suspiro de los enfermos, el gemido de los afligidos…” (nota 159).
Un signo clave para autentificar
la experiencia mística es la victoria de Cristo sobre el pecado en mí. Mística
y apego al pecado son dos extremos incompatible. Jesús puede entrar
místicamente en un pecador, concediéndole una experiencia mística, pero en ese
mismo momento lo hace ser consciente de su pecado y le inunde un total
aborrecimiento. La mística, pues, no es una embriaguez psicológica (una droga
espiritual) de poesía y lirismo, sino otra cosa.
La encíclica invita a pasar a
“otro estilo”, lo cual supone una educación, para crear una “ciudadanía
ecológica”. El Papa, con su estilo imaginativo, da algunos ejemplos, que no son
curiosidades simpáticas, sino signos de ese estilo que se quiere crear. “La
educación en la responsabilidad ambiental puede alentar diversos
comportamientos que tienen una incidencia directa e importante en el cuidado
del ambiente, como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el
consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se
podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte
público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles,
apagar las luces innecesarias. Todo esto es parte de una generosa y digna
creatividad, que muestra lo mejor del ser humano. El hecho de reutilizar algo
en lugar de desecharlo rápidamente, a partir de profundas motivaciones, puede
ser un acto de amor que exprese nuestra propia dignidad” (n. 211).
Esto nos puede sugerir algo muy
concreto y doméstico: una revisión de mi ropa, de mis instrumentos y útiles de
trabajo, de mis libros, de los pequeños regalos afectivos que me han ido
haciendo… Acaso sea avaricia de guardar cosas que durante un año y otro año no
uso… Y en virtud de esta ecología doméstica un repaso al orden de mi estancia
de trabajo (que entre los religiosos es, al mismo tiempo, estancia-dormitorio),
estantes, armarios…,y así sucesivamente a diversos aspectos de mi hábitat y de
mi vida…
Otro capítulo importantísimo en
esta “ecología personal” es el uso del Internet, Tablet, Celular, mi adicción
al Facebook…, a la prensa, al deporte, a las canciones que se llevan, a las películas,
a la chismografía informativa… ¿No se puede caer, sin darse cuenta, en una
intoxicación dañina y en una lamentable pérdida de tiempo…?
Se trata de cambio de mentalidad,
de una “educación” nueva (12 veces aparece
la palabra), de crear “hábitos” (10
veces).
Con el mismo estilo intuitivo de
antes el Papa habla de detalles en la familia, primera área de toda educación:
“La familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los
distintos aspectos, íntimamente relacionados entre sí, de la maduración personal.
En la familia se aprende a pedir permiso sin avasallar, a decir « gracias »
como expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar
la agresividad o la voracidad, y a pedir perdón cuando hacemos algún daño.
Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la
vida compartida y del respeto a lo que nos rodea” (n. 213), cosas ya dichas por
el Papa en otras ocasiones y que vuelven a su mente.
3. Se nos
invita a una “conversión ecológica”
“Conversión ecológica” es una
expresión que ya había usado Juan Pablo II en una audiencia sobre “El compromiso por evitar la catástrofe
ecológica” (17 enero 2001). Decía: “Es preciso, pues, estimular y sostener
la "conversión ecológica", que en estos últimos decenios ha hecho a
la humanidad más sensible respecto a la catástrofe hacia la cual se estaba
encaminando”
Ya tenemos, pues, una
nueva terminología que se va creando: educación ecológica, espiritualidad
ecológica, conversión ecológica…
Esta conversión
ecológica afecta a toda la persona: “Recordemos el modelo de san
Francisco de Asís, para proponer una sana relación con lo creado como una
dimensión de la conversión íntegra de la persona. Esto implica también
reconocer los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse
de corazón, cambiar desde adentro” (n. 218).
Y es personal y comunitaria: “La
conversión ecológica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero
es también una conversión comunitaria” (n. 219).
La conversión ecológica alcanza
su síntesis en estas palabras de la encíclica: “Diversas convicciones de
nuestra fe, desarrolladas al comienzo de esta Encíclica, ayudan a enriquecer el
sentido de esta conversión, como la conciencia de que cada criatura refleja
algo de Dios y tiene un mensaje que enseñarnos, o la seguridad de que Cristo ha
asumido en sí este mundo material y ahora, resucitado, habita en lo íntimo de
cada ser, rodeándolo con su cariño y penetrándolo con su luz. También el
reconocimiento de que Dios ha creado el mundo inscribiendo en él un orden y un
dinamismo que el ser humano no tiene derecho a ignorar. Cuando uno lee en el
Evangelio que Jesús habla de los pájaros, y dice que « ninguno de ellos está
olvidado ante Dios » (Lc 12,6), ¿será capaz de maltratarlos o de
hacerles daño?” (n. 221).
4.
Mi camino espiritual: una mística de fe, que humanice todo mi ser, en contemplación,
servicio y goce de la vida, anclada en la presencia permanente de Cristo en mi
corazón
Quizás sea este el
punto principal de mi retiro de verano, con la encíclica del Papa en mis manos.
Pero aquí, mi guía es el Espíritu…, y me sobra hasta la encíclica. Aquí entro
en los terrenos de una inviolable intimidad. Aquí, ¡silencio!, acaso están el esposo
y la esposa.
(1) Desde
lo hondo de mi pecado. Acepto mi pecado con un crudo realismo. Es el misterio
oscuro de mi ser. Cristo lo ha vencido, pero los ramalazos (fomes peccati) existen, como monstruo
que se despierta en los siete pecados capitales. Mi pecado que, por otra parte
está entrelazado con “el pecado del mundo”, del cual soy víctima y causante.
Pero el pecado no es mi “realidad psicológica”; lo es la humildad, que es el
jardín de la belleza, de la armonía, de la esperanza. El pecado se vuelve en
gracia, al ayudarme a caminar en humildad y abandono. No vivo en el pecado,
sino en la gracia.
(2) El
encuentro con mi yo corporal. Si una ecología integral tiene cuatro
referentes (el yo en su totalidad, la naturaleza, la sociedad, Dios mismo), el
más inmediato es mi propio yo: yo pensante, yo anhelante, yo que no existe sino
como abierto al Absoluto y abierto a una relación interpersonal. Yo que fue
creado como relación para un tú, desde las raíces de la sexualidad. El clamor
adámico del hombre a la mujer (Gen 2,23) se hace presente en la sexualidad, con
noble impulso. Es el anhelo del “tú”, de lo masculino a lo femenino, de lo femenino
a lo masculino. Sin duda que este impulso pertenece a la estructura íntima de Jesús
(S. Jerónimo). Y ese anhelo queda incorporado a la vivencia mística del propio
yo.
El encuentro con mi
propio yo corporal, en determinados momentos de mi vida, es el encuentro
exultante - ¿quién lo diría? – con una Flor (¡con una florcita de cinco pétalos
a quien le compuse un soneto!), con un Árbol, con la Primavera, con el Lago… Y Dios
estaba allí.
(3) Compañía
y contemplación de Jesús. Si realmente hablo de entrar en un ritmo de
respiración mística como respiración vital, la compañía y contemplación
permanente de Jesús me son necesarias. ¡Qué importante es dar un tiempo
efectivo a la oración contemplativa cada día – silencio, humildad y obediencia
– para que sea verdad que Jesús es el alma de mi existir, de que ese “en Cristo
Jesús” que Pablo ha transmitido a la Iglesia sea verdadero en mí, como
cristiano!
Ese Jesús inmanente de
la mística cristiana es el Jesús que anhela mi corazón… Muchos planteamientos
teológicos, al fin, acaban siendo embrollos. Desde esa inmanencia, la mirada de
Jesús: ser mirado y mirar con la misma luz. ¡La mirada de Jesús! (nn. 96-100).
(4) El
encuentro con la vida: sobriedad, gozo, paz. Tres palabras que tomamos
de la encíclica y que sintetizan los ideales profundos de mi persona. Sea cual
sea el deterioro ambiental que nos agobia, allí donde estoy yo puedo ser feliz,
suficientemente feliz, e irradiar felicidad y paz. La felicidad radica en
ciertos bienes que nadie nos los puede arrebatar.
Sobriedad.
“el
mercado tiende a crear un mecanismo consumista compulsivo para colocar sus
productos, las personas terminan sumergidas en la vorágine de las compras y los
gastos innecesarios. El consumismo obsesivo es el reflejo subjetivo del
paradigma tecnoeconómico” (n. 203). El Papa habla con frecuencia del “consumo”
(37 veces aparece esta palabra). ¿Qué ocurre? Que “mientras más vacío está el
corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir.”
(n. 204). Es un viejo principio. No caigamos en estas redes, en estos engaños.
“Es importante incorporar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones
religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que « menos es
más »” (n. 22).
Gozo y
paz. Hemos
de vivir este nuevo estilo, pero no como ascesis, sino como mística, es decir,
como vida que fluye desde dentro…, porque teniendo a Jesús conmigo, van cayendo
las cosas. Para vivir – tantas veces lo he pensado – basta “un poquito de pan y
un poco de cariño”; las dos son necesarias, pero menos pan que cariño.
(5) La amistad, lo más fino de “la
sociedad”. Quiera el Señor llevarme por el camino de la amistad, como
lo más fino que se puede decir del “amor social”. Y sea él, y nadie más, quien
me presente a quien y a quienes con los que he de compartir el amor por vía de
amistad. También esto pertenece a la mística cristiana y a una superecología
del espíritu.
5. La vía
mística sacramental hasta más allá del sol
El Oficio divino de
cada día es mística de la Iglesia. Y la misma bendición de la mesa, con
sencillez y dignidad (“Una expresión de esta actitud es detenerse a dar
gracias a Dios antes y después de las comidas. Propongo a los creyentes que
retomen este valioso hábito y lo vivan con profundidad” n. 227). Una bendición
a Dios, Creador y Padre, entra en la dinámica de la mística cristiana.
Los sacramentos – el
sacramento de la reconciliación – es mística de la Iglesia. Sí, confesarse
humildemente, es un acto místico.
¡Vivir el Domingo…,
participando en el descanso sabático de Dios, amante y podeorso, tras la creación!
(ver núm. 237).
Pero, sobre todo, la
Eucaristía diaria. El párrafo correspondiente podría ser la corona de este
retiro:
“En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor
elevación. La gracia, que tiende a manifestarse de modo sensible, logra una
expresión asombrosa cuando Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer por
su criatura. El Señor, en el colmo del misterio de la Encarnación, quiso llegar
a nuestra intimidad a través de un pedazo de materia. No desde arriba, sino
desde adentro, para que en nuestro propio mundo pudiéramos encontrarlo a él. En
la Eucaristía ya está realizada la plenitud, y es el centro vital del universo,
el foco desbordante de amor y de vida inagotable. Unido al Hijo encarnado,
presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios. En efecto, la
Eucaristía es de por sí un acto de amor cósmico: «¡Sí, cósmico! Porque también
cuando se celebra sobre el pequeño altar de una iglesia en el campo, la
Eucaristía se celebra, en cierto sentido, sobre el altar del mundo». La
Eucaristía une el cielo y la tierra, abraza y penetra todo lo creado. El mundo
que salió de las manos de Dios vuelve a él en feliz y plena adoración. En el
Pan eucarístico, «la creación está orientada hacia la divinización, hacia las
santas bodas, hacia la unificación con el Creador mismo». Por eso, la
Eucaristía es también fuente de luz y de motivación para nuestras preocupaciones
por el ambiente, y nos orienta a ser custodios de todo lo creado”.
Y luego…, más allá del sol…, tras mi tumba (no sé
si cercana o lejana), ¡la Trinidad!, a quien sea la gloria por los siglos de
los siglos.
Guadalajara, Jalisco,
San Juan Bautista 2015 (24 junio 2015)
Añadido
Laudato si’, desde el autobús
(Viajando de Guadalajara a Tepozotlán, Edo de
México)
1. Serían muy capaces esos árboles
de estarse eternamente donde están,
con ese verde oscuro silencioso,
y dando lo que tienen: mucha paz.
2. Y el lago reluciente que ahora veo
que está bañando al cielo con su faz,
y cambia de
colores y sonrisa
según le diga el Padre celestial.
3. Y siguen las colinas onduladas
con bestias que acudieron a pastar,
el tierno pasto, Alguien preparó;
lo suyo es: comer y reposar.
4. Quisiera yo dejar mi humilde cuerpo
sobre la madre tierra a descansar;
acaso sus latidos yo escuchara
y entonces empezara yo a llorar.
5. Un día la sentí, yaciendo en ella
su corazón latía a reventar,
me uní, enamorado, al universo
queriendo simplemente amar, gozar.
6. ¡Oh Padre Dios, dador de la armonía,
de todos Padre y mío singular,
en tus amantes brazos me acurruco
y pido tu mirada y tu piedad!
25 junio 2015
HIMNOS SOBRE LA ENCÍCLICA
LAUDATO SI´
Puedes hallar en estos post, a fecha de 9 de julio de 2015, los
siguientes Himnos
705.
(Al final) Serían muy capaces esos árboles
706.
La Madre que cuidó sigue cuidando
708.
Laudato si´- Himnos 1
Mirar así como Jesús
miraba
709.
Laudato si´- Himnos 2
Acepto, Padre amado, el
mundo tuyo
711.
Laudato si´- Himnos 3
Que sea la belleza el
aire puro
712.
Laudato si´- Himnos 4
Será la fiesta más allá
del sol
713.
Laudato si´- Himnos 5
El mundo es un regalo
de mi Padre