viernes, 9 de febrero de 2018

1047. Jesús, el poder y la misericordia de Dios entre nosotros



Jesús, el poder y la misericordia de Dios entre nosotros
Mc 1,40-45

Texto evangélico:
40 Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». 41 Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». 42 La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. 43 Él lo despidió, encargándole severamente: 44 «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». 45 Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

Hermanos:
1.  El Evangelio de san Marcos tiene un encanto especial en sus narraciones, sencillas y elementales, que guardan un contenido sin fondo, para verterlo en nuestra vida. Todo viene de aquélla primera línea del Evangelio, como me han oído otras veces. El Evangelio se abre con esta frase: Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Es decir, todo lo que aquí se cuenta, se nos cuenta del Hijo de Dios. Pero ¿quién es el Hijo de Dios? ¿La Segunda persona del Santísima Trinidad? Sencilla y llanamente, el Hijo de Dios es Jesús de Nazaret.

2. Estamos todavía en el primer capítulo de este Evangelio. El domingo pasado, que escuchamos el párrafo anterior, hablábamos de cuatro palabras, a propósito de la curación de la suegra de Pedro y lo que siguió a este episodio. Estas cuatro palabars eran:
Curación
Oración
Expulsión
Predicación.
Recuerden el final: Todo el mundo te busca. Él les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».

3. Hemos ido a otra parte y sale un leproso al encuentro de Jesús. Este leproso, que vive fuera de la sociedad de Israel, según aquellas leyes del Levítico, que hoy se recogen en la primera lectura, no conoce a Jesús. Pero se está comportando como un discípulo de Jesús. Al leer o al escuchar el Evangelio uno cae en la cuenta de que el leproso soy yo. 
Si aceptamos esto, que el leproso soy yo, ya tengo la clave vital para interpretar salvadoramente la escena en la que estoy metido. El leproso se acerca a Jesús y le dice, de rodillas, unas palabras que son, al mismo tiempo, una soberana confesión de fe y una humilde súplica: «Si quieres, puedes limpiarme».
El leproso, el excluido del culto de la comunidad santa de Dios, está pidiendo un milagro. Está “pidiendo” y “no pidiendo”, porque dice: Si quieres… Dios sabe lo que tiene que hacer.

(El año pasado, en el mes de marzo, el Papa aprobó las virtudes heroicas de un misionero capuchino en Brasil, el P. Daniel de Samarate (1876-1924), italiano, que a los 37 años se le descubrió que tenía el virus de la lepra, y los superiores le enviaron a Italia, a examinarse en un buen hospital. Él acudió a la Virgen de Lourdes, y nos cuenta lo que allí le ocurrió:

“He orado con fe a la Virgen; he tomado el baño en la Piscina milagrosa y cuando supe la hora de la Procesión Eucarística, me puse en fila en orden con los enfermos para ser bendecido particularmente.
En el momento solemne, cuando el Obispo celebrante pasó delante de mí y me vio de rodillas, no encontrando en mí externamente síntomas de enfermedad, se detuvo y me preguntó:
- Estás enfermo (Infirmus es?)
- Sí (Útique), respondí.
Alzó la Custodia mientras trazaba el signo de la cruz para bendecirme; mis ojos rompieron en lágrimas como nunca, fijos en la Hostia santa; y acordándome del leproso del Evangelio, mis labios se abrieron instintivamente: Domine, si vis, potes me mundare (Señor, si quieres puedes curarme).
Una voz misteriosa, y muy sensible a mi corazón, responde: No quiero…, vete en paz, recibirás otra gracia…; tu enfermedad será ad maiorem Dei gloriam, y para tu mayor bien espiritual.
Desde aquel momento me encontré totalmente transformado. Un sentido de indecible conformidad, acompañado de un infinito regocijo y alegría, invadió mi mente, mi corazón, todo mi ser. Y desde ese momento no he perdido un solo minuto la serenidad, y desde entonces nunca he hecho una oración pidiendo mi curación”.

El P. Daniel vivió diez años leproso entre los leproso, en una leprosería en la misión de Brasil, y el ser leproso fue para él una gracia igual que el sacerdocio).



4. Cuando Jesús oyó esta súplica, se le rompió el corazón de compasión, de ternura.
¿Y qué ocurrió entonces en su corazón? Lo podemos atisbar prestando atención a la orden que da al leproso sanado: Él lo despidió, encargándole severamente: No se lo digas a nadie…
Es una frase que nos ad mucho que pensar. Jesús quería derramar todo el amor de Dios sobre aquel enfermo en tal miseria, y no sacar de ello ninguna ventaja. Esto es admirable. El bien ha de brillar por sí solo del modo que Dios quiera y en el momento en que Dios quiera.
Era como decirle: Hijo mío, al ver tu necesidad he sentido en mi corazón toda la misericordia de Dios, mi Padre, y no he tenido más remedio que echar mano de ese poder maravilloso de Dios.
Y esto que hago contigo lo he de hacer con todo aquel que se acerque a Dios con esa humildad y esa confianza.

5. Hermanos, en el corazón de Cristo está toda al misericordia de Dios, todo el poder de Dios. La misericordia de Dios desata el poder de Dios.
El enfermo curado no pudo obedecer la orden de su bienhechor. Él anunció a todos lo que Dios acababa de obrar. Y también esto es una lección. Si el bien existe, dejemos que el bien se haga ver, no para nuestra vanidad, sino solo para anunciar el amor y la gloria de Dios. Nos lo ha dicho san Pablo en la lectura de hoy, hablando de otros asuntos. Así pues, ya comáis, ya bebáis, o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios (1Cor 10.31).

Es la forma con que termina siempre la Plegaria Eucarística, que es el corazón de nuestra fe: Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Guadalajara, Jalisco, viernes, 9 febrero 2018

1 comentarios:

Anónimo dijo...

El leproso del relato de Marcos sabe su situación. No obstante, creyendo que Jesús puede curarle decide acercarse a él, saltándose los códigos sociales e implorándole que le sane. Su actitud y sus gestos, como ponerse de rodillas, expresan no sólo su impotencia ante la situación que vive, sino más bien la fe con la que decide suplicarle al Señor que le ayude. El drama del leproso era algo devastador, puesto que no podía siquiera acercarse a quien representaba la solución a sus problemas, es decir, a Dios. La marginación socio-cultural llegaba hasta exclusión religiosa. Pero ante el drama social y religioso de la lepra, Jesús no pasa indiferente. Movido por la compasión, es decir, poniéndose en el lugar de quien es considerado como un estorbo social y que por su enfermedad está impedido de expresar su fe, se acerca al enfermo marginado. El evangelista indica que, sintiendo lástima, extendió la mano y le tocó. El primer movimiento de Jesús no fue ni la curación ni un sermón ético, sino el acercarse a aquel que había olvidado lo que era el contacto humano, la cercanía de los otros, el cariño expresado por el tacto y toda expresión que indicara acogida por los demás. Jesús también se salta las normas sociales y toca a quien tenía prohibido tocar.
Como en parábola del buen samaritano, hagamos nosotros otro tanto.
Saludos.
JJ.

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