Cristo,
corona de Todos los Santos
Mt
5,1-12a
Texto
Al ver Jesús el gentío, subió
al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les
enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres
en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que
lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que
tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los
misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios
de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que
trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los
perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los
cielos.
Bienaventurados vosotros
cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Hermanos:
1. Al escuchar hoy la Palabra de Dios, vemos cómo
las lecturas que habrían correspondido a este domingo (XXXI del tiempo
ordinario) han sido sustituidas por las que pertenecen a la Solemnidad de Todos
los Santos. Una fiesta que ha cundido popularmente por todas partes, y que al
mismo tiempo la asociamos a la Conmemoración de todos los Fieles Difuntos, que
será mañana, 2 de noviembre. Hoy tantas personas irán al cementerio a honrar a
sus muertos y pedir por ellos. Son dos celebraciones distintas, aunque
instintivamente la asociamos, con la confianza de que quienes hoy son difuntos
pasarán al coro triunfal de todos los Santos.
Con sabiduría espiritual podemos comenzar
preguntándonos qué celebramos, y por qué celebramos. Tenemos que aclararnos.
El catálogo de Santos canonizados por la Iglesia
Católica es larguísimo y va engordando año tras años. Además de ello las
diócesis y las órdenes religiosas tienen sus santos, canonizados por la Iglesia,
que no han pasado al Calendario General de la Iglesia, así, por ejemplo,
nosotros capuchinos tenemos un Santoral de santos y beatos, reconocidos por la
Iglesia, que los celebramos litúrgicamente, pero que no figuran en el
Calendario general.
Este mismo viernes pasado la prensa navarra nos
sorprendía con la noticia de que han introducido la acusa de beatificación de
don Javier Osés. Pero si hemos conocido a este digno y simpático sacerdote, que
fue un tiempo Rector del Seminario de Pamplona. Y terminó siendo obispo de Jaca
y de Huesca. Al cumplir los 75 años presentó su renuncia, y al poco tiempo
moría por efecto de un cáncer. Era navarro, de Tafalla. Si todo va por buen
camino, un día podría estar en los altares, y ya no sería don Javier Osés, sino
el Beato Javier Osés. El proceso diocesano ha sido introducido en su diócesis
de Huesca.
La Guerra civil española venía de una auténtica
persecución religiosa. Se habían quemado imágenes, iglesias, conventos, y
tantos, tantísimos, - curas, frailes, monjas y seglares - fueron matados por
ser lo que eran, católicos convencidos, no por delitos probados que hubiesen
cometido. Después de decenios, cuando las cosas se calmaron, comenzaron poco a
poco las beatificaciones y hoy son más de 2.000 los que están en los altares.
2. Entonces, hermanos, cuando decimos Todos los
Santos, ¿qué queremos decir?, ¿qué queremos celebrar?
Algunos podrán pensar: Son de verdad santos todos
los que están, pero no están todos los que son, y hoy queremos meter a todos,
sin olvidar a nadie, aunque no sepamos los nombres. Pus no es este, no, el
sentido de la fiesta. No pensemos que en el cielo hay grados, escalafones, como
en una universidad, donde hay estudiantes que están haciendo una carrera,
licenciados y doctores. Los santos serían los que han alcanzado el primer
rango, vendrían luego, los de segundo, los de tercera, los del común. La
Iglesia nunca ha dicho, ni jamás podrá decir: San Francisco es más santo que
aquel cura corriente que le hicieron mártir porque le sorprendieron celebrando
misa.
Hermanos, nos equivocamos si nosotros queremos
establecer categorías de santos. Solo Dios conoce los corazones, solo Dios
sabe.
Además, sin que esto sea ninguna broma, tenemos
que decir que en el cielo no hay Santos; los santos son para la tierra. En el
cielo no hay obispos, no hay vírgenes, no hay casa ni solteros, no hay maridos
ni mujeres.
Una vez le pusieron a Jesús una consulta que era
una trampa. Había una mujer que se casó con un hombre, y este marido murió sin
dejar hijos. Para cumplir la Ley entonces la mujer se casó con el hermano del
difunto para dar descendencia; pero ocurrió lo mismo, y así siete veces.
Entonces, en la resurrección de los muertos, ¿cuál será el marido, porque
fueron los siete?
Y Jesús dijo: Estáis en una ignorancia total. El
cielo será otra cosa. El cielo es un mundo nuevo. En el cielo no hay maridos ni
mujeres, no hay parejas, no hay padres, hijo abuelos, y bisabuelos. Será algo
mucho más hermoso que no podemos imaginar. En el cielo seremos divinamente
hijos de Dios.
3. Sigamos, pues, diciendo quién es santo. Cuando
los domingos proclamamos el “Gloria” en la misa, le decimos a Jesucristo:
porque solo tú eres santo, solo tú Señor, solo tú Altísimo, Jesucristo, en la
gloria de Dios Padre, Amén.
Hoy queremos celebrar la santidad de Jesús, que se
expande sobre todo su pueblo santo. Todos los cristianos somos santos, porque,
mediante el bautismo y la gracia participamos de la santidad de Jesús. Somos
santos, somos consagrados a la santidad de Dios; somos hijos en el Hijo, hemos sido
deificados.
En la primera carta que escribió san Pablo, que es
la primera carta a los Tesalonicenses, es decir, a los cristianos de la ciudad
de Tesalónica, en Grecia, les llama “hermanos santos”. No es un cumplido, no es
una cortesía para capatar su cariño y benevolencia. Es la confesión de la
dignidad que cada uno llevamos dentro. Somos hermanos santos, porque hemos sido
santificados por el contacto con Jesucristo.
Somos santos, hemos nacido para ser contagiados
con la santidad de Jesús y vivir santamente hasta la muerte.
El mismo san Pablo, que les había saludado
diciéndoles “hermanos santos”, al final de la carta les dice:
“Que el mismo Dios de la paz os santifique
totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, se mantenga sin
reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os llama es fiel,
y él lo realizará”.
Ya veis, pues, hermanos, cuál es el ideal de
nuestra vida cristiano: vivir en ese amor con todas las consecuencias, que eso
es la santidad. Es como si uno dijera: Yo siempre he querido a mis padres, y
cada día les quiero más; creo que no les he faltado al respeto nunca, y hasta
les he ayudado en sus necesidades y en su enfermedad.
4. Para expresar el ideal de santidad, en esta
solemnidad de Todos los Santos se escoge el Evangelio de las Bienaventuranzas.
Las Bienaventuranzas no son unas reglas de conducta, unas virtudes que debemos
practicar.
¡Bienaventurados, dichos, felices… vosotros, los
pobres de espíritu, porque Dios os ha dado el Reino de los cielos!
Jesús nos está hablando a los jefes y prominentes
del pueblo, sino a la gente sencilla que le sigue.
Jesús nunca dijo: Dichosos los ricos, qué suerte
tienen… Con el dinero se abren todas las puertas, y hasta la política funciona
con el dinero y la corrupción.
Jesús está viendo lo que Jesús está haciendo en el
mundo, y ve que la vida es un milagro, si uno se deja conducir por Dios.
Jesús nos dice que los limpios de corazón verán a
Dios, ya lo están viendo.
Dichosos los que lloran por lo que hay que llorar
Dichosos los perseguidos por defender causas
nobles. Jesús murió por eso, por defender el verdadero Reino de Dios.
Y cuando se recordaban estas cosas, los primeros
cristianos ya habían padecido la primera persecución en tiempos de Nerón; luego
habían de venir otras, y más feroces.
Y así entendemos aquella visión que tuvo san Juan.
Desterrado en la isla de Patmos, que no ha contado en el Apocalipsis: “Después de esto vi una muchedumbre inmensa,
que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas, de
pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y
con palmas en sus manos. Y gritan con voz potente:«¡La victoria es de nuestro
Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!».
Estamos celebrando esa victoria de Cristo.
En el siglo IV las Iglesias cristianas de Oriente
comenzaron a celebrar en una fiesta a todos los santos mártires, como fiesta
pascual. Con el correr de la historia también se fue celebrando en los pueblos
de Europa. Y en el siglo IX, es decir,
en los años ochocientos y tantos, y así hace más de mil años estamos celebrando
la fiesta de todos los santos.
Glorifiquemos a Cristo, corona de todos los
santos. Y pidámosle que brille la santidad en todos los estamentos de la
sociedad. Naturalmente que un empresario tiene que ser santo, y necesitamos que
sea empresario, que pueda ranos trabajo y prosperidad, y que sea santo, que una
cosa no va en contra de la otra. Pidámosle que nos dé gobernantes santos,q ue
un día la Iglesia los pueda poner en los altares como modelos e intercesores.
Y, sobre todo, hermanos, pidámosle que to, es
decir, cada uno que me escucha sea santo. No hace falta que sea conocido ni
Pretendo
ser modelo de nadie. Pero sí quiero ser santo, agradar en todo a Jesús y servir
a mis hermanos, que eso es ser santo.
Señor Jesús,
tú solo eres santo, y a ti te glorificamos por toda la eternidad. Yo quiero ser
santo, y te pido que tu santidad envuelva mi vida. Yo quiero ser santo como
esos santos y santas que he conocido en mi vida, que no van a estar en los
altares, pero que son el resplandor de tu gloria. Tú solo eres santo, tú eres
la corona de todos los santos. A ti la gloria por toda la eternidad. Amén.
Pamplona,
31 octubre 2026