Espiritualidad
cristiana, espiritualidad pascual
Pensamientos
y vivencias al culminar el Tiempo de Pascua
Múltiples
sentimientos acumulados en el tiempo pascual pueden ser una suave invitación a
detenerse y reflexionar en retiro y recoger los frutos que el Señor nos brinda.
“Con esto recibe gloria mi Padre, en que deis fruto abundante; así seréis discípulos
míos” (Jn 15,8). Acaso estas hojas de
“Pensamientos y vivencias al culminar el Tiempo de Pascua” puedan prestar un
servicio.
I
La
gracia de la Vigilia pascual
y
la gracia de los 50 días de Pascua
1. El inicio de la nueva Vigilia
pascual: liturgia y teología
En 1951 el Papa, hoy “Venerable”, Pío
XII permitió que la Vigilia Pascual, que antes se tenía el Sábado Santo por la
mañana, Sábado de Gloria, se celebrara por la noche (decreto “Dominicae
Resurrectionis” de 9/II/ 1951). A partir de 1956 fue obligatorio celebrarla por
la noche (decreto “Maxima Redemptionis” de 16/XI/ 1955). Había comenzado la
reforma de la Vigilia Pascual, que culminaría con el Concilio Vaticano II (1962-1965).
Definitivamente el Sábado Santo recobraba su
genuino perfil. “Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro
del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos (Misal
Romano) y esperando en la oración y el
ayuno su resurrección” (Carta fiestas pascuales, 77; véase abajo).
La Iglesia redescubría con esta
celebración de la Vigilia Pascual lo más hermoso de sí misma. Y somos conscientes los que de niños y
adolescentes vivimos la Vigilia de antes y después la de hoy. El Movimiento
Litúrgico desembocaba en lo más bello que pudimos soñar. Se abría una época
nueva de espiritualidad en la Iglesia.
Los teólogos y liturgistas hablaron en
los años 50 del “Misterio Pascual”, expresión que en decenios anteriores no se
utilizaba en la teología, y que es la matriz de nuestra fe, la matriz de la
teología más pura. Se escribieron páginas bellísimas, que nos llenan de emoción
el leerlas. El Catecismo Holandés (1966), hablando del “Domingo de pascua”,
tenía expresiones como éstas: “El domingo de Pascua hizo domingo a todos los
domingos del año”. En ese momento ya no era novedad, porque el Concilio había
dicho: “La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo
día de la Resurrección de Cristo, celebra el Misterio Pascual cada ocho días,
en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo…; …el
domingo es el fundamento y el núcleo de
todo el año litúrgico” (Sacrosanctum Concilium 106, constitución promulgada el 4 de diciembre
de 1963).
Pudimos comprender que del Domingo nació
la solemne celebración anual de la Pascua, y que de la Pascua nacería la
Navidad.
2. Salvemos la Vigilia Pascual como centro de nuestra espiritualidad
El Misal que siguió al Vaticano II y los
documentos litúrgicos han ido avanzando en esta línea y con normativa muy
concreta,
“Según una antiquísima tradición, ésta
es una noche de vela en honor del Señor (Ex 12,42), y la vigilia que tiene lugar
en la misma, conmemorando la noche santa en la que el Señor resucitó, ha de
considerarse como "la madre de todas las santas vigilias" (S.
Agustín, sermón 219). Durante la vigilia, la Iglesia espera la resurrección del
Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana.
Significado
del carácter nocturno de la Vigilia pascual. Toda la celebración
de la Vigilia pascual debe hacerse durante la noche. Por ello no debe escogerse
ni una hora tan temprana que la Vigilia empiece antes del inicio de la noche,
ni tan tardía que concluya después del alba del domingo". Esta regla ha de
ser interpretada estrictamente. Cualquier abuso o costumbre contrario que, poco
a poco se haya introducido y que suponga la celebración de la Vigilia pascual a
la hora en la cual, habitualmente, se celebran las Misas vespertinas antes de
los domingos, ha de ser reprobado.
Las razones presentadas a veces para
justificar la anticipación de la Vigilia pascual, por ejemplo la inseguridad
pública, no se tienen en cuenta en el caso de la noche de Navidad o de
reuniones de otro género.
La Vigilia pascual nocturna durante la
cual los hebreos esperaron el tránsito del Señor, que debía liberarlos de la
esclavitud del faraón, fue desde entonces celebrada cada año por ellos como un "memorial";
esta vigilia era figura de la Pascua auténtica de Cristo, de la noche de la verdadera
liberación, en la cual "rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende
victorioso del abismo" (Pregón pascual).
Ya desde su comienzo la Iglesia ha
celebrado con una solemne vigilia nocturna la Pascua anual, solemnidad de las
solemnidades. Precisamente la resurrección de Cristo es el fundamento de
nuestra fe y de nuestra esperanza, y por medio del Bautismo y de la Confirmación
somos injertados en el misterio pascual de Cristo, morimos con Él, somos sepultados
con Él y resucitamos con Él, para reinar con Él para siempre” (La preparación y celebración de las Fiestas
Pascuales. Carta circular dada en la sede de la congregación para el Culto
divino y la Disciplina de los sacramentos, 16 enero 1988, nn. 77-80).
3. La Vigilia Pascual
como experiencia personal y matriz de toda la pascua
Partimos de aquí. Si no hemos saboreado
el sabor espiritual de la Vigilia Pascual, nos resultará bastante teórico hablar
de la espiritualidad pascual.
El citado Catecismo Holandés escribió
cosas muy puras sobre “La alegría pascual”. “La alegría que nos da la pascua es
la más pura alegría que existe en el mundo. Para expresar algo de ella, la
comparó Jesús al gozo de la madre que ha dado a luz un hijo (Jn 16,21-22). Es
fruto del Espíritu Santo. Por ello está emparentada con el suave soplo de Jesús
sobre los apóstoles el día de pascua. Es un signo de su presencia entre
nosotros, como lo es su bautismo, su palabra y su eucaristía.
Como otro don cualquiera del Espíritu,
tampoco esta alegría es ajena a los influjos terrenos. Lo sobrenatural no
destruye lo natural, sino que lo levanta y lo completa. Así, en esta
experiencia pascual influye todo lo que crea ambiente, desde la salud física
hasta la música. Sin embargo, lo más íntimo de ella es paz, cuya fuente es el
Señor resucitado. “paz os dejo… no como el mundo la da, la doy yo” (Jn 14,27).
Un signo de la calidad divina de nuestra
alegría es que nadie nos la puede arrebatar…
Como obra de Dios, nuestra paz y la
medida en que la experimentamos depende del don de Dios. Por eso no hay que “contar”
de antemano con ella en la noche de pascua. Muchos verdaderos siervos de Dios
sienten precisamente en las grandes festividades una profunda desolación, por
lo que su alegría interior queda embargada por la duda y el abatimiento. Mas,
por lo general, las grandes fiestas de la Iglesia son para quienes sinceramente
buscan al Señor, fuente de auténtica alegría.
No vayamos, sin embargo, a la vigilia
pascual (ni a la misa del gallo, de navidad) con el único fin de buscar
alegría; busquemos al Señor de la manera que fuere. Él sabe bien lo que ha de
hacer” (Nuevo Catecismo para Adultos.
Versión íntegra del catecismo holandés, pp. 183-194; sobre la novedad y
valor de este catecismo y sus puntualizaciones, véase en o.c. p. 502).
Con una nueva sensibilidad la Iglesia
había redescubierto la hermosura y la fuerza de la Vigilia Pascual, que no era
un “preciosismo” de estudiosos, sino la gran oportunidad para todo el pueblo de
Dios. (Véase nuestra pequeña obra, prologada por Pedro Farnés: Rufino Grández:
La hermosa Vigilia de Pascua. Cómo preparar y vivir la celebración principal
del año. Editorial Regina, Barcelona 1995. 107 pp.).
El exponente más “llamativo” de esta
fragante espiritualidad puede verse en lo que significa para el Camino Neocatecumenal la celebración de la Vigilia pascual.
Dicen su Estatutos (aprobados el 29 de
junio de 2002): “Eje y fuente de la vida cristiana es el misterio pascual,
vivido y celebrado de modo eminente en el Santo Triduo, cuyo fulgor irradia de
luz todo el año litúrgico. Constituye por tanto el axis del Neocatecumenado, en cuanto redescubrimiento de la iniciación
cristiana.
La Vigilia Pascual, centro de la
liturgia cristiana, y su espiritualidad bautismal, son inspiración para toda la
catequesis. Por este motivo, durante el itinerario, los neocatecúmenos son
iniciados gradualmente a una más perfecta participación en todo lo que la santa
noche significa, celebra y realiza” (Art, 12,1-2).
II
Puntos
orientativos para vivir una espiritualidad pascual
1. La fe es un
encuentro con el Señor
La espiritualidad pascual comienza con
la experiencia íntima y personal de haberse encontrado con Jesús resucitado.
Podríamos comenzar con aquella frase tan fecunda de Benedicto XVI acerca de
cómo se comienza a ser cristiano: “No se
comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a
la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1).
Este es el núcleo de la vida cristiana:
el encuentro personal con Jesucristo, esta es la pauta para evaluar el anuncio
del Evangelio.
La fe, que es una, puede ser definida, contemplada
y analizada desde dos perspectivas muy diferentes:
- Desde
una consideración intelectual: Fe es aceptar el conjunto de verdades que
Dios nos ha revelado, que exceden el poder de la razón, y que la Iglesia, por
la autoridad de Jesucristo, nos propone. La fe es un acto volitivo que termina
y se explaya en el entendimiento.
- Desde
una consideración vital: fe es haberse encontrado con Jesucristo, desde una
iluminación de amor. Encuentro que, al producirse, se percibe que es un
encuentro en una comunidad confesante que desde el principio nos ha transmitido
y nos sigue transmitiendo la memoria de Jesús.
Hoy la teología se inclina por esa
segunda “concepción” y desde ahí quiere trabajar para la pastoral. Esto es
central en el Documento de Aparecida (2007) que marca el rumbo espiritual de
América latina.
Es esencial tomar un punto de partida
correcto, porque las consecuencias que de ahí se derivan, para bien o para mal,
son inconmensurables.
No es lo mismo decir: “lo principal de
la vida es amar a Dios”, que decir: “lo principal de la vida es sentirse amado
por Dios”.
Y no se crea que en la primera perspectiva
se fomenta la generosidad, incluso hasta el martirio; y en la segunda, por el
contrario, se esconde una pasividad cómoda, inoperante. Bien al contrario,
solo el que se siente amado puede amar, irradiar bondad; solo el que se siente
amado puede exultar en alabanza y alegría; solo el que se siente amado, puede
afrontar, en razón de ese amor, empresas y proyectos que le exceden totalmente.
En suma, la Iglesia es la amada de Dios, por eso será la esposa que ama a su Señor.
2. Toda la revelación,
en esta perspectiva, pasa a ser “historia de salvación”
Dios, al revelarse, ciertamente comunica
su intimidad. Y esta intimidad puede ser objeto de contemplación pura.
Pero Dios se revela, es decir, comunica
su ser misterioso y real, actuando y siempre actuando, y esto es lo que
constituye la “Historia de salvación”, iniciada por Dios en el momento de la
creación y actuada en todo instante hasta la Parusía de su Hijo. Hoy Dios es
Historia de salvación y mi vida mínima es esa historia, con dimensiones
transcendentes para Él para mí.
Tal intuición fundamental, nos lleva a
formular o reformular grandes verdades; por ejemplo:
- Dios
se reveló en tanto en cuanto se hizo historia con el hombre.
- Dios
al revelarse mezcló nuestra historia con la suya, o, más exactamente, la asumió
la nuestra como historia suya, sin que nuestros pecados fueran impedimento. El Antiguo
Testamento nos muestra de esta manera, de modo muy singular, “la condescendencia” divina.
- Y
lo que decimos de la comunidad total – comunidad santa de Israel, comunidad de
la Iglesia – me lo aplico a mí: Dios es historia para mí. Mi Credo se convierte
también en confesión histórica de fe.
- La
historia de Dios con el hombre tiene su palabra principal, palabra culminante y
terminal en Jesús.
- La
Pascua es la historia del Padre en su Hijo amado, muerto y resucitado. La Pascua es el misterio total de Jesús y nos abre al misterio total de Dios.
Desde aquí arranca todo lo que podemos decir de una espiritualidad pascual: Es el
misterio total de Jesús, que no aparece de repente, sino gestado por el Padre
desde toda la eternidad, acariciado por el Espíritu, entregado a la vida en
toda la historia del hombre sobre la faz de la tierra. Es el misterio de Jesús
viviente en las páginas del Nuevo Testamento.
3. El éxtasis de la
Escritura
Para
poder leer las Escrituras es necesario que Dios nos purifique totalmente el
corazón. Nunca nos cansaremos de decirlo:
- Una
exégesis crítico-histórica es
necesaria, pero por sí sola es totalmente insuficiente. - Una exégesis
teológica de los textos es un gran paso adelante en los textos. La Iglesia
los necesita. Pero tampoco lo olvidemos: la Escritura da la posibilidad de mil
teologías (dado que la teología es el pensamiento sobre la fe, y los humanos
abrimos el pensamiento a innumerables posibilidades; tanto que, con un misterioso escalofrío,
nos podamos volver escépticos ante nosotros mismos)
. La Escritura, para ser interpretada con el sentir de Dios, tiene que pasar a ser
“éxtasis de amor”: ser ella oración, sin ser “tema de oración”, porque un
“tema” es algo ajeno a mi espíritu. Esta interpretación de fe, que funde al que
habla con el que escucha, es la
interpretación sapiencial y oracional, cuyos perfiles no los puede definir
tampoco el teólogo, porque es superior a ellos. La Escritura vuelve a su nacimiento,
que es Dios amante. Quizás ni sabemos lo que decimos, pero lo intuimos, porque
la fe no es solamente asertiva, sino intuitiva y ve más allá de lo que tiene
delante. Este es la fe de la Iglesia en cuanto esposa de Jesús, el Cordero
inmolado.
4. Dios amante es Jesús
Resucitado
El Dios de Jesús, que es el Dios de
Abraham, el Dios de Isaac, el Dios se Jacob, se ha volcado en esta existencia
histórica, Jesús de Nazaret, rechazado por su pueblo y condenado a muerte con
la sentencia firmada por el procurador Poncio Pilato. El primer Credo de Israel
fue plasmado en fórmulas históricas de experiencia viva de la acción de Dios
(véase Deut 26,5-10)
Jesús es historia, si bien su historia
se nos ha transmitido en unos libros que son celebración y fe: los cuatro
Evangelios, que nos entrega la primera comunidad como Comunidad del Resucitado.
Al aceptarlo a él, ¿qué aceptamos?
- Que Dios estaba todo volcado en él, al
punto de establecer esta ecuación indivisa: El Padre y yo somos uno. Jesús es
el ámbito de Dios, y, una vez dado el salto de fe, no podemos encontrar a Dios
sino en Jesús, al Espíritu de Dios sino en ese mismo Jesús. “Yo soy el camino y
la verdad y la vida” (Jn 14,6).
- Aceptamos que Jesús, por su propia
esencia, como acontecimiento definitivo de Dios es vida, muerte y resurrección.
El acontecimiento entero, que no puede tener ninguna fisura, es el Misterio Pascual. Jesús se revela hoy; precisamente ahora ausente de nuestros ojos es
cuando más revela (S. Ignacio de Antioquía).
- Vivir en Pascua será vivir en Jesús,
“en Cristo Jesús” (San Pablo). La existencia de Jesús y nuestra propia
existencia pasan a formar una unidad total, que nunca se podrá separar. El
discípulo de Jesús y Jesús son uno, no con una unidad moral, intencional,
deseada…, sino con la unidad radical del misterio.
- Esta unidad, en el plano existencial
en que se despliega nuestra vida:
1) Transciende
e invade, sin confusión, el yo de Jesús y el yo mío.
2) Transciende
igualmente la cronología mirada desde aquí: el tiempo (chronos) que es de
momentos sucesivos.
3) Unifica
lo que en el tiempo terrenal, definitivamente superado, fueron dos actos
sucesivos: muerte y resurrección.
4) En
una palabra, la unidad de Cristo pasar a ser unidad de mi vida en él. La existencia
cristiana ya nunca se podrá comprender sino como existencia en él.
5. El misterio vertido
en los perfiles humanos es la espiritualidad pascual
El misterio sale a mi encuentro y
entonces yo tengo acceso al misterio. El misterio se instala en mí, ser
contingente, sujeto a infinidad de vivencias concretas, conforme a mi naturaleza
frágil y limitada, sujeto, sin embargo, en el cual radica mi destino y
eternidad. La verdad de mi propio ser en el tiempo no ha de ser anulada por la
eternidad, porque si yo dejaría de ser yo, regresaría a la nada.
El misterio vive en mí, opera en mí, se
despliega en mí, coexiste en mí, y todo lo que brota en mí desde esta
perspectiva es mi vivencia del misterio, del Misterio Pascual.
¿Cuáles podrían ser, pues, los perfiles
reales de este misterio aposentado en mí?
1. El
sentido total de mi vida, sabiendo de dónde vengo y adónde voy y qué hago en
este mundo. Soy un amado por Dios,
salvado en su Hijo Jesucristo, y unido a él en una obra común, sea cual sea el
protagonismo visible que me corresponda, lo cual ni añade ni quita a la
magnitud de la obra.
2. Con
ello, con esta vida que me permea e invade, yo adquiero una determinada
personalidad en este punto. Me identifico y siento como hijo de Dios.
3. Se
establece entre Dios y yo una relación viva, no ficticia ni imaginaria, y esta
relación la expreso como la oración, que es, ni más ni menos que la respiración
de mi ser, la vida de mi ser. La oración no es un actividad incrustada, sino la
vida expandida (respiración del amor, dicen las Constituciones Capuchinas).
4. Todo
esto es espiritualidad pascual, y todo ello está abocado a la plenitud de
Cristo en mí, su “pleroma”, como futuro cierto de mi existencia. Soy destinado
a participar en la gloria de Cristo.
6. La familiaridad con
Jesús como vivencia del misterio
Para hablar de mística, nosotros
espontáneamente acudimos a “abstracciones”, porque se trata de hablar de
realidades “metafísicas”, que rebasan los límites de la experiencia inmediata
(empírica). Quizás, sin darnos cuenta, estamos traicionando la mística del
Evangelio, y, en concreto, del Evangelio de San Juan.
Jesús en San Juan habla como si el plano de
realidades fuese el mismo ámbito. La despedida de la Cena – que bien podemos
tomarla como la mística originaria de la Iglesia – es un lenguaje cotidiano de
familia, y todo invita a pensar que Jesús establece esta relación con nosotros.
Las características de esta mística tienen que ser:
- naturalidad sobrenatural
- sencillez confiada
- apertura dialogante
- acogida de escucha
- serenidad, profunda serenidad y paz.
En el silencio del corazón esta es
nuestra relación con el Señor.
7. Jesús crucificado y
Jesús resucitado
Al proponer nuestra espiritualidad como
espiritualidad pascual, hay un punto crucial, que no ha de encontrar una
respuesta “teórica”, sino, más bien, de humilde experiencia vital. ¿Qué
representa “para mí”, como concepto y vivencia, Jesús crucificado, y qué representa
Cristo glorioso? ¿Cuál es mi configuración con Cristo crucificado?
La respuesta solo puede venir de la
profundidad de nuestra fe. San Pablo habla de esta doble identificación. No
cabe la identificación con Cristo resucitado, si no hay una configuración de
Jesús crucificado:
“… conocerlo a él, y
la fuerza de su resurrección,
y la comunión con sus padecimientos,
muriendo su misma muerte,
con la esperanza de llegar a la resurrección de los muertos” (Flp
3,10-11).
8. Pedagogía: Jesús
sale a nuestro encuentro a través de la celebración litúrgica
En la intimidad de la oración, como
lugar de amor, Jesús sale a nuestro encuentro. Jesús nos invitó a entrar en
nuestro aposento, cerrar la puerta, y allí orar al Padre (Mt 6,6). Donde está
el Padre está Jesús.
La riqueza que nos brindan los libros
litúrgicos (y específicamente el Misal y la Liturgia de las Horas) es un venero
vivo. Puedo preguntarme para estimularme yo mismo:
1. ¿He
incorporado al catecismo de mi espiritualidad la celebración y el desarrollo de
la Vigilia Pascual? Una celebración pausada, muy cuidada y preparada y participada, de la Vigilia, con todas y cada una de sus
lecturas (7 del Antiguo Testamento, 2 del nuevo), con el Pregón cantado, con
los salmos propios cantados, con los distintos momentos del rito
asimilados…supone unas tres horas para el Señor. No podemos privarnos de esta
experiencia única, la más bella, de nuestra liturgia. Cuando se vive, permanece
dentro.
2. La
experiencia de los ocho días de la primera semana de Pascua, con el conocimiento
exacto de lo que estamos celebrando, con la riqueza de los textos es el
complemento normal de la Vigilia Pascual. Mi pregunta personal: ¿Qué es para mí
la celebración diaria de la Semana de Pascua? ¿Saboreo la mistagogía de esta semana?
3. En
Pascua no se lee el Antiguo Testamento, sino solo el Nuevo, y esto en sí mismo
es un signo sacramental. La lectura del Nuevo Testamento, con los libros
específicos que escoge la Iglesia (Evangelio de Juan con preferencia,
concluidos los relatos de aparición de los cuatro evangelistas; Hechos de los
Apóstoles; Primera de Pedro, Apocalipsis) marcan una pedagogía y estilo. ¿Qué
resonancia tiene para mí la Escritura en la Pascua del Señor?
4. Para
la vivencia de los salmos (Laudes y Vísperas) hay unas antífonas propias, que me
introducen en el significado pascual del Salterio. ¿Son para mí los salmos
oración viviente ante el Resucitado o con el Resucitado?
5. La Liturgia de las Horas está enriquecida con su Himnodia propia y con sus preces
propias, donde la presencia de Cristo con nuestro lenguaje es muy sensible.
Cantar a Cristo, orar a Cristo es vivir la Pascua. ¿Qué resonancias produce
todo esto en mi corazón?
6. Tenemos
finalmente en la liturgia la incomparable riqueza que nos llega de los Padres, tesoros
que nos han venido con la renovación de la Liturgia de las Horas tras el
Concilio. Todo ello es una cantera de fe y espiritualidad, que te va afianzando
más y más en tu ser de Iglesia. ¿Cuál es el enriquecimiento que yo recibo de
este tesoro espiritual?
9. Para concluir
La Pascua del Señor nos hace avanzar mar
adentro en el océano de la fe. El primer fruto de las celebraciones pascuales
es una consolidación interior de sentido de vida, de misión y futuro dentro de
la Iglesia , no condicionado ni por mi exterior y aparente protagonismo en la Iglesia
(si acaso lo tuviera) o por mi anonimato en ella. Todo ello se va incorporando
año tras año a mi corazón, y mi vida adquiere serenamente un sentido nuevo, que
talla mi auténtica personalidad. Y todo se hace vivencia, no ilusoria, sino
real. Lo que no se ve pasa a ser sustancia en lo que se ve, y yo soy el primer
favorecido.
Por otra parte, yo en mi ambiente soy
alguien, humildemente alguien, que transmite “algo”. Ese algo no es otra cosa
sino una presencia, la presencia de Cristo Resucitado. Y esa es la génesis de
la Iglesia. La Iglesia crece por un fenómeno de vida, por la irradiación
expansiva de sus hijos. Quiero ser testigo de Jesús resucitado; antes que lo
anuncien mis palabras, que lo proclame mi vida.
¡Virgen Madre del Señor, armonía de la
fe, intercede por mí para que se realice la obra de tu Hijo!
Guadalajara, Jalisco, miércoles de la V
semana de Pascua, 21 mayo 2014.