Jesús, confesado
como Hijo de Dios tras la multiplicación de los panes
Mt
14,22-33
Texto
21Jesús
salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. 22Entonces una mujer
cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un
demonio muy malo». 23Él
no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando». 24Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». 25Ella se acercó y se
postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». 26Él le contestó: «No
está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 27Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen
de la mesa de los amos». 28Jesús
le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo
que deseas». En aquel
momento quedó curada su hija.
Hermanos:
1. Este Evangelio que acabamos de
escuchar es una escena de una delicadeza y ternura hasta el extremo. Comienza
con una indicación de geografía, al decir que Jesús salió y se retiró a la
región de Tiro y Sidón. Estamos al norte de lo que llamamos Israel, o en otros
tiempos Palestina; estamos fuera de la Tierra santa de Israel, que para los
judíos es lo más precioso del mundo, y
nos encontramos en tierra de paganos.
Un evangelista nos dice que Jesús
no quer´´ia que la gente supiera que él andaba por allá. ¿Acaso se había retira
para unos dáis de descanso, como hace nosotros en verano?
Una mujer del pueblo, que no era de la religión judía, sino pagana, supo que Jesús estaba en aquella tierra. Y por lo visto se había enterado de que Jesús era un hombre de Dios; no solamente un hombre de Dios, porque lo va a invocar como Hijo de David. Y comenzamos nosotros a admirar a esta sencilla mujer, que ha tenido tal revelación. Entonces pensó que él, sí, podría remediar lo que afligía su corazón: Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.
2. Es una mujer de fe, que ya ha
conquistado el corazón de Jesús;. Jesús, de momento no le hace caso. Y los
discípulos le advierten a Jesús: hazle caso, que ya comienza a molestar, pues
viene detrás gritando.
Pero Jesús quiere probar y
purificar esa fe. Y dice una frase sorprendente: Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
Nos resulta muy duro este
lenguaje, pero es el momento de la prueba, como tantas veces ocurre en la vida.
Parece que cuando más lo necesitamos, Dios no nos hace caso. No es verdad: Dios
nos cae caso siempre, pero, en ocasiones, quiere probar nuestra fe y amor.
3. Aquí podría haber terminado
todo: no quiere hacerme caso; no será tan santo como dicen; me voy. Pero es una mujer decidida y perseverante,
porque así debe ser la oración, y vuelve sobre lo que quiere. Se acerca a
Jesús, se postra ante él con toda humildad y confianza y le pide: Señor, ayúdame.
Y Jesús le mortifica con la
última prueba: No está bien tomar el pan de
los hijos y echárselo a los perritos.
La mujer no es menos valiente en
este combate de la fe y se atreve a decirle algo genial:
Señor, que tienes razón, pero
entérate bien, que no te estoy pidiendo el pan de los hijos, que yo sé que no
puedo sentarte a tu mesa, pero mira que los perritos comen las migajas, la
basurita que se cae de la mesa.
Seguramente que a Jesús le
salieron las lágrimas cuando oyo esta respuesta. Se quedó admiradísimo, y le
dijo, lleno de gozo: Mujer, qué grande es
tu fe: que se cumpla lo que deseas.
Esta es la primera lección que
brota de esta escena entrañable: La oración lo puede todo, si la oración se
hace con fe inquebrantable; es decir con fe perseverante hasta el final. Jesús
nos lo dijo con palabras taxativas; así en aquel episodio de la higuera en la
semana santo, cuando Jesús pronunció unas palabras contra ella. Las palabras
que dijo a los apóstoles fueron estas: Todo
lo que pidáis orando con fe, lo recibiréis.
Si Dios, de pronto, no nos
concede lo que pedimos es que nos va a conceder otra cosa mejor, aquello que
realmente nos conviene.
4. Volviendo sobre este episodio
de la mujer pagana, hay una cuestión de primera importancia que los intérpretes
la deben estudiar con mucho cuidado. ¿Cuál es la relación de Jesús, no con su
pueblo Israel, el pueblo elegido de la Biblia, al que él ama con todo su amor,
sino con el pueblo de los paganos, delo que hablan tantas veces los salmos? Una
persona superficial diría que Dios es caprichoso, que no ama a todos por igual,
que tiene una preferencia injusta sobre un pueblo de la tierra, cuando al
parecer todos somos hijos por igual.
¿Qué pensar de todo esto?
La historia de Dios con los
hombres hay que mirarla desde el plan que Dios a sí mismo desde antes de la
creación del mundo.
Él
nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo | para que fuésemos santos
e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo,
| según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos, para alabanza de la
gloria de su gracia, | que tan generosamente nos ha concedido en el Amado. En
él, por su sangre, tenemos la redención, | el perdón de los pecados… (Ef
1,4-7).
Dios, al hacer su historia con
nosotros, quiso dar un anticipo con un pueblo elegido por gracia, de lo que
quería hacer con todo el mundo. Porque el plan de Dios desde siempre era querer
a todos sus hijos por igual.
Así nos lo dice la profecía que
escuchamos en la primera lectura: A los
extranjeros | que se han unido al Señor para servirlo…, los traeré a mi monte
santo, | los llenaré de júbilo en mi casa de oración…; porque mi casa es casa
de oración, | y así la llamarán todos los pueblos»
San Pablo nos lo dice
repetidamente: Ya no hay judíos y gentiles, ya no hay pueblo elegido; todos por
igual hemos sido salvados por la muerte del Hijo en la Cruz, y todos nos
salvamos en las mismas condiciones si aceptamos por la fe – solo por la fe, no
por las obras – que Jesús es nuestro único Salvador.
Jesús le dijo a aquella mujer que
él había venido para el pueblo de Israel; pero aquella mujer entendió por la
luz de Dios, que sea como fuere, Jesús podía salvarle a ella, perteneciente
hasta ahora al pueblo pagano. Desde el momento en que creyó en Jesús, ya era
cristiana, y no solo cristiana, sino perfecta cristiana, con una fe que es
modelo para todos nosotros.
«Mujer,
qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó
curada su hija.
Quedémonos, pues, con esta frase.
Que también nosotros, podamos oír de labios de Jesús: Hijo mía, hija mía, ¡qué
grande es tu fe! Me has conquistado el corazón.
Señor
Jesús, como conclusión de tus palabras te pido esa fe milagrosa que encontraste
en el corazón de aquella mujer pagana que te pidió la curación de su hija. Amén.
Pamplona, viernes 14 de agosto de
2026.
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