domingo, 25 de octubre de 2026

2117 (1061) Jesús nos enseña la gracia del perdón absoluto

 

 

2117 (1061) Jesús nos enseña la gracia del perdón absoluto

Mt 21-35

Texto

21Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». 22Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

 23Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. 24Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. 26El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. 27Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

 28Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. 29El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. 30Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 31Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. 33¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. 34Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. 35Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano». 

Hermanos:

1. Seguimos reflexionando sobre la imagen de la Iglesia que Jesús ha presentado, que es la comunidad que nosotros debemos ir creando, con la ayuda y presencia de Jesús, pues se trata de su Iglesia.

El Evangelio que acabamos de escuchar sigue inmediatamente a la última frase del Evangelio del domingo anterior: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Insistíamos en que la Iglesia no es la Iglesia de Pedro, sino la Iglesia de Jesús, “mi Iglesia”. Por eso, por ser su Iglesia, que Él sigue cuidando desde el cielo, la Iglesia tiene la garantía de perseverar hasta el final, hasta la vuelta del Señor.

Es bellísimo el panorama que Jesús nos ha ofrecido de su obra, pero cuenta con que somos pecadores, y que hay que perdonar. De esto hablábamos.

2. Ahora, de este asunto, Pedro, especial responsable, pide una aclaración, porque ya sabemos que las cosas tienen que tener un límite justo y razonable. Comienza, pues, el Evangelio, diciendo: Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».

Siete veces es mucho, acaso muchísimo, porque dice el refrán: A la tercera va la vencida. Incluso, hay otro dicho: Una y no más; y se entiende: que si no, me lo pagarás.

Y ahora Jesús responde de repente con una frase curiosa que se inventa: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. No lo dice para que saquemos la computadora y hagamos la multiplicación: 7 por 70 igual a 490…, sino para que entendamos esta verdad, que de repente no se entiende: Perdonar, si se pide perdón, hay que perdonar siempre, absolutamente siempre.

3. Antes de entrar en los detalles de la parábola, detengámonos en este punto. Jesús ha explicado que si uno ha cometido un pecado serio, tiene que reconocerlo, es decir, confesarlo y  pedir perdón. Si uno no quiere reconocerlo después de aquellas tres instancias de que hablábamos – a solas, con dos o tres testigos, y la mimsma comunidad - , entonces, considéralo ya fuera de la comunidad. Él no ha querido ser hermano; él queda fuera de la comunidad.

Uno es excluido por un pecado muy grave que no ha querido reconocer, y expulsado de la comunidad.

4. Pero si un día dice: Fui un necio, me arrepiento de lo que hice, quiero volver a la Iglesia, la iglesia tiene que aceptarlo. La Iglesia es su familia y tiene que aceptarlo; la Iglesia es su familia, es su casa.

Recordad, hermanos, aquello del hijo pródigo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo, trátame como uno de tus jornaleros. Y así piensa su hermano.

Pero el padre dice: De ninguna manera; vamos a celebrar un banquete, porque, al fin, ha vuelto mi hijo. Esta y no otra es la Iglesia que quiere Jesús, la Iglesia del perdón y la acogida.

5. Pero en esta parábola profundizamos en lo que es el milagro del perdón. Jesús, que habla al pueblo campesino, se inventa una fantasía, un cuento de algo que no ha existido en la realidad; pero que, a lo mejor, en otra realidad muy verdadera sí que está existiendo.

Dice, pues el Señor: Que había un rey, allá en oriente, y que quiso poner orden con sus magnates. Le presentaron a uno que le debía 10.000 talentos. ¿Qué son 10.000 talentos? Una cantidad que es difícil imaginar en neustras cuentas bancarias, porque no tenemos monedas de comparación. Recuerdo que en una versión anterior habían puesto: Muchos millones. Pero es mejor que las cosas queden como las dijo Jesús. Y luego había otro deudor, que acaso nos dé la clave de estas cuentas.  Otro duedor le debía, a su vez a este magnate, 100 denarios. Dicen los que han estudioado estos  monetarios que 100denario con respecto a 10.000 talentos es la diferencia de uno a un millón. Y con este cálculo ya podemos entendernos mejor.

Jesús habló varias veces de denarios. Un denario era un sueldo diario de un trabajador sencillo. 100 denarios serían el sueldo mínimo de cien días de trabajo de un trabajador sencillo, no especializado. Vamos a hablar con euros, aunque no podamos gaan tizar de que las cifras son exactas. Uno debía cien denarios. Si ganaba 1.500 euros al mes, 50 al día (por un suponer), el sueldo de dien días serían 5.000 euros. Este era el segundo deudor; pero el primero, el de los 10.000 talentos era un millón de veces más. Es decir. El primer deudor, este gran magnate, le debía al rey 5.000 millones de euros. ¿Quién tiene esa cantidad?

El rey pide cuentas. El gran deudor no tiene para pagar, y entonces el rey poderoso ordena que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. Repito: es un cuento para decir luego una verdad.

Y dice Jesús: que el hombre arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

No le dice que se lo perdone, sino que aguarde.

Y ahora viene un milagro: el rey se lo perdonó todo. Pero aquí no termina la historia, porque ahora viene lo feo.

6. Porque resulta que este señor también tenía sus negocios, y un deudor le debía cienco dólares, 5.000 euros. Pero de pronto el hombre no tenía a mano ese dinero, y fíjense la frase que había dicho antes: que el hombre a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

Pero aquel magnate, aquel deudor perdonado, no tenía corazón, y dijo: De ninguna manera, que me lo pagfue ahora mismo, porque me lo debe, y si no, a la cárcel.

Y la historia termina de una manera tremenda. Que la gente de su entorno, indignada, fue a contárselo al rey. Y rey, furioso, ordenó: Ahora no perdono.

“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda”.

7. Esto es un cuento, una parábola, hermanos. Pero no es un cuento lo que ahora viene. Dice Jesús en conclusión:

Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

La conclusión es demasiado seria. Pensémosla. Ya los antiguos nos habían dicho cosas muy hermosas y verdaderas sobre el perdón, como nos o recuerda la primera lectura de hoy:

Si un ser humano alimenta la ira contra otro,

¿cómo puede esperar la curación del Señor?

Si no se compadece de su semejante,

¿cómo pide perdón por sus propios pecados?

Si él, simple mortal, guarda rencor,

¿quién perdonará sus pecados?

Piensa en tu final y deja de odiar,

acuérdate de la corrupción y de la muerte

y sé fiel a los mandamientos.

 

Entonces Jesús, ¿qué hace? ¿Simplemente repite lo que otros ya habían dicho? No, hermanos, Jesús habla de “mi Padre”. Mi Padre es el que perdona, el que perdona todo y lo perdona siempre, porque yo, que soy su hijo, he pagado la deuda contraía por mis hermanos. Jesús ha muerto para el perdón de nuestros pecados. Y a Él le debemos eterna gratitud.

Hoy san Pablo nos dice: Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.

Este es el mensaje. Yo, pecador, he sido perdonado, y Jesús, mi hermano, me ha abrazado y me ha dado un puesto en casa, para vivir siempre con él. Yo perdono a todos los que me hayan ofendido y pido perdón a todos los que haya podido ofender. Jesús es nuestro hermano, y solo así podemos ser felices.

Señor Jesús, tú nos has enseñado las maravillas del perdón; haz que vivamos siempre en la gracia que tú nos has traído, el perdón absoluto hasta el cielo. Amén.

 

Pamplona, 12 de septiembre de 2026.

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