Jacob-Israel:
Dios es fuerte
Lectura
de la figura de Jacob en Génesis
Foto del histórica del papa Francisco compartiendo una comida "koser" (pura) el el Vaticano con 15 rabinos el 16 de enero de 2014.
I. Material de estudio
1. Después de Abraham la figura más
importante de los patriarcas es Jacob,
cuyo nombre va a ser cambiado por Dios por el de Israel. Israel, a su vez, será el hombre del pueblo elegido hasta
hoy, pueblo descendiente de los patriarcas. Jacob será el padre de las Doce
tribus de Israel (no las Doce tribus de Jacob).
2. Literariamente hay que considerar
estos dos hechos:
1) Isaac no tiene una historia independiente,
sino que la sucesión de los hechos va unida bien sea a Abraham bien sea a
Jacob.
2) La historia de Jacob, que en la
organización literaria va unida a la de Isaac:
ü Es
una historia múltiple como “Historia de Isaac y Jacob”, y que aglutina
elementos de género muy diverso.
ü Que,
por otra parte, trasciende el ciclo de Isaac y queda mezclada con la historia
de José, hasta el punto de que el libro del Génesis no se cierra con el amplio relato-novela
de José, sino con los episodios finales de Jacob.
3. Dentro de las variadas y múltiples
tradiciones, hay que tomar los pasajes que nos dan el nervio vivo que configura
el sentido patriarcal de la historia de Jacob, como cauce de las promesas
hechas a Abraham. Indicamos los siguientes textos:
ü 25,19-28:
Nacimiento de Esaú y Jacob (nótese v. 19: esta es la historia de Isaac, hijo de
Abraham).
ü 25,29-34:
El derecho de primogenitura pasa de Esaú a Jacob.
ü (26,23-25:
Teofanía de Berseba a Isaac).
ü 27,1-45:
Jacob suplanta a Esaú en la bendición obtenida de Isaac.
ü 28,10-22:
Sueño de Jacob (Teofanía de Betel).
ü 32,
23-33: Jacob lucha con Dios y recibe el nombre de Israel en Penuel.
ü 35,1-16:
Jacob en Betel.
ü 35,22-26:
Los Doce hijos de Jacob en Padán Aram.
ü 35,
27-29: Muerte de Isaac.
ü 37,2-11.
31-35: Jacob y José (notar v. 2: Esta es la historia de Jacob).
ü 46,1-7:
Jacob sale para Egipto: última teofanía patriarcal.
ü Capítulo
48-50: Los días finales de Jacob
o
Jacob adopta y bendice a los hijos de
José (48).
o
Las bendiciones de Jacob (49).
o
Muerte de Jacob (49,29-33).
o
Exequias de Jacob y sepultura en Canaán
(50,1-34).
II. Directrices
teológicas
A veces, en catequesis se acentúan
ciertos rasgos de la figura de Jacob que pueden distorsionar su auténtica
personalidad bíblica; así cuando se pretende describirlo como astuto y
tramposo.
1. La teología en torno a Jacob está en
continuidad interna con la teología en torno a la figura de Abraham. No hay
ninguna ruptura, si bien la Fe se resalta en Abraham como de ninguna otra
manera en la Biblia.
2. La teología específica de Jacob está
sellada por la elección a la que
sigue la promesa. El sentido de las teofanías es garantizar
- la elección otorgada a Abraham y
transmitida por Isaac,
- mostrando en todo momento cómo Dios es
el conductor de la historia,
- con la peculiaridad de que Dios elige
al menor (teología que acentúa y desarrolla san Pablo en Rom 9).
3. De esta manera el Dios de los Padres
se llamará “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”.
4. Para la tradición bíblica el
patriarca Jacob es el que da el nombre a Israel, nombre otorgado por Dios.
III. Exégesis
sapiencial sobre la lucha de Jacob con Dios. Benedicto XVI
A
través de nuestras explicaciones perseguimos una exégesis, que sin excluir los planteamientos
histórico-críticos, sea, por encima de todo, una exégesis sapiencial, guiada
por el Espíritu, en vista siempre a suscitar la “obediencia de la fe” en
nuestra vida. La catequesis del Papa Benedicto XVI (a quien se le nombra como
verdadero Padre de la Iglesia, en secuencia de los grandes Padres de la
antigüedad) nos parece modélica en este sentido.
El hombre en oración (4: Miércoles 25 de mayo de 2011)
Lucha nocturna y encuentro con Dios (Gn 32, 23-33)
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy
quiero reflexionar con vosotros sobre un texto del Libro del Génesis que
narra un episodio bastante particular de la historia del patriarca Jacob. Es un
fragmento de difícil interpretación, pero importante en nuestra vida de fe y de
oración; se trata del relato de la lucha con Dios en el vado de Yaboc, del que
hemos escuchado un pasaje.
Como
recordaréis, Jacob le había quitado a su gemelo Esaú la primogenitura a cambio
de un plato de lentejas y después le había arrebatado con engaño la bendición
de su padre Isaac, ya muy anciano, aprovechándose de su ceguera. Tras huir de
la ira de Esaú, se había refugiado en casa de un pariente, Labán; se había
casado, se había enriquecido y ahora volvía a su tierra natal, dispuesto a
afrontar a su hermano después de haber tomado algunas medidas prudentes. Pero
cuando todo está preparado para este encuentro, después de haber hecho que los
que estaban con él atravesaran el vado del torrente que delimitaba el territorio
de Esaú, Jacob se queda solo y es agredido improvisamente por un desconocido
con el que lucha durante toda la noche. Este combate cuerpo a cuerpo —que
encontramos en el capítulo 32 del Libro del Génesis— se convierte para
él en una singular experiencia de Dios.
La noche
es el tiempo favorable para actuar a escondidas, por tanto, para Jacob es el
tiempo mejor para entrar en el territorio de su hermano sin ser visto y quizás
con el plan de tomar por sorpresa a Esaú. Sin embargo, es él quien se ve
sorprendido por un ataque imprevisto, para el que no estaba preparado. Había
usado su astucia para tratar de evitar una situación peligrosa, pensaba tenerlo
todo controlado y, en cambio, ahora tiene que afrontar una lucha misteriosa que
lo sorprende en soledad y sin darle la oportunidad de organizar una defensa
adecuada. Inerme, en la noche, el patriarca Jacob lucha con alguien. El texto
no especifica la identidad del agresor; usa un término hebreo que indica «un
hombre» de manera genérica, «uno, alguien»; se trata, por tanto, de una
definición vaga, indeterminada, que a propósito mantiene al asaltante en el
misterio. Reina la oscuridad, Jacob no consigue distinguir claramente a su
adversario; y también para el lector, para nosotros, permanece en el misterio;
alguien se enfrenta al patriarca, y este es el único dato seguro que nos proporciona
el narrador. Sólo al final, cuando la lucha ya haya terminado y ese «alguien»
haya desaparecido, sólo entonces Jacob lo nombrará y podrá decir que ha luchado
contra Dios.
El
episodio tiene lugar, por tanto, en la oscuridad y es difícil percibir no sólo
la identidad del asaltante de Jacob, sino también cómo se desarrolla la lucha.
Leyendo el texto, resulta difícil establecer cuál de los dos contrincantes
logra vencer; los verbos se usan a menudo sin sujeto explícito, y las acciones
se suceden casi de forma contradictoria, así que cuando parece que uno de los
dos va a prevalecer, la acción sucesiva desmiente enseguida esto y presenta al
otro como vencedor. De hecho, al inicio Jacob parece ser el más fuerte, y el adversario
—dice el texto— «no lograba vencerlo» (v. 26); con todo, golpea a Jacob en la
articulación del muslo, provocándole una luxación. Se debería pensar entonces
que Jacob va a sucumbir; sin embargo, es el otro el que le pide que lo deje ir;
pero el patriarca se niega, poniendo una condición: «No te soltaré hasta que me
bendigas» (v. 27). Aquel que con engaño le había quitado a su hermano la
bendición del primogénito, ahora la pretende del desconocido, de quien quizás
comienza a vislumbrar las connotaciones divinas, pero sin poderlo aún reconocer
verdaderamente.
El rival,
que parece detenido y por tanto vencido por Jacob, en lugar de acoger la petición
del patriarca, le pregunta su nombre: «¿Cómo te llamas?». El patriarca le
responde: «Jacob» (v. 28). Aquí la lucha da un viraje importante. Conocer el
nombre de alguien implica una especie de poder sobre la persona, porque en la
mentalidad bíblica el nombre contiene la realidad más profunda del individuo,
desvela su secreto y su destino. Conocer el nombre de alguien quiere decir
conocer la verdad del otro y esto permite poderlo dominar. Por tanto, cuando, a
petición del desconocido, Jacob revela su nombre, se está poniendo en las manos
de su adversario, es una forma de rendición, de entrega total de sí mismo al
otro.
Pero,
paradójicamente, en este gesto de rendición también Jacob resulta vencedor, porque
recibe un nombre nuevo, junto al reconocimiento de victoria por parte de su
adversario, que le dice: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has
luchado con Dios y con los hombres, y has vencido» (v. 29). «Jacob» era un
nombre que aludía al origen problemático del patriarca; de hecho, en hebreo
recuerda el término «talón», y remite al lector al momento del nacimiento de
Jacob cuando, al salir del seno materno, agarraba con la mano el talón de su
hermano gemelo (cf. Gn 25, 26), casi presagiando la supremacía que
alcanzaría en perjuicio de su hermano en la edad adulta, pero el nombre de
Jacob remite también al verbo «engañar, suplantar». Pues bien, ahora, en la
lucha, el patriarca revela a su adversario, en un gesto de entrega y rendición,
su propia realidad de engañador, de suplantador; pero el otro, que es Dios,
transforma esta realidad negativa en positiva: Jacob el engañador se convierte
en Israel, se le da un nombre nuevo que implica una nueva identidad. Pero
también aquí el relato mantiene su voluntaria duplicidad, porque el significado
más probable del nombre Israel es «Dios es fuerte, Dios vence».
Así pues,
Jacob ha prevalecido, ha vencido —es el propio adversario quien lo afirma—, pero
su nueva identidad, recibida del contrincante mismo, afirma y testimonia la
victoria de Dios. Y cuando Jacob pregunta a su vez el nombre a su adversario,
este no quiere decírselo, pero se le revelará en un gesto inequívoco, dándole
la bendición. Aquella bendición que el patriarca le había pedido al principio
de la lucha se le concede ahora. Y no es la bendición obtenida con engaño, sino
la gratuitamente concedida por Dios, que Jacob puede recibir porque estando
solo, sin protección, sin astucias ni engaños, se entrega inerme, acepta la
rendición y confiesa la verdad sobre sí mismo. Por eso, al final de la lucha,
recibida la bendición, el patriarca puede finalmente reconocer al otro, al Dios
de la bendición: «He visto a Dios cara a cara —dijo—, y he quedado vivo» (v.
31); y ahora puede atravesar el vado, llevando un nombre nuevo pero «vencido»
por Dios y marcado para siempre, cojeando por la herida recibida.
Las
explicaciones que la exégesis bíblica puede dar respecto a este fragmento son muchas;
en particular los estudiosos reconocen en él finalidades y componentes
literarios de varios tipos, así como referencias a algún relato popular. Pero
cuando estos elementos son asumidos por los autores sagrados y englobados en el
relato bíblico, cambian de significado y el texto se abre a dimensiones más
amplias. El episodio de la lucha en el Yaboc se muestra al creyente como texto
paradigmático en el que el pueblo de Israel habla de su propio origen y delinea
los rasgos de una relación particular entre Dios y el hombre. Por esto, como
afirma también el Catecismo
de la Iglesia católica, «la tradición espiritual de la Iglesia ha
tomado de este relato el símbolo de la oración como un combate de la fe y una
victoria de la perseverancia» (n. 2573). El texto bíblico nos habla de la larga
noche de la búsqueda de Dios, de la lucha por conocer su nombre y ver su
rostro; es la noche de la oración que con tenacidad y perseverancia pide a Dios
la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad, fruto de conversión y de
perdón.
La noche
de Jacob en el vado de Yaboc se convierte así, para el creyente, en un punto de
referencia para entender la relación con Dios que en la oración encuentra su
máxima expresión. La oración requiere confianza, cercanía, casi en un cuerpo a
cuerpo simbólico no con un Dios enemigo, adversario, sino con un Señor que
bendice y que permanece siempre misterioso, que parece inalcanzable. Por esto
el autor sagrado utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo,
perseverancia, tenacidad para alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del
deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor, entonces la lucha no puede
menos de culminar en la entrega de sí mismos a Dios, en el reconocimiento de la
propia debilidad, que vence precisamente cuando se abandona en las manos
misericordiosas de Dios.
Queridos
hermanos y hermanas, toda nuestra vida es como esta larga noche de lucha y de
oración, que se ha de vivir con el deseo y la petición de una bendición a Dios
que no puede ser arrancada o conseguida sólo con nuestras fuerzas, sino que se
debe recibir de él con humildad, como don gratuito que permite, finalmente,
reconocer el rostro del Señor. Y cuando esto sucede, toda nuestra realidad
cambia, recibimos un nombre nuevo y la bendición de Dios. Más aún: Jacob, que
recibe un nombre nuevo, se convierte en Israel y da también un nombre nuevo al
lugar donde ha luchado con Dios y le ha rezado; le da el nombre de Penuel, que
significa «Rostro de Dios». Con este nombre reconoce que ese lugar está lleno
de la presencia del Señor, santifica esa tierra dándole la impronta de aquel
misterioso encuentro con Dios. Quien se deja bendecir por Dios, quien se
abandona a él, quien se deja transformar por él, hace bendito el mundo. Que el
Señor nos ayude a combatir la buena batalla de la fe (cf. 1 Tm 6, 12; 2
Tm 4, 7) y a pedir, en nuestra oración, su bendición, para que nos renueve
a la espera de ver su rostro. ¡Gracias!
* * *
Jacob en el
misterio pascual de Cristo.
A Jacob,
“nuestro padre Jacob”, se el recuerda en la escena de la Samaritana (Jn 4,12).
Pero la
referencia más importante son las palabras de Jesús conclusivas de la elección
de los primeros discípulos en Jn 1,51: Y
añadió: Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el
Hijo del hombre.
Desde
esta perspectiva la Escala de Jacob prefiguraba el misterio pascual de Cristo.
Él es nuestra verdadera escala, que nos abre el acceso al Padre, y que nos
garantiza la continua comunicación del cielo con la tierra.
Guadalajara,
Jalisco, 5 febrero 2014 (San Felipe de Jesús)
REFLEXIONES SOBRE LA BIBLIA (continuación).
ResponderEliminarComo ya se dijo la exposición realizada el pasado día 27 de enero sobre la Biblia, los libros contenidos en el Antiguo Testamento estuvieron escritos en un principio en rollos de papiro, pergamino o cuero, sin divisiones en capítulos e capítulos o versículos, y empleaban solamente consonantes hebreas. Por esta razón los lectores tenían que aprender a intercalar las vocales apropiadas para leer correctamente los pasajes señalados correspondientes a cada sábado.
Hacia el año 250 a.C., se hizo en Alejandría, para los judíos que vivían allí, una traducción griega del texto hebreo de los cinco primeros libros. Esta traducción es conocida como la VERSIÓN DE LOS SETENTA. Aunque el texto oficial de la Biblia hebrea fue establecido y fijado definitivamente en el siglo I d.C., los textos contenidos en estos libros presentan una elaboración de siglos y la obra de muchos escritores.
Debido a su larguísima elaboración y formación, sus contenidos presentan claras influencias, analogías y paralelismos con los textos de las principales culturas del Próximo Oriente antiguo, principalmente de Babilonia y Egipto, sin que esta cualidad suponga menoscabo alguno del valor de la Biblia en sí misma.
VÍNCULOS CON TEXTOS MESOPOTÁMICOS Y EGIPCIOS.
En un estudio minucioso del Libro del Génesis se pueden observar los paralelismos con los textos más antiguos de tradición sumeria y acadia. A este respecto tenemos como ejemplos el texto de ENUMA ELISH, poema que narra la creación del mundo, o el POEMA DE GILGAMESH, donde se narra el Diluvio, el paraíso, el castigo a la humanidad con la división de lenguas, y otros conceptos.
Sin embargo es preciso aclarar la existencia de una gran diferencia en el tratamiento que se da a la divinidad creadora. Mientras que en Egipto y Mesopotamia la divinidad era inmanente a las fuerzas de la naturaleza, en el Antiguo Testamento la naturaleza no es tratada como divinidad, y sólo Yahvé es la divinidad creadora y benefactora. Tampoco el mundo surge por una necesidad de los dioses, sino por un acto de la voluntad divina.
Aunque también hay muchas semejanzas en la Biblia, en el hecho de la creación del hombre, con los mitos sumerios (la creación del hombre a partir del barro se halla en la literatura sumeria), en las Sagradas Escrituras el hombre no es creado para servir a Dios (como esclavo), sino a imagen y semejanza de Dios.
Algunos ejemplos de estos vínculos:
1.- Los Salmos, que forman varias colecciones, constituyen cantos o himnos del periodo del exilio o posteriores. Sus textos tienen ciertas similitudes con la literatura mesopotámica.
2.- El famoso poema del CANTAR DE LOS CANTARES, fechado entre los siglos V al IV a.C., es muy semejante a los que se hallan en la literatura babilónica y en la egipcia.
3.- LAS LAMENTACIONES, datadas en el siglo VI a.C., motivadas por la destrucción del Templo, guardan evidentes paralelismos con los lamentos por las destrucciones de los templos en Mesopotamia.
4.- El himno 104 dedicado a Yahvé creador, que tiene un claro parecido con el himno egipcio del faraón Amenofis IV (Akenatón), dedicado a su dios Atón. Otro ejemplo lo vemos en el LIBRO DE LOS PROVERBIOS, algunos de cuyos fragmentos parecen estar inspirados en el canto EL JUSTO SUFRIENTE Y EL IMPÍO TRIUNFANTE, el IMMO-EM-Afah, o LA DISPUTA SOBRE UN SUICIDIO, todos ellos egipcios.
5.- El LIBRO DE JOB presenta influencias con el testo babilonio titulado QUIERO ALABAR AL SEÑOR DE LA SABIDURÍA.
6.- El ECLESIASTÉS es uno de los cinco libros que se leían en la Fiesta de los Tabernáculos, y está fechado en el siglo III a.C. En él los exegetas han encontrado relaciones con la filosofía griega cínica y epicúrea, así como con el pensamiento egipcio. Estas influencias habrían sido recibidas por la comunidad hebrea afincada en Elefantina.
Juan José.
muy bonita la homilia de hoy sobre la sal y la luz
ResponderEliminarBien solo que háganlo mas resumido unos solo queremos saber lo mas importante y no todo lo que paso.
ResponderEliminar