Pensares y sentires de un creyente
en esta hora singular e inédita
Renunciar no es una marcha atrás sino hacia adelante
1.
Fue el día de la Virgen de Lourdes, cuando llegó la noticia de la renuncia que
hará el Papa, anunciada en el
Consistorio de Cardenales, el 28 de febrero, a las 20.00 horas. La noticia cayó
“como rayo fulminante en cielo sereno”.
El
tópico literario es una verdad con incisión en mí, de un modo totalmente
concreto y personal. La noticia del Papa me ha afectado, me ha desbordado, y,
tras estos días, al cumplirse hoy una semana, siento que todavía me afecta. ¿Qué sentimientos, pues, son los que me embargan?:
-
Un cariño que ya antes lo tenía, y que ahora todavía se ha enternecido.
-
Mi admiración, también en órbita con la que siempre le he profesado;
admiración, apreciando su valentía, que requiere no menos temple que el
desplegado para abordar toda la cuestión de los abusos.
-
Junto con esto, un sentimiento personal de orfandad. Lo amaba como se ama a un
padre. Alguna vez, en mi fantasía, hasta me he visto conversando con él.
Si
el lector no conoce los versos que le he
dedicado, le ruego me haga el honor de leerlos. No es un “pathos” sentimental y
románico el que he dejado que se me escapara por los dedos; era la verdad de mi
corazón. (Véase en este mismo blog: 355. Gracias
al Papa Benedicto - Poema y oración de gratitud)
2.
Pero también, a medida que van pasando los pocos días, se ha cernido una preocupación. Mi temor es que el resto
de sus días – que Dios los colme, porque el Papa, pese a su debilidad, todavía
podrá vivir unos cuantos años más – no sea tratado con esa “figura teológica”
que yo tengo en mi mente. Es la mía, que la diré, sin ninguna autoridad
canónica para que deba aceptarse.
Y
temor también de lo que puede pasar en el futuro. Hoy la longevidad es un
regalo que nos ha dado la medicina, la higiene, y el estándar confortante de
vida que nos envuelve. Hoy una ancianidad de 90 años y más, no es nada insólito
en el periódico; más bien, todo lo contrario, como lo confirma una ojeada a las
esquelas de difuntos. La pregunta se impone por sí sola: ¿Qué pensar para cuando el Papa se hace viejo? El Canon ya pensó lo
que se debe hacer cuando el Obispo alcanza los 75 años, y son centenares los
que han pasado al retiro. El estar al frente de toda la Iglesia como Papa no garantiza
que su salud va a ser superior a la de un obispo normal; un canonista, en el
fondo de sus reflexiones, no podía evadir la pregunta: ¿Por qué el Obispo sí y
el Papa no? Algo no rima coherente.
3.
Estos pensamientos van interceptados ahora por la movida que corre por los
periódicos: quinielas de los candidatos para ocupar la sede de Pedro y recibir
el anillo del pescador. En los medios la pregunta será tantas veces una
pregunta politiquera. En las gentes más responsables, y no digo eclesiásticos,
sino también seglares, la pregunta desafiante está sustentada por esa concepción de Iglesia, Iglesia pura,
amante del Evangelio. A esa Iglesia le hemos de dar el Sucesor de Pedro en
Roma, con la solicitud de todas las Iglesias, de Oriente y Occidente.
¿Qué
es lo que hoy necesita la Iglesia, la Iglesia: “nuestra madrecita” me decía con
ternura – no con remilgos – una mujer espiritualmente sensible?
Pues
ternura a toneladas, de la buena. Ternura no es bonachonería; sino que es amor
enternecido, amor que duele…, amor cargado de intimidad y silencio. Yo me
pensaba, con un cierto tic del Espíritu divino, que la primera cualidad que pueden
apreciar los cardenales para el nuevo Papa, ha de ser esta: Un
hombre digno de ser amado. Es la mejor carta de recomendación para ocupar
un cargo de esta naturaleza. Y Benedicto, de innata amabilidad, rociada por la
gracia, tiene esta divina prenda. Fuera de toda órbita política, el gobierno de
la Iglesia, el pastoreo espiritual, se basa en el amor y se nutre del mismo.
Toda la Iglesia es un tejido de amor, constitutivamente así es; y en ese tejido
se estrellan las emulaciones y otras viles pasiones cuando saltan, que
soterradas están en el corazón.
El
Papa ha de ser una persona que provoque amor, y diría que aun antes de
conquistarlo y merecerlo. Pero a quien lea estas líneas, le ruego entienda mis consideraciones
no con imágenes flácidas, sino que piense que este amor de que estoy hablando es
el amor más firme, fuerte y constante de la vida. No estamos haciendo gala de
sensiblería. Y le ruego al lector que se sitúe en los parámetros no de una “pia
devotio”, sino en los supuestos recios de la filosofía. Al fin ¿qué busca uno
en la vida sino ver que el amor fluye, porque el amor es la sangre misma del
vivir? ¿Qué otra civilización puede tener futuro en nuestro planeta sino la civilización del amor? Yo entiendo
que el amor culmina cuando la sabiduría ha dicho la última palabra. Por eso
anhelo un Papa que de por sí, y suavemente, se haga querer. Solo el amor
arregla las cosas de casa; y la Iglesia es nuestra casa. Sapienza e amore, pero que el amor sea el toque consustancial del
Espíritu.
4.
Ahora bien ¿qué Iglesia soñamos? Dejemos que los sueños vuelen. Si no se
despegan y vuelan, no pueden aterrizar.
Entrar
en el sueño de la Iglesia que anhelo en el mundo y para el mundo es abandonarse al sueño de los profetas.
Que no es un asunto de modernidad, un desafío de hoy. Es inherente al ser.
Decimos que queremos una Iglesia de servicio y – en lenguaje franciscano – de
minoridad. Claro que sí. El empaque de las cosas grandes no rima con el
Evangelio, sino que es un pago histórico que tributamos al modo como los
tiempos han ido acomodando la vida eclesiástica.
El
lector escuchante de la Biblia (una corazón escuchante pedía Salomón en el primer
sueño de su reinado) pronto advierte que la Biblia es Historia e Historia de Salvación,
Historia salutis. Ahora, esta historia
está llevada adelante con dos hebras que se retuercen sobre sí mismas para
hacer el hilo: el constante fracaso del hombre y la eterna fidelidad de Dios.
Punto álgido es el anuncio de la Nueva Alianza de Jeremías (Jer 31,31-34). La sublime Alianza de Dios con su pueblo no
ha funcionado… Dios tiene que hacer otra alianza, una “alianza nueva”, no más
perfecta, sino distinta, una alianza sin ley escrita, que, al cabo, es una
coacción, sino una alianza intrínseca al corazón, una alianza que emane por sí
sola, un corazón nuevo, un espíritu nuevo, en suma, un hombre nuevo.
Los
analistas dirán: Algo cruje en la Iglesia; algo ha crujido. Es verdad. Pues,
díganme, ¿qué cruje en la sociedad? Casi todo, y además en una sociedad global,
goces o problemas los compartamos a estos niveles. Las guerras no se acabaron
con Caín y Abel; al contrario, ellos, iniciadores de la convivencia humana, nos
mostraron qué llevamos dentro. Y es la primera página de la historia de la
familia humana, una vez que el hombre, fuera del paraíso, empezó a vivir por sí
mismo. En esa historia estamos. Intuimos cuán profundo es el desarreglo del corazón
humano, fuente de todas nuestras calamidades. Al tiempo que uno puede quedar
extasiado de la belleza infinita que se descubre en el fondo de ese msimo
corazón.
Los
Cardenales, en su retiro de cónclave, entrelazando oración, reflexión y
análisis, antes de votar verán el “status quaestionis” de la situación mundial
y del orbe cristiano. Es necesario, y de acuerdo a ello verán el perfil posible
del Eligendo…, aceptando de antemano
que ningún ser humano tiene la clave de la solución ni para la Iglesia ni para
el mundo.
¡Cuánta
sabiduría tiene eso que hace pocos meses supimos de la elección del Papa de los
Coptos, según la tradición! Se presenta por consulta y votación a tres
candidatos, que terminan siendo tres boletas. Un niño mete la mano en la urna y
saca una: ¡Ese es el elegido! Esto, que parece abortar un proceso racional,
serio y constructivo, de lo que el conocimiento humano tiene a su alcance, no
es algo frívolo, ni pueril. Tiene un auténtico perfil sacramental: es como
darle a Dios el chance de nuestro acierto.
5.
¿Cómo ha de ser la Iglesia de nuestro futuro? Yo puedo soñar… y soñar, perderme en dulce sueños verdaderos.
No
hace falta que ningún Obispo, ni tampoco el Santo Padre, tenga un escudo
heráldico, porque no cuadra con la sencillez del pueblo de Dios, con aquella
sentencia que nos dejó el Señor: Todos
vosotros sois hermanos. Aunque se lo quiera espiritualizar con un lema
bíblico, al fin es un uso de la heráldica, que, si bien lo pensamos, cada vez
nos resulta más arcaico. Pero la historia ha ido configurando así las cosas
frente a una voluntad inocua de los pastores. No está bien que esos modos
mundanales, reflejos de poder, hayan contagiado a la figura del pastor.
Se
me dirá que esto es un detalle, y que detenerse en ello, incluso para
censurarlo, es una esclavitud, porque no tiene ninguna importancia, y
discutirlo ya es obsesionarse y darle importancia… No sigo.
¡Qué
lejos estamos de esta fraternidad evangélica! De esta “pura y santa sencillez”
que extasiaba a Francisco de Asís cuando cantaba a la Virtudes. ¡Qué hermosa
sería la Iglesia si fuera una Iglesia de hermanos…, claro que comenzando por mí
mismo! Una Iglesia sin envidias, sin emulaciones, con unas celebraciones que
fueran un harto gozo de familia. ¡Está tan descalabrada la liturgia, si
pensamos que nos hacemos un bien (pongo un ejeplo), ofertando doce misas el domingo
- me lo acaban de contar -, a las 7, a las 8, a las 9, et ita porro…, con gran sacrificio de los dos sacerdotes que atienden
tal parroquia! Pese a toda la buena intención, eso es un descalabro, y la solución
no es reducir las misas a cuatro, sino que los fieles – y el sacerdote el primero
– piense, viva, sienta… que la Misa no
es eso, de ninguna manera es eso; que la Misa, la más pura esencia de la Iglesia,
es la Asamblea de Cristo resucitado todos junto a él, y que cuando nos llaman a
comulgar nos llama al “Banquete de Bodas del Cordero” (Ap 19).
6.
Naturalmente que los grandes y agudos analistas irán a las “cuestiones de
fondo”: la Iglesia y el mundo, en su mutua colaboración, en la elaboración de
una ética universal que a todos satisfaga…
Nada
niego, pero quedo reticente, pensando que la llaga no es esa.
Yo,
como discípulo de Jesús, como lector (y explicador) de las santas Escritura
diré que nuestros problemas dorolosamente arrancan desde aquí.
El
primerísimo problema, sin solución viable, es la ruptura con los hermanos de la
primera Alianza – los judíos, los hebreos, digno de toda admiración y amor –
que se opera ya en vida de Jesús.
Y
que junto a él, el otro problema de primera magnitud es el de la desunión
milenaria de los hermanos que leemos el mismo Evangelio y estamos y seguimos
rasgados.
La
noticia verdaderamente escatológica de nuestra Era sería que Hebreos y
Cristianos vivimos en un abrazo estrechísimo y que ya no podemos vivir unos sin
otros. No hay Papa que esto lo pueda alcanzar. Sería un milagro soberano del Espíritu
Santo, para ellos, Hebreos, para nosotros, Cristianos, milagro que
ardientemente deseamos, y vernos juntos sentados a la Mesa Eucarística.
Como
sería otro milagro menor, pero altamente sobrenatural que Ortodoxos,
Protestantes, Anglicanos… nos sentáramos al unísono en torno a la Palabra Todo ello es tan “excesivo”, siendo primario
en una configuración integral de la Iglesia, que no hay un candidato (hablo
como humilde teólogo y cristiano) que pueda presentar mejores credenciales que
otros: es obra imposible y posible para el Señor, y que todo Papa – sea quien
sea – quiere de corazón.
Lo
que estamos diciendo de ese encuentro de la Fe con los Hermanos Hebreos, los
Hermanos de la Ortodoxia, de la Reforma y sucesores, aplíquese al encuentro del
Evangelio con el Islam, que avanza muy afianzado. Un reto inconmensurable para
nosotros y un reto para el Dios de nuestra fe, que es un Dios que “mira”, que
“escucha”, que “conoce”, que “baja” (cuatro expresiones de Ex 2), y que se
mezcla para hacer camino con nosotros..
6.
Vienen los grandes retos del mundo y de la hora actual: la modernidad en su
conjunto, la mujer como desafío y el puesto reservado para ella, la moral
sexual, el tercer mundo empobrecido…, la
paz que nunca llega…
Discurso
de nunca acabar.
A
quienes piensan que el pontificado de Benedicto ha sido un “fracaso”
(transcribo lo que he leído), quizás yo por lealtad intelectual – por esta
cualidad inherente al espíritu, de la cual no podemos abdicar - tenga que
decirles: Hermano, usted hace veinte años… se retiró del sacerdocio, prometido
para siempre; quizás de unos votos; debo respetarla, siga su rumbo… Pero ¿no
cree, por la misteriosa coherencia que vincula fe y testimonio en las raíces
mismas del pensar teológico, que su brillante opinión no puede tener el vigor
del humilde sentir del cura, del cristiano, de la cristiana, que día a día va
escanciando la fidelidad, acaso con la gota del martirio de cada jornada? Escuchemos
a los testigos y a las testigos, a los que se dejan gobernar “por el Espíritu
del Señor y su santa operación” (S. Francisco). Sin la magia de las palabras,
sin el armazón de los discursos, esos humildes de Dios son portadores de
sabiduría.
Esa
oleada de cariño, de piedad, de gratitud… que ha suscitado en la Iglesia la
renuncia del Papa es un potentísimo argumento que los expertos teólogos tienen
que analizar como “sentir del Espíritu en el pueblo de Dios”. Es que la
Universidad tiene mucho que aprender de los sencillos, que dicen sin decir…,
sin que nunca llegue a decir.
7.
Hay otro punto delicadísimo que yo quiero tratar en el modo y medida que Dios
me dé. Me refiero al “status” del Papa que renuncia. ¿Cómo queda el Papa, Vicarius Christi, ahora que renuncia? No
es una pregunta “administrativa”, sino teológica.
Algo
que me intriga hace años, con respecto a una eclesiología convincente – no administrativa
y utilitaria -, es la figura del Obispo que, en obediencia al Derecho Canónico,
ha presentado su renuncia… Su renuncia ¿a qué?, uno se pregunta. Los Padres gustaron
decir que el Obispo es el Esposo de su Iglesia. Al pronunciar esta bella frase,
enjundiosa de espiritualidad, procedemos con una teología basada no en la “potestas
ordinis”, sino en la mera realidad espiritual que establece el Espíritu, y solo
el Espíritu puede establecer. Un cambio de diócesis, si es por simple “ascenso”,
sería un adulterio. Para resolver tamaña dificultad, se dice que es únicamente por
el bien general de la Iglesia. ¡Ojalá fuera tal la razón, verdadera y
convincente…! La verdad es que ¿quién determina ese bien general de la Iglesia?
En
la ´percepción común se ve sencillamente como un “ascenso” de carrera, como
puede ocurrir en la carrera militar, según los méritos que uno vaya acumulando.
Pero no sea así entre vosotros, resuena
el eco de la voz del Señor. En la comunidad de Jesús solamente el descenso es
ascenso…., porque no cabe otra ascensión que la ascensión en el amor, a través
de la entrega y del sufrimiento.
(Sobre
este punto tuve la oportunidad de saborear el sentir del Obispo beato Juan de
Palafox, 1600-1659, y escribí un artículo para la revista sacerdotal Surge, año 2012: El Obispo, esposo de su Iglesia: Consideraciones al eco del tratado
del Beato Juan de Palafox y Mendoza sobre el traslado de Obispos y pistas en
una eclesiología de hoy, al que me remito, si el lector tiene a su alcance
esta publicación sacerdotal, que radica en e l Seminario de Vitoria-Gasteiz,
España).
No
está, ni mucho menos resuelta, la posición del Obispo llamado sociológicamente “emérito”
(creo que no con demasiado fortuna).
El que dio alma,
vida y corazón a su esposa, no puede quitarle una partícula de esa entrega en
todo el resto de su vida. Nuestras consideraciones son administrativas, “jurídicas”
(potestas ordinis), pero no de
acuerdo a la entraña viva de la realidad espiritual de la Iglesia.
8.
Dígase otro tanto, y más afinado, del Obispo de Roma, sello de unidad de toda
la Ecclesia de Dios. Benedicto XVI,
en un acto de fidelidad a Cristo, el verdadero y único esposo de la Iglesia santa,
renuncia al ejercicio de lo que ya no puede. Pero no puede renunciar ni al amor
ni a la entrega, que son oblación de por vida.
Si
Benedicto renuncia es dando un paso
adelante en el Espíritu, no dando una marcha atrás. La renuncia no es una pérdida,
es un plus en la única línea de fidelidad.
Esto
hoy no tiene la teología adecuada, pero hay que hacerla, porque la nueva circunstancia,
debida a los tiempos modernos, se va a abalanzar. También los próximos Papas
cumplirán 85 y 90 años… ¿Qué deberán hacer?
No
adelantemos acontecimientos, responde un sencillo providencialista. De acuerdo,
el digo; pero el teólogo puede pensar.
Y
tengo para mí que la teología está atorada y sojuzgada por la “potestas ordinis”
para entender el entramado espiritual de la Iglesia de Cristo.
Un
Apóstol de los Doce jamás pudo renunciar a ser “Apóstol”. Con este paradigma
habría que empezar a teologizar para saber qué significa eso de presentar la
renuncia al Episcopado… Las fuerzas no dan más y uno se retira, obviamente Un padre
es padre de por vida; una madre es madre de por vida ..
(Mi
madre murió a los 100 años menos pocos meses, después de más de 60 larguísimos
de viuda. Para mí, septuagenario, mi madre fue siempre mi madre, no “alguien”
distinta a mi madre). Es una comparación humana, lo comprendo, que no puedo
dictar la solución; pero por comparaciones y parábolas discurrimos, porque son
portadoras de la linfa de la verdad…
¿Cuál
es exactamente la figura de un Papa que renuncia? Lo ignoro, pero me resisto a
creer que con decir “Obispo emérito de Roma” lo decimos todo.
Dejo
aquí mi discurso pensante, mientras el Papa, junto con la Curia romana, está
haciendo, como de costumbre en la primera semana de Cuaresma, los Ejercicios
espirituales anuales, dirigidos por el cardenal Gianfranco Ravasi. Hermosa conclusión
de un pontificado.
Por lo que a mí
respecta, amadísimo Papa Benedicto, cuente de por vida con mi admiración, mi
cariño y mi agradecimiento. Me seguiré nutriendo de su doctrina, de su ejemplo
y de su oración. Cristo Jesús, que como a Pedro, le llamó al supremo pastoreo, corone
la elección. A Él la gloria.
Guadalajara
de Jalisco (México), 18 febrero 2013, lunes de la primera semana de Cuaresma.
Fr.
Rufino María Grández , hermano menor capuchino.
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