El libro de la Sabiduría
Lo que vamos a exponer a continuación no
es la homilía dominical. Es simplemente una reflexión al libro de lectura de
esta semana (semana XXXII del tiempo ordinario, año impar): el libro de la
Sabiduría.
El Libro de la Sabiduría, escrito en
verso, es el último libro del Antiguo Testamento, que lo compuso, al parecer un
pensador judío, un filósofo, sobre el año 50 antes de la era cristiana. La fe de
Israel y la elegancia del buen decir griego se juntan: el filósofo y el poeta
se dan la mano. En realidad, la Filosofía, es decir el hondo pensar, y la
Poesía, el sublime pensar, son hermanos gemelos. Llevando dentro a un Filósofo
y a un Poeta. Es muy hermoso que así sea.
Hermano, hermana, amigo: si te sientes
filósofo y poeta, regocíjate en el libro de la sabiduría. Si no…, déjalo pasar.
Nuestros hermanos hebreos no lo aceptan
como libro inspirado para Israel por no estar escrito en la lengua sagrada, que
es el hebreo. Nuestros hermanos protestantes y quienes se nutren de la Biblia
de Reina-Valera tampoco lo incluyen en el canon de las Escrituras pro otras
razones.
2. Este libro lo escribe un judío que ha
mamado la fe de Israel, que ha leído y penetrado el Éxodo y los Profetas, y que
es muy consciente que la fe es un don que Dios da a todos sus hijos. Es por
esto un libro profundamente humano y ecuménico, un libro que invita a la
contemplación mística del hombre y del universo, pero que no se diluye en un
panteísmo oriental.
El libro comienza con un “de repente”,
dirigiéndose a todos los gobernadores de la tierra. Aprendamos este versículo:
Amad la justicia, gobernantes de la
tierra,
pensad correctamente del Señor
y buscadlo con sencillez de corazón (Sab
1,1)
Esto vale para México y Australia igual.
3. En la lectura de hoy, martes
(2,23-39), se habla de la inmortalidad: la esperanza del justo está llena de
inmortalidad (3,4). Y la Biblia española tiene esta nota a pie de página, breve
e interesantísima: “Por primera vez en el libro y en todo el AT se afirma le fe
en la inmortalidad del alma” Y se nos da los cuatro pasajes en que aparece esta
palabra en el libro de la Sabiduría. Leamos los cuatro textos:
Primero 3,4: Aunque al gente pensaba que cumplían una pena (se refiere a la
muerte de los justos), su esperanza
estaba llena de inmortalidad.
La inmortalidad es, pues, el contenido
de la esperanza de los justos.
Segundo 8,13: Gracias a ella (a la Sabiduría) alcanzaré la inmortalidad y legaré a la
posteridad un recuerdo imperecedero.
La inmortalidad va unida a la Sabiduría;
es el regalo que nos trae la Sabiduría, y tanto más si vemos la Sabiduría
personificada en Cristo.
Tercero 8,17 (es decir un poco más
abajo): … la inmortalidad consiste en
emparentar con la sabiduría. Es decir que al Sabiduría es mi esposa
inmortal – junto filosofía, poesía y mística – y yo quiero emparentar con ella
y hacerme una cosa con ella para siempre, pro toda la eternidad.
Y cuarto 15,3: Conocerte a ti es justicia perfecta y reconocer tu poder es la raíz de
la inmortalidad. Esto es, la inmortalidad no es algo inherente a la criatura,
sino un don del poder infinito de Dios.
3. Estos pensamientos de la Sagrada
Escritura han traído a mi espíritu el receurdo de un hombre eminente de la cultura
española, Don Miguel de Unamuno, que hace 100 años (exactamente 101), en 1912,
escribió un libro muy sonado: Del
sentimiento trágico de la vida.
Dice una enciclopedia: “Bajo la
influencia de Søren Kierkegaard y de San Ignacio de Loyola, entre otros, el que
fuera eximio Rector de la Universidad de Salamanca hace una profunda incursión
en la problemática existencial del hombre contemporáneo, distanciándose
radicalmente del Motor Inmóvil aristotélico y afirmando la necesidad espiritual
de creer en un Dios personal, esto es, en Jesús de Nazaret” (Wikipedia, Del
sentimiento trágico de la vida).
Los conocedores del pensamiento y pasión
de Miguel de Unamuno, nos dicen. “En las intuiciones centrales de la Filosofía
del profesor de Salamanca sobresalen dos temas fundamentales: la doctrina del
hombre de carne y hueso y la doctrina de la inmortalidad”.
La inmortalidad fue la opción y la
agonía de su vida:
«No quiero morirme, no; no quiero, ni
quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre
yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema
de la duración de mi alma, de la mía propia.» (Pedro V. Aja, Unamuno y la
inmortalidad del hombre concreto, Revista Cubana de Filosofía, abril-junio
1951).
Él llega a comprender que solo al fe cristiana
abre el horizonte de esta inmortalidad, que no es únicamente inmortalidad del
alma sino resurrección corporal de los muertos:
«La fe cristiana nació de la fe de que
Jesús no permaneció muerto, sino que Dios le resucitó y que esta resurrección
era un hecho: pero esto no suponía una mera inmortalidad del alma, al modo
filosófico... Y puede, a partir de esto, afirmarse que quien no crea en esa
resurrección carnal de Cristo podrá ser filócristo, pero no específicamente
cristiano.» (citado por Pedro V. Aja).
Este pensamiento es correcto. Ser
cristiano no es creer en Jesús de Nazaret, maestro de la humanidad, sino en
Jesucristo resucitado de entre los muertos, que viene para siempre.
4. Ahora bien, la tragedia y agonía
perpetua de Miguel de Unamuno, es pensar que para afirmar la inmortalidad es
del todo impotente la razón, y hay que acudir a un salto infinito de la
voluntad, de donde nace la fe y la poesía.
Esto lo expresó, con su agudeza y fuerza
característica, por ejemplo cuando escribe en Del sentimiento trágico de la
vida (cap. IV. La esencial del cristianismo): "En Nicea vencieron, pues,
como más adelante en el Vaticano, los idiotas -tomada esta palabra en su recto
sentido primitivo y etimológico-, los ingenuos, los obispos cerriles y
voluntariosos, representantes del genuino espíritu humano, del popular, del que
no quiere morirse, diga lo que quiera la razón.".
Así pues, vivir en esta esperanza de la
inmortalidad y luchar por ella, en un agonía continua, en un combate a muerte
entre la razón, que tiene que rendirse y la fe, que tiene que erguirse sin
razón.
Aquí es donde le diríamos con una
palmadita de amistad al hombro:
- No, don Miguel…, tiene usted razón en que
el hombre ha nacido para la inmortalidad.
Pero esto sin agonía, con paz, que,
aunque la razón no lo alcance, se somete con dulzura, pues comprende, sí que la
fe tiene razón, y que es muy razonable que el sentimiento de inmortalidad que
late en nosotros va muy de acuerdo con nuestra dignidad pensante.
Jesús nos da la paz de la esperanza en
la resurrección.
Amigos de la liturgia, tarea para esta
semana: leer el libro de la Sabiduría.
Guadalajara, 12 noviembre 2013.
MAL,AK,HOKMAH
ResponderEliminarGuadalajara, Jalisco, 13 noviembre 2013
ResponderEliminarDesde mi celda capuchina.
Querido anónimo:
Ignoro quién eres, si eres "anónimo" o "anónima". ¿Acaso alguien que siguió el pequeño curso de hebreo elemental que tuvimos el semestre pasado?
En todo caso, y aunque no puede responder a los correos que me envía, valga de muestra: ¡Gracias!
MALA'AK, reina sí. Que reine el Señor nuestro Dios.
HOKMAH, Sabiduría.
¡Cómo quisiera escribir ahora mismo un comentario al texto de hoy, Sabiduría 2-12, y decir a la ONU que un Filósofo, un Poeta, y además un Profeta se dirige a todos los gobiernos del mundo para decirles que ese único Dios Poderoso da el poder y la soberanía para gobernar a sus hijos, pequeños y grandes, y más: da la Sabiduría, como dice el texto sagrado: Radiante e inmarcesible es la Sabiduría, la ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran (v. 12). Mis obligaciones cotidianas me impiden el que ahora yo explaye mi corazón para una nueva entrega comentando - como humilde Profeta de su amor (así me siento) - el texto que nos brinda la liturgia de hoy.
Un abrazo de este amigo. El Señor te acompañe siempre. Rufino M. Grández
MALAK
ResponderEliminarQuerido P. Rufino:
ResponderEliminarComo se sabe, el Libro de la Sabiduría no es el único escrito en verso entre los denominados LIBROS SAPIENCIALES.
Sus autores posiblemente serían escribas miembros de la casta sacerdotal, maestros en las enseñanzas morales y religiosas. Los profetas ya habían desaparecido definitivamente de la historia de Israel, y ellos, los poseedores de la sabiduría moral y de la cultura, fueron, como se dice antes, los autores de los textos.
Aunque nos están en el Libro de la Sabiduría, permítame que le incluya unas sabias máximas morales:
Si el pobre te debe mucho
dividelo en tres partes:
perdona dos y deja sólo una.
Esto, ya verás, es lo mejor de esta vida;
a partir de entonces dormirás bien y por la mañana
todo te parecerá maravilloso;
porque es mejor ser apreciado por amor al prójimo
que tener riquezas almacenadas;
mejor saborear el pan con buena conciencia
que tener riquezas cargadas de reproches.
No te burles del ciego ni ridiculices al enano,
no cierres el paso al lisiado,
no te rías de aquel que enfermó,
ni grites cuando se equivoque.
No te vanaglories de tu conocimiento,
ni te enorgullezcas porque eres un sabio.
Toma consejo del ignorante
del mismo modo que del sabio,
pues no se han alcanzado los límites del arte,
ni existe un artesano que haya adquirido su perfección.
Observa la verdad y no la traspases,
que no se revele el desahogo del corazón.
No calumnies a gente alguna, grande o pequeña.
Eso es abominación.
Cordiales saludos.
Juan José.