El Espíritu y la Esposa se funden en un gemido
La muerte – mi muerte – es “ley de vida” por la condición transitoria de todo mortal. Ante ella caben tres actitudes: resistencia como ante un mal inevitable; aceptación en fe, viendo en ella la voluntad de Dios para todo mortal, para mí; anhelo gozoso, como tránsito nupcial, como la verdadera y última identificación a la Pascua de Cristo, como mi plenitud hacia un más y más a lo infinito, con posibilidades para mí desconocidas. En esta última hipótesis abandono de teología de “tiempo y merecimiento” (cuanto más tiempo más merecimiento), como si el ser humano tuviese su camino de merecer solo hasta la muerte…
San Pablo dice a los filipenses: “ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger. Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros” (Flp 1,20-23).
Ignacio de Antioquía, camino de las fieras, ha sentido lo mismo.
El Apocalipsis culmina con el anhelo irresistible de la Esposa – la Iglesia, yo – fundido con el Espíritu: “El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven! Y quien lo oiga, diga: «¡Ven!». Y quien tenga sed, que venga. Y quien quiera, que tome el agua de la vida gratuitamente…” (Ap 22,17). Y termina: “Dice el que da testimonio de estas cosas: «Sí, vengo pronto». Amén, ¡Ven, Señor Jesús! La gracia del Señor Jesús esté con todos” (vv. 20-21).
El anhelo del encuentro, a la hora de mi tránsito, es la última gracia de la pascua, que yo puedo pedir humildemente al Señor Jesús.Por otra parte, en Pascua, después de haber leído el Apocalipsis, pasamos a la lectura de las cartas de san Juan, en consonancia, con el mensaje de los discursos de despedida de la Cena, que nos llaman al amor, a la paz infinita, a la luz. “Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna” (1Jn 1,5). Así leemos en el Domingo VI de Pascua
El Espíritu y la Esposa
se funden en un gemido:
Y el Esposo lo ha oído.
¿Quién lo piensa… quién
lo dice…,
estando en su sano
juicio?
La vida muerte no anhela
porque morir no es
destino.
La muerte es miedo y
espanto
como un abismo vacío,
y es mejor estar acá
con mis gozos fugitivos.
¡Que tarde, oh Dios, que
tarde,
muy lejos de mi albedrío…
y una feliz ignorancia
dé placer a mis instintos!
O si un más allá de
aguarda
con sus premios y
castigos,
quiero aumentar mis
caudales
con más años productivos.
No hay prisa, mi Dios, no
vengas
no me cojas sin aviso,
que yo no estoy
preparado,
ni méritos he cumplido.
No digo ochenta o
noventa…,
no te acerque de
improviso,
no cierres cuentas aún,
que, si las cierras,
termino…
* * *
Pero tuve una visión
de Apocalipsis divino,
y oír clamar a la esposa
con un ardiente suspiro.
Muestra la luz de tu Pascua,
no tardes, esposo mío,
no midas tiempos ni
espacios
que mi tiempo eres tú
mismo.
Y leo a Pablo que escribe
a los fieles de Filipos:
Ansío ya terminar,
para estar así con
Cristo.
Morir aquí no es cerrar
el curso definitivo,
morir aquí es pasar
a mi misterio escondido.
Adentro lo llevo yo,
y acaso yazga dormido;
y se llama eternidad
y sin amor dolorido.
Nací yo marcado así
hambriento de amor
florido,
para una Pascua de luz
que en un cuerpo ha
florecido.
Se romperá el pedernal,
que es la muerte y su
cuchillo,
y tras la cruz del
Calvario
vendrá el Esposo querido.
Amado que ya te asomas
y en mi cuerpo das tus
signos,
yo te quiero recibir
cual la mujer al marido.
Para esta hora nací,
la fe me lo dice a
gritos:
la Iglesia se siente
esposa
y espera cantando himnos.
Amén. Aleluya.
Madrid, lunes de la semana VI de Pascua, 10 mayo 2021.
No hay comentarios:
Publicar un comentario