Jesús en el monte de la Transfiguración
Mc 9,2-10
Texto evangélico:
2 Seis días más tarde Jesús toma consigo a Pedro,
a Santiago y a Juan, sube aparte con ellos solos a un monte alto, y se
transfiguró delante de ellos. 3 Sus vestidos se volvieron de un
blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. 4 Se
les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. 5 Entonces
Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí!
Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». 6 No
sabía qué decir, pues estaban asustados. 7 Se formó una nube
que los cubrió y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo, el amado;
escuchadlo». 8 De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie
más que a Jesús, solo con ellos. 9 Cuando bajaban del monte,
les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del
hombre resucitara de entre los muertos.
Hermanos:
1. El Miércoles de Ceniza era el comienzo de la Cuaresma; pero el Domingo
pasado era como la inauguración solemne de este tiempo sagrado, tiempo
santificado, que los libros litúrgicos de la Iglesia llaman “Sacramento de la
Cuaresma”.
Nuestra homilía, nuestra meditación de ese domingo, a la vera de san Marcos
era esta: Jesús en el desierto. Quedábamos
maravillados al ver a Jesús empujado por el Espíritu para ir, tras el Bautismo
al desierto, tras el desierto al anuncio del Reino de Dios. Maravillados al
contemplar a Jesús vencedor de Satanás, que, al parecer, tenía el imperio sobre
el mundo. Maravillados, en fin, de que los ángeles lo servían, anticipando de
este modo el triunfo de la Pascua. Y quedaba en el firmamento de nuestra fe
esta pregunta, para que la respondamos con un grito de gozo: ¿Quién es Jesús?
2. La homilía de este Domingo puede titularse: Jesús en el monte de la Transfiguración. De pronto la escena de la
Transfiguración parece la antítesis de la escena del desierto: una la lucha,
otra la gloria; una este mundo de combate, otra esa Pascua que es la promesa de
nuestra fe. Dos escenas que compendian todo el camino de la fe: del sufrimiento
y la oscuridad a la gloria y el gozo.
Pero quizás, hermanos, esta pedagogía, que nos puede parecer útil, no sea
exacta, porque esa pregunta sustancial que cruza nuestra fe en toda su
trayectoria, esa pregunta acerca de “¿Quién es Jesús?” es respondida
exactamente igual en la escena del desierto que en la escena de la
Transfiguración.
Con el amor que Dios pone en nuestro corazón, acerquémonos hoy al Jesús de
la Transfiguración como el día pasado nos acercamos al Jesús del desierto. Para
nuestro gozo y sorpresa vamos a encontrar que Jesús es el mismo.
Y vamos a responder antes de llegar al final, porque la respuesta se impone
por sí misma:
- Jesús es el mismísimo Hijo de Dios, todo hombre y todo Dios.
- Por eso Jesús para el hombre – para mí, para la Iglesia – es el secreto
de Dios, infinitamente más grande que toda nuestra teología. Jesús es la
maravilla de Dios siempre por descubrir.
Es hermoso hacer este planteamiento. Aunque nunca podemos dar la respuesta
plena, es simple hecho de plantearla con esa audacia, llena el corazón de gozo
y esperanza.
3. Se transfiguró delante de ellos,
dice el texto sagrado, para que entendamos, hermanos, que, si Cristo se
transfiguró delante de sus tres apóstoles escogidos, hoy Cristo se transfigura
delante de nosotros, que somos sus elegidos. El culto sagrado, la Eucaristía es
la más sublime transfiguración de Cristo que existe; es la transfiguración en
la fe. “Delante de ellos” está significando que la Transfiguración un sublime
don que el Padre Dios y el Espíritu y Jesús daban a la comunidad apostólica,
como hoy quieren dárnoslo a nosotros.
4. Y he aquí que aparecen con Jesús Elías y Moisés con su misma gloria y
con su misma conversación. Conversan en familia porque los tres de alguna
manera son comensales de la misma mesa divina, porque los tres pueden hablar de
lo mismo y entenderse. Para disipar dudas, san Lucas dirá que hablan del éxodo
de Jesús, es decir, del misterio final de Jesús.
Estamos asistiendo a una escena literalmente divina. Estas cosas no se
pueden dar en la tierra; tienen que ocurrir en una zona superior, que es la
zona del Espíritu. Los tres habitan en Dios.
Pero obviamente Elías y Moisés, que conversan con Jesús, se muestran
subordinados a Jesús. Los Profetas y la Ley anuncian a Jesús; Elías y Moisés
son interesantes no por ellos mismos, con ser los grandiosos personajes que son
en el Antiguo Testamento, sino porque brillan con la luz de Jesús. San Jerónimo
tiene un comentario muy hermoso. San Jerónimo era un gran amante del Antiguo
Testamento, pero comentando este pasaje escribió: “No quito nada a la Ley y a los
Profetas, al contrario, los alabo porque predican a Cristo; pero leo la ley y
los Profetas de modo que no me quede en la Ley y los Profetas, sino que a través
de la Ley y los profetas, llegue a Cristo”. Un comentario muy espiritual y muy
oportuno.
5. He aquí, pues, este Jesús que va a la muerte. Este Jesús vencedor y
glorioso del desierto, sigue siendo el mismo en todos los avatares de su vida.
Este Jesús que va derecho a la muerte es el Jesús que puede conversar con Elías
y Moisés, porque los lleva en su corazón. Lo que pasa no es una cosa imaginaria
y fortuita; es el misterio hondo de Jesús que lleva consigo.
La Transfiguración nos introduce en esta contemplación de gloria que es
inherente al misterio recóndito de Jesús, el Señor.
La Transfiguración ocurre después de la confesión de Pedro, a la que sigue
el primer anuncio de la Pasión. Vamos derechos a la muerte, pero sepamos cuál
es el misterio íntimo de Jesús, que es el que le impulsa a ir a la muerte. Va a
morir, porque él es nuestro Dios.
6. Esta escena divina, en la que Jesús queda presentado por el Padre como
su Hijo amado, queda coronada por un aviso: Cuando
bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta
que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
He aquí, hermanos, los misterios de nuestra fe, que tratamos de admirar y
asimilar por la contemplación de estas altísimas verdades. Estamos en Cuaresma.
La Cuaresma es tiempo de oración contemplativa; es nuestra tarea principal.
Estamos en Cuaresma y la liturgia dominical, que está tallada como una obra
de arte, nos trae referencias, que, por no alargarnos, nos evitamos de
comentar.
Iniciábamos el domingo pasado la historia de salvación con los orígenes del
hombre. Hoy hemos pasado a Abraham, cuando Dios le pide que sacrifique a su
hijo, a su amado, a Isaac. Desde Abraham estamos anunciando a Cristo.
Concluyamos:
Señor Jesús, misterio adorable
del Padre, llénanos de tu gloria y tu presencia en esta Cuaresma, como en el
monte de la transfiguración llenaste a rebosar a Pedro, Santiago y Juan. Amén.
Guadalajara, viernes 23 febrero 2018.