viernes, 16 de marzo de 2018

1060. Domingo V de Cuaresma, ciclo B - Jesús murió por nosotros, por mí



Jesús murió por nosotros, por mí
Jn 12,20-33



Texto evangélico
20 Entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; 21 estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: «Señor, queremos ver a Jesús». 22 Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. 23 Jesús les contestó: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. 24 En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. 25 El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. 26 El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. 27 Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora: 28 Padre, glorifica tu nombre».
 Entonces vino una voz del cielo: «Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». 29 La gente que estaba allí y lo oyó, decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. 30 Jesús tomó la palabra y dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. 31 Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. 32 Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
 33 Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Hermanos:
1. La Cuaresma ha avanzado a tal punto que el próximo Domingo ya es Domingo de Ramos, y el siguiente Pascua del Señor.
El Evangelio de hoy, lo mismo que el de los dos domingos anteriores está tomado de san Juan. El Evangelio de hoy es una contemplación de la Pasión del Señor, que es el misterio supremo del amor de Dios a los hombres, a nosotros, a mí en particular. Y esta va a ser nuestra homilía de hoy: Jesús ha muerto por nosotros, por mí. Mi corazón rebosa de íntimo gozo y de gratitud.
Sentimientos de gratitud, que son los que dominan cuando escuchamos otros mensajes, como el que se nos ha anuncia hoy en la segunda lectura, de la Carta a los Hebreos: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna” (Heb 5,7-9).

2. Cuando tomamos en nuestras manos la Sagrada Escritura, que es un sacramento de la presencia de Dios, podemos acercarnos a ella con múltiples sentimientos e intereses: con simple curiosidad, con el noble deseo de saber…,, como creyente que soy, yo puedo tomar las páginas sagradas del Antiguo y del Nuevo Testamento, como libro de fe, como encuentro con mi Dios, como el libro de mi vida. Y este tipo de lectura se llama “lectura divina”, lectio divina.
Nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en una exhortación apostólica titulada Verbum Domini, la Palabra de Señor. Nos decía que podemos dar cuatro pasos. Comenzamos por una lectura informativa, instructiva: qué dice el texto en sí mismo, sin añadir ni quitar, tal como está escrito. Esto se llama “lectio”. De aquí pasamos a la reflexión, la meditación: Qué me dice el texto a mí personalmente. Estos e llama meditatio. De aquí avanzamos con un tercer paso: Qué le digo yo a Dios con este texto delante. Y estos e llama oración, oratio.
Pero lo más sublime viene ahora. El cuarto paso es la contemplación, la contemplatio: ahora comprendo que el texto es pura revelación de Dios y dejo que el corazón navegue por estos mares de luz y de amor.

3. Explicando este cuarto paso, esta contemplación de la Biblia como sacramento de esa presencia vivificante de Dios, nos explicaba Benedicto XVI: “San Pablo, en la Carta a los Romanos, dice: «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). En efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento, «es viva y eficaz, más tajante que la espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).
Para entender el pasaje que acabamos de escuchar hemos de tener un alma contemplativa.
Nosotros, como aquellos extranjeros que se acercaron a Felipe y Andrés, decimos: Señor, queremos ver a Jesús.
Y la Iglesia, nuestra Madre, nos puede responder: Yo te quiero mostrar a Jesús, pero él mismo se te va a mostrar a tu corazón, si te acercas a él con humildad, con amor y con vivo deseo.
Oigo en mi corazón la voz misteriosa de Jesús que me dice: Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
Y esta atracción de Jesús me revela el sentido de mi vida.

4. Jesús me está diciendo a mí: En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna.
¿Quién es el grano de trigo? Evidentemente que Jesús.
¿Y qué ha sido el efecto de su muerte? Una inmensa cosecha que llega hasta mí. Yo soy el fruto de la muerte de Jesús.
Y ¿quién tiene que ser el nuevo grano que muera? Yo, como discípulo de Jesús.
Esto es, hermanos, la contemplación gozosa del Evangelio, que llena el alma de gozo y de gratitud.

5. Estos días en España y aquí hemos vivimos la muerte y el funeral de Gabriel, tremendo caso para mil reflexiones diferentes y con tantas lecciones de vida. Con el periódico en la mano – el periódico de España o el periódico de México – podemos contar casos que se parecen… Y sin el periódico también. Es grande la maldad escondida del corazón humano, y la maldad subterránea de mi propio corazón.
Pero la bondad es mayor. Y el bien vence al mal.
 El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor. Es lo que nos dice Jesús.

Señor, Jesucristo, tu Evangelio es la luz de mi vida. Y tu Evangelio se resumen en una palabra: Amor. Por amor al Padre y por amor a nosotros, has aceptado la muerte, para darnos tu vida divina. Gracias, Señor mío y Dios mío. Amén.
Guadalajara, viernes 16 de marzo de 2018.

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