María Madre de la Iglesia, memoria
obligatoria
el Lunes después de Pentecostes.
Gracias Santo Padre
Hoy, sábado 3 de marzo de 2018, se ha
publicado un decreto que lleva fecha del 11 de febrero, 160 aniversario de las
apariciones de Lourdes. En este decreto se establece, con el refrendo de la
autoridad pontificia, que desde ahora el Lunes siguiente al Domingo de
Pentecostés toda la Iglesia (se entiende la Iglesia de rito latino) celebrará
la memoria obligatoria de
María Madre de la Iglesia.
Una íntima alegría inunda nuestro corazón.
A estas alturas de la vida vuelven
recuerdos que, naturalmente, a los jóvenes… poco pueden decir.
Permítaseme la evocación para mejor
explicar el contenido y transcendencia de este título y de esta fiesta. Por
aquellos días del Concilio Vaticano II allí estábamos en Roma como estudiante
de Sagrada Escritura. El Concilio entró en el corazón para siempre.
El 29 de octubre de 1963 se votó en el
aula una cuestión que dividió el Concilio en dos. El tratamiento que se daba a
la Virgen María ¿debía conformar un documento autónomo, o era un capítulo de la
exposición sobre la Iglesia? Los votantes eran 2.188 padres. Venció la opción
de que el Tratado de la Virgen María fuse una parte de la Exposición sobre la
Iglesia, pero solo por 40 votos.
Después de más de 50 años se puede
apreciar que fue la opción mejor, la más fecunda – creemos – para el enfoque de
la Mariología. El texto final es bellísimo. Es el capítulo VIII de la Lumen Gentium:
“La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia”.
Al trabajar el texto surgió una
cuestión: ¿María, Madre de la Iglesia? Las insinuaciones del Papa Pablo VI eran
patentes…, pero el Papa no podía condicionar el Concilio. Ese título no aparece
en el texto del Concilio.
Llego el 21 de noviembre de 1964, día en
que se cerraba la III sesión del Concilio, con la aprobación de diversos
documentos votados en el aula, entre ella la constitución sobre la santa
Iglesia, donde estaba el capítulo dedicado a la Virgen María.
El Papa pronunció un discurso memorable,
que hoy podemos leer, y en la parte final de este discurso, por su propia
autoridad personal, sin corregir una letra del Concilio proclamó a María MADRE
DE LA IGLESIA. Lo recordamos perfectamente. Y alargó las alabanzas a la Virgen María
de una forma que nos conmueve profundamente cuando las leemos; palabras de un Papa
que este año será S. Pablo VI.
Copiamos a continuación tres textos para
mejor entender el significado exacto de este título y de esta fiesta (memoria
obligatoria) de María Madre de la Iglesia,
Primer texto:
Del Discurso del Papa Pablo VI
el 21 de noviembre de 1962, al concluir la III sesión del Concilio Vaticano II
… Ahora, para terminar, Nos atrae otro
pensamiento.
Nuestro pensamiento, venerables
hermanos, no puede menos de elevarse, con sentimientos de sincera y filial
agradecimiento, también a la Virgen Santa, a Aquella que queremos considerar protectora
de este Concilio, testigo de nuestros trabajos, nuestra amabilísima consejera,
pues a Ella, como a celeste patrona, juntamente con San José, fueron confiados
por el Papa Juan XXIII, desde el comienzo, los trabajos de nuestras sesiones
ecuménicas.
Animados por estos mismos sentimientos,
el año pasado quisimos ofrecer a María Santísima un acto solemne de culto en
común, reuniéndonos en lo basílica Liberiana, en torno a la imagen venerada con
el glorioso título de Salus Populi Romani.
Este año el homenaje de nuestro Concilio
es más precioso y significativo. Con la promulgación de la actual Constitución,
que tiene como vértice y corona todo un capítulo dedicado a la Virgen,
justamente podernos afirmar que la presente sesión se clausura como himno
incomparable de alabanza en honor de María.
Pues es la primera vez —y decirlo nos
llena el corazón de profunda emoción— que un Concilio Ecuménico presenta una
síntesis tan extensa de la doctrina católica sobre el puesto que María
Santísima ocupa en el misterio de Cristo y de la Iglesia.
Esto corresponde a la meta que el
Concilio se ha prefijado: manifestar el rostro de la Santa Iglesia, a la que
María está íntimamente unida, y de la cual, como egregiamente se ha afirmado,
es “la parte mayor, la parte mejor, la parte principal y más selecta” (Ruperto,
In Apocalipsis, 1, VII, cap. 12; P. L. 169, 10.434).
En verdad la realidad de la Iglesia no
se agota en su estructura jerárquica, en su liturgia, en sus sacramentos, ni en
sus ordenanzas jurídicas. Su esencia íntima, la principal fuente de su eficacia
santificadora, ha de buscarse en su mística unión con Cristo; unión que no
podemos pensarla separada de Aquélla, que es la Madre del Verbo Encarnado, y
que Cristo mismo quiso tan íntimamente unida a sí para nuestra salvación. Así
ha de encuadrarse en la visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las
maravillas que Dios ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la
doctrina verdadera católica sobre María será siempre la llave de la exacta comprensión
del misterio de Cristo y de la Iglesia.
La reflexión sobre estas estrechas
relaciones de María con la Iglesia, tan claramente establecidas por la actual
Constitución conciliar, nos permite creer que es éste el momento más solemne y
más apropiado para dar satisfacción a un voto que, señalado por Nos al término
de la sesión anterior, han hecho suyo muchísimos padres conciliares, pidiendo
insistentemente una declaración explícita, durante este Concilio de la función
maternal que la Virgen ejerce sobre el pueblo cristiano. A este fin hemos
creído oportuno consagrar, en esta misma sesión pública, un título en honor de
la Virgen, sugerido por diferentes partes del orbe católico, y particularmente
entrañable para Nos, pues con síntesis maravillosa expresa el puesto
privilegiado que este Concilio ha reconocido a la Virgen en la Santa Iglesia.
Así pues, para gloria de la Virgen y
consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es
decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los
pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea
honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título.
Se trata de un título, venerables
hermanos, que no es nuevo para la piedad de los cristianos; antes bien, con
este nombre de Madre, y con preferencia a cualquier otro, los fieles y la
Iglesia entera acostumbran a dirigirse a María. En verdad pertenece a la
esencia genuina de la devoción a María, encontrando su justificación en la
dignidad misma de la Madre del Verbo Encarnado.
La divina maternidad es el fundamento de
su especial relación con Cristo y de su presencia en la economía de la
salvación operada por Cristo, y también constituye el fundamento principal de
las relaciones de María con la Iglesia, por ser Madre de Aquél, que desde el
primer instante de la Encarnación en su seno virginal se constituyó en cabeza
de su Cuerpo Místico, que es la Iglesia. María, pues, como Madre de Cristo, es
Madre también de los fieles y de todos los pastores; es decir, de la Iglesia.
Con ánimo lleno de confianza y amor
filial elevamos a Ella la mirada, a pesar de nuestra indignidad y flaqueza;
Ella, que nos dio con Cristo la fuente de la gracia, no dejará de socorrer a la
Iglesia, que, floreciendo, ahora en la abundancia de los dones del Espíritu
Santo, se empeña con nuevos ánimos en su misión de salvación.
Nuestra confianza se aviva y confirma
más considerando los vínculos estrechos que ligan, al género humano con nuestra
Madre celestial. A pesar de la riqueza en maravillosas prerrogativas con que
Dios la ha honrado, para hacerla digna Madre del Verbo Encarnado, está muy
próxima a nosotros. Hija de Adán, como nosotros, y, por tanto, hermana nuestra
con los lazos de la naturaleza, es, sin embargo, una criatura preservada del
pecado original en virtud de los méritos de Cristo, y que a los privilegios
obtenidos suma la virtud personal de una fe total y ejemplar, mereciendo el
elogio evangélico “Bienaventurada porque has creído”. En su vida terrena
realizó la perfecta figura del discípulo de Cristo, espejo de todas las
virtudes, y encarnó las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo.
Por lo cual, toda la Iglesia, en su incomparable variedad de vida y de obras,
encuentra en Ella la más auténtica forma de la perfecta imitación de Cristo.
Por lo tanto, auguramos que con la
promulgación de la Constitución sobre la Iglesia, sellada por la proclamación
de María Madre de la Iglesia, es decir, de todos los fieles y pastores, el
pueblo cristiano se dirigirá con mayor confianza y ardor a la Virgen Santísima
y le tributará el culto y honor que a Ella le compete.
En cuanto a nosotros, ya que entramos en
el aula conciliar, a invitación del Papa Juan XXIII, el 11 de octubre de 1961,
a una “con María, Madre de Jesús”, salgamos, pues, al final de la tercera
sesión, de este mismo templo, con el nombre santísimo y gratísimo de María
Madre de la Iglesia.
En señal de gratitud por la amorosa
asistencia que nos ha prodigado durante este último período conciliar, que cada
uno de vosotros, venerables hermanos, se comprometa a mantener alto en el
pueblo cristiano el nombre y el honor de María, uniendo en Ella el modelo de la
fe y de la plena correspondencia a todas las invitaciones de Dios, el modelo de
la plena asignación de la doctrina de Cristo y de su caridad, para que todos
los fieles, agrupados por el nombre de la Madre común, se sientan cada vez más
firmes en la fe y en la adhesión a Cristo, y también fervorosos en la caridad
para con los hermanos, promoviendo el amor a los pobres, la justicia y la
defensa de la paz. Como ya exhortaba el gran San Ambrosio: “Viva en cada uno el
espíritu de María para ensalzar al Señor; reine en cada uno el alma de María
para glorificar a Dios” (San Ambrosio, Exp. in Luc., 2, 26; P. L. 15, 1642).
Especialmente queremos que aparezca con
toda claridad que María, sierva humilde del Señor, está completamente
relacionada con Dios y con Cristo, único Mediador y Redentor nuestro. E
igualmente que si ilustren la naturaleza verdadera y el objetivo del culto
mariano en la Iglesia, especialmente donde hay muchos hermanos separados, de
forma que cuantos no forman parte de la comunidad católica comprendan que la
devoción a María, lejos de ser un fin en sí misma, es un medio esencialmente
ordenado a orientar las almas hacia Cristo, y de esta forma unirlas al Padre,
en el amor del Espíritu Santo.
Al paso que elevamos nuestro espíritu en
ardiente oración a la Virgen, para que bendiga el Concilio Ecuménico y a toda
la Iglesia, acelerando la hora de la unión entre todos los cristianos, nuestra
mirada se abre a los ilimitados horizontes del mundo entero, objeto de las más
vivas atenciones del Concilio Ecuménico, y que nuestro predecesor Pío XII, de
venerable memoria, no sin una inspiración del Altísimo, consagró solemnemente
al Corazón Inmaculado de María. Creemos oportuno, particularmente hoy, recordar
este acto de consagración. Con este fin hemos decidido enviar próximamente, por
medio de una misión especial, la Rosa de Oro al Santuario de la Virgen de
Fátima, muy querido no sólo por la noble nación portuguesa —siempre, pero
especialmente hoy, apreciada por Nos—, sino también conocido y venerado por los
fieles de todo el mundo católico. De esta forma, también Nos, pretendemos
confiar a los cuidados de la Madre celestial toda la familia humana, con sus
problemas y sus afanes, con sus legítimas aspiraciones y ardientes esperanzas.
Virgen María, Madre de la Iglesia, te
recomendamos toda la Iglesia, nuestro Concilio Ecuménico.
... “Socorro de los obispos”, protege y
asiste a los obispos en su misión apostólica, y a todos aquellos, sacerdotes,
religiosos y seglares, que con ellos colaboran en su arduo trabajo.
Tú, que por Tu mismo divino Hijo, en el
momento de su muerte redentora, fuiste presentada como Madre al discípulo
predilecto, acuérdate del pueblo cristiano, que en Ti confía.
Acuérdate de todos tus hijos; avala sus
preces ante Dios; conserva sólida su fe; fortifica su esperanza; aumenta su
caridad.
Acuérdate de aquellos que viven en la
tribulación, en las necesidades, en los peligros, especialmente de aquellos que
sufren persecución y se encuentran en la cárcel por la fe. Para ellos, Virgen
Santísima, solicita la fortaleza y acelera el ansiado día de su justa libertad.
Mira con ojos benignos a nuestros
hermanos separados, y dígnate unirnos, Tú que has engendrado a Cristo, fuente
de unión entre Dios y los hombres.
Templo de la luz sin sombra y sin
mancha, intercede ante tu Hijo Unigénito, Mediador de nuestra reconciliación
con el Padre (cf. V, XI), para que sea misericordioso con nuestras faltas y
aleje de nosotros la desidia, dando a nuestros ánimos la alegría de amar.
Finalmente, encomendamos a Tu Corazón
Inmaculado todo el género humano; condúcelo al conocimiento del único y
verdadero Salvador, Cristo Jesús; aleja de él el flagelo del pecado, concede a
todo el mundo la paz en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor.
Y haz que toda la Iglesia, celebrando
esta gran asamblea ecuménica, pueda elevar al Dios de las misericordias un
majestuoso himno de alabanza y agradecimiento, un himno de gozo y alegrías,
pues grandes cosas ha obrado el Señor por medio tuyo, clemente, piadosa y dulce
Virgen María.
Primer texto:
DECRETO del Culto Divino y
Disciplina de los Sacramentos sobre la celebración de la bienaventurada Virgen
María, Madre de la Iglesia, en el Calendario Romano General
La
gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos
actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza
propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer (cf. Gál 4,4), la
Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia.
Esto
estaba ya de alguna manera presente en el sentir eclesial a partir de las
palabras premonitorias de san Agustín y de san León Magno. El primero dice que
María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a
la regeneración de los fieles en la Iglesia; el otro, al decir que el
nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo, indica que María
es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de
su cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Estas consideraciones derivan de la
maternidad divina de María y de su íntima unión a la obra del Redentor,
culminada en la hora de la cruz.
En
efecto, la Madre, que estaba junto a la cruz (cf. Jn 19, 25), aceptó el
testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados en
el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose
en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz,
entregando el Espíritu. A su vez, en el discípulo amado, Cristo elige a todos
los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela para que
la recibieran con afecto filial.
María,
solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el
cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo
(cf. Hch 1,14). Con este sentimiento, la piedad cristiana ha honrado a
María, en el curso de los siglos, con los títulos, de alguna manera
equivalentes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de
todos los que renacen en Cristo y también «Madre de la Iglesia», como aparece
en textos de algunos autores espirituales e incluso en el magisterio de
Benedicto XIV y León XIII.
De
todo esto resulta claro en qué se fundamentó el beato Pablo VI, el 21 de
noviembre de 1964, como conclusión de la tercera sesión del Concilio Vaticano
II, para declarar va la bienaventurada Virgen María «Madre de la Iglesia, es
decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los
pastores que la llaman Madre amorosa», y estableció que «de ahora en adelante
la Madre de Dios sea honrada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo
título».
Por
lo tanto, la Sede Apostólica, especialmente después de haber propuesto una misa
votiva en honor de la bienaventurada María, Madre de la Iglesia, con ocasión
del Año Santo de la Redención (1975), incluida posteriormente en el Misal
Romano, concedió también la facultad de añadir la invocación de este título en
las Letanías Lauretanas (1980) y publicó otros formularios en el compendio de
las misas de la bienaventurada Virgen María (1986); y concedió añadir esta
celebración en el calendario particular de algunas naciones, diócesis y
familias religiosas que lo pedían.
El
Sumo Pontífice Francisco, considerando atentamente que la promoción de esta
devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en
los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha establecido
que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, sea
inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea
celebrada cada año.
Esta
celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana,
debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el
banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los
redimidos.
Por
tanto, tal memoria deberá aparecer en todos los Calendarios y Libros litúrgicos
para la celebración de la Misa y de la Liturgia de las Horas: los respectivos
textos litúrgicos se adjuntan a este decreto y sus traducciones, aprobadas por
las Conferencias Episcopales, serán publicadas después de ser confirmadas por
este Dicasterio.
Donde
la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, ya se
celebra en un día diverso con un grado litúrgico más elevado, según el derecho
particular aprobado, puede seguir celebrándose en el futuro del mismo modo.
Sin
que obste nada en contrario.
En
la sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, a 11 de febrero de 2018, memoria de la bienaventurada Virgen María
de Lourdes.
Robert Card. Sarah, Prefecto
+ Arthur Roche, Arzobispo
Secretario
Tercer texto:
Comentario: La Memoria de
María, “Madre de la Iglesia”, por el Cardenal Prefecto de la Congregación
Por decisión del Papa Francisco, la Congregación para el Culto
Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha ordenado la inscripción de la
memoria de la “Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia” en el Calendario
Romano General, con decreto del día 11 de febrero de 2018, ciento sesenta
aniversario de la primera aparición de la Virgen en Lourdes. Se adjuntan al
decreto los respectivos textos litúrgicos, en latín, para la Misa, el Oficio
Divino y el Martirologio Romano. Las Conferencias Episcopales tendrán que
aprobar la traducción de los textos necesarios y, después de ser confirmados,
publicarlos en los libros litúrgicos de su jurisdicción.
El
motivo de la celebración es descrito brevemente en el mismo decreto, que
recuerda la madurada veneración litúrgica a María tras una mejor comprensión de
su presencia “en el misterio de Cristo y de la Iglesia”, como ha explicado el
capítulo VIII de la Lumen Gentium del Concilio Vaticano II. De hecho, el
beato Pablo VI, al promulgar esta constitución conciliar el 21 de noviembre de
1964, quiso conceder solemnemente a María el título de “Madre de la Iglesia”.
El sentir del pueblo cristiano, en los dos mil años de historia, había acogido,
de diverso modo, el vínculo filial que une estrechamente a los discípulos de
Cristo con su Santísima Madre. De tal vínculo da testimonio explícito el
evangelista Juan, cuando habla del testamento de Jesús muriendo en la cruz (cf.
Jn 19,26-27). Después de haber entregado su Madre a los discípulos y
éstos a la Madre, “sabiendo que ya estaba todo cumplido”, al morir Jesús
“entregó su espíritu” para la vida de la Iglesia, su cuerpo místico: pues, “del
costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la
Iglesia entera” (Sacrosanctum Concilium, n. 5).
El
agua y la sangre que brotaron del corazón de Cristo en la cruz, signo de la
totalidad de su ofrenda redentora, continúan sacramentalmente dando vida a la
Iglesia mediante el Bautismo y la Eucaristía. María santísima tiene que realizar
su misión materna en esta admirable comunión, que se ha de potenciar siempre
entre el Redentor y los redimidos. Lo recuerda el texto evangélico de Jn 19,25-34
señalado en la misa de la nueva memoria, ya indicado –junto con las lecturas de
Gén 3 y Hch 1- en la misa votiva “de sancta Maria Ecclesiae
Matre” aprobaba por la Congregación para el Culto Divino en 1973, para el Año
Santo de la Reconciliación de 1975 (cf. Notitiae 1973, pp. 382-383).
La
conmemoración litúrgica de la maternidad eclesial de María existía ya en las
misas votivas de la editio altera del Missale Romanum de 1975.
Después, en el pontificado de san Juan Pablo II existía la posibilidad,
concedida a las Conferencias Episcopales, de añadir el título de “Madre de la
Iglesia” a las Letanías lauretanas (cf. Notitiae 1980, p. 159); y, con
ocasión del año mariano, la Congregación para el Culto Divino publicó otros
formularios de misas votivas con el título de María Madre e imagen de la
Iglesia en la Collectio missarum de Beata Maria Virgine. Se había
aprobado también, a lo largo de los años, la inserción de la celebración de la
“Madre de la Iglesia” en el Calendario propio de algunos países, como Polonia y
Argentina, el lunes después de Pentecostés; y había sido inscrita en otras
fechas tanto en lugares peculiares, como la Basílica de san Pedro, -donde se
hizo la proclamación del título por parte de Pablo VI-, como también en los
Propios de algunas Órdenes y Congregaciones religiosas.
El
Papa Francisco, considerando la importancia del misterio de la maternidad
espiritual de María, que desde la espera del Espíritu en Pentecostés (cf. Hch
1,14) no ha dejado jamás de cuidar maternalmente de la Iglesia, peregrina en el
tiempo, ha establecido que, el lunes después de Pentecostés, la memoria de
María Madre de la Iglesia sea obligatoria para toda la Iglesia de Rito Romano.
Es evidente el nexo entre la vitalidad de la Iglesia de Pentecostés y la
solicitud materna de María hacia ella. En los textos de la Misa y del Oficio,
el texto de Hch 1,12-14 ilumina la celebración litúrgica, como también Gén
3,9-15.20, leído a la luz de la tipología de la nueva Eva, constituida “Mater omnium viventium” junto a la cruz
del Hijo, Redentor del mundo. Esperamos que esta celebración, extendida a toda
la Iglesia, recuerde a todos los discípulos de Cristo que, si queremos crecer y
llenarnos del amor de Dios, es necesario fundamentar nuestra vida en tres
realidades: la Cruz, la Hostia y la Virgen – Crux, Hostia et Virgo.
Estos son los tres misterios que Dios ha dado al mundo para ordenar, fecundar,
santificar nuestra vida interior y para conducirnos hacia Jesucristo. Son tres
misterios para contemplar en silencio (R. Sarah, La fuerza del silencio,
n. 57).
Robert Card. Sarah
Prefecto de la Congregación para
el Culto Divino
y la Disciplina de los Sacramentos
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