La
Presentación del Señor
(antiguamente:
La Purificación de María)
Evangelio
– Liturgia – Piedad
Reflexiones
y orientación
Previo
aviso
Este año de 2014 la fiesta de la Presentación
del Señor concurre con el IV domingo del “tiempo ordinario”. Por ser tiempo “ordinario”
la fiesta del Señor sustituye a los textos dominicales
1. Cuando el año 1969, a raíz del
concilio Vaticano II (1962-1965) se modificó el Calendario Romano, con respecto
a al fiesta del 2 de febrero (La purificación, la Candelaria…) se tomó esta decisión:
“En la Purificación de la Bienaventurada Virgen María. Se cambia el título de
la fiesta de este día. Se dice: En la Presentación del Señor, con lo que se
puede entender de modo más claro que se trata de una fiesta del Señor”
(Calendarium Romanum, Typis polyglottis Vaticanis 1969, p. 115).
Y, al dar el comentario histórico, al
Calendario instaurado, se dice. “La fiesta de la Presentación del señor en el
templo, de la que hay testimonio ya en el siglo V en Jerusalén, fue aceptada en
Roma en el siglo VII con el título de Hypapante.
Y desde el siglo X los libros litúrgicos occidentales exaltaron la purificación
de María, que a partir de entonces el dio el nombre a la fiesta. Sintonizando
plenamente con la tradición de las Iglesias orientales el Código de rúbricas (Codex rubricarum) en el año 1960 habrá
declarado que esta celebración tenía que considerarse como fiesta del Señor”
(Calendarium Romanum, p. 86).
2. Obviamente no se trata de establecer
una oposición entre “o fiesta del Señor, o fiesta de la Virgen”. Se trata de
acentuar una perspectiva u otra y de llegar a la raíz. ¿Es esta una fiesta de
la Virgen? Sin ninguna duda, pero purificando hasta al raíz el sentido de nuestra
fe. Por ello Pablo VI, al reordenar el culto mariano tras el Concilio, mediante
la célebre Exhortación apostólica Marialis
cultus (documento fechado precisamente “el día 2 de febrero, Fiesta de la
Presentación del Señor, del año 1974, undécimo de Nuestro Pontificado”),
escribía de esta celebración este párrafo de tanta densidad espiritual:
“También la fiesta del 2 de febrero, a
la que se ha restituido la denominación de la Presentación del Señor, debe ser
considerada para poder asimilar plenamente su amplísimo contenido, como memoria
conjunta del Hijo y de la Madre, es decir, celebración de un misterio de la
salvación realizado por Cristo, al cual la Virgen estuvo íntimamente unida como
Madre del Siervo doliente de Yahvé, como ejecutora de una misión referida al
antiguo Israel y como modelo del nuevo Pueblo de Dios, constantemente probado
en la fe y en la esperanza del sufrimiento y por la persecución (cf. Lc 2,
21-35)” (Marialis cultus, 7).
3. Pablo VI, por su gran amor a la vida
consagrada, instituyó este día como Día de la vida consagrada, y por todas
partes, los llamados “consagrados”, nos juntamos para celebrar este día tan
hermoso, y el obispo y pastor de la diócesis se agrada de presidir esta
Eucaristía festivo. Pero ¡cuidado!: este es un aspecto devocional, no litúrgico
de la fiesta. Si acaparásemos esta fiesta como fiesta “neutras”, de los consagrados,
aparte de gran injusticia e ignorancia, sería una ofensa a los laicos. Es un
aspecto devocional laudable. Pero el sentido bíblico, de donde dimana la
liturgia no puede restringirse de ninguna manera a los religiosos; es una
fiesta sencillamente de los bautizados, que en al oblación de Cristo, ofrecido
al Padre, hallan su consagración, la verdadera ofrenda, que es ofrenda
eucarística.
4. “Devocionalmente”
yo puedo darle a esta fiesta un sentido misionero. Los misioneros que
vinieron a América difundían La Candelaria. En ese día alzamos a Cristo, como Simeón,
como luz de revelación para las gentes y gloria de tu pueblo Israel. Fiesta
misionera: ¡Cristo luz de las gentes, y llevado justamente en brazos de una
mujer, María!
5. El sentido bíblico nos lo ha
explicado tan hermosamente Benedicto XVI en su volumen III de la cristología “Jesús
de Nazaret”, La Infancia de Jesús
(Planeta 2012, pp. 87-94).
El episodio de la Presentación tiene tres
componentes:
- purificación de la madre
- rescate del hijo
- y, en el Evangelio, presentación,
ofrecimiento.
“La palabra paristánai, traducida aquí como “presentar”, significa también “ofrecer”,
referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Sobre el acto del rescate
prescrito por la Ley, Lucas no dice nada. En su lugar se destaca lo contrario:
la entrega del Niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente. Para ninguno
de dichos actos prescritos por la Ley era necesario presentarse en el templo. Para
Lucas, sin embargo, es esencial esta primera entrada de Jesús en el templo como
lugar del acontecimiento. Aquí en el lugar del encuentro entre Dios y su
pueblo, en vez del acto de recuperar al primogénito, se produce el ofrecimiento
público de Jesús a Dios, su Padre” (Benedicto XVI, La Infancia de Jesús, p.
89).
6. Del Evangelio nace la inspiración de
la liturgia. La Presentación de Jesús será:
- el ofrecimiento total de Jesús al Padre,
entregado por manos de la Virgen María, a la que un día, por causa de su Hijo
amado, una espada le había de atravesar el alma;
- y será el encuentro de Jesús con su
pueblo – encuentro viviente hoy con co nosotros – representado el pueblo santo
por medió de Simeón y Ana.
He aquí cómo se expresan los liturgistas:
“… La fiesta de hoy no se limita a
permitirnos revivir un acontecimiento pasado, sino que nos proyecta hacia el
futuro. Prefigura nuestro encuentro final con Cristo en su segunda venida. San
Sofronio, patriarca de Jerusalén desde el año 634 hasta su muerte, acaecida en
el año 638, expresó esto con elocuencia: "Por eso vamos en procesión con
velas en nuestras manos y nos apresuramos llevando luces; queremos demostrar
que la luz ha brillado sobre nosotros y significar la gloria que debe venirnos
a través de él. Por eso corramos juntos al encuentro con Dios".
La procesión representa la peregrinación
de la vida misma. El pueblo peregrino de Dios camina penosamente a través de
este mundo del tiempo, guiado por la luz de Cristo y sostenido por la esperanza
de encontrar finalmente al Señor de la gloria en su reino eterno. El sacerdote
dice en la bendición de las candelas: "Que quienes las llevamos para
ensalzar tu gloria caminemos en la senda de bondad y vengamos a la luz que
brilla por siempre".
La candela que sostenemos en nuestras
manos recuerda la vela de nuestro bautismo. Y la admonición del sacerdote dice:
"Ojalá guarden la llama de la fe viva en sus corazones. Que cuando el
Señor venga salgan a su encuentro con todos los santos en el reino
celestial". Este será el encuentro final, la presentación postrera, cuando
la luz de la fe se convierta en la luz de la gloria. Entonces será la
consumación de nuestro más profundo deseo, la gracia que pedimos en la
poscomunión de la misa:
Por
estos sacramentos que hemos recibido, llénanos de tu gracia, Señor, tú que has
colmado plenamente la esperanza de Simeón; y así como a él no le dejaste morir
sin haber tenido en sus brazos a Cristo, concédenos a nosotros, que caminamos
al encuentro del Señor, merecer el premio de la vida eterna”.
(Vincent RYAN. Adviento-Epifanía. Paulinas
1986, 119-125)
Guadalajara, Jalisco, 1 febrero 2014.
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