Instituto Superior Salesiano
(ISS) – Tlaquepaque, Jal.
Jornada de estudio – 22
noviembre 2013
CONCILIO
VATICANO II
BALANCE Y PERSPECTIVAS PARA LA FE
OBJETIVO: Al celebrar los
cincuenta años del inicio del Concilio Vaticano II, que inspiró la
proclamación
del año de la fe, hacemos un
balance sobre el modo con que la doctrina conciliar ha marcado el
cristianismo
actual con el fin de subrayar
las perspectivas que abre a la misma fe de la Iglesia.
PRIMER
MOMENTO: Balance
1.
El Concilio Vaticano II. Balance
Expone: Fr. Rufino María Grández
SEGUNDO
MOMENTO: Reflexión
2. Reflexión por
grupos (coordina: Hna. Nubia Celis, vd)
Se distribuye la asamblea en
cuatro grupos. Cada uno reflexionará sobre cada una de las
Constituciones
conciliares (de manera guiada)
a)
Lumen
gentium: Opción por una Iglesia comunional
b) Dei Verbum:
Primacía de la palabra de Dios en la Iglesia
c)
Sacrosanctum
concilium: Centralidad de la liturgia y la
eucaristía
d) Gaudium et spes:
Diálogo amistoso con el mundo contemporáneo
TERCER
MOMENTO: Perspectivas
3. El Concilio
Vaticano II. Perspectivas
Expone:
P. Antonio Velasco Jiménez, vd
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El
Concilio Vaticano II – Balance
Fr.
Rufino María Grández, OFMCap.
Apreciado
P. Rector,
apreciados
maestras y maestros,
queridos
alumnos y visitantes:
Me toca compartir con ustedes el primer
momento de esta Jornada de estudio, que, como está anunciado en el cartel de
invitación, ha sido estructurada en un triple movimiento: Balance – Reflexión en
cuatro grupos de las cuatro Constituciones conciliares – Perspectivas.
Agradezco al P. Rector esta encomienda,
que la tomé como gesto de estima y deferencia, y que enlaza, como la mayoría de
ustedes pueden recordar, con aquel acto inaugural del curso académico
2012-2013, cuando en torno al mismo interés por la herencia del Concilio expuse
aquel tema: A los 50 años del Concilio:
el rostro de la Iglesia (Lección inaugural del curso académico 2012-213 en
el Instituto Superior Salesiano Cristo Resucitado - 20 agosto 2012). Es oportuno
recordar que a los 40 años de la constitución conciliar sobre la sagrada
liturgia escribió el Papa Juan Pablo II la carta apostólica Spiritus et sponsa (4 diciembre 2003)
con esta guía: Una mirada a la constitución conciliar – De la renovación a la
profundización – Perspectivas.
Queremos cerrar de este modo el Año de
la Fe, que tiene su broche de oro pasado mañana, Domingo de Cristo Rey. Esperamos
con gozo la exhortación apostólica anunciada para este día: Evangelii gaudium, El gozo del Evangelio.
Seguramente que allí encontraremos la “vera effigies” de su pontificado. El
Papa Francisco anunció que se retiraba a un convento para unos días de oración.
Saben ustedes que sin oración no hay teología, sin mística no hay Escritura. Y
uniendo cátedra y vida cotidiana de nuestras comunidades (la gran mayoría de
nosotros vivimos en comunidad consagrada) queremos concluir el Año de la Fe,
memorial eclesial del Concilio, expresándonos como creyentes integrando
vivencias espirituales y síntesis académicas. Para mí, en lo profundo, esta
Jornada Académica no es solo una ocasión excelente de reflexión intelectual: de
indagar, escribir, comunicar, cosa que me satisface. Me satisface más saber que,
con un motivo académico hoy en uso en los centros ecelesiásticos, estamos
celebrando una Jornada de Iglesia, con este gozo sustantivo de corazón y de
familia, de sabernos Iglesia y vivirnos como Iglesia.
Continuando el pensamiento, permítanme
una anécdota en al que tiene parte este Instituto. Arriba, junto a las aulas,
una hermana de las Pías Discípulas del Divino Maestro me pidió un retiro sobre
el Año de la Fe. Esto fue en el mes de enero. Un retiro en el que evocamos Porta fidei, el Concilio, el Sínodo de
la Nueva Evangelización, y hablamos de “El don de la Fe como vida y vida en
abundancia”. No me pareció ninguna indiscreción volcar este retiro en Internet,
indicando de dónde procedía. Pues bien, ese retiro a la fecha (viernes, 19 de
noviembre) ha tenido 2.219 visitantes. Por lo tanto, gracias a Las Pías
Discípulas del Divino Maestro, de la Familia Paulina, aquí presentes, que me
estimularon a ser vocero de la fe.
I
Memoria y
ambientación
Concilio, un hecho que
hoy lo vemos como historia
Quiero comenzar con una constatación
para situarnos en el Balance. Ninguno de los alumnos del Instituto había nacido
– pienso – cuando comenzó el Concilio. Ustedes comenzaron a oír Vaticano II
cuando eran adolescentes. El Concilio era historia, no convivencia, y menos gestación.
Es como si a mí en el Seminario me hubieran hablado de Pío XI. Yo nací en el
pontificado de Pío XI: nací al final de 1936 y Pío XI concluyó al inicio de
1939. Jamás se me ocurrió pensar que yo soy contemporáneo de Pío XI. Cuando
siendo mayor, ya profesor en nuestro colegio de Teología, un anciano profesor,
hermano de comunidad, que había explicado 30 años en el Laterano me habló de la
majestad de Pío XI – aquello sí que era un pontífice – yo pensé que me hablaba
de tiempos arcaicos, como una evocación medieval, porque nuestra fascinación de
niños en el Seminario había sido Pío XII, que nos parecía el no va más. ¿Quién
le sucedería? Pues le sucedió un Papa muy diferente de Pío XII, que convocó el
Concilio Vaticano II, y que definitivamente dentro de unos meses va a ser San Juan
XXIII.
Para ustedes el Concilio Vaticano II es
historia, Juan XXIII es historia y hasta el mismo Pablo VI es historia. Sin
quererlo, nuestra perspectiva de pensamiento está en distinto plano. Para mí el
anuncio del Concilio, la gestación, la celebración de las cuatro sesiones del
Concilio no son historia sino que todo ello es parte de mi historia, carne de
mi historia; el antes y después del Concilio pertenecen a la modulación misma
de mi vida.
La mayor gracia del
siglo XX
Hay que confesar que el Concilio ha sido
la mayor gracia que ha recibido la comunidad cristiana en el siglo XX. Si bien
para un sector minoritario el Concilio ha sido una puñalada a la tradición, y
los pontífices que lo han llevado a cabo y lo han fomentado, es decir, todos
ellos, unos traidores. La toma de postura reciente, como decisión definitiva de
los lefebvrianos, ha sido lamentable. Ha sido un tajo para romper con la
Iglesia, porque lo que se rechaza no es ya la interpretación abusiva del
Concilio, sino que se rechaza el texto mismo del Concilio.
“Siguiendo
a Mons. Lefebvre, afirmamos que la causa de los graves errores que están
demoliendo la Iglesia no reside en una mala interpretación de los textos
conciliares - una "hermenéutica de la ruptura" que se opondría a una
"hermenéutica de la reforma en la continuidad" -, sino en los textos
mismos, a causa de la inaudita línea escogida por el concilio Vaticano II. Esta
línea se manifiesta en sus documentos y en su espíritu: frente al
"humanismo laico y profano", frente a la "religión (pues se
trata de una religión) del hombre que se hace Dios", la Iglesia, única
poseedora de la Revelación "del Dios que se hizo hombre" quiso
manifestar su "nuevo humanismo" diciendo al mundo moderno: "nosotros
también, más que nadie, tenemos el culto del hombre" (Pablo VI, Discurso
de clausura, 7 de diciembre de 1965). Mas esta coexistencia del culto de Dios y
del culto del hombre se opone radicalmente a la fe católica, que nos enseña a
dar el culto supremo y el primado exclusivo al solo Dios verdadero y a su único
Hijo, Jesucristo, en quien "habita corporalmente la plenitud de la
divinidad" (Col. 2, 9)” (Declaración del 30 de junio de 2013).
La gracia del Concilio, que nos ha
puesto ante una era nueva, coincidente con la evolución misma de la humanidad,
es una gracia que no han disfrutado nuestros hermanos de la Iglesia Ortodoxa.
Lo decimos con sumo respeto, con veneración y súplica. Esta reflexión que hago
me la sugería uno de mis profesores de Jerusalén, concretamente el profesor de
Patrística, P. Lino Cignelli, hoy difunto. Él veía en la Iglesia Oriental,
tanto ortodoxa como católica, una especie de anquilosamiento, que lo deducía de
esta simple observación: no ha pasado un Concilio. Naturalmente, esta
apreciación suena ofensiva; dejémosla ahí, sin entrar en discusión – de la que
probablemente no somos capaces – pero con la sospecha de que es verdad. La
Iglesia necesitaba un Concilio que le hiciera revisarse desde sus raíces.
Dos referencias: dónde
estábamos y hasta dónde llegamos en el Concilio
Para entender el Concilio son necesarios
dos puntos de refererencia: dónde estábamos antes del Concilio y hasta dónde
llega el Concilio. Observando, además, algo sumamente interesante: que el mismo
Concilio fue la mejor formación permanente que ha tenido la Iglesia, y que en
los pocos años que duró el Concilio – cuatro años desde que comenzó hasta que
terminó avanzó la teología más que en unas cuantas generaciones de enseñanzas.
Los Obispos entraron con una teología bastante esclerotizada y salieron con una
teología fresca y nueva. El Concilio fue para ellos una conversión teológica,
es decir, una conversión eclesial.
Un ejemplo: Las misiones.
Es una delicia leer el decreto “ad gentes”: qué es la misión, las misiones. El
documento es una maravilla; rezuma la fragancia de todo el Concilio, de una
Iglesia recién nacida en Pentecostés. Pero tuvo ocho redacciones, hasta llegar
al último día del Concilio. La aprobación fue rotunda con la votación más alta:
solo cinco votos negativos frente a 2.394 “placet”.
Si una persona ávida de cosas
espirituales, que no se ha metido por estos terrenos de documentación
eclesiástica, me preguntara qué es el Concilio, podríamos responderle: “Mira,
lee el documento sobre las Misiones (documento “ad gentes”), y ¡eso es el
Concilio!”.
Benedicto XVI: una
síntesis entrañable del Concilio ante el clero de Roma (14 febrero 2013)
No voy a contar cómo se encendió de
repente la luz del Concilio, como inspiración, en el alma ingenua de Juan
XXIII, sin haberlo pensado antes. Ya lo referí, con gozo y deleite, en la
conferencia antes aludida.
Una síntesis entrañable de lo que fue el
Concilio nos la ha hecho Benedicto XVI en una charla espontánea, efusiva,
extendida que tuvo el 14 de febrero de este año al clero de Roma, del cual
quería despedirse, pues acaba de anunciar la entrega que hacía del ministerio
petrino. “Entrañable”, digo, porque esa amplia conversación (9 páginas
apretadas) se lee con la admiración y ternura que merece un pontífice de esta
categoría, sabio y santo.
En noviembre de 1962 el joven teólogo
Ratzinger ya era perito oficial del Concilio. Rememora el Papa el entusiasmo
con que comenzó el Concilio. Oigámosle:
“Así pues,
fuimos al Concilio no sólo con alegría, sino con entusiasmo. Había una
expectativa increíble. Esperábamos que todo se renovase, que llegara
verdaderamente un nuevo Pentecostés, una nueva era de la Iglesia, porque la
Iglesia era aún bastante robusta en aquel tiempo, la práctica dominical todavía
buena, las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa ya se habían reducido
algo, pero aún eran suficientes. No obstante, se sentía que la Iglesia no
avanzaba, se reducía; que parecía una realidad del pasado y no la portadora del
futuro. Y, en aquel momento, esperábamos que esta relación se renovara,
cambiara; que la Iglesia fuera de nuevo una fuerza del mañana y una fuerza del
hoy. Y sabíamos que la relación entre la Iglesia y el periodo moderno, desde el
principio, era un poco contrastante, comenzando con el error de la Iglesia en
el caso de Galileo Galilei; se pensaba corregir este comienzo equivocado y
encontrar de nuevo la unión entre la Iglesia y las mejores fuerzas del mundo,
para abrir el futuro de la humanidad, para abrir el verdadero progreso. Estábamos,
pues, llenos de esperanza, de entusiasmo, y también de ganas de hacer nuestra
parte para ello”.
Hermenéutica de la continuidad,
no de la discontinuidad y ruptura
Esta interpretación que en tono coloquial hace el
Papa del Concilio, en un clima distendido y como un anciano que en la cima de
su vida, va en coherencia con el discurso crítico que pronunció ante la Curia
Roma en 2005, en el cual dijo, en contra de la opinión de la hermenéutica de
discontinuidad:
"De
esta manera, se considera el Concilio como una especie de Asamblea
Constituyente, que elimina una Constitución antigua y crea una nueva. Pero la
Asamblea Constituyente necesita una autoridad que le confiera el mandato y
luego una confirmación por parte de esa autoridad, es decir, del pueblo al que
la Constitución debe servir. Los padres no tenían ese mandato y nadie se lo
había dado; por lo demás, nadie podía dárselo, porque la Constitución esencial
de la Iglesia viene del Señor" (Discurso a la Curia Romano el 22 de
diciembre de 2005).
La llamada Escuela de Bolonia (Instituto para las
Ciencias Religiosas de Bolonia),
El Papa Francisco, que va produciendo tantas
sorpresas, ha dado una no pequeña en los medios intelectuales con una carta
escrita a Mons. Agostino Marchetto del 12 de octubre dada a conocer el 12 de
noviembre con ocasión de un determinado acto académico. Marchetto se ha batido
el cobre, por así decir, contra la mentalidad de la Escuela de Bolonia, autora
de la Historia del Concilio en 5 volúmenes, que propugna que el mensaje del Concilio
no está tanto en los documentos cuanto en el evento mismo y en el espíritu que
los mueve. Los documentos serían, más bien, acuerdos tácticos para concordar
las diversas posturas. El Papa le escribía:
Querido Mons. Marchetto,
Con estas líneas deseo
mostrarle mi cercanía y unirme al acto de presentación del libro: “Primato pontificio ed episcopato. Dal primo
millennio al Concilio ecumenico Vaticano II”. Le ruego que me sienta
espiritualmente presente.
La temática del libro es un
homenaje al amor que Usted tiene a la Iglesia, un amor leal y al mismo tiempo
poético. La lealtad y la poesía no son objeto de comercio: no se compran ni se
venden, son simplemente virtudes enraizadas en un corazón de hijo que siente la
Iglesia como Madre; o para ser más preciso, y decirlo con ”aire” ignaciano de
familia, como “la Santa Madre Iglesia jerárquica”.
Este amor Usted lo ha manifestado
de muchos modos, incluso corrigiendo un error o imprecisión por parte mía, -y
por esto le doy las gracias de corazón-, pero sobre todo se ha manifestado con
toda su pureza en los estudios realizados sobre el Concilio Vaticano II.
Una vez Le dije, querido Mons. Marchetto, y hoy deseo repetirlo, que Le
considero el mejor intérprete del Concilio Vaticano II. Sé que es un don de Dios, pero
sé también que Usted lo ha hecho fructificar.
Le estoy agradecido por todo el
bien que nos hace con su testimonio de amor a la Iglesia y pido al Señor que le
recompense abundantemente.
Le pido por favor que no se
olvide de rezar por mí.
Que Jesús Le bendiga y la Virgen
Santa Le proteja.
La letra y el espíritu del Concilio, ¿son
ecuacionalmente lo mismo? Cuestión muy delicada, que requiere sus perfiles.
Podemos precisar dos matices:
1° El espíritu del Concilio está en la misma letra
del Concilio, y no hay que rebuscar en historia de intrigas y de polémicas –
cosa muy propia de todo apasionada discusión humana – para encontrar allí, y no
en la letra, la intención del Concilio, el espíritu del Concilio.
2° Esto de base, tampoco tendremos reparo a decir
que la aplicación del Concilio, y en virtud del contenido mismo del Concilio,
se llega a concreciones que superan la mera letra del Concilio; por ejemplo, en
la lengua de la liturgia.
Y con esto podemos pasar a presentar una panorámica
de balance que nos ofrecen las cuatro Constituciones del Concilio.
Balance simple del Concilio: un
“sensus Ecclesiae” sereno, gozo y lleno de esperanza
Tratamos de hacer un balance del Concilio, de lo
que ha aportado a la Iglesia.
En el plano de las discusiones técnicas abundan las
opiniones. El campo de las probabilidades es anchurosos; y el derecho a la
libre opinión pertenece al cartel de los derecho humano. Con todo,
científicamente he de advertir que el uso método de la crítica, que lleva al
descontento, como talante para acceder al Concilio, es corrosivo. El que
empieza criticando nunca podrá gustar; él mismos e amarga con su propia
amargura.
Por el contrario, un balance global del Concilio,
que fluye de sí mismo sin esfuerzo, es un nuevo “sensus Ecclesiae”, que es uno
de los frutos de los Ejercicios apetecido como talante de vida, según lo expuso
san Ignacio en las reglas para sentir con la Iglesia, material final de los
Ejercicios que él titula así: “Para el sentido verdadero que en la iglesia
militante debemos tener, se guarden las reglas siguientes” (EE, 352-367).
El “sensus Ecclesiae” es el mirar la Iglesia con
los ojos de Cristo.
II
Las
cuatro Constituciones, como los cuatro pilares del Concilio
1. La liturgia: primer
fruto del Concilio, un documento emblemático
La
primera flor del Concilio
La liturgia fue la primera flor del
Concilio, flor y fruto. Esto sucedió porque desde finales del siglo XIX bullía
en la Iglesia un despertar litúrgico,
que siguió floreciendo pujante en el siglo XX, como teología y como pastoral.
El día de san Agustín de 1999 el teólogo
Ratzinger publica su “Introducción al espíritu de la liturgia”, bestseller con
cuatro ediciones en un año. En el Prefacio escribía recordando a un hombre de
corazón similar y maestro, Romano Guardini:
"Una
de mis primeras lecturas luego del inicio de mis estudios teológicos, al
comienzo de 1946, fue la opera prima de Romano Guardini, 'El espíritu de la
liturgia', un pequeño libro publicado en la Pascua de 1918 como volumen
inaugural de la colección 'Ecclesia orans', a cargo del abad Herwegen, muchas
veces reeditada hasta 1957. Con justa razón, esta obra puede ser considerada
como el inicio del movimiento litúrgico, ya que contribuyó de manera decisiva a
hacer que la liturgia, con su belleza, su riqueza oculta y su grandeza que
trasciende al tiempo, fuese redescubierta como centro vital de la Iglesia y de
la vida cristiana. Dio su contribución para que la liturgia se celebre en forma
‘esencial’ (término tan apreciado por Guardini); la quiso comprender a partir
de su naturaleza y de su forma interior, como oración inspirada y guiada por el
mismo Espíritu Santo, en la que Cristo sigue haciéndose contemporáneo a
nosotros, irrumpiendo en nuestra vida" (Introducción al espíritu de la
liturgia, Prefacio).
Los teólogos más sensibles de aquellos
tiempos en el área católica eran también teólogos y estetas de la liturgia,
Joseph Ratzinger entre ellos. Luego, al hacer la evaluación completa del
Concilio, se pudo ver que la liturgia no fue solo el tema primero como el más
preparado, sino el tema que debía campear con una primacía teológica en una
asamblea eclesial. Dijo Benedicto XVI al hacer su balance del Concilio:
“Ahora,
en retrospectiva, creo que fue muy acertado comenzar por la liturgia. Así se
manifiesta la primacía de Dios, la primacía de la adoración: «Operi Dei
nihil praeponatur». Esta sentencia de la Regla de san Benito (cf. 43,3)
aparece así como la suprema regla del Concilio. Alguno criticaba que el
Concilio hablara de muchas cosas, pero no de Dios. Pero sí que habló de Dios. Y
su primer y sustancial acto fue hablar de Dios y abrir a todos, al pueblo santo
por entero, a la adoración de Dios en la celebración común de la liturgia del
Cuerpo y la Sangre de Cristo. En este sentido, más allá de los aspectos
prácticos que desaconsejaban iniciar de inmediato con temas polémicos, digamos
que fue realmente providencial el que en los comienzos del Concilio estuviera
la liturgia, estuviera Dios, estuviera la adoración”.
El “status” previo de la liturgia ante
el concilio era la encíclica “Mystici corporis”, (29 junio 1943) desembocadura
del movimiento litúrgico nuevamente vigorizado tras la segunda guerra mundial;
el Concilio fue mucho más allá.
Al describir ese milagro litúrgico que
se opera en el mismo Concilio y tras el Concilio, podríamos hacer comparaciones
entre la liturgia de antes del Concilio y la de hoy. Los que somos testigos de
las dos podemos citar cosas absolutamente sorprendentes; en el curso de esta
conferencia citaré alguna. Pero quede lejos de nosotros la fácil tentación de
“ridiculizar” la liturgia de antes; si así lo hiciéramos, nos mostraríamos obtusos
para la experiencia de lo divino que ese tipo sugería, y además, colateralmente,
podríamos caer en una grave injuria a nuestros hermanos de Oriente, que han
conservado y conservan una liturgia con gran dosis de su carácter apofático. Además, si se fuera a
escudriñar las pintorescas curiosidades que, invocando al Concilio, se han
llevado a cabo en determinados ambientes, aquí lo superficial y ridículo
tendrían su parte.
(Sobre la liturgia de antes en
comparación con la de hoy, puede verse los estudios de la Unioversidad de
Comillas con ocasión del 40° aniversario del Concilio. Véase:
http://www.upcomillas.es/personal/jmmoreno/cursos/Liturgia/VaticanoII.htm#anterior)
Tres
grandes criterios
Una definición descriptica de la
liturgia podría ser ésta: La liturgia es
el acontecimiento mistérico del Misterio Pascual en su integridad, que lo
celebra todo el pueblo santo de Dios, expresándolo en su propia lengua. En
torno a los tres polos aquí mencionados podemos ver toda la renovación
litúrgica, a saber:
- Misterio pascual
- celebración de todo el pueblo santo de
Dios
- en la propia lengua.
Misterio Pascual.
“Misterio pascual” es una expresión que no aparece en la encíclica Mystici corporis. Desde la liturgia
entra en la reflexión teológica en los años sucesivos. Louis Boyer (antes
luterano, luego convertido al catolicismo, sacerdote del Oratorio), escribe en
1945 su célebre obra sobre el Misterio Pascual: Le
Mystère pascal. Paschale sacramentum — Méditation sur la liturgie des trois
derniers jours de la Semaine Sainte.
En su literalidad no aparece tampoco en
el Nuevo Testamento; pero nosotros retraducimos todo el mensaje paulino a la
luz de esta expresión: el misterio pascual de Cristo, que de manera indivisa es
su muerte, resurrección y glorificación. Incluso a la luz del misterio pascual
recuperamos su vida, desde la infancia, tanto que la categoría teológica se
escribe y se interpreta toda la vida del Señor.
En la constitución sobre la Sagrada
Liturgia es clave. La liturgia, la celebración del culto cristiano, nace de
Dios y se centra en el Misterio Pascual de Cristo, En el capítulo primero, “Principios
generales para la reforma y fomento de la sagrada Liturgia” se dice:
“Esta
obra de redención humana y de la perfecta glorificación de Dios, preparada por
las maravillas que Dios obró en el pueblo de la Antigua Alianza, Cristo la
realizó principalmente por el misterio pascual de su bienaventurada pasión.
Resurrección de entre los muertos y gloriosa Ascensión” (SC 5).
¿Qué celebramos en la Santa Misa? El
Misterio Pascual de Cristo. ¿Qué celebramos en todos y cada uno de los
sacramento? El Misterio Pascual de Cristo.
Diez veces aparece esta expresión en la
constitución conciliar. Baste citar las dos siguientes al texto aducido: “por el
bautismo, los hombres son injertados en el misterio pascual de Jesucristo” (n.
6). “Desde entonces, la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el
misterio pascual: leyendo "cuanto a él se refieren en toda la
Escritura" (Lc., 24,27), celebrando la Eucaristía, en la cual
"se hace de nuevo presentes la victoria y el triunfo de su Muerte", y
dando gracias al mismo tiempo " a Dios por el don inefable" (2
Cor., 9,15) en Cristo Jesús, "para alabar su gloria" (Ef.,
1,12), por la fuerza del Espíritu Santo” (Ibidem)
El Misterio Pascual de Cristo adquiere una
expresión suma en la celebración cristiana del Domingo. El Concilio ha
rescatado el Domingo: “La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su
origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual
cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o
domingo” (n. 106). Y allí se afirma lo que había olvidado: “…el domingo es el
fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (Ibidem).
Si uno acepta el Misterio pascual como eje central
de la Liturgia, verán cómo van fluyendo conclusiones que van a transformar profundamente el contenido de nuestras celebraciones:
- El Misterio pascual va esencialmente unido a la
Historia de la salvación.
- La Historia de la salvación se proclama en la
Sagrada Escritura, desde el principio hasta el fin, la cual tiene su lugar
nativo para ser leída precisamente en la liturgia.
- La Biblia se entiende con su mistagogía adecuada,
y la homilía será parte integrante y normal de la Liturgia de la palabra, que
va esencialmente unida a la liturgia eucarística.
Con todo ello se inicia un proceso irreversible en
la piedad de la Iglesia.
La belleza de la liturgia la percibimos cuando la
vemos en una fusión total con la Iglesia.
Celebración
de todo el pueblo santo de Dios. La participación de todo el
pueblo de Dios no es un postulado para la operatividad y la estética, para que
todo salga festivamente mejor, al verse todos implicados. Eso pertenece a la
buena organización de un festival. Se trata de algo más radical. Quien preside
la celebración es Cristo; y quien celebra es toda la comunidad, armónicamente
ordenada. El sacerdote es el signo sacramental de Cristo, pero no suplanta a
Cristo. Si, por ejemplo, el lector proclama, está anunciando a Cristo, que es
el que habla, y el mismo sacerdote presidente en este caso se rinde ante Cristo
presente en el lector. El lector no es un mandado del sacerdote.
Entendamos que no se trata de una democratización
de la liturgia, sino de percibir que la celebración brota de la presencia de
Cristo y percibir al mismo tiempo que la comunidad santa de los hijos de Dios
está “concelebrando” el mismo y único misterio. Esa situación empobrecedora de
la liturgia como acción del sacerdote y no del todo el pueblo de Dios, la
describió en lenguaje coloquial Benedicto XVI con estas palabras:
“…la
liturgia, que hasta entonces estaba casi encerrada en el Misal Romano del
sacerdote, mientras que el pueblo rezaba con sus propios libros de oraciones,
compuestos según el corazón de la gente; se trataba de este modo de traducir el
alto contenido, el lenguaje elevado de la liturgia clásica, en palabras más
emotivas, más cercanas al corazón del pueblo. Pero eran como dos liturgias
paralelas: el sacerdote con los monaguillos, que celebraba la Misa según el
Misal, y al mismo tiempo los laicos, que rezaban en la Misa con sus libros de
oración, sabiendo básicamente lo que se hacía en el altar” (Encuentro con el
clero de Roma. 14 de febrero).
Tal era el ambiente que evoca el Papa con
delicadeza. Puedo aportar datos concretos del “Manual Seráfico” de los
Capuchinos, como yo viví en mi juventud: “San José. Siendo el glorioso
Patriarca San José Patrono de la Iglesia Universal y Protector especial de toda
la Familia Seráfica, siguiendo las vivas exhortaciones de la Santa Sede, en
todas nuestras iglesias se celebrará el Mes de San José, durante la Misa
conventual, cantándose al final de la misma algunas letrillas en honor del
santo” (Manual Seráfico, año 1948, n. 161). Cosa igual del ems de junio. “Mes de
junio. El mes del Sagrado Corazón de Jesús debe ser celebrado en todas nuestras
iglesias con un ejercicio apropiado durante la misa conventual” (Manual
seráfico, 175).
Si de la Misa pasamos a la Liturgia de las Horas,
apreciamos que en el Concilio y a raíz del Concilio se opera un cambio total.
Para que un acto sea litúrgico hace falta de deputación de parte de la Iglesia,
que se haga con fórmulas aprobadas por la Iglesia, y que al Iglesia lo
reconozca como tal. La Liturgia de las Horas es liturgia si se cumplen estas condiciones.
Explícitamente lo afirmaba la encíclica Mediator Dei (1943): “Para representar,
para encarnar la Iglesia en la oración oficial, es preciso estar delegado para
este efecto”
Luego se llega a descubrir que un simple bautizado,
consagrado por Jesucristo como Sacerdote, Rey y Profeta, ya tiene el don de
orar, y si en su casa, solo o con su familia, ora la Liturgia de las Horas está
celebrando pura y simplemente la Oración de la Iglesia.
(Véase el comentario de Haymon-Marie Roguet, O.P.,
en La nueva ordenación general de la Liturgia de las Horas, Secretariado
nacional de Liturgia, Subsidia litúrgica 12, Madrid 1971, pp. 23-24).
La lengua
propia para la liturgia. Uno de los criterios o principios que ha
transformado profundamente la liturgia ha sido el uso de la lengua propia en
lugar del latín. Las directrices
provienen del Concilio, pero no como de pronto lo podemos imaginar. He aquí lo
establecido por el Concilio sobre la lengua litúrgica:
“36. § 1.
Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho
particular.
§ 2. Sin
embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas
ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en
otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en las
lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que
acerca de esta materia se establecen para cada caso en los capítulos siguientes”.
Había otras normas, que nos dispensamos el citarlas.
El paso fue progresivo, pero se imponía por sí mismo, A los diez años de que
entrara en vigor la constitución sobre la liturgia 245 lenguas vernáculas
habían sido admitidas en el uso litúrgico: 144 de África, 32 de Europa, 48 de
Asia, 9 de América y 12 de Oceanía.
La liturgia “culmen et fons”,
cumbre y fuente
El número 10 de la constitución está dedicado a
exponer este principio y criterio: la
Liturgia, cumbre y fuente de la vida eclesial. Dice hermosamente
el texto:
10. No obstante, la Liturgia es
la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la
fuente de donde mana toda su fuerza.
Esta soberana afirmación de que la liturgia es culmen et fons, más que un principio de
elaboración de textos y de reorganización del culto, es un supremo criterio de
valoración y comprensión de la piedad de la Iglesia. En concreto:
- La liturgia es cumbre, es vértice, pero no
engulle todo, no absorbe todo. Ni hay que falsificar la liturgia insertando en
la celebración armónica de nuestra fe cosas en sí laudables pero que tienen su
puesto fuera del acto celebrativo.
- La liturgia es fuente. La liturgia es el eje
radial de la Iglesia por cuanto que es el supremo acto vital que tiene la
Iglesia hasta la vuelta del Señor.
2.
Nueva conciencia de Iglesia: Lumen Gentium
La
eclesiología, armazón del Concilio
No digamos cuál es el documento más
importante, en su pura entidad, del Concilio: si es la constitución sobre la
Divina Revelación (Dei Verbum), o si es la del culto cristiano (Sacrosan ctum Concilium), de que acabamos de hablar,
pero en cuanto a su función teológico-estructural bien podemos asegurar que el
documento clave es la constitución sobre la Iglesia. Desde este documento
englobante se ha de entender lo que se dice luego de otros asuntos
particulares, que son partes de un todo: los Obispos, los Sacerdotes, los
Seminarios, el Apostolado de los Laicos, la Vida Religiosa, la Actividad
Misionera: incluso, la otra constitución mayor: la Iglesia y el Mundo.
Todo ello está trabajado desde una
matriz. El Concilio Vaticano I, interrumpido abruptamente en 1870, se ocupó de
la Iglesia y se detuvo en el primado del sucesor de Pedro, verdad que pasó a
ser definida como dogma de fe. Evidentemente que si la eclesiología concluyera
con el primado de Pedro, estaríamos con una eclesiología totalmente mutilada,
y, en consecuencia, desfigurada; incluso, de un modo global, falsa.
Hay tres nuevas vertientes que han ido
apareciendo para culminar en el Concilio, a saber:
- La Iglesia como Cuerpo Místico de
Cristo.
- La Iglesia como Pueblo de Dios.
- La Iglesia como comunión.
En el momento en que el Concilio iba a
tratar sobre este punto central, el recién elegido Papa, Pablo VI, escribe, al
año, una encíclica sobre la Iglesia, Ecclesiam
suam (6 agosto 1964). Su intención es límpida: no quiere interferir las
labores del Concilio, pero quiere dar su primera palabra en el pontificado y
precisamente como palabra estimulante para la Iglesia.
“Cuando,
por la gracia de Dios, tuvimos la dicha de dirigiros personalmente la palabra,
en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, en la
fiesta de San Miguel Arcángel del año pasado, a todos vosotros reunidos en la
basílica de San Pedro, os manifestamos el propósito de dirigiros también por
escrito, como es costumbre al principio de un pontificado, nuestra fraterna y
paternal palabra, para manifestaros algunos de los pensamientos que en nuestro
espíritu se destacan sobre los demás y que nos parecen útiles para guiar
prácticamente los comienzos de nuestro ministerio pontificio” (n. 2).
“Nos
no pretendemos, sin embargo, decir cosas nuevas ni completas: para ello está el
Concilio Ecuménico; y su obra no debe ser turbada por esta nuestra sencilla
conversación epistolar, sino, antes bien, honrada y alentada. Esta nuestra
encíclica no quiere revestir carácter solemne y propiamente doctrinal, ni
proponer enseñanzas determinadas, morales o sociales: simplemente quiere ser un
mensaje fraternal y familiar” (n. 3).
La
Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo: misterio y sacramento
La Iglesia es una “sociedad perfecta”,
un organismo institucional y jurídico, con el sucesor de Pedro en el vértice
que unifica los diversos poderes y funciones. Esta eclesiología que se
desprende del Vaticano I es del todo incompleta. Lo más hermoso de la Iglesia
está por dentro, y hay que descubrirlo: es la vitalidad que le viene de su
unión con Cristo.
Nos los explica Benedicto XVI:
“En este
sentido, Pío XII había escrito la Encíclica Mystici Corporis Christi
como un paso para completar la eclesiología del Vaticano I.
Diría que
la discusión teológica de los años 30-40, también de los 20, estaba
completamente bajo este signo de la palabra «Mystici Corporis». Fue un
descubrimiento que suscitó mucha alegría en aquel tiempo y también en este
contexto creció la fórmula: Nosotros somos la Iglesia, la Iglesia no es una
estructura; nosotros mismos, los cristianos, juntos, somos todos el Cuerpo vivo
de la Iglesia. Y, naturalmente, esto es válido en el sentido de que nosotros,
el verdadero «nosotros» de los creyentes, junto al «Yo» de Cristo, es la
Iglesia; cada uno de nosotros, no «un nosotros», un grupo que se declara
Iglesia. No: este «nosotros somos Iglesia» exige precisamente mi inserción en
el gran «nosotros» de los creyentes de todos los tiempos y lugares”.
La eclesiología del Vaticano II es, ante
todo, una eclesiología “teológica” en el más puro sentido de la palabra. El
nacimiento de la Iglesia no es una obra, un proyecto del Jesús histórico; menos
aún de la comunidad postpascual del Resucitado. Es un proyecto trinitario, que
pertenece al mismo ser de Dios. Prestemos atención a uno de los primeros
párrafos de la Lumen Gentium:
“.
El Padre Eterno, por una disposición libérrima y arcana de su sabiduría y
bondad, creó todo el universo, decretó elevar a los hombres a participar de la
vida divina, y como ellos hubieran pecado en Adán, no los abandonó, antes bien
les dispensó siempre los auxilios para la salvación, en atención a Cristo
Redentor, «que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura» (Col
1,15). A todos los elegidos, el Padre, antes de todos los siglos, «los conoció
de antemano y los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que
éste sea el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Y estableció
convocar a quienes creen en Cristo en la santa Iglesia, que ya fue prefigurada
desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo
de Israel y en la Antigua Alianza [1], constituida
en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se
consumará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como se lee en los
Santos Padres, todos los justos desde Adán, «desde el justo Abel hasta el
último elegido» [2], serán
congregados en una Iglesia universal en la casa del Padre” (Lumen Gentium, 2).
Esta es la eclesiología de las Cartas de
la cautividad. Es la eclesiología mística de los Padres. Es la eclesiología que
debe recoger, de la tradición, el Concilio, que titula el primer capítulo “El
misterio de la Iglesia”.
Estamos de acuerdo y siempre habrá que
profundizar. Sin este último proyecto divino, la eclesiología se desvanece en
la historia.
La
Iglesia como Pueblo de Dios
Esto es nuevo, no como concepto, sino
como acentuación y perspectiva. Se puede trabajar la eclesiología desde las
Cartas de la cautividad, contemplando a la Esposa de Cristo santa e impoluta, o
se puede trabajar la eclesiología desde las cartas a los Corintios, donde
aparece muy clara la eclesiología vertida en comunidades cristianas llenas de
conflictos, con la realidad cotidiana del pecado: “Ecclesia sancta et simul
reformanda”. Se ha introducido, por tanto, con un vigor nuevo el concepto de
“Pueblo de Dios”.
Un lector profano puede pensar que el
concepto “Pueblo de Dios” es un concepto sociológico, en el que subyace un
reclamo vindicativo: la Iglesia es “pueblo” frente a la jerarquía.
Esto es un error supino, aplicar unos
parámetros civiles a una realidad divina. El concepto de “pueblo”, leído en la
Biblia, es un concepto sacral, porque se trata del “pueblo de Israel”, mi
pueblo, destinado a agregar en sí a todos los pueblos. Este “pueblo de Dios” es
igual que “pueblo mesiánico”, es decir “pueblo de Jesús Mesías.
De nuevo acudimos al texto.
“Este
pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, «que fue entregado por nuestros
pecados y resucitó para nuestra salvación» (Rm 4,25), y teniendo ahora
un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. La
condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en
cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el
nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. Jn
13,34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más y más el reino de
Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos
…Este
pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres
actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para
todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de
salvación. Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de
verdad, se sirve también de él como de instrumento de la redención universal y
lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt
5,13-16)” (Lumen gentium, 9).
Todo el conjunto de cristianos – lo
mismo jerarquía que laicos – somos pueblo de Dios. Y para un juego o una ironía
del lenguaje teológico el afirmar que todos somos “laicos”, en cuanto Laós tou Theou, pues este es su origen
etimológico; y todos somos “clérigos”, en cuanto que pertenece al kléros, es decir, a la elección de Dios.
Ahora bien, el término “Pueblo de Dios”
nos remite a toda la peregrinación de Israel como su pueblo y ovejas de su
rebaño, una peregrinación que integra todas las debilidades del ser humano. Por
lo tanto, el pueblo peregrinante hacia la perfección del encuentro del Señor en
al parusía, es un pueblo inserto en la historia humana, aquejado de todas las
debilidades y miserias que van unidas a la “humana conditio” en su realización
histórica. La Iglesia, que es “misterio”, ene l capítulo primero de la
constitución, esta misma Iglesia, en el capítulo segundo, es “el Pueblo de
Dios”.
La
Iglesia como Comunión
De la eclesiología del Vaticano II se
desprende el concepto de “Comunión”, que hay que precisar para no hipotecarlos
abusivamente. No es un concepto vertical, sino transversal con referencia
directa a Cristo, eje vivo de nuestra comunión cristiana. Existe la tentación
sutil de precisar que la comunión se da cuando todos esta unidos al Papa. Esta
comusión-sumisión, esta teología piramidal del misterio de la Iglesia es pobre.
El Pueblo de Dios, que es al mismo tiempo Cuerpo de Cristo, está en comunión
con Cristo, Cabeza, cuando en él se hace la unidad, y de él se recibe la
vitalidad.
La Comunión no es un concepto
jurídico-jerárquico, sino sacramental, El súbito díscolo peca contra la
comunión del mismo modo que peca contra la comunión el superior arbitrario, que
no escucha a todos y cada uno de los súbditos. No está en la comunión el
superior que no discierne.
“El superior cuando manda se puede
equivocar – dice el antiguo adagio, y añade: pero el súbdito, cuando obedece,
nunca se equivoca”. Este solemne principio responde a una teología pobre e
incompleta; ignora los matices de una
teología de comunión y casi concibe el mando como la fuente primordial de la
voluntad divina.
La Teología de Comunión quiere tocar el
centro mismo de la Comunión, que no es la jerarquía, sino Cristo. Con palabras
muy sencillas y claras lo expresó Benedicto XVI en su citada charla a los
Sacerdotes de Roma. Difícilmente se podrá decir mejor:
“Sin
embargo, sólo después del Concilio se aclaró un elemento que se encuentra un
poco escondido incluso en el Concilio mismo, o sea: el nexo entre Pueblo de
Dios y Cuerpo de Cristo es precisamente la comunión con Cristo en la unión
eucarística. Aquí nos convertimos en Cuerpo de Cristo; esto es, la relación
entre Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo crea una nueva realidad: la comunión. Y
diría que después del Concilio se ha descubierto cómo en realidad el Concilio
encontró, orientó hacia este concepto: la comunión como concepto central. Diría
que esto no estaba aún filológicamente maduro del todo en el Concilio; pero es
fruto del Concilio el que el concepto de comunión se haya transformado cada vez
más en la expresión de la esencia de la Iglesia. Comunión en las distintas dimensiones:
comunión con el Dios Trinitario —que es Él mismo comunión entre Padre, Hijo y
Espíritu Santo—, comunión sacramental, comunión concreta en el episcopado y en
la vida de la Iglesia” (Benedicto XVI, Charla a los sacerdotes de Roma, 14
febrero 2013).
Una expresión privilegiada de la
Comunión es la Colegialidad de los Obispos, tema afrontado por primera vez con
profundidad, que requirió una “Nota explicativa” añadida al documento como
parte de las Actas del Concilio.
3. La revelación (Dei
verbum): Primacía de la Palabra de Dios en la Iglesia
La constitución sobre la Divina
Revelación es la más dogmática de todas, si se puede hablar con este lenguaje
en un Concilio en el que no se definió ningún dogma. Entró en la primera sesión
y fue aprobado en el día de víspera de conclusión del Concilio. Es el documento
que muestra, quizás como ningún otro, la capacidad de conversión de quienes se
ponen como escuchas de Dios como oyentes de la Palabra. La evolución teológica
de los obispos fue enorme. Tratemos de sintetizar los puntos capitales.
Punto
de partida erróneo: “De fontibus revelationis”
La doctrina común que se enseñaba en las
aulas era esta: Las fuentes de la revelación divina son dos, a saber. La
Escritura y la Tradición. Lo que no está en la Escritura está en la Tradición;
por ejemplo, la verdad y dogma de la Asunción corporal de María no está en la
Escritura (como es obvio), luego está en la Tradición. Se reveló a los
apóstoles y se fue transmitiendo, poco menos que como un secreto arcano, por el
conducto de la tradición.
Para estudiar y discutir el tema se
preparó el esquema con el título De fontibus revelationis”; se partía, pues, de
las dos fuentes de revelación. En una semana de discusión (14-21 noviembre
1962) se pudieron percibir dos mentalidades irreductibles. ¿Se podía seguir con
el mismo esquema como “instrumentum laboris”? Se hizo una votación: 1.368
padres propiciaban que se continuara; 822 que se no, que se partiera de otro
esquema. Los que querían que se retirara no alcanzaban los dos tercios
necesarios (1.473), pero el malestar era evidente, no obstante el reglamento.
Entonces intervino personalmente el Papa Juan XXIII, ordenando que se retirara el
esquema y que se trabajara con otro.
Se había dado el golpe definitivo a la
doctrina de las dos fuentes de la revelación, y el primer capítulo de la
constitución Dei verbum, titulado “Naturaleza
de la revelación” ya no hablará de las dos fuentes de la revelación.
Afirma el Concilio de entrada que “siguiendo
las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la
doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión” (Dei verbum, 1). El concilio Vaticano I
abordó la revelación respondiendo a problemas del tiempo: el racionalismo y el
fideísmo. El Vaticano II no responde a problemas (revelación sobrenatural, no
natural), sino que va a la raíz del asunto: el misterio de Dios, que con divina
libertad quiere autocomunicarse en forma de revelación. Se centra
teológicamente el asunto y de ahí fluye el discurso. La revelación se hace por
el misterio de la Encarnación, y toda la revelación culmina en Cristo y su
Evangelio. Cristo es la revelación plenaria de Dios. Dios no nos ha revelado
nada que no esté revelado en Cristo.
No
hay Revelación sino en la Tradición.
La revelación de Cristo se ha entregado
a los Apóstoles y estos la entregan a la Iglesia, una Iglesia que permanecen,
que es al de ayer y la de hoy. Esto es mucho más que una sucesión cronológica,
aunque al incluya; es el ligamen vital que une, pro el Espíritu, la secuencia
de Cristo-Apóstoles-Iglesia.
En el número 8 de la Dei verbum se llega
a esta exposición y a una definición teológica de la tradición como nunca se
había hecho.
“Así,
pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los
libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una
sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos
han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han
aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se
les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles
encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente
su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto
perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que
cree” (Dei verbum, 8).
He aquí, pues, lo que es exactamente el
contenido de la tradición: la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto
perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que
cree. Sin duda que el P. Congar, teólogo un tiempo suspecto, dio saltos de
alegría cuando vio que el Concilio recogió una fórmula que a él le pertenecía.
¿Qué es, pues, la Tradición de la Iglesia? La doctrina, la vida, el culto, todo
lo que la Iglesia es, todo lo que la Iglesia vive.
De aquí se pasará a describir la mutua
relación esencial entre Tradición y Escritura en esta formulación memorable, en
el número siguiente:
“Así,
pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y
compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en
cierto modo y tienden a un mismo fin” (Dei
verbum, 9).
La
triple fase de composición de los Evangelios
Los estudios bíblicos habían avanzado
aceleradamente en los siglos XIX y XX y había una cuestión y la clave del
progreso podría considerarse que era la aplicación del método histórico-crítico
para explicar la génesis de los libros sagrados y poder hablar con otras
perspectivas de la historicidad y de la interpretación. Las encíclicas
pontificias desde león XIII (Providentissimus Deus) había afrontado los problemas
del estudio científico de la Biblia; la Divino afflante Spiritu de Pío XII
había dado carta blanca al estudio de los “géneros literarios”, solución de
innumerables problemas.
En las aulas universitarias de la
ciencia bíblica, por ejemplo, en el Pontificio Instituto Bíblico, el problema
no era tal, porque estaba suficientemente aclarado. Y justamente en aquellos
días, durante la celebración del Concilio, la Pontificia Comisión Bíblica
publicaría la instrucción “Sancta Mater ecclesia” (De historica evangeliorum veritate, La verdad histórica de los evangelios”, 21 de abril de 1964), en
la que se habla de la verdad de los Evangelio y de la génesis en tres etapas,
lo que pasa a ser doctrina conciliar.
“La
Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro
referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente
lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente
para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles,
ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que
El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban,
amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del
Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios
escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por
escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las
Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos
comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya
de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el
principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos
"la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc., 1,2-4)”.
Como refrendo e inspiración del texto se
alude en nota a la citada instrucción “Sancta Mater Ecclesia”.
La
Biblia en manos de teólogos y fieles
La Biblia debe ser el alma de la Teología.
Lo sabíamos, con palabras explícitas desde León XIII. Con todo, durante
decenios no era así. Tantas veces la Biblia ha sido la servidora de la Teología
como “dicta probantia”: se probaba con la Escrituras las tesis previamente
formuladas en la Teología dogmática. La Teología era la que definía el camino;
la Escritura iba corroborando los pasos del pensamiento.
Mas no debe ser así. La Teología tiene
sus fueros que la exégesis respeta. Hacer teología no es hacer exégesis de los
textos escriturísticos, sino alzar el pensamiento de la Fe, alentado por un
alma que le da aliento, la Escritura.
Tampoco la pastoral es la organización
de grupos bíblicos; pero la presencia de la Biblia en manos de todos los
cristianos es lo que debe inspirar la acción de la Iglesia.
El Concilio ha consagrado este camino, y
la Biblia ha adquirido poco a poco en la comunidad cristiana – en las esferas
intelectuales y en la convivencia del pueblo – una prestigio y una soberanía de
la que antes no gozaba. Todo ello es fruto de un Concilio que marca pauta en la
marcha de la Iglesia.
4. El encuentro de la
Iglesia y del mundo
Iglesia
y mundo
La novedad más aparente del Concilio, la
aportación más visible, ha sido el “encuentro de la Iglesia y del mundo”, según
una orientación que muy expresamente la quiso el amado papa Juan XXIII. Se
diría que su propio talante humano era la pauta del Concilio.
La palabra “mundo” en al escritura, y
específicamente en el Nuevo Testamento es ambivalente, y esto, incluso, en una
misma área de pensamiento. “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Unigénito,
para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque
Dios no envió su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundos
e salve por él” (Jn 3,16-17). Según esto el mundo es la comunidad de los
hombres destinados a la salvación por el amor antecedente de Dios.
Pero repetidamente en el mismo Evangelio
el mundo emerge como el lugar del maligno. “El mundo los ha odiado porque no
son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17,14). Y explícitamente en
la primera de Juan: “No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama
el mundo no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo – la
concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia
del dinero – eso no procede del Padre, sino que procede del mundo” (1Jn
3,15-16).
Esa ambivalencia no es un capricho del lenguaje, sino que responde a
experiencias concretas en que nos debatimos los humanos.
Pablo VI, al concluir el Concilio, en la
alocución final (7 diciembre 1965), con su talante acogedor ha querido dar la
interpretación de la actitud asumida por el Concilio. Sus palabras son clave
hermenéutica.
“Pero hace falta reconocer que este Concilio se ha
detenido más en el aspecto dichoso del hombre que en el desdichado. Su postura
ha sido muy a conciencia optimista. Una corriente de afecto y admiración se ha
volcado del Concilio hacia el mundo moderno. Ha reprobado los errores, sí,
porque lo exige, no menos la caridad que la verdad, pero, para las personas,
sólo invitación, respeto y amor. El Concilio ha enviado al mundo contemporáneo
en lugar de deprimente diagnósticos, remedios alentadores, en vez de funestos
presagios, mensajes de esperanza: sus valores no sólo han sido respetados sino
honrados, sostenidos sus incesantes esfuerzos, sus aspiraciones, purificadas y
bendecidas.
Ved, por ejemplo, que las innumerables lenguas de
los pueblos hoy existentes han sido admitidas para expresar litúrgicamente la
palabra de los hombres a Dios y la palabra de Dios a los hombres; al hombre en
cuanto tal se le ha reconocido su vocación fundamental a una plenitud de
derechos y a una trascendencia de destino; sus supremas aspiraciones a la
existencia, a la dignidad de la persona, a la honrada libertad, a la cultura, a
la renovación del orden social, a la justicia, a la paz, han sido purificadas y
estimuladas; y a todos los hombres se le ha dirigido la invitación pastoral y
misional a la luz evangélica” (Pablo VI, Alocución al Concilio, 7 diciembre 1965).
Este lenguaje de la
Iglesia de cara al mundo, tratando de abrazarlo y entrar en un diálogo
respetuoso y cordial era nuevo en la historia de los concilios. Y esto ha
provocado la ruptura de un sector.
Los
temas de la Constitución Gaudium et spes
Notemos, ante todo, el título de la constitución: “Los gozos
y las esperanzas”. El texto comienza con dos bisan de palabras: dos positivas
(gozos y esperanzas) y dos negativas (tristezas y angustias). El título previo
no era así, sino que en esa construcción binarias se alternaban lo positivo y
lo negativo, lo blanco y lo negro, es decir: Los gozos y tristezas, las
esperanzas y angustias… Hubo un padre (y casi me atrevo a decir que fue
español, pero no lo puedo afirmar) que sugirió un cambio de orden en las
palabras, para que el título fuera bonito y optimista: los gozos y esperanzas, gaudium et spes. Y así quedó.
Una vez lanzado el
principio de que la Iglesia se abría a la modernidad y abrazaba con simpatía al
mundo, resulta un tanto secundario, para nuestro propósito de presentación global,
desmenuzar los temas concretos. Eran
cuestiones que ciertamente afectaban a la humanidad en el momento presente,
cuestiones muy graves.
El documento se abre
con una información reflexiva, que se titula “Exposición preliminar” y suena
así: Situación del hombre en el mundo actual. Y he aquí ahora los gozos ye
speranzas, las tristezas y angustias de la humanidad en la hora presente,
panorámica que se abre con gran vuelo, con una organización de temas bien
estructurada:
Primera parte: La
Iglesia y la vocación del hombre, y aquí se aborda:
1) El Hombre (esto es,
La dignidad de la persona humana).
2) La Comunidad (la
comunidad humana).
3) La Acción (la
actividad humana en el mundo).
4) Colofón: misión de
la Iglesia en el mundo contemporáneo.
Segunda parte: Abordaje
de puntos concretos cruciales en la hora actual:
1) Matrimonio y
familia.
2) Cultura.
3) Economía (la vida
económico-social).
4) Política (la vida en
la comunidad política).
5) La paz (y la
comunidad de los pueblos).
Este es el
espectáculo: el mundo, tal cual es, ante los ojos de los cristianos, que
ejercen su responsabilidad como Iglesia de Jesús, fermento de la nueva familia
humana. Valga el dicho de Terencio (165 a.C.): Homo sum, humani nihil a me alienum puto, Hombre soy, y nada que sea
humano lo considero ajeno a mí.
CONCLUSIONES
Mi exposición
reflexiva era el soporte informativo para pasar al segundo momento de este día
de encuentro académico.
El trabajo
avanza ahora con el diálogo de grupos de acuerdo a la orientación que haya dado
la profesora hna. Nubia Celis, de Verbum Dei.
No presento conclusiones, sino que el remate
de todo lo dicho es un simple, sereno y firme testimonio:
- el gozo, el
bienestar, de sentirse cristiano,
- y en esta hora
salvífica,
- y en esta
Iglesia que conformamos los discípulos de Jesús.
Gozo y
bienestar, del cual fluye, espontáneo, un impulso interior: la decisión de entregar
todas mis fuerzas a la Iglesia, como autor operante de la tradición en curso,
como una partecita, altamente significante, por pequeña que aparezca, pero
parte vida – y apelo al Concilio – de todo lo que la Iglesia es, de todo lo que
ella vive.
A los pies de
Cristo y bajo la protección de la Virgen santa, ¡he dicho!
Concluí este
escrito en Guadalajara (Zapopan), Jalisco, el martes, día 19 de noviembre de
2013.
Fr. Rufino María
Grández
Del corazón de Dios nació su Iglesia
(Ante
el final del Año de la Fe,
meditando
en el Concilio)
1.
Del corazón de Dios nació su Iglesia,
cual
hija muy querida y deseada,
muy
digna de su pecho y su regazo
para
un esposo amante preparada.
2.
Iglesia de mi amor, amada madre,
la
cuna en que nací, que me acunaba,
maestra
veladora de mi infancia
mujer
en quien mi alma maduraba.
3.
Iglesia bella, luz de mis pensares,
salmodia
de las cuerdas de mi arpa,
eras,
por ser de Dios, radiante imagen
la
toda pura, toda inmaculada.
4.
También Pueblo de Dios que peregrina,
de
todos mis pecados bien cargada,
herida
y polvorienta y dolorida,
Iglesia
con mi historia ensangrentada.
5.
Iglesia de Jesús, de su costado,
Iglesia
mía, Iglesia cotidiana,
y
carne de mi cuerpo, barro mío,
Iglesia
comunión en mis entrañas.
6.
Iglesia una, abrazo que nos ciñe,
Iglesia
que en su seno nos hermana:
¡Por
ti y en ti a Cristo le cantamos,
oh
Cristo eterno, a ti eternas gracias! Amén.
Guadalajara,
Jalisco, 21 noviembre 2013.