Jesús en el desierto con su Padre Dios
Mt 5,38-48
Texto:
Mt4 1 Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. 2 Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. 3 El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». 4 Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». 5 Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo 6 y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». 7 Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». 8 De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, 9 y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras».
a él solo darás culto”». 11 Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Hermanos:
1. Acabamos de iniciar el tiempo de Cuaresma, que nos lleva a la Pascua. Sin Pascua no hay Cuaresma, y al contrario también es cierto: sin Cuaresma no hay Pascua. El centro de la Pascua es Cristo, y, lo mismo, el centro de la Cuaresma es Cristo. Es un mismo misterio completo, al que somos invitados a participar.
El camino de la Cuaresma se compone de seis etapas, y todos estamos invitados a recorrerlas de la mano de Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe, como dice un escrito del Nuevo Testamento. Vamos a enunciar las seis etapas de la Cuaresma, que son estas:
Domingo 1ºJesús tentado
Domingo 2ºJesús transfigurado
Domingo 3ºJesús da el agua viva: la Samaritana
Domingo 4ºJesús da la luz a un ciego de nacimiento
Domingo 5ºJesús resucita a Lázaro
Domingo 6ºJesús entra como Mesías en Jerusalén
Es claro que el protagonista de la Pascua es Cristo, Cristo glorioso triunfador del pecado y de la muerte. Este mismo Jesús, a través del misterio de su vida, es el protagonista de este camino cuaresmal de purificación, de iluminación, de unión, que transforma nuestra vida en él.
Hace muchos siglos, más de 1.500 años, san Agustín, explicaba a sus fieles este Evangelio con esas palabras:
“Acabamos de escuchar en el Evangelio cómo el Señor Jesucristo fue tentado por el diablo en el desierto. El Cristo total era tentado por el diablo, ya que en él eras tú tentado. Cristo, en efecto, tenía de ti la condición humana para sí mismo, de sí mismo la salvación para ti; tenía de ti la muerte para sí mismo, de sí mismo la vida para ti; tenía de ti ultrajes para sí mismo, de sí mismo honores para ti; consiguientemente, tenía de ti la tentación para sí mismo, de sí mismo la victoria para ti.
Si en él fuimos tentados, en él venceremos al diablo. ¿Te fijas en que Cristo fue tentado y no te fijas en que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconoce también a ti mismo victorioso en él” .
Todos los años, al llegar este primer domingo de Cuaresma, domingo de las tentaciones, leemos estas palabras de san Agustín en lo que se llama el oficio de lectura.
Nuestros primeros padres sucumbieron a la tentación, que por envidia del diablo entró en el mundo; pero Jesús ha vencido la tentación y su victoria ha pasado a ser nuestra victoria.
Centremos ahora nuestra atención en ese motivo último por el cual va Jesús al desierto. Narran los Evangelios que Jesús fue al desierto inmediatamente después del bautismo, después que tuvo aquella experiencia única de la voz del Padre que lo identificaba como el Hijo de su agrado y después que descendió sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma. El Evangelio proclamado comienza con esta frase: Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu. Esto hace que el desierto sea desde el primer momento una escena divina: el Espíritu lo empuja, el Espíritu lo lleva.
No imaginamos que Jesús fuera al desierto equipado de sus mochila, con sus provisiones, su ropa, su rollo de la Ley o de los profetas. Jesús va al desierto con lo puesto, y va para estar con Dios. Esto es lo esencial, y desde aquí hemos de entender lo demás. Jesús va al desierto porque con el Bautismo y el desierto inaugura su vida pública, el advenimiento del Reino de Dios en medio de nosotros, la creación de la nueva Comunidad santa de Israel, del nuevo Israel.
El desierto, con lo que supone de privación total, va a ser para Jesús el santuario de la presencia de Dios, que ha venido a inaugurar en la tierra. El desierto se convierte así en una llamada para todo cristiano. El desierto que hasta puede ser el desierto mismo en nuestras casas es el lugar de la intimidad con Dios.
Estos días hemos quedado atónitos cuando una agencia turca de noticias ha transmitido esa noticia que ha dado la vuelta al mundo entero por las redes. Un niño de 5 años, sepultado en los escombros del terremoto durante 112 horas, cuando le han preguntado si no tenía hambre, ha respondido que una persona vestida de blanco de traía de comer y de beber y luego desaparecía. Un niño en estas circunstancias no miente; dice la verdad entendida a su modo. ¿Era imaginación? No lo sabemos; solo que este niño ha estado en comunicación con algo misterioso, que no acabamos de entender.
El desierto de Jesús es parte de su misterio. Un ser humano no puede resistir fisiológicamente 40 días sin tomar líquido; su organismo se deshace. Pero la Biblia con su lenguaje dice de Moisés que estuvo en el Sinaí cuarenta días y noches sin comer ni beber.
De Jesús se dice algo que no se dice de Moisés: que al final los ángeles le servían. Se ha recuperado el paraíso original. Estamos, ciertamente, no en un reporte médico, sino en el lenguaje misterioso de lo que ocurre en la unión con Dios. El desierto de Jesús pertenece a su pura mística de la relación con la divinidad.
Y en el desierto se decide el destino. Las tres tentaciones nos aluden precisamente al dominio de tres intentos fuertes y feroces que sacuden el ser humano. Se refieren a algo más fundamental. El Tentador busca desorientar a Jesús en la raíz de su vida. Le está proponiendo la satisfacción, el triunfo, la gloria, el placer inmediato como el camino de la vida humana, del proyecto que Jesús quiere realizar. Se puede retorcer las Escrituras para llevarlas a nuestro terreno. Jesús rechaza ese camino, para él y para sus discípulos.
Las tentaciones desmenuzadas por los Evangelios de Mateo y Lucas – pues en Marcos no hay ninguna tentación específica – apuntan a la tentación de la vida como tal. Se trata, de última instancia de la tentación radical y central de la vida como tal: ¿Cómo quiero vivir yo, bajo la soberanía de Dios, que gobierna el mundo a veces de modo tan desconcertante, o bajo mis impulsos de triunfo, de poder, de dominio y de placer inmediato?
“Y no nos dejes caer en la tentación”, pidió Jesús en el Padrenuestro. Todos tenemos que afrontar la tentación radical de nuestra vida; acaso estemos metidos y caídos en ella.
Hermanos, la Cuaresma nos llama al desierto, conducidos por el Espíritu, para abrir nuestro corazón a Dios y ver si no estamos cayendo o hemos caído en la tentación de la vida como tal.
Jesús se ha abrazo a la cruz desde el principio, y desde su propia experiencia han brotado sus palabras. Lo escuchábamos en la misa del jueves siguiente al Miércoles de Ceniza: “Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará” (Luc 9,23-24).
Jesús se ha sumergido en el amor del Padre y del Espíritu allí en el desierto, y ha trazado su camino y el camino de su Iglesia. Esto es la Cuaresma, el camino de Jesús.
Señor Jesús, queremos caminar contigo; queremos ir contigo al desierto; queremos abrir el corazón a nuestro Dios y Padre; queremos escuchar la verdad de tus propios labios; queremos el don de tu intimidad, que es la intimidad con el Padre y el Espíritu Santo. En una palabra, Jesús; queremos vivir contigo el misterio de tu desierto. Amén.
La Piedad, 23 febrero 2023.