María, misterio del Sábado Santo
Meditación
1. El Sábado Santo es un día vacío de Jesús,
y lleno de María. Es, por excelencia, el día de la Fe. No hay nada, y
justamente esa nada es la plenitud de todo lo alcanzado. La última palabra que Jesús
dijo: “«Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn
19,30).
Sábado Santo es el Día de lo Perfecto,
una especie de pausa infinita entre la antigua creación y la nueva creación.
2. ¿Será exactamente el Día del Dolor?
¿El día del Silencio? ¿El Día de la espera? Es el Día de la Madre, el día en
que se va a iniciar plenamente la revelación de su divina maternidad. Durante
la vida de Jesús María tiene palabras; muerto el Señor, ella, la Madre de la
nueva creación, no tiene ninguna palabra.
3. El sepulcro es el útero de María. Solo
de la resurrección de Jesús hemos conocido la revelación de la maternidad, y
como es maternidad del Espíritu, es maternidad virginal. El Espíritu Creador es
el que trasladó a Jesús del sepulcro al seno del Padre. El Espíritu es el que
reveló el secreto escondido en el útero de María. El útero de María era la
morada de Dios para su Hijo. Concepción que solo pudo acontecer siendo María la
esposa del Espíritu Santo (S. Francisco).
4. María, que ha gestado al Verbo de la
Vida, continúa esta misión en la Iglesia hasta la vuelta del Señor. María es
confiada al “discípulo amado” en cuanto discípulo amado. Cuando María deja la
escena de este mundo, su recóndito misterio lo guarda el discípulo amado, es
decir, al Iglesia.
A su vez, el discípulo amado es confiado
a María, la Mujer.
María es Madre de la Iglesia, de esa Iglesia
que Jesús funda por la sangre derramada en la Cruz, que va a explosionar como Iglesia
del Espíritu bien en la tarde del día de la Resurrección (Jn 20), bien el día
de Pentecostés (Hech 2).
5. Para entender el misterio de la María
de acuerdo a los Evangelios, hay que partir de una reciprocidad que Dios ha
establecido entre el Hijo y la Madre. Obviamente la Madre engendra al Hijo; en
el caso, no habría podido darse este engendro del orden divino en la
naturaleza, sin que previamente el Hijo no hubiera engendrado a la Madre. Es
decir, la resurrección de Jesucristo, fontanal de donde derivan todos los
misterios de la fe cristiana, es el origen de cuanto sabemos y creemos de
María:
- que es la Madre del verbo encarnado (Madre
necesariamente virginal)
- y en consecuencia Madre de la Iglesia.
6. La Virgen queda constituida en esta
maternidad visible y secreta, que acepta nuestra fe, al aceptar a Jesús Resucitado.
Resurrección y Maternidad de María son misterios de vasos comunicantes. El que
sepa cómo fue la realidad del misterio de la resurrección podrá explica como
fue el misterio de la virginidad de María, que, por ser misterio de fe, no es
analizable con fórmulas científicas.
7. María pasa a la nueva era que acaba
de inaugurarse:
- como el memorial total de Jesús, sin
que por eso la Eucaristía deje de ser memorial completo de todo el misterio de
esta nueva y eterna alianza.
- María es el silencio de la Iglesia, silencio
que lleva la garantía de esta llena del Espíritu Santo,
8. Pero volvamos al Misterio de Sábado Santo,
a ese momento último en que en los templos, cumplida la celebración del Viernes
Santo, se han cerrado las puertas y los fieles retornar a su casa. Nuestra imaginación
la ve, la ensueña como la Madre desgarrada, la Madre llena de dolor, como no
aconteció en ninguna otra Madre. Pensamiento cargado de sentimientos, de
vivencias humanas, que debe ser asumido por otro superior correspondiente a una
visión teológica de la misión de María, como lo vamos exponiendo.
9. Al llegar Sábado Santo, veneramos la
Soledad de María y lo Dolores de María. Los dos misterios – soledad y dolor –
vistos desde otro prisma, presentan el lado contrario:
- la aparente soledad de la Mujer se ha
llenado de hijos a lo infinito, hasta la vuelta de su Hijo.
- el Dolor de María, inserto en su
propia soledad, será el Gozo de María, ahora precisamente Madre en plenitud.
10. María, heredera completa de su Hijo,
ha de imprimir en la Iglesia un “carácter mariano”, que le marca en su
identidad última y que le ha de acompañar hasta el final de los siglos. Constitutivamente
la Iglesia lleva en sí una referencia a María, que nace de la voluntad de Cristo.
“Et ex illa hora accepit eam discipulus in sua” (Jn
19,27). “In
sua” (eis ta ídia) no se refiere a
una provisión anecdótica, biográfica del discípulo. La llevó a vivir a su casa…;
se encargó de ella…; se responsabilizó de ella…; la recogió como todos sus
bienes… Se trata de ser constituido de la Iglesia, al grado de que la Iglesia queda
configurada con esta pertenencia: María y la Iglesia se “interpertenecen”.
11. Sábado Santo, Día Silencioso para
gustar la plenitud de Jesús muerto, la intercomunicación de María y la Iglesia.
María,
Madre del Señor,
humildemente
llego a tu presencia,
inunda
mi alma de luz y de par,
de
ternura y sabiduría,
para
que pueda comprender
desde
tu propio misterio
el
misterio pascual de tu Hijo. Amén.
Guadalajara; Jalisco, noche de Viernes
Santo, 30 marzo 2018.