domingo, 25 de octubre de 2026

2013 (1057) Jesús, confesado como Hijo de Dios tras la multiplicación de los panes

 

 

 

Jesús, confesado como Hijo de Dios tras la multiplicación de los panes

Mt 14,22-33

Texto

21Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. 22Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». 23Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». 24Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». 25Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». 26Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 27Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». 28Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija. 

 

Hermanos:

1. Este Evangelio que acabamos de escuchar es una escena de una delicadeza y ternura hasta el extremo. Comienza con una indicación de geografía, al decir que Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Estamos al norte de lo que llamamos Israel, o en otros tiempos Palestina; estamos fuera de la Tierra santa de Israel, que para los judíos es lo más precioso del mundo, y  nos encontramos en tierra de paganos.

Un evangelista nos dice que Jesús no quer´´ia que la gente supiera que él andaba por allá. ¿Acaso se había retira para unos dáis de descanso, como hace nosotros en verano?

Una mujer del pueblo, que no era de la religión judía, sino pagana, supo que Jesús estaba en aquella tierra.  Y por lo visto se había enterado de que Jesús era un hombre de Dios; no solamente un hombre de Dios, porque lo va a invocar como Hijo de David. Y comenzamos nosotros a admirar a esta sencilla mujer, que ha tenido tal revelación. Entonces pensó que él, sí, podría remediar lo que afligía su corazón: Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

2. Es una mujer de fe, que ya ha conquistado el corazón de Jesús;. Jesús, de momento no le hace caso. Y los discípulos le advierten a Jesús: hazle caso, que ya comienza a molestar, pues viene detrás gritando.

Pero Jesús quiere probar y purificar esa fe. Y dice una frase sorprendente: Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

Nos resulta muy duro este lenguaje, pero es el momento de la prueba, como tantas veces ocurre en la vida. Parece que cuando más lo necesitamos, Dios no nos hace caso. No es verdad: Dios nos cae caso siempre, pero, en ocasiones, quiere probar nuestra fe y amor.


3. Aquí podría haber terminado todo: no quiere hacerme caso; no será tan santo como dicen; me voy.  Pero es una mujer decidida y perseverante, porque así debe ser la oración, y vuelve sobre lo que quiere. Se acerca a Jesús, se postra ante él con toda humildad y confianza y le pide: Señor, ayúdame.

Y Jesús le mortifica con la última prueba: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.

La mujer no es menos valiente en este combate de la fe y se atreve a decirle algo genial:

Señor, que tienes razón, pero entérate bien, que no te estoy pidiendo el pan de los hijos, que yo sé que no puedo sentarte a tu mesa, pero mira que los perritos comen las migajas, la basurita que se cae de la mesa.

Seguramente que a Jesús le salieron las lágrimas cuando oyo esta respuesta. Se quedó admiradísimo, y le dijo, lleno de gozo: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

Esta es la primera lección que brota de esta escena entrañable: La oración lo puede todo, si la oración se hace con fe inquebrantable; es decir con fe perseverante hasta el final. Jesús nos lo dijo con palabras taxativas; así en aquel episodio de la higuera en la semana santo, cuando Jesús pronunció unas palabras contra ella. Las palabras que dijo a los apóstoles fueron estas: Todo lo que pidáis orando con fe, lo recibiréis.

Si Dios, de pronto, no nos concede lo que pedimos es que nos va a conceder otra cosa mejor, aquello que realmente nos conviene.

 

4. Volviendo sobre este episodio de la mujer pagana, hay una cuestión de primera importancia que los intérpretes la deben estudiar con mucho cuidado. ¿Cuál es la relación de Jesús, no con su pueblo Israel, el pueblo elegido de la Biblia, al que él ama con todo su amor, sino con el pueblo de los paganos, delo que hablan tantas veces los salmos? Una persona superficial diría que Dios es caprichoso, que no ama a todos por igual, que tiene una preferencia injusta sobre un pueblo de la tierra, cuando al parecer todos somos hijos por igual.

¿Qué pensar de todo esto?

La historia de Dios con los hombres hay que mirarla desde el plan que Dios a sí mismo desde antes de la creación del mundo.

Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo | para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, | que tan generosamente nos ha concedido en el Amado. En él, por su sangre, tenemos la redención, | el perdón de los pecados… (Ef 1,4-7).

Dios, al hacer su historia con nosotros, quiso dar un anticipo con un pueblo elegido por gracia, de lo que quería hacer con todo el mundo. Porque el plan de Dios desde siempre era querer a todos sus hijos por igual.

Así nos lo dice la profecía que escuchamos en la primera lectura: A los extranjeros | que se han unido al Señor para servirlo…, los traeré a mi monte santo, | los llenaré de júbilo en mi casa de oración…; porque mi casa es casa de oración, | y así la llamarán todos los pueblos»

San Pablo nos lo dice repetidamente: Ya no hay judíos y gentiles, ya no hay pueblo elegido; todos por igual hemos sido salvados por la muerte del Hijo en la Cruz, y todos nos salvamos en las mismas condiciones si aceptamos por la fe – solo por la fe, no por las obras – que Jesús es nuestro único Salvador.

Jesús le dijo a aquella mujer que él había venido para el pueblo de Israel; pero aquella mujer entendió por la luz de Dios, que sea como fuere, Jesús podía salvarle a ella, perteneciente hasta ahora al pueblo pagano. Desde el momento en que creyó en Jesús, ya era cristiana, y no solo cristiana, sino perfecta cristiana, con una fe que es modelo para todos nosotros.

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.

Quedémonos, pues, con esta frase. Que también nosotros, podamos oír de labios de Jesús: Hijo mía, hija mía, ¡qué grande es tu fe! Me has conquistado el corazón.

 

Señor Jesús, como conclusión de tus palabras te pido esa fe milagrosa que encontraste en el corazón de aquella mujer pagana que te pidió la curación de su hija. Amén.

 

Pamplona, viernes 14 de agosto de 2026.

 

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