El joven poeta Ignacio Larrañaga
(A
los cuatro meses de muerte:
Guadalajara, 28 octubre 2013
Guadalajara, 28 febrero 2014)
Por aquellos años cincuenta la Poesía
florecía en nuestros Teologados. Había firmas de eclesiásticos que, en su día
podrían haber pasado directamente a la Real Academia de la Lengua Española; tal
José luis Martín Descalzo; tal José María Cabodevilla; tal José María Javierre.
En mi provincia capuchina – la de
Larrañaga – ha habido firmas que han ennoblecido la poesías: Damián Iribarren,
Ignacio Rueda, Era de la generación de Larrañaga.
Pedro Casaldáliga era un nombre que o
conocía de una revista colegial de Claretiano. Luego el nombre de Pedro
Casaldáliga ha sido un obispo emblema de las causas de los pobres en Brasil, en
Mato Grosso. Pedro Casaldáliga.
En este clima de juventud, de ilusión
arrolladora por Cristo, surgió la revista poética llamada Vértice, nombre muy
sugestivo que eleva. Aquí vino a mojar la pluma de Ignacio Larrañaga (que
entonces se llamaba con el nombre tomado en el noviciado, Fray Jesús maría de
Azpeitia. Luego, tras el Concilio, se pudo recuperar, a voluntad, el nombre de
casa: Ignacio Larrañaga). Casaldáliga sigo escribiendo poesía, incluso poesía
en la lengua y de Brasil.
Larrañaga siguió escribiendo poesía sin
verso (que sepamos). Su estilo de El Pobre de Nazaret, El Hermano Francisco… es
estilo es “poético”, ¡atención!, sin que con esto queramos rebajar la hondura
propia de cada uno de estos libros; fue una opción de estilo, personalizado y
vitalista. El soñador Ignacio era poeta “a radice” y su literatura muy bella es
poética en su íntima contextura.
Hoy, por primera vez, se publica aquella
colección de poemas de su juventud. Quien haya leído literatura de Larrañaga,
dará una palmadita y dirá:
¡El Larrañaga de joven tenía que
escribir así…!
El valor, pues, de este minipoemario es
el descubrir que el corazón anchuroso…, generoso de los libros de Larrañaga ya
estaba vibrando igual en sus años mozos, con una nota que el crítico literario
no puede descarta: Larrañaga era poeta, también sus compañeros “verticistas” –
así se llamaban – de la causa de Jesús.
Y ¿por qué “Larrañaga con la Biblia y
Antonio Machado…”? Porque así lo vimos escrito, cuando a los 50 años de
sacerdote describían su semblanza de Jubiloso Jubileo (2002): “Padre Ignacio,
viaja por todo el mundo con una liviana y pequeña maleta ‘muy pequeña’. Sin
embargo, siempre le acompañan dos libros: la Biblia y los poemas de Antonio
Machado, poeta español”.
Mi
última tarde
Ignacio se define así mismo cuando dice:
Me crece el alma como una rama alta / cargada
de pájaros y flores y nidos. Este Ignacio, germen creciente del que va a
ser luego el famoso Padre Ignacio Larrañaga siente que lleva dentro un templo de silencio, y que el panorama de
su espíritu es una roca solemne en el
desierto. El desierto, sí, el desierto espiritual, será un día su
salvación.
La vivencia, poéticamente densa y
esencial, se hace unidad y armonía interior. Es el momento de la simplicidad,
de la verdad, del encuentro. Lo dice bellamente: Mi momento solemne, entero, todo.
Y ahora surge dentro, el hombre
religioso y esencial que Ignacio lleva dentro, que es Ignacio, como oración
pura, oración: ¡Mira, Señor, que en las
simas del espíritu / me nace un labio ardiente y enorme, / una grieta de tierra
seca!, que es el salmo matinal: “Oh Dios, tú eres mi Dios, pro ti madrugo…
como tierra reseca, sin agua”.
Se hace el momento de la interioridad. Y
viene el verso mágico, el más bello:
Y
se apagó la tarde.
Se
me va la voz por las desnudas ramas
de
árboles sin carne;
por
nidos olvidados y rotos,
por
el sol enfermo, que huye.
En
las inmensidades de mi espíritu
se
ha levantado un templo de silencio
como
una roca solemne en el desierto.
La
tarde se puebla de ansiedad y sombras.
Vuelan
los pájaros por horizontes perdidos,
Por
rumbos ignorados, por caminos de niebla.
El
viento corre por la tarde, de ansiedad
maniático,
loco, a la deriva,
contra
las peñas, contra las ruinas,
contra
la soledad honda de los pueblos.
-
Mi momento solemne, entero, todo.-
Me
crece el alma como una rama alta
cargada
de pájaros y flores y nidos.
¡Mira,
Señor, que en las simas del espíritu
me
nace un labio ardiente y enorme,
una
grieta de tierra seca!
¡Ven
pronto y remedia mi ansiedad,
apaga
mis entrañas y mis abismos!
¡Pronto…
y derramaré en tu aurora
mi
alta rama de pájaros y flores y nidos!
(Campanadas
heladas, solas, inmensas,
como
un paisaje de lejanía y misterio).
Y
se apagó la tarde…
Canto
al apóstol
Para quien ha sabido cómo fue la vida y
pasión de Ignacio de Ignacio Larrañaga, iluminado por un rayo dívino el día del
Sagrado Corazón de Jesús de 1957 (véase La
rosa y el fuego), este poema tiene una clave nueva: ¡Esto fue él! Esto es
su historia, esto es el autorretrato proféticamente anunciado.
Quisiéramos ahora que al estrofa final,
las más inspirada por el Espíritu, llegara a su cumplimiento. Murió como aquí
se dice con el cuerpo volcado sobre la pendiente de la muerte. En el lecho,
ladeado el cuerpo sobre el buró, con la mano apoyada en la mejilla: dormía, la
paz sonreía, serena, sobre su plácido semblante. Así le encontraron de madrugada,
cuando el reloj tocaba a la oración matinal del día 28 de octubre del año de
gracia de 2014.
Ahora los millares y millares de
hermanos y hermanas que han sido iluminados por las enseñanzas de Ignacio,
contempla y suplican: se encenderá en las
alturas un inmenso rosal
cuajado de rocío y de
sol.
¿Qué
vientos empujan tu remo?
¿A
dónde vas con tus brazos cuajados de estrellas
y
tus ojos ardidos de sol?
¿Dónde
te nacen las raíces eternas
del
sueño, de la mirada y el amor?
Te
vi encender con fuegos altos y agudos
los
bosques internos del hombre
donde
pastan la avaricia, el orgullo y la impiedad.
Te
vi llegar hasta dentro del hombre
donde
empieza la región de la niebla
y
se pierden los caminos de Dios.
¡Cómo
inundabas de resplandores rusientes
sus
ojos de eterna noche!
Levanta
tu voz de bronce, profeta,
como
un torreón medieval,
contra
la soledad muda de los hombres,
contra
esa jauría de megalómanos
que
en cada calle se levantan una estatua y un dios.
Mira
que van a salir a tu camino
voces
profanas de oriente y de luna
que
quieren devorar tu voz de bronce, eternamente alzada.
Enciende
esa estrella que llevan los hombres
apagada
en la mitad de tu frente.
Han
surgido ante tus ojos
infinitos
caminos sobre espacios mudos;
y
hay pozos de naufragio y duelo y muerte
que
esperan cada tarde tu mirada de ansiedad.
Rompe
esa voz, como un arpa, contra las ciegas luces
que
ahogan el ángel del hombre
y
enlutan su inocencia, sus ojos y su frente.
Acelera
tu latido, que flotan
Aires
de impaciencia y urgencias de agonía.
Cuando
se vuelque definitivamente tu cuerpo
por
las pendientes de la muerte
se
encenderá en las alturas un inmenso rosal
cuajado
de rocío y de sol.
Romance
sin ocaso
(A
san Lorenzo de Brindis, desde el eje del siglo XX)
San Lorenzo de Brindis fu un santo
capuchino, externamente el más glorioso de nuestra Orden en los tiempos en que
vivía Ignacio. No sabía él entonces, en el eje del siglo XX, que Juan XXIII lo
proclamaría doctor de la Iglesia, con el título de Doctor Apostólico (19 marzo
1959.
San Lorenzo de Brindis fue un predicador
encendido, alguien que se extasiaba de dulzura y amor, celebrando misa horas y
horas, una enamorado de la Virgen maría, batido por la ternura, un embajador
llevando mensajerías de paz…
El espíritu soñador de Ignacio soñaba,
como hermano, con el soñador Lorenzo. Murió en la brecha, en una embajada; su
cuerpo reposa en el monasterio de las Clarisas de Villafranca del Bierzo.
Han
caído, Lorenzo muchas tardes
en
tu sepulcro de dormido mármol.
Aquellos
viejos y usados caminos,
aquellos
que florecieron al milagro
de
tu paso de ambición eterna,
se
han abierto al polvo del espacio.
……..
Somos
como estrellas fugaces;
brillamos
para después apagarnos;
nos
vamos por la recta del olvido.
Los
siglos, siempre avaros, se han llevado
recio
lastre de olvido y de silencio.
El
hombre se ase al tiempo como a un árbol
para
cruzar los siglos –erguidísimo-
Sobre
enhiestas estatuas de aplausos.
Sacude
sus ramas el árbol del tiempo
Y
cae en el olvido el hombre humano.
……
Los
hombres que vuelan sobre alas divinas
ignoran
los tiempos y los espacios.
¡Lorenzo,
miras tú sobre los tiempos,
sin
ocaso
Los
siglos solamente
van
besando tus glorias a su paso…
…….
Desafiando
al paso de los siglos
persistirás
eternamente anclado
en
Dios. Tu corazón recio de apóstol
ha
abierto los caminos al milagro.
Caminaste
el sendero de la vida,
tus
manos por sus cruces derramando
con
nostalgia impaciente de entregarte.
Tu
espíritu de luz has derramado,
con
tarde serena del estío,
en
las ahogadas almas, en su ocaso,
en
sus noches de sombras siderales.
Aquellos
corazones derribados
al
golpe ciego y fuerte de la carne
a
tu contacto mágico sanaron…
…….
Aún
persisten destellos de tu brillo.
¡Lorenzo,
aún tu luz no se ha apagado!
Por
esas mismas rutas y caminos
revibran
todavía palpitando
girones
de tu espíritu maduro;
y
laten explosiones de entusiasmo
por
los antiguos pueblos, por los viejos
caminos
de las cosas, olvidados.
Mi
ángel…
(Al P.
Director, el ángel que abre a la luz
las curvas de
mi ruta sacerdotal, en su día)
Resulta
que el Director del Teologado era el P. Lázaro de Aspurz (más tarde, Lázaro
Iriarte). Ignacio sintonizaba con esa visión fresca de al vida, de la historia
de la Iglesia que traía el entonces joven profesor, P. Lázaro. Ignacio dice que
él no tuvo nunca u director espiritual en sentido riguroso. Pero su aprecio y
veneración pro el P. Lázaro era palpable. Un día e juntarían sus vidas cuando
en al década de los 70 Ignacio Larrañaga promovió una generosa campaña en las
capuchians de México, en cordial unióne spiritual con su maestro. Un día
pediría al P. Lázaro que le escribiera la Historia de los Talleres de Oración y
vida. Es verdad que,d esde el corazón, escribió en aquel verso: El ángel viajero (mi ángel) / encendió la
aurora sobre mis curvas. / ¡Qué poema has esculpido, mi ángel, / sobre mi ruta
desde aquel día!
Caminante
de soledades vastas,
(alargado
de ansia como una sombra
tras
los sueños altos y excelsos)
siempre
temblaba sobre mis carnes
el
frío del silencio y de la tarde que huía.
A
la hora que se retiran los pájaros,
sentéme
junto a un olmo viejo,
como
niño perdido en la noche
(en
la noche sin luna y sin estrellas),
como
golondrina herida contra los cables.
El
ángel viajero (mi ángel)
encendió
la aurora sobre mis curvas.
¡Qué
poema has esculpido, mi ángel,
sobre
mi ruta desde aquel día!
¿Te
acuerdas?-cuando mirábamos al sol
morirse
entre ponientes augustos,
¡qué
inundación de fuegos y estrellas,
y
de horizontes de sueño nunca vistos,
hacías
latir sobre mi frente!
Cuando
yo dormía en brazos del viento,
tú
mirabas desde una rama
si
pasaba algún pájaro perdido.
Cuando
yo lloraba, también llorabas tú.
¡No
sé cómo decírtelo en este día, no lo sé…!
¡oh,
los rapsodas trashumantes, poetas ciegos: versos)
¡No
sé cómo decírtelo, mi ángel, no lo sé…!
Subiré
a los árboles de mi ruta en flor,
sacudiré
sus ramas, y caerá a tus pies
una
lluvia de corazones de oro.
Los
almadieros
Ya desparecieron los almadieros, y hoy
los jóvenes tienen que ir al Internet para saber quiénes eran los almadieros,
remeros de las almadías… Y encontrarán que en Burgui, al pie de los Pirineos
navarros hay un fiesta anual de los Almadieros como exhibición de un menester
montañero que duró siglos. Los almadieros bajaban por el río Esca, pro el río
Aragón, por el río Ebro… hasta Tortosa las cargas de pino, que un día fueron
los mástiles de las naves, los grandes travesaños de la construcción.
Ignacio los ha visto con sus propios
ojos – los ha visto en el Roncal, los ha visto en Sangüesa… - y quiere sacar de
aquellos ojos, de aquellos cuerpos curtidos un canto de vida.
Hombres
sin efigie alguna en la frente
con
el pecho audazmente erguido y solitario,
los
almadieros son peregrinos
que
vagan lentamente, palmo a palmo,
sobre
el camino imborrable de los ríos.
Nunca
arribó voz alguna de niño
hasta
aquellas latitudes;
jamás
se oyó resonancia alguna definida,
ningún
aullido, ningún rumor…;
sólo
el exangüe chasquido del agua,
sólo
el fluir plomizo de su almadía
por
el camino de todos los días, eternamente el mismo.
Yerguen
sus poderosas frentes
por
encima de ribazos, tapias y torreones;
y
sólo les llegan campanadas de silencio
desde
cúpulas de nieve, desde remotas distancias
como
alas perdidas de la niebla que agoniza.
Bajo
la sombra de cada chopo
anclan
su tienda y atardecen y duermen.
Una
gaviota fugitiva herirá mañana
sus
ojos que reposan en paz y misterio;
y
lanzarán su caravana flotante
río
abajo (¡vereda fría!) siempre.
El
día es un inmenso estadio olímpico
que
el almadiero atraviesa de extremo a extremo
extendiendo
los dominios de su mirada
por
la redondez de los paisajes y lejanías.
Mientras
el almadiero vence, triunfal, las curvas del río
y
entra su almadía en la plenitud de la noche,
van
naufragando las estrellas dentro de las aguas.
¡Almadiero,
almadiero!, entrega tu frente a los vientos;
derrama
tu sudor como simiente a las orillas del río,
que
nada se pierde cuando la siembra es de retazos de la vida.
Huye
de la voz humana y de sus avenidas
que
la soledad seguirá siendo siempre
el
refugio de los dolientes y fugitivos.
Agradecemos
al Archivero del Archivo de Capuchinos de la antigua provincia capuchina de
Navarra-Cantabria-Aragón, el historiador hermano José Ángel Echeverría
(Pamplona), el habernos proporcionado el material de Vértice aquí contenido. La revista de factura casera se enviaba a los
teologados con quienes compartíamos escritos e ilusiones. En algunos centros de estudios eclesiásticos habrá quedado conservada como testimonio de las mejores aspiraciones de la juventud.
Guadalajara,
Jal., 28 febrero 2014.