Homilía para el Domingo IV del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 5,1-12
Texto
evangélico:
5 1 Al ver Jesús
el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; 2
y, abriendo su boca, les enseñaba
diciendo:
3 «Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
5 Bienaventurados los que
lloran,
porque ellos serán consolados.
6 Bienaventurados los que
tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
7 Bienaventurados los
misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los limpios
de corazón,
porque ellos verán a Dios.
9 Bienaventurados los que
trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los
perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados vosotros
cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa.
12 Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande
en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a
vosotros.
Hermanos:
1. Si un día se hubiesen de perder los
santos Evangelio, quisiéramos que, al menos, se salvase la página de las Bienaventuranzas.
Es un modo de decir, porque ningún cristiano verdadero se resigna a perder la
muerte de Jesús en la cruz, ningún cristiano podrá borrar la página de la
resurrección, ningún cristiano verdadero se atrevería a borrar una sola frase
de Jesús, una sola palabra de sus labios. Pero si repente uno dice que no se pierdan
las bienaventuranzas quiere decir el gusto y la fascinación única que le
produce este texto del Evangelio.
Hermanos, estoy escribiendo este pasaje
desde México, y estos días andamos convulsionados, sin salir de nuestro
asombro, por eso de que la construcción de un muro entre los Estados Unidos de
América y México va en serio. Pero ¿vivimos en el tercer milenio de la era
cristiana de la humanidad? ¿Será verdad eso que dice y repite el Papa: Vamos a
construir puentes, no murallas; vamos a fomentar lo que nos une, no lo que nos
separa.
Habiendo entrado en Internet, donde hoy
toda la humanidad, se halla conectada – Internet significada “la red común”, la
“red compartida” - ¿quién podrá detener este fenómeno de apertura y
solidaridad? Si hoy cualquier muchacho puede disponer de un celular que
teóricamente le comunican con sus amigos y amigas que viven en cualquier parte,
¿podrá alguien cortar esta comunicación entre los seres humanos?
(Doy fe de que estas palabras las ha
escrito antes de haber podido leer la declaración de obispos estadounidenses y
mexicanos en contra de la construcción de este muro, citando al Papa que en
otras ocasiones ha hablado de construir puentes, no muros).
2. Nos interesa saber el sentido preciso
de las bienaventuranzas, para ser nosotros en particular dignos de estas
felicitaciones que Jesús pronuncia, de estas bendiciones que Jesús promete.
En la Sagrada Escritura encontramos este
estilo de lenguaje, principalmente en los salmos y en el libro de los
Proverbios.
Todo el primer salmo es una
bienaventuranza:
“1 Dichoso el hombre | que no sigue el
consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
2 sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
3 Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
.
3. Con ocho bienaventuranzas distintas
Jesús apunta hacia la misma verdad:
Dios, su Padre, está haciendo algo maravilloso
en el mundo, que los profetas habían intuido, que había anunciado la Virgen al
alba de la redención en el Magníficat cuando fue a visitar a su prima santa
Isabel
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se
alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque
ha mirado la humildad de su esclava.
[…] Él hace proezas con su brazo: |
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba
del trono a los poderosos | y enaltece a los humildes…” (Lc 1,46-52).
Jesús está introduciendo un orden nuevo en
la historia: los humildes, los pobres, se llevan el agrado de Dios, y la
felicidad que él, gratuitamente, les brinda).
4. Bien entendidas, las bienaventuranzas
nos dan, sin pretenderlo, el retrato de Jesús, la verdadera efigie de quién el
hombre nuevo que Dios está creando para su reino.
Jesús es el verdadero pobre, el verdadero
humilde, dos palabras que, si no son sinónimas, son paralelas complementarias.
Él está representado en aquella profecía de Sofonías, siglos antes de Jesús,
que se proclama en la primera lectura. Escuchemos este texto venerable del
profeta:
“Dejaré en ti un resto,
un pueblo humilde y pobre
que buscará refugio en el nombre del
Señor.
El
resto de Israel no hará más el mal,
no mentirá ni habrá engaño en su boca.
Pastarán y descansarán,
y no habrá quien los inquiete” (Sof
3,12-13).
Si uno alcanzara, por gracia, solo por
gracia, a situarse como pobre y humilde, sería el hombre más feliz de la
tierra.
5. Las demás bienaventuranzas, cada una
con su perfil propio, vienen e redondear, a aclarar, a completar, a proyectar…
la misma figura de este hombre que ha nacido de Dios, e la medida de Cristo.
Por ejemplo:
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
¿Quién es el misericordioso? El que tiene
un corazón divino.
¿Quién es el limpio de corazón? El que
tiene un corazón como el corazón de Cristo.
San Juan escribió a sus comunidades, en su
primera carta: en él no hay pecado.
Como en él no hay pecado puede acoger a todos. Decía el anciano apóstol:
“Y
sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo
el que permanece en él no peca. Todo el que peca no lo ha visto ni conocido”
(1Jn 3,5-6).
Estas son las bienaventuranzas de Jesús.
6. En resumen, hermanos:
Las Bienaventuranzas no son los nuevos
mandamientos de Dios, el nuevo código moral de Jesús para pertenecer al Reino.
Son admiraciones, felicitaciones que pronuncia Jesús al ver lo que su Padre
Dios está haciendo y va a continuar haciendo. Y, claro está, nos marcan el
camino, la dirección que hemos de seguir.
Las bienaventuranzas nos dibujan la
antítesis de las aspiraciones humanas: ¡Dichosos los ricos, porque, al tener
dinero, tienen abierto el camino de la felicidad! Jamás dijo Jesús una palabra
así, porque es mentira. Y nunca podría haber hablado de esta manera.
Sus palabras son revelación, y en la
revelación hay un secreto.
En
fin, hermanos, concluyamos con la penúltima bienaventuranza. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque
ellos serán llamados hijos de Dios. Los que trabajan por la paz son los “hacedores de
paz”. Será perseguidos, ciertamente, pero disfrutarán de lo más grande que se
puede ser: “hijo de Dios”.
7.
Al terminar las bienaventuranzas, Jesús nos invita a mirar a los profetas, y
nos llama a sus discípulos profetas como ellos: “de la
misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”.
Somos
profetas, somos descendientes de los profetas, somos hermanos de Jesús.
Señor Jesucristo, gracias infinitas por admitirme a
la familia nueva que tú has introducido en el mundo. No quiero nada sino ser de
los tuyos. Me sobran todos los títulos si tengo este. Quiero caminar en la vida
con el espíritu, con la dicha, con la paz de las Bienaventuranzas.
Guadalajara,
Jalisco, viernes, 27 enero 2017.