Meditación para el Sábado Santo
1. El Sábado Santo es un día bien singular en la
celebración del culto cristiano. Dicen los documentos litúrgicos:
“Durante el Sábado santo la Iglesia permanece
junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los
infiernos y esperando en la oración y el ayuno su resurrección. Se recomienda
con insistencia la celebración del Oficio de Lectura y de las Laudes con
participación del pueblo (cf. n. 40).
(…)
(…)
Pueden ser expuestas en la iglesia a la
veneración de los fieles la imagen de Cristo crucificado, o en el sepulcro, o
descendiendo a los infiernos, ya que ilustran el misterio del Sábado santo, así
como la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores de los fieles” (Carta
sobre la preparación y celebración de las fiestas pascuales, año 1988, nn.
73-74).
La serenidad es la nota específica de los
sentimientos que suscita la muerte del Señor, serenidad en la espera.
Hay cuatro imágenes, que con sus figuras nos
pueden representar el misterio del Sábado Santo:
- la Cruz alzada con el Crucificado, signo de
amor y triunfo, que fue venerada en el centro de la celebración litúrgica
postmeridiana del Viernes Santo, imagen a la que se tributa culto de adoración,
doblando la rodilla;
- la imagen de Jesús yacente en el sepulcro;
- el icono oriental del descenso de Cristo al
lugar donde le esperan todos los que ansiaban la redención,
- la imagen de la Virgen después de la muerte de su Hijo.
Si es verdad que hay un “Viernes de Dolores” – el viernes precedente al Domingo de Ramos – el ritmo interno de la liturgia nos invita a acompañar a María en su serena soledad y en su confiada espera tras la muerte del Hijo.
Si es verdad que hay un “Viernes de Dolores” – el viernes precedente al Domingo de Ramos – el ritmo interno de la liturgia nos invita a acompañar a María en su serena soledad y en su confiada espera tras la muerte del Hijo.
La Pietá de Miguel Ángel recoge el momento de la
XIII estación del Vía Crucis: Jesús en brazos de María tras al descendimiento
de la Cruz. Nada dice los textos evangélicos de esta escena de Jesús en brazos
de María. Pero esa escena creada no es una escena fingida. No se puede cortar
alas al amor. Lo que esa escena representa es real: el volcarse de una Madre
sobre el Hijo muerto. El artista, en este caso, ha llamado a la belleza y ha
querido plasmar en el rostro de María la eterna juventud que es el amor, y esa
misma juventud inviolada en el rostro del Hijo. Ya el cuerpo ha sido entregado
a Dios y no queda ningún dolor. Ahora todo se concentra en una plácida
contemplación, que rezuma serenidad.
La imagen de Miguel Ángel no es la Dolorosa – la
de los siete puñales en el pecho – ni es tampoco la Soledad. Es la Virgen de la
Piedad; es la Virgen que sin reproche a nadie contempla, extasiada, el cuerpo de
Dios Hijo, que el Padre ha recibido. Es la Virgen de la consagración del dolor
en la playa apaciguada de su corazón.
2. Stabat
Mater dolorosa / iuxta crucem lacrimosa / dum pendebat Filius… Bellos versos, transidos de afecto, que en la Edad Media escribía un franciscano, Jacoppone de Todi, y que muchos años después tradujo
Lope de Vega:
1.
La Madre piadosa estaba
junto
a la cruz y lloraba
mientras
el Hijo pendía.
Cuya
alma, triste y llorosa,
traspasada
y dolorosa,
fiero
cuchillo tenía.
2.
¡Oh, cuán triste y cuán aflicta
se
vio la Madre bendita,
de
tantos tormentos llena!
Cuando
triste contemplaba
y
dolorosa miraba
del
Hijo amado la pena.
3.
Y ¿cuál hombre no llorara,
si
a la Madre contemplara
de
Cristo, en tanto dolor?
Y
¿quién no se entristeciera,
Madre
piadosa, si os viera
sujeta
a tanto rigor?
4.
Por los pecados del mundo,
vio
a Jesús en tan profundo
tormento
la dulce Madre.
Vio
morir al Hijo amado,
que
rindió desamparado
el
espíritu a su Padre.
5.
¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme
sentir tu dolor
para
que llore contigo.
Y
que, por mi Cristo amado,
mi
corazón abrasado
más
viva en él que conmigo.
Y
así continúa este poema que, cantado con dulce melodía, tantos requiebros de
amor ha producido.
3. Para hablar de los dolores de María que adquieren su expresión culminante en la
soledad, cuando la Madre es privada del Hijo, a falta de pasajes bíblicos
explícitos, podemos navegar por el fondo del corazón humano, lleno de
soledades.
El
emblema de la soledad es la Madre que ha perdido al Hijo, y lo ha perdido no
por las leyes inexorables de la vida, sino arrebatado inicuamente por un
asesinato. Esta soledad afectiva amenaza con crear el “vacío del ser”, es decir
el vacío del sentido de la vida.
Los
sacerdotes somos – o podemos ser – testigos privilegiados de este dolor de
soledad materna.La madre y el hijo muerto, mejor dicho, asesinado por una razón que nunca
será razón, pues jamás en la historia humana ha habido causa justificante para
matar a un inocente. ¿Cómo argumentar para aliviar el dolor de una madre,
privada de este modo de su hijo? Argumentos convincentes en el orden humano ni
hay ni puede haberlos. Una respuesta muy lógica en el orden humano, al paso de
las pasiones, es ésta: llegará el día de la venganza; yo lo guardo.
Los
creyentes damos un salto a lo infinito, como lo dio Jesús en la Cruz para decir:
Padre, perdónalos, porque nos aben lo que hacen.
María
tienen a su Hijo en los brazos en el momento en que están resonantes las
palabras que el Hijo ha elevado al cielo y traspasan geografías y tiempos: Padre,
perdónalos. El abrazo de María se funde con el perdón de su Hijo. Al fin, los
verdugos de Jesús… (que obran bajo órdenes recibidas) también son hijos de la mujer constituida en Madre del
mundo.
No
nos es lícito a nosotros sondear en los abismos de la fe remansada en el corazón
de María Virgen.
4.
Hermanos, hay muchos tipos de orfandad y soledad. Hay muchas soledades que han
terminado en el suicidio, cuando la vida carece de sentido.
Soledades
y orfandades que hieren el corazón de madre. Innumerables madres sufren hoy la
soledad de sus hijos que han muerto sin morir. Quien se ha arrimado con un poco
de cercanía a ese mundo tenebroso de la droga, se avecina al mismo tiempo a ese
dolor que cierra el horizonte. Uno que ha sido cogido por la droga es capaz de
robarle a su propia madre para satisfacer el vicio de la drogadicción, aunque
acto seguido se vea hecho una vergüenza y jure y vuelva a jurar que a su madre - ¡a
su madre! – nunca más. La droga deshace la voluntad y su propia madre tendrá
que endurecer el corazón para poner un límite a su hijo. La droga es el demonio
circulante en la tierra.
Soledad
de una madre que ha visto así muerto a su Hijo, y del cual, sin embargo, ella
nunca renuncia a ser su Madre. Este hermano tuyo que estaba muerto y ha resucitado,
le dice el padre de la parábola al hijo mayor que no quiere aceptar la vuelta
de su hermano a casa.
Ha
situaciones de vida que son muertes, y que pueblan la vida de soledades.
5.
De esta soledad materna podemos pasar a otras soledades que afligen al hombre,
y tales soledades podemos traerlas al recuerdo para depositarlas en ese paño
que, para secar sus lágrimas, lleva la Virgen de la soledad. La procesión del Viernes Santo, procesión
del Santo Entierro, se cierra con la Virgen de la soledad.
Y
cada uno de nosotros, hemos de reconocerlo, lleva su propia soledad. Decimos
que uno está solo cuando uno no puede verter su corazón con la persona amada, o
con aquella que uno hubiera querido que fuera la persona amada. ¡Cuántas soledades,
durísimas soledades, en lo más íntimo del matrimonio, soledades que nadie de
afuera sospecha! Hay una soledad del ser, que incide en lo invulnerable de la criatura,
y le dejan a uno solo ante Dios, y entonces Dios mismo se retira. Fue la soledad
de Jesús en la cruz, cuando buscó en un salmo las palabras adecuadas para su corazón:
¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado…?
Era
la soledad de su Padre, y María - ¿por qué no pensarlo? – también sufrió esa
soledad, si había de acompañar a su Hijo en el misterio pleno de la redención.
El
corazón humano, nacido para la compañía, para el amor recíproco sin fondo,
camina, de repente, en una soledad nunca apetecida, en una soledad que se prolonga
año tras año y que es fuego purificador.
6.
Porque hay una soledad redentora, hermanos, y también a ella Dios nos invita
aunque no lo queramos.
Virgen
de la soledad, tu semblante, tu silencio, tu serena espera sea el bálsamo de mi
íntima soledad.
Alfaro,
Sábado Santo 2012.
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