Jesús y Nicodemo: tanto amó Dios al mundo
Jn 3,14-21
Texto
evangélico
14 Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el
desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, 15 para
que todo el que cree en él tenga vida eterna. 16 Porque tanto
amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él
no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios no envió
a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por
él. 18 El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya
está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. 19 Este
es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a
la luz, porque sus obras eran malas. 20 Pues todo el que obra
el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus
obras. 21 En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz,
para que se vea que sus obras están hechas según Dios».
Hermanos:
1. Estamos en el cuarto Domingo de Cuaresma. Esta
semana, el jueves, ya pasamos la raya de la mitad de Cuaresma. Que nuestros corazones
se mantengan en vilo, atentos, para recibir en todo momento la gracia que nuestro
Padre Dios está derramando sobre nosotros. Los domingos III, IV y V, como decíamos
la vez pasada están dirigidos por el Evangelio de san Juan, hoy la conversación
de Jesús con Nicodemo, en la que recordamos el amor de Dios a su pueblo en
aquella historia preciosa que llamamos Historia de salvación: el camino de
Israel rumbo a la tierra prometida. Eso es justamente la cuaresma, un camino a
tierra de promisión, que es la Pascua de Jesús.
Uno de los
prefacios de Cuaresma, con que abrimos al Plegaria eucarística, evoca este
camino espiritual que estamos recorriendo:
“Tú abres a la Iglesia el camino del
nuevo éxodo
a través del desierto cuaresmal,
para que, llegados a la montaña santa
con el corazón contrito y humillado,
reavivemos nuestra vocación de pueblo de
la alianza
convocado para bendecir tu nombre,
escuchar tu Palabra
y experimentar con gozo tus maravillas”
(Prefacio V de Cuaresma).
Los Santos Padres han dicho que nuestro verdadero
Moisés es Cristo. Él es el que nos lleva a la montaña santa. Él es el que nos da
la Ley de la Alianza, que es el Evangelio. Y con la Alianza el Sacramento de la
nueva y eterna Alianza, que es la Eucaristía que vaso a recibir. Él es el que está
hablando ahora a nuestros corazones, como un día habló a Nicodemo, un judío
miembro del Sanedrín. Él es el que nos va a dar la fidelidad al amor, para que
en medio de nuestras debilidades seamos fieles hasta el final.
2. Jesús habló con Nicodemo al amparo de
la noche confidencialmente en Jerusalén. Más fuerte nos habla hoy a nosotros, a
mí. Y ¿qué nos dice el Señor? Desde la cátedra de su nueva existencia junto al Padre
nos dice: tanto amó Dios al mundo, que entregó a su
Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida
eterna. 17 Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar
al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
Este es el resumen de nuestra fe y no hace falta otro. Este es el misterio
de la Encarnación, de la vida, pasión y muerte de Jesús, y de su presencia hoy
en la historia del mundo. Yo y cada uno de nosotros somos testigos y agentes de
esta presencia.
3. Hermanos, este mensaje es el que llena de gozo a la Iglesia, el que nos
comunica hoy Pablo en la segunda lectura de este domingo y que hay que ir grabándolo
línea a línea, palabra a palabra, gustándolo y deletreándolo. Escuchemos:
“En efecto,
por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y esto no viene de vosotros: es don
de Dios. Tampoco viene de las obras, para que nadie pueda presumir. Somos, pues,
obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que nos dediquemos a las
buenas obras, que de antemano dispuso él que practicásemos” (Efesios 2, 8-10).
Este es un
panorama maravilloso. En nuestra meditación personal hemos de ver nuestra vida
unida a la de Jesús, los dos juntos en unidad, y leer estas palabars del mismo
texto de san Pablo:
“Dios, rico
en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por
los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—;
nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para
revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su
bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (vv. 4-7).
4. Si yo
quiero anunciar este mensaje al mundo, para que mi palabra sea creíble debo
haber experimentado primero en mi propia carne.
Grabemos
estas verdades en nosotros como sustancia de vida:
- Dios Padre
es mi Salvador
- que me ha
arrancado de las tinieblas del pecado
- que me ha
unido absolutamente con Cristo, mi Señor, en el misterio de su muerte y de su
santa resurrección,
- y que está
colmando mi vida de buenas obras.
Así sencillamente
caminamos por la vida. No olvidemos nunca esta consigna: el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras
están hechas según Dios, que es la terminación del Evangelio de hoy.
5. En referencia a estas palabras, permitidme, hermanos, un comentario a
los acontecimientos del viernes pasado: es movimiento del 8-M, Día de la Mujer,
de la Mujer trabajadora, que reivindica sus derechos. Hemos leído atentamente
el documento de este día, el amplio Manifiesto. A ese escrito de las Mujeres,
promotor de una huelga general, le faltaba una palabra: Dios.
Somos iguales todos y todas, todas y todos, de todas las razas y culturas. Si
yo pongo la palabra Dios, y digo: Dios nuestro Creador y Padre nos ha creado
iguales, en dignidad y derechos, a lo mejor estoy diciendo una cosa distinta de
la que se gritaba en las calles.
Y si, escuchando a san Juan, digo: que todo fue por amor y para crear una
comunidad de amor en el mundo, entonces, hermanos, hemos hablado de Jesús, a
quien servimos, a quien predicamos. El Magníficat de la Virgen María, de quien se
hablado estos días hablando de la Mujer es eso: desde la primera línea un Canto al amor de Dios. El feminismo
cristiano es ese.
Señor Jesús, graba de mi corazón
tus divinas palabras y haz que yo no las borre jamás: “tanto amó Dios al mundo,
que entregó a su Unigénito”, que eres tú. Amén.
Guadalajara, Jalisco, sábado 10 de marzo de 2018.
Y no tentemos a Cristo
(Comunión)
4 y todos bebieron la misma
bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca
era Cristo.
9 Y para que no tentemos a
Cristo, como lo tentaron algunos de ellos, y murieron mordidos por las
serpientes (1 Cor 10,4. 9.))
14 Lo mismo que Moisés elevó
la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, 15 para
que todo el que cree en él tenga vida eterna. 16 Porque tanto
amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él
no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,14-15).
Himno interior para la santa
Comunión
Y no tentemos a Cristo,
como algunos le
tentaron
y mordidos de serpientes
rebeldes fueron dañados
Cristo Jesús conducía,
Hijo de Dios anunciado,
él era la roca viva,
sangre y agua en el
Calvario.
Dulce me sabe el pensar
que entre aquellos mis hermanos,
Cristo estaba y
caminaba
Alfa y Omega humanado.
Presencia que el mundo
envuelve,
que late amor emanando,
y en el desierto de fe,
de Moisés el cayado.
Veo y siento el mundo ardiente
en Cristo cristificado,
con el aliento del Padre
bajo el Espíritu Santo.
Tender a él la mirada
con amor apasionado,
confesarle Salvador
y quedar apaciguado.
Jesús, amado del Padre,
también en mi pecho
amado,
te confieso y me
abandono,
oh Dios en quien todo
hallo.
Guadalajara,
domingo 11 de marzo de 2018
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