La última catequesis en una Iglesia de hermanos
Tres verdades – Tres fidelidades
Siempre y para siempre
1.
Las primeras palabras que pronuncia un Papa, un Obispo, un sencillo Párroco de
aldea son dignas de ser guardadas por aquellos para quienes ha hablado. Son
palabras nacidas del corazón, dichas no desde los libros, sino desde la verdad
del ser, desde las más puras intenciones que él lleva consigo.
Y
las últimas también.
Históricas
aquellas palabras – breves líneas sin escribir - que pronunció Benedicto XVI
desde la balconada de San Pedro aquel 19 de abril de 2005. Se presentó como
humilde trabajador en la viña del Señor. Al alzar las manos para bendecir,
debajo de la blanca sotana se le veía el suéter negro que llevaba en su
vestimenta normal. Realmente no pensaba ser Papa; lo dijo luego expresamente a los
cardenales. Aceptó.
E
histórica también la sencilla catequesis de hoy. Para escribir el pequeño
discurso que iba a pronunciar ante millares y millares de corazones (desde México
el mío estaba allí) el Papa no ha tenido que levantarse de su escritorio e ir a
sus libros para buscar citas sólidas que adornaran su alocución. Le ha bastado
ponerse ante Cristo, ante la Iglesia, y dejar que el corazón hablase. En su
sencillez, palabras testamentarias que nosotros recogemos como el broche de oro
de su pontificado.
2.
Benedicto ha hablado desde la Iglesia. ¿Desde qué Iglesia? Desde la Iglesia de Jesús,
pues no hay otra. Y seguramente no se corresponde con la Iglesia sobre la que
discuten los periódicos.
Desde
esa Iglesia que, como la red de Pedro, tiene toda clase de peces. En esa Iglesia
los sencillos son los más. He aquí un cita amplia del discurso, que abajo
transcribimos en su integridad:
Es cierto
que recibo cartas de los grandes del mundo: de los Jefes de Estado, de los jefes
religiosos, de los representantes del mundo de la cultura, etcétera. Pero
recibo también muchísimas cartas de personas sencillas que me escriben
simplemente desde su corazón y me hacen sentir su afecto, que nace del estar
juntos con Cristo Jesús, en la Iglesia. Estas personas no me escriben como se
escribe por ejemplo a un príncipe o a un grande que no se conoce. Me escriben
como hermanos y hermanas o como hijos e hijas, con el sentido de una relación
familiar muy afectuosa.
Aquí se
puede tocar con la mano qué cosa es la Iglesia: no es una organización ni una
asociación de fines religiosos o humanitarios; sino un cuerpo vivo, una
comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que nos une a
todos. Experimentar la Iglesia de este modo y poder casi tocar con las manos la
fuerza de su verdad y de su amor es motivo de alegría, en un tiempo en el que
tantos hablan de su declive.
3.
Desde esta base eclesial la Despedida del Palabra, sus palabras testamentarias
podemos condensarlas en tres verdades nucleares, y en la tercera de esta
verdades vamos a descubrir el testimonio y al confesión de tres fidelidades.
He
aquí el tenor de las tres verdades:
Primera
verdad: La Iglesia, la barca de Pedro, es de Jesús, el Señor, y él la
gobierna.
Segunda
verdad: Jesús gobierna a esta su Iglesia por medio de hombres
concretos.
Tercera
verdad: Yo he sido ese hombre concreto en este período de la historia,
y he sido fiel con tres fidelidades
o
Por
fidelidad al Señor acepté ser Papa.
o
Por
fidelidad al Señor he trabajado durante ocho años, sintiendo día a día la
compañía de Jesús a mi lado. (Y el Señor verdaderamente me ha guiado, ha estado
cercano a mí, he podido percibir cotidianamente su presencia).
o
Por fidelidad a lo que él me pide entrego ahora
mi servicio a la Iglesia, y permaneceré en esta fidelidad.
4.
Esta visión simple de la realidad nos ilumina mucho, porque nos pone dentro e
la verdad de los acontecimiento.
El
Papa nos ha explicado en qué consiste esta última fidelidad. La renuncia no es
una retirada; es, al contrario, es un paso adelante en lo que el Señor le está
pidiendo. El Papa no se retira; el Papa sigue adelante, ye se “estar en la Iglesia”
lo va a manifestar no saliendo de los muros de San Pedro. Estará allí. Y estará
-
con Jesús Crucificado,
-
en oración
-
y en reflexión.
El
Papa Benedicto XVI junta “oración y reflexión”. Su temperamento es ese, Su fe
contemplativa es una fe reflexiva. Desde antes de ser Papa le ha gustado mucho
aquel texto de san Pablo: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios,
a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios;
este es vuestro culto espiritual” (Rm
12,1. Véase nota de las Biblias). Ese es el “culto lógico” (en sentido
etimológico): rationabile obsequium vestrum,
que en griego es: ten logiken latreian
hymon. La fe no anula la “reflexión”; al contrario, la pide: para nosotros mismos
y para el mundo, si queremos entrar en diálogo con un mundo tan múltiple.
5.
El Papa avanza ahora en la espesura de la Cruz, de la Oración, de la Reflexión.
¿Nos dará un día, en algún bello libro, el fruto de su Cruz, de su Oración, de
su Reflexión…? Seguramente.
Entretanto
el Papa se despide con un inmenso abrazo de gratitud y de ternura a toda la Iglesia.
Y nosotros, con los mismos sentimientos, lo acogemos y se lo devolvemos. Es el
Broche de oro de su pontificado.
¡Gracias
a Su Santidad, Papa Benedicto XVI!
¡Siempre
y para siempre!
Guadalajara, Jalisco
(México), 27 de febrero de 2013.
Rufino María Grández
Texto de la alocución del santo Padre en el día de hoy
¡Venerados
hermanos en el Episcopado!
¡Distinguidas
autoridades!
¡Queridos
hermanos y hermanas!
Os agradezco por haber venido tan
numerosos a esta última audiencia general de mi pontificado.
Como el apóstol Pablo en el texto
bíblico que hemos escuchado, también yo siento en mi corazón el deber sobre
todo de agradecer a Dios, que guía y hace crecer a la
Iglesia, que siembra su
Palabra y así alimenta la fe en su Pueblo.
En este momento mi ánimo se extiende
para abrazar a toda la Iglesia difundida en el mundo y doy gracias a Dios por
las "noticias" que en estos años del ministerio petrino he podido
recibir acerca de la fe en el Señor Jesucristo y de la caridad que está en el
Cuerpo de la Iglesia y lo hace vivir en el amor y de la esperanza que nos abre
y nos orienta hacia la
vida
en plenitud, hacia la patria del
Cielo.
Siento que he de llevar a todos en la
oración, en un presente que es el de Dios, donde recojo todo encuentro, todo
viaje, toda visita pastoral. Todo y a todos los recojo en la oración para
confiarlos al Señor porque tenemos pleno conocimiento de su voluntad, con toda
sabiduría e inteligencia espiritual, y porque podemos comportarnos de manera
digna de Él, de su amor, dando fruto en toda obra buena (cfr Col 1,9-10).
En este momento, hay en mí una gran
confianza, porque sé, sabemos todos nosotros, que la Palabra de verdad del
Evangelio es la fuerza de la Iglesia, es su vida. El Evangelio purifica y
renueva, da fruto, donde esté la comunidad de los creyentes lo escucha y acoge
la gracia de Dios en la verdad y vive en la caridad. Esta es mi confianza, esta
es mi alegría.
Cuando el 19 de abril de hace casi ocho
años, acepté asumir el ministerio petrino, tuve firme esta certeza que siempre
me ha acompañado. En aquel momento, como ya he dicho varias veces, las palabras
que resonaron en mi corazón fueron: "¿Señor, qué cosa me pides?" Es
un peso grande el que me pones sobre la espalda, pero si Tú me lo pides, en tu
palabra lanzaré las redes, seguro que Tú me guiarás.
Y el Señor verdaderamente me ha guiado,
ha estado cercano a mí, he podido percibir cotidianamente su presencia. Ha sido
un trato de camino de la Iglesia que ha tenido momentos de alegría y de luz,
pero también momentos no fáciles; me he sentido como San Pedro con los
Apóstoles en la barca sobre el lago de Galilea: el Señor nos ha dado muchos
días de sol y de brisa ligera, días en los que la pesca ha sido abundante; y ha
habido también momentos en los que las aguas estaban agitadas y el viento era
contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir.
Pero siempre he sabido que en aquella
barca está el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía,
no es nuestra, sino que es suya y no la deja hundirse; es Él quien la conduce
ciertamente también a través de hombres que ha elegido, porque así lo ha
querido. Esta ha sido y es una certeza que nada puede ofuscar. Y es por esto
que hoy mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios porque no ha dejado
nunca que le falte a la Iglesia y también a mí su consuelo, su luz y su amor.
Estamos en el Año de la Fe, que he
querido para reforzar nuestra fe en Dios en un contexto que parece ponerlo
siempre más en segundo plano. Quisiera invitar a todos a renovar la firme
confianza en el Señor, a confiarnos como niños en los brazos de Dios, certeros
de que esos brazos nos sostienen siempre y son lo que permite caminar cada día
también en la fatiga. Quisiera que cada uno se sintiese amado por aquel Dios
que nos ha dado a su Hijo a nosotros y que nos ha mostrado su amor sin límites.
Quisiera que cada uno sintiese la
alegría de ser cristiano. En una bella oración que se recita cotidianamente en
la mañana se dice: "Te adoro Dios mío y te amo con todo el corazón. Te
agradezco por haberme creado, hecho cristiano…" Sí, estamos contentos por el
don de la fe, ¡es el bien más precioso, que nadie nos puede quitar! Agradecemos
al Señor por esto cada día, con la oración y con una vida cristiana coherente.
¡Dios nos ama, pero espera que también que nosotros lo amemos!
Pero no es solamente Dios a quien quiero
agradecer en este momento. Un Papa no está solo en la guía de la Barca de
Pedro, si bien es su primera responsabilidad, y yo no me he sentido solo nunca
en llegar la alegría y el peso del ministerio petrino; el Señor me ha dado tantas
personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia, me han ayudado y
han estado cercanas a mí.
Primero que nada a vosotros, queridos
hermanos
cardenales: vuestra
sabiduría, vuestros consejos, vuestra amistad han sido para mí preciosos; mis
colaboradores; comenzando por mi Secretario de Estado que me ha acompañado con
fidelidad en estos años; la Secretaría de Estado y toda la Curia Romana, como
también todos aquellos que, en diversos sectores, prestan su servicio a la
Santa Sede: son muchos
rostros que no aparecen, que se quedan en la sombra, pero en el silencio, en la
dedicación cotidiana, con espíritu de fe y humildad han sido para mí un sostén
seguro y confiable. ¡Un recuerdo especial para la Iglesia de Roma, mi diócesis!
No puedo olvidar a los hermanos en el
Episcopado y en el presbiterado, las personas consagradas y todo el Pueblo de
Dios: en las visitas pastorales, en los encuentros, en las audiencias, en los
viajes, siempre he percibido una gran atención y un profundo afecto; pero también
he querido a todos y a cada uno, sin distinción, con aquella caridad pastoral
que da el corazón de Pastor, sobre todo de Obispo de Roma, de Sucesor del
Apóstol Pedro. Cada día he tenido a cada uno de vosotros en mi oración, con
corazón de padre.
Quisiera que mi saludo y mi
agradecimiento alcanzase a todos: el corazón de un Papa se extiende al mundo
entero. Y quisiera expresar mi gratitud al Cuerpo diplomático ante la Santa
Sede, que hace presente a la gran
familia de las naciones.
Aquí también pienso en todos aquellos que trabajan para una buena comunicación
y que agradezco por su importante servicio.
En este punto quisiera agradecer de
corazón también a todas las numerosas personas en todo el mundo que en las
últimas semanas me han enviado signos conmovedores de atención, de amistad en
la oración. Sí, el Papa nunca está solo, y ahora lo experimento nuevamente de
un modo tan grande que toca el corazón. El Papa pertenece a todos y a
tantísimas personas que se sienten cercanos a él.
Es cierto que recibo cartas de los
grandes del mundo: de los Jefes de Estado, de los jefes religiosos, de los
representantes del mundo de la cultura, etcétera. Pero recibo también
muchísimas cartas de personas sencillas que me escriben simplemente desde su
corazón y me hacen sentir su afecto, que nace del estar juntos con Cristo
Jesús, en la Iglesia. Estas personas no me escriben como se escribe por ejemplo
a un príncipe o a un grande que no se conoce. Me escriben como hermanos y
hermanas o como hijos e hijas, con el sentido de una relación familiar muy
afectuosa.
Aquí se puede tocar con la mano qué cosa
es la Iglesia: no es una organización ni una asociación de fines religiosos o
humanitarios; sino un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el
Cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos. Experimentar la Iglesia de este modo
y poder casi tocar con las manos la fuerza de su verdad y de su amor es motivo
de alegría, en un tiempo en el que tantos hablan de su declive.
En estos últimos meses, he sentido que
mis fuerzas han disminuido y he pedido a Dios con insistencia en la oración que
me ilumine con su luz para hacerme tomar la decisión más justa no por mi bien,
sino por el bien de la Iglesia. He dado este paso en la plena conciencia de su
gravedad e incluso de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo.
Amar a la Iglesia significa también tener el coraje de tomar decisiones
difíciles, sufrientes, teniendo siempre primero el bien de la Iglesia y no el
de uno mismo.
Aquí permítanme volver una vez más al 19
de abril de 2005. La gravedad de la decisión estuvo en el hecho que desde aquel
momento estaba siempre y para siempre ocupado en el Señor. Siempre quien asume
el ministerio petrino no tiene más privacidad alguna. Pertenece siempre y
totalmente a todos, a toda la Iglesia.
A su vida se le retira, por así decirlo,
la dimensión privada. He podido experimentar y lo experimento precisamente
ahora, que uno recibe la vida justamente cuando la dona. Ya he dicho que muchas
personas que aman al Señor aman también al Sucesor de San Pedro y le tienen
afecto; que el Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas en
todo el mundo, y que se siente seguro en el abrazo de su comunión; porque no se
pertenece más a sí mismo, pertenece a todos y todos pertenecen a él.
El "siempre" es también un
"para siempre": no se puede volver más a lo privado. Mi decisión de
renunciar al ejercicio activo del ministerio no revoca esto. No vuelvo a la
vida privada, a una vida de viajes, encuentros, recibimientos, conferencias,
etcétera. No abandono la
cruz,
sino que quedo de modo nuevo ante el Señor crucificado.
Ya no llevo la potestad del oficio para
el gobierno de la Iglesia, sino que en el servicio de la oración quedo, por así
decirlo, en el recinto de San Pedro. San Benito, cuyo nombre llevo como Papa,
será un gran ejemplo de esto. Él ha mostrado el camino para una vida que, activa
o pasiva, pertenece totalmente a la obra de Dios.
Agradezco a todos y a cada uno también
por el respeto y la comprensión con la que han acogido esta decisión tan
importante. Seguiré acompañando el camino de la Iglesia con la oración y la
reflexión, con aquella dedicación al Señor y a su Esposa que he buscado vivir
hasta ahora cada día y que quiero vivir siempre.
Les pido recordarme ante Dios, y sobre
todo rezar por los
cardenales
llamados a una tarea tan relevante, y por el nuevo Sucesor del Apóstol Pedro:
que el Señor lo acompañe con la luz y la fuerza de su Espíritu.
Invoquemos la intercesión maternal de la
Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, para que nos acompañe a cada uno
de nosotros y a toda la comunidad eclesial; a ella nos acogemos con profunda
confianza.
¡Queridos amigos! Dios guía a su
Iglesia, la levanta siempre también y sobre todo en los momentos difíciles. No
perdamos nunca esta visión de fe, que es la única y verdadera visión del camino
de la Iglesia y del mundo. Que en nuestro corazón, en el corazón de cada uno de
vosotros, esté siempre la alegre certeza de que el Señor está a nuestro lado,
no nos abandona, es cercano y nos rodea con su amor. ¡Gracias!
Acerca de mi sentir sobre Benedicto XVI y este momento de Sede Vacante que inicia el 28 de febrero a las 10,00, véase: Entrevista a Rufino María Grández