En el domingo XXXI del tiempo ordinario, ciclo C
(Lc 19,1-10)
Texto
evangélico
Entro
en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe
de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a
causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se
subió a un sicómoro para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús,
al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: “Zaqueo, date prisa y
baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa”. Él se dio prisa en
bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: “Ha
entrado a hospedarse en casa de un pecador”. Pero Zaqueo, de pie, dijo al
Señor:
-
“Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado
a alguno, le restituyo cuatro veces más”.
Jesús
le dijo:
-
“Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abraham.
Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.
Hermanos:
1. Al acercarnos con reverencia y amor
al santo Evangelio, podemos tomar perspectiva desde diversos ángulos; tomar una
frase, tomar, incluso una sola palabra, y hacer de ella el manantial de nuestra
reflexión. Ha entrado a hospedarse en
casa de un pecador. Así murmuraba la gente cuando vio que Jesús se sentaba
a la mea con gentes de mala fama.
“Un pecador”: esta palabra la
analizábamos el domingo pasado, en el Evangelio del fariseo. “Un pecador”, y
veíamos el testimonio tan impresionante que dio el papa de sí mismo, cuando le
preguntaron quién era Jorge Bergoglio, como lo definiría. “Yo soy un pecador”.
No hace falta repetir la reflexión que entonces hacíamos.
La liturgia de hoy nos invita a
considerarnos pecadores. El libro de la Sabiduría nos estimula con unos
pensamientos muy hermosos, recogido en la lectura de hoy:
“Te compadeces de todos, porque todo lo
puedes
y pasas por alto los pecados de los
hombres para que se arrepientan.
Amas a todos los seres
y no abandonas nada de lo que hiciste;
pues, si odias algo, no lo habrías
creado” (Sb 8,20-21).
2. Es hermoso ver el mundo así: todo el
mundo envuelto por la misericordia de Dios. Todo lo que Dios ha creado ha
nacido de su corazón bondadoso, todo, absolutamente todo. No hay un Dios del
Bien y un Dios del Mal, como fingieron los antiguos, la teoría de los Dos
Principios para explicar la contradicción del mundo y de nuestros corazones.
Hay un solo Dios, y todo lo que ha creado es bueno, muy bueno.
Desde este optimismo teológico hay que
considerar también los pecados de la humanidad, mis propios pecados. Desde las
páginas más antiguas está dicho que Dios es rico en misericordia, lento a la
ira, y rico en perdón. Y este teólogo del libro de la Sabiduría, que es el
último libro del Antiguo Testamento, hace esta reflexión bondadosa: que Dios
pasa por alto los pecados de los hombres… No los castigas, como merecen
nuestros pecados; es compasivo, aguanta, a ver si el hombre por esta tolerancia
divina, entra en razón y se arrepiente.
3. En el Evangelio Zaqueo era jefe de
publicanos y rico. Los recaudadores de impuestos o “publicanos” eran tachados
de pecadores nada más que por su profesión. Los fariseos, para no contaminarse
con los pecadores, no comían con ellos. Pero Jesús comía con gente de esa fama;
y si comía con ellos es porque los admitían a otro banquete que él traía. Jesús
dice a Zaqueo: Zaqueo, date prisa y baja,
porque es necesario que hoy me quede en tu casa.
Es necesario: es la misión que Jesús
había traído a este mundo, comer con los pecadores, comer conmigo, porque Jesús
me invita a compartir su mesa.
Hermanos, cuando venimos a la santa
Misa, lo lógico es que deberíamos comer todos, comulgar todos; estar preparados
todos, por el arrepentimiento y la confesión, para participar en este banque
espiritual del cuerpo y de la sangre del Señor.
Las comidas del Señor en su vida – y muy
especialmente las comidas que tiene después de su resurrección – nos evocan
este banquete pascual de cada domingo, al que somos invitados los cristianos.
Zaqueo – y aquí cada uno tiene que escuchar su nombre, pronunciado por los
labios de Jesús – hoy tengo que hospedarme en tu casa; hoy tengo que comer
contigo.
Recordad, hermanos, aquel bello texto
del Apocalipsis: “Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi
voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap
3,20).
4. Lo que pasó en aquella comida fue
algo prodigioso: un milagro de conversión. En medio del banquete festivo, se
levanta Zaqueo como para echar un brindis, y dice:
- Mira,
Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a
alguno, le restituyo cuatro veces más.
Estas palabras de Zaqueo son la
revolución social de los cristiano. El que se ha convertido a Cristo, el que
entiende que Jesús introduce en el mundo una vida nueva, que es la vida del
amor, bien pronto sacará las consecuencias.
La primera es la justicia. Si he robado,
tengo que reparar el fraude cometido. El viejo adagio moral decía: No hay perdón
sin restitución. La generosidad de Zaqueo es abundante: le restituyo cuatro veces más. La Ley no obligaba a tanto, sino en
casos muy señalados.
La sociedad cristiana, esa comunidad de hermanos
que Jesús quiere construir, no puede saltarse la justicia. La justicia, en su
sentido más común de dar a cada uno lo que le pertenece, es esencial en todo
orden humano. Y los cristianos en sus relaciones humanas, por ejemplo, en las
relaciones laborales deben ser los primeros en cumplir la justicia y las leyes
justas.
5. Pero con la sola justicia no
construimos las verdaderas relaciones de la comunidad cristiana. La justicia es
necesaria, pero no basta. Zaqueo dice: Mira,
Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres
Los bienes en la comunidad de los hijos
de Dios son para disfrutarlos y compartirlos, sin olvidar que para Jesús los
pobres tienen un puesto preferencial.
6. La última palabra de la escena la
tiene Jesús, el Maestro y el Señor: Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues
también este es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y
a salvar lo que estaba perdido.
Jesús otorga a Zaqueo su verdadera
categoría. Zaqueo no es un pecador; es un hijo de Abraham con todos los
privilegios del pueblo elegido. Hoy ha sido la salvación de esta casa de toda
esta familia. Jesús ha venido precisamente para esto: para traer la salvación,
la alegría y la paz. Amén.
México, D.F., viernes 1 de noviembre de
2013.
Como cántico de comunión puede verse: Baja del árbol, Zaqueo
Como cántico de comunión puede verse: Baja del árbol, Zaqueo
Querido P. Rufino: He leído el comentario que ha realizado al pasaje evangélico dominical. Me ha sorprendido la escaso desarrollo que realiza de un texto bíblico tan rico.
ResponderEliminarSaludos.
Juan José.
Guadalajara, 9 noviembre 2013
ResponderEliminarEstimado amigo:
Aprecio sus comentarios eruditos, pero no puedo "comentar el comentario" sencillamente por falta de tiempo. Sobre la escena de Zaqueo le envío en archivo adjunto el esquema detallado para un taller que puse a los alumnos los días pasados.
Cordialmente en el Señor