Homilía
en el domingo V del tiempo ordinario, ciclo A
Mateo
5,13-16
Desde la Casa Noviciado de las Clarisas Capuchinas, Guadalajara-Zapopan, Jalisco
Texto
evangélico:
Vosotros
sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros
sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un
monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino
para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así
vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria
a vuestro Padre que está en los cielos.
Hermanos:
1. El domingo
pasado iniciábamos el Sermón de la Montaña – que son tres capítulos del
Evangelio de San Mateo, Evangelio reservado para este año –, si bien la circunstancia de caer el domingo en la
fiesta de la Presentación del Señor, motivó que el relato de la Presentación de
Jesús al Padre en el templo de Jerusalén, se sobrepusiera al texto del domingo.
Pero es bueno tener este dato para mejor entender el texto proclamado. Vosotros sois la sal de la tierra; Vosotros
sois la luz del mundo.
¿A quién está
hablando Jesús? Exactamente a quienes acaba de dirigir la proclamación de las Bienaventuranzas.
Porque esto nos da la primera clave de interpretación.
2. Acaso
podríamos pensar: Jesús está hablando a los apóstoles. Ellos sí van a ser la
sal de la tierra y la luz del mundo. Los apóstoles, los obispos, sucesores de
los apóstoles, tienen la triple misión de regir al pueblo de Dios, de enseñar y
de santificar. Ellos son los destinatarios de estas palabras magníficas de
Jesús.
Hermanos, esto
no es cierto: sería empequeñecer las palabras de Jesús. Si digo “a los
apóstoles” y excluyo a los demás, estoy desfigurando las palabras de Jesús.
Con los
apóstoles podríamos pensar en los sacerdotes como dirigentes de la comunidad.
Ellos tienen la misión, en sus debidas proporciones, de enseñar, santificar y
gobernar. Los sacerdotes, y especialmente los párrocos, son estrechos
colaboradores de los obispos en la sublime misión de la Iglesia. Esta teología
jerárquica para entender la misión de la Iglesia, no vale para entender las
palabras de Jesús. La particularizan y le quitan su vigor.
Hace algo más de
100 años, en 1912, apareció en España una revista que todavía sigue, incluso ha
dado el nombre a una editorial importante: Sal
Terrae, la Sal de la Tierra. La fundó un célebre y celoso jesuita, P.
Remigio Vilariño, autor entre otras obras, de una Vida de Jesús, que ha hecho tantísimo bien. La revista Sal Terrae iba dirigida principalmente a
los sacerdotes y tenía una sección muy importante de predicación. Tantas veces
se nos ha dicho a los sacerdotes: Vosotros debéis ser la Sal de la Tierra.
3. Pues bien,
hermanos, lo que Jesús dice en este pasaje es: Vosotros, discípulos míos, sois la
sal de la tierra.
De esta
comparación se pueden sacar muchas conclusiones.
Una obvia es
esta: la sal es lo que da el sabor a los alimentos. Es una aplicación muy
oportuna. Nosotros, como cristianos, tenemos que dar el sabor a la vida.
Incluso podemos ir más adelanté, haciendo otras aplicaciones en la misma línea:
Si quieres dar sabor, tienes que desaparecer, como la sal que en la olla
desaparece y entonces el cocido sabe sabroso.
Es una oportuna
aplicación, pero veamos por dónde van exactamente las palabras de Jesús, que
nos está entregando el corazón del Evangelio. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que
para tirarla fuera y que la pise la gente.
Hay dos cosas
que Jesús nos enseña y transmite:
Una es un
mensaje bellísimo de salvación, de identidad, de compromiso.
Otra es – y no
podemos olvidarla – una amenaza de condenación.
5. Jesús no está
diciendo, ante todo, que nosotros, cristianos, tomemos conciencia de que somos
sal, con la fuerza, con la virtud que tiene la sal, para, siendo lo que es,
transformar la realidad del entorno.
La sal sirve
para salar los alimentos y conservarlos de ese proceso de corrupción, al que
está sometida la materia orgánica.
Mi misión en el
mundo es hermosa y fortificante. No la puedo valorar por el radio de influencia
al que llegue mi persona, sino por la calidad íntima que yo he adquirido unido
a Cristo, unido a su Espíritu, poseído por este Espíritu que da vida.
6. Ahora bien,
esta responsabilidad insoslayable del cristiano, Jesús la ensalza cuando ve lo que
pasaría que si uno renunciara a ella. Si la sal pierde su sabor, no sirve para
otra cosa. Si un leño no sirve para tallar una estatua, servirá para otra cosa,
como material de construcción para fabricar el mango de una herramienta; o, en
último caso, para hacer leña o carbón para el fuego. Pero si la sal no sirve
para ser sal, hay que tirarla. Pasa a ser basura, desperdicio y que se echa al
camino y la pisa la gente. Si un cristiano realmente no es cristiano…, no
cumple su misión en este mundo, y es despreciado.
Dice Jesús: No sirve más que para tirarla fuera y que la
pise la gente. Es una amenaza, que no la podemos saltar.
7. Jesús nos
habla igualmente de luz y de la ciudad puesta sobre el monte. Y eso somos sus
discípulos y eso debemos ser, sin ninguna pretensión orgullosa, pero
conscientes de lo que llevamos entre manos. Sí, somos la luz del mundo, porque
Jesús dijo: “Yo soy la luz del mundo; el
que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn
2,12).
Los judíos, como
poseedores de la revelación de Dios en la Torá, en la Ley, podían verse como
luz del mundo. San Pablo, en un texto apasionado y polémico, entra en escena
diciendo: “Pero si tú te llamas judío y encuentras tu descanso en la ley y te
glorías en Dios, conoces la voluntad divina y, al saberte instruido por la ley
te crees capaz de discernir lo que es mejor; te consideras guía de ciegos, luz
de los que viven en las tinieblas…Pues bien tú que enseñas a otros, ¿no te
enseñas a ti mismo?; tú que predicas no robar, ¿robas tú mismo?...” (Rom
1,17-21).
Con su teología
sobre la justificación, contraponiendo fe y obras, san Pablo nos está diciendo
que la Ley no ha alcanzado lo que prometía. Pero que esto sí se alcanza en
Cristo. Es largo su discurso y no podemos entrar en él.
Pero es también
una advertencia a nosotros para interpretar las palabras de Jesús. Si somos
luz, ciudad puesta en lo alto, tenemos que serlo desde Jesús como Jesús. No
vamos a ser luz desde una cátedra universitaria, sino desde la cátedra
inapelable de la vida.
Yo soy luz,
quiero ser luz, no por mi discurso, sino por la transparencia de mi vida.
Quiero que él reine en mí y que en mi conducta se muestre la bondad de Jesús, la
misericordia de Jesús, la acogida de Jesús a todos, el perdón de Jesús (sintiéndome
yo mismo perdonado); en suma, su verdad y su amor, la imagen de un mundo nuevo
que él nos ha traído.
Es la súplica
que le hacemos:
Señor Jesús,
irradia tu presencia en mi corazón, para que allí donde esté puedan verte a ti
en mí y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.
Amén.
Guadalajara, Jalisco, sábado 8 enero
2014.
CONFIESO QUE ES UNA GRAN HOMILÍA.- ELOCUENTE.- DIRECTA.- IMPACTANTE.- CORDIAL.- INMENSA.- MARAVILLOSA.-
ResponderEliminarSin se tratara de un examen le calificaría como SOBRESALIENTE.-
ENHORABUENA.-
Juan José.-