Fr. Ignacio Larrañaga
La noticia de la muerte del P. Ignacio
Larrañaga que dio la Orden Capuchino en su sitio oficial (ofmcap.org) es la siguiente.
* * *
En medio de su incansable trabajo
pastoral partió a la casa del Padre celestial en Guadalajara (México) la mañana
del 28 de octubre de 2013 nuestro hermano Ignacio Larrañaga. Terminó de esta
manera su vida dedicada a implantar el Dios vivo y verdadero en el corazón de
los hombres.
Fr. Ignacio nació en Loyola el 4 de mayo
de 1928. Ordenado sacerdote en Pamplona luego de algunos años fue destinado a
Chile donde comenzó a desarrollar una gran actividad evangelizadora.
En 1965 fundó el Centro de estudios
franciscanos y pastorales (CEFEPAL), dedicándose por unos diez años a la
animación franciscana postconciliar en varios países de Latinoamérica.
En 1974 en Brasil dio inicio a los
retiros semanales llamados «Encuentros de experiencia de Dios» que condujo
incansablemente por 23 años con la asistencia de decenas de miles de personas.
En el año 1984 emprendió con la obra más
importante de su vida los «Talleres de oración y vida» reconocidos por la Santa
Sede como un método eficaz de la nueva evangelización (www.tovpil.org) a los cuales
dedicó los últimos treinta años de su vida recorriendo más de 40 países del
mundo.
Fr. Ignacio Larrañaga es autor de 17
libros traducidos en 10 idiomas. Entre ellos citamos: «Muéstrame tu rostro»,
«El pobre de Nazareth», «El Silencio de María», «El hermano de Asís», «Salmos
para la vida», «Sube conmigo», «Del sufrimiento a la paz», «Un matrimonio
feliz» y su autobiografía «La rosa y el fuego».
* * *
Escribo este artículo cuando todavía la
web de los Capuchinos de Chile dice, a fecha de 30 de octubre de 2013: “Pronto
les informaremos del día, horario y lugar de la Eucaristía y sepultación”.
El P. Ignacio Larrañaga, que al cambiar
el nombre de bautismo por el de religioso, como antes era uso, se llamó Jesús
María de Azpeitia, era miembro de mi provincia capuchina de origen, que
entonces era la Provincia capuchina de Navarra-Cantabria-Aragón”, en la que todos
nos conocíamos, en las que todos teníamos las mismas costumbres de noviciado y
años de estudio, y en la que todos de una misma generación sabíamos nuestras
andanzas, nuestros anhelos, nuestras pequeñas y grandes aventuras. De Jesús María
de Azpeitia, poeta y músico, temperamento soñador, organista en San Sebastián…,
se decía que al terminar la carrera, no le cuadraba mucho el Derecho Canónico…,
cosa que el historiador crítico tendría que certificar con las actas de estudio
a la mano… Como anécdota algo nos dice del talante de este hermano nuestro, que
del hoy nos orgullecemos, porque pertenece ya a las “Grandes figuras capuchinas”
(título que Prudencio de Salvatierra dio a su hermoso libros de los santos y
beatos capuchinos, escrito en Chile).
De él recuerdo cómo una vez nos conjuntamos
en Arnotegui (Obanos, navarra) un grupito de hermanos que, al amparo de Javier
Garrido, OFM, queríamos ver en unos días de oración por dónde iban los caminos
de renovación de la Orden.
De él recuerdo que siendo yo guardián
del convento de Extramuros de Pamplona le llamé para dar Ejercicios a la
Comunidad y Teologado. Eran los tiempos del Cefepal, e Ignacio de Larrañaga era
famoso. Agradó, pero la crítica histórica del franciscanismo también tenía algo
que decir, porque este hombre de Dios era más espiritual y poeta que teólogo e
historiador...
A medida que pasaban los años y decenios
Ignacio adquirió entre nosotros un prestigio
que, a fuerza de los hechos, el discutírselo habría sido envidia e insensatez.
Una resplandeciente aureola se la daba nuestro
boletín interno “Punto de Encuentro”, cuando vimos con sorpresa y admiración,
en el último número (septiembre 2013), que el hermano José Antonio Izaguirre,
capuchino de Errentería, había traducido al euskera la “opera omnia” de
Larrañaga. Tarsicio de Azcona, depuradísimo historiador crítico, alababa esta
obra, monumento más imperecedero que el bronce.
En el coro de alabanzas que de todas
partes han de llegar por este hermano, esplendor de la Orden, podemos preguntarnos
antes de que se haga ningún congreso en su día sobre la espiritualidad del
Fundador de los Talleres de Oración y Vida, dónde está el secreto de este
sacerdote, hermano menor capuchino, misionero, que nos acaba de dejar.
Firmo totalmente la intuición y precisión
de mi hermano teólogo, Antxon Amunarriz, que me acaba de escribir: “Se fue
Ignacio, y pienso en la gran conversión que vivió en su vida (que me dice mucho
más que su obra admirable)...”
Ese es el secreto espiritual del P. Larrañaga:
aquella conversión espiritual que él tuvo una noche en Gallipienzo (Navarra),
cuando fue a ese pueblo a confesar y predicar en la fiesta del Sagrado Corazón.
Ahí está la raíz de todo, como él lo ha explicado en su pequeño libro autobiográfico
“El fuego y la rosa”.
Ahora bien, esta conversión, germen de
toda la obra que Ignacio Larrañaga ha hecho en la Iglesia tiene un preámbulo,
que no es conocido: otra conversión, clarificación y afianzamiento que él tuvo
en sus años juveniles. Dejo testimonio para quienes un día hayan de escribir críticamente
su historia, en especial para los grupos y Talleres de Oración y Vida. Un día
(no es una vana fantasía el imaginarlo) pensarán en su glorificación.
Sucedió que quien esto escribe, escribió
un día la vida de un capuchino vasco, humilde como violenta, santo como un
serafín de amor: Vida del Padre Bernabé de Larraul. Víctima de amor ofrecida al
Amor Misericordioso (1907-1988). Fue pidiendo testimonios escritos, y como algo
había oído del P. Ignacio Larrañaga y el P. Bernabé, escribí a Larrañaga. Me respondió
una tarjeta: Con mucho gusto lo haré, pero ahora no puedo: reflexionaré, oraré
y te responderé. Me respondió desde Puerto Rico, una carta que copié íntegra en
laVida del Padre Bernabé. Cuyo texto con su entorno transcribo aquí de la biografía
publicada en Ecuador (Librería Espiritual).
Sea testimonio de mi admiración,
homenaje y amor fraterno a este ejemplar hermano de la Orden Capuchina, hija de
la Iglesia en los caminos de la auténtica renovación.
“Evocación que hace Ignacio Larrañaga
Decir hoy P. Ignacio Larrañaga es pronunciar un nombre de amplia resonancia
en el ámbito franciscano y otros círculos, con quien millares de personas han
seguido las "Jornadas de experiencia de Dios", quien puso en marcha
los "Talleres de oración", hogar de espiritualidad para tantísimas
almas que buscan encontrarse a si mismas y encontrar a Dios. Muchos no saben
que es capuchino, no importa. Mas, para nuestra historia, sí es necesario saber
que es capuchino, nacido en Azpeitia, afincado hace muchos años en América y viajero
de Dios por el ancho mundo. Del pozo de sus recuerdos, después de 45 años,
rescata vivencias que para él fueron definitivas. Helas aquí.
* * *
Yo tenía por aquellos años entre los 18 y 19 años. Venía yo del
Seminario de Alsasua bastante desorientado, vacilante en la vocación,
entreviendo muy incierto mi futuro. Fue en este contexto que yo me refugié,
allá en Fuenterrabía, bajo el alero del P. Bernabé, y él me acogió con un
interés que aún ahora me emociona. Mi relación con él no fue tan solo la típica
entre un Director Espiritual y el dirigido. Fue otra cosa y mucho más.
El P. Bernabé fue siempre conmigo cordial y atento, un verdadero padre.
Se preocupaba de mi salud, me preguntaba si dormía bien, averiguaba frecuentemente
sobre mi estado de ánimo. Tenía conmigo una paciencia sin límites, y una gran
comprensión, cosa extraña en un hombre tan exigente como él. A lo largo de mi
vida he reflexionado muchas veces sobre este humanismo, esta especie de
ternura, cosas difíciles de compaginarlas con el talante ascético del P.
Bernabé. Podría yo afirmar que Aita Santua me sostuvo de pie en la marejada
más agitada de mi vida; la perseverancia en la vocación se la debo a él.
Me llamaba la atención aquella sonrisa que nunca se desvanecía,
aquella estabilidad emocional y presencia de ánimo. Nunca lo vi alterado. En
varias oportunidades lo vi con una corona de espinas ceñida al cuello [?], mal
disfrazada por la capucha semicalada. De la misma manera observé con frecuencia
que usaba habitualmente el cilicio. Puede ser que esos usos y costumbres no nos
digan gran cosa hoy a nosotros con nuestros criterios actuales; pero recuerdo
que, en aquel tiempo, yo quedaba sobrecogido de admiración.
A pesar de su notable premiosidad de palabra (apenas podía pronunciar
dos palabras seguidas en castellano) no sé qué tenía que se daba a entender con
gran eficacia. Recuerdo todavía con viveza que el P. Bernabé tenía un carisma
especial para infundir paz; cualquiera fuese el problema o estado de ánimo, uno
se levantaba siempre de su lado con certezas en el alma y una especial serenidad.
A partir de la relación humana y espiritual que mantuve durante dos
años con el P. Bernabé y reflexionando desde la altura de la vida en la que me
hallo, he llegado a la conclusión de que todo el secreto de la santidad del P.
Bernabé reside en su devoción mariana, concretamente en el camino de la
"esclavitud mariana" del beato Grignon de Monfort[1].
En torno a este eje se movió su vida, sentimientos, ilusiones,
entusiasmos. Frecuentemente, al encontrarme con él en el jardín o en la huerta,
al comenzar a preguntarme por mi estado de ánimo o de salud, rápidamente
derivaba en su eterna obsesión de la esclavitud mariana e irrumpía emocionado
en el tema de María con un fervor e inspiración que me dejaban
conmovido.
Me regaló el librito sobre la "esclavitud mariana" que por
aquel tiempo circulaba entre nosotros. El folleto estaba lleno de subrayados
hechos por él y pequeños comentarios al margen. Lamento no haber conservado
aquel librito que se me extravió no sé dónde.
No era un libro de lectura, sino un programa de vida. Nuestra relación
o dirección espiritual consistía en seguir ordenadamente y, de mi parte, en dar
cuenta señalada en el librito. En este sentido se puede decir que el P. Bernabé
era un orientador ordenado, progresivo y exigente, aunque comprensivo al mismo
tiempo. Recuerdo que alguna vez adoptó conmigo una actitud de cierta
radicalidad, como de exigencia profética. Esto sucedió dos o tres veces. Cuando
las cosas iban bien y había progreso, se encendía en su rostro una fresca
sonrisa que, en realidad, resultaba el mejor premio para mí.
Muchas veces, más bien frecuentemente, me decía que oraba por mí, que
me ponía 'en sus manos maternales' (recuerdo que esta expresión me emocionaba y
me animaba sobremanera). Cuando las cosas no iban bien, me decía que se sometía
a grandes mortificaciones que las ofrecía por mi progreso.
Recuerdo que en una oportunidad le dije que en los cinco años de
Alsasua nunca había llegado a ser "hijo de María"[2].
Esa noticia le entristeció visiblemente. Pero reaccionó pronto y llegó a
decirme que "no importa", que en el futuro llegaría a ser no solo
buen hijo de María, sino también un apóstol de María. ¿Una referencia al futuro
autor de El silencio de María[3]?
Estos son unos cuantos recuerdos que surgen ante mí al evocar la
figura del P. Bernabé, cuando trato de asomarme al fondo del tiempo[4]”.
Desde Alfaro, 30 de octubre de 2013, a punto de regresar a México
Fr. Rufino María Grández
POSTDATA, EL DOMINGO 3 DE NOVIEMBRE DE 2013
Nuestro hermano el P. Ignacio Larrañaga, de santa memoria, murió el lunes 28 de octubre, en la Casa de Nazaret, en esta tierra de Guadalajara-Jalisco, saliendo rumbo a Chapala. Se hicieron las gestiones para que su cuerpo fuera transportado a Santiago de Chile. El sábado por la mañana (2 de noviembre) llegaron allí sus restos mortales.
Los hermanos capuchinos de Chile, en su sitio de Internet, dan noticia e ecos y condolencias. Se ha incluido esta nuestra colaboración, si bien omitiendo el relato detallado de aquella "primera conversión" (en relación con el P. Bernabé de Larraul), a la que se alude, que los guías de oración - allí nos informamos que son 18.000 - tendrán gusto en conocer, por tratarse de su Padre Espiritual.
Ignacio, hermano en la fe y en el anhelo de Jesús, vive con Christo.
Tengo un deseo: que tu hermosa obra perviva y florezca, animada por los fieles laicos. Y otro deseo: que tengas un biógrafo en la tierra que nos narre tu vida, no los triunfos apoteósicos de los encuentros multitudinarios, sino la vida de tu corazón, que acaso esté reflejadas en Diarios íntimos, en cartas confidenciales, y que comenzó en Azpeitia, y en Alsasua (Seminario Seráfico), Fuenterrabía (Filosofía), Sangüesa (Noviciado), Pamplona (Teología), que de alguna manera apunta en las crónicas colegiales y en la revista poética "Vértice", a las orillas del Arga...
¡A Cristo todo honor y alabanza!
Guadalajara, Jalisco, 3 noviembre 2013.
[1]
En aquellos tiempos era, en efecto, el beato Grignion de Montfort; hoy es San
Luis María Grignon de Montfort.
[2]
En los sistemas pedagógicos de aquel tiempo semanalmente se ponían las
"notas" o calificaciones escolares que se leían en público. Para ser
“hijo de María” había que alcanzar un determinado punto en las calificaciones
de “conducta”, de "urbanidad" y de "aplicación".
[3]
El silencio de María es un libro del P. Ignacio Larrañaga, publicado en
Ediciones Paulinas, primero en castellano, y traducido luego a diversas
lenguas.
[4]
Testimonio del P. Ignacio Larrañaga, acompañado de una carta que está
fechada en Puerto Rico, 8 marzo 1991 (Testimonio 39).

Tomé el curso de oración y vida cuando pasaba por el momento mas difícil de mi vida, en ese taller fui a refugiar mi sufrimiento y encontré una forma de ver la vida hacia adelante con los ojos de la Fe. El padre Larrañaga fue para mi un apoyo con sus enseñanzas no lo conocí pero soy ejemplo de su trabajo. Padre Rufino ¡cuantos grandes hombres lo han acompañado en su caminar¡.
ResponderEliminarno he leído ningún libro del padre larrañaga, hace unos meses que lo conocí por televisión, he escuchado los primeros 4/18 temas de un retiro espiritual de una semana, y eso a bastado para saber que se nos ha ido de nuestra presencia, un gran profeta, de la iglesia de nuestros tiempos, como el decía, ese tiene algo, ese hace visible al invisible.
ResponderEliminarMe obsequiaron su libro "Del sufrimiento a la Paz" el cual es una joya. Tratemos de leer todos sus libros, que mucho nos ayudarán. Con Dios está!!
ResponderEliminarB.