Emaús: Camino y Encuentro
Lucas 24,13-35
Hermanos:
1. Emaús, la escena de
Emaús descrita por Lucas, es la Cuaresma y la Pascua juntas. Es
el camino catecumenal que
tiene su punto de arranque de vuelta de Jerusalén y su llegada luminosa,
diríamos que “más allá de Jerusalén”, pero con una feliz peculiaridad: cuando
se llega a Jesús, Jesús desaparece, y se hace presente de otra manera. Comienza
la vida de la Iglesia, en la cual nosotros nos encontramos. Emaús, pues, comienza
en la lejanía (casi nos atrevemos a decir, Cuaresma), y termina en la hermosa
Pascua de Jesús, y nos predica cómo toda la vida es una Pascua de fraternidad y
alegría. Podemos tomar el camino de Emaús como el camino total de la existencia
cristiana; es la síntesis de Jesús. Para el cristiano que anhela el rostro del Señor
Emaús es el paso de la oscuridad a la luz, al gozo pascual del encuentro. Emaús
es un símbolo de los pasos interiores que en nosotros acontecen.
Volvamos por puntos, al
paso de esta escena.
2. “Aquel mismo día, dos
de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén
sesenta estadios” (Lc 24,13).
Estos que van caminando
no son ajenos a Jesús; son dos de ellos, dos del grupo de discípulos atraídos
por la fascinación de Jesús Nazareno.
Iban conversando y
discutiendo sobre lo que había sucedido. Están en la oscuridad y el
desconcierto: por una parte no se retiran de aquella vida en la que han creído,
no se desapuntan del discipulado. Siguen siendo discípulos de Jesús, pero están
en un desconcierto tal, que tampoco le han dado su adhesión iluminada sin
condiciones. Su situación es, por lo tanto, la crisis. Se trata de una crisis
de fe, que está ahí y no sabemos cuánto va a durar.
Una crisis de fe,
hermanos, nos puede dejar en punto muerto años y años. Situación ciertamente
dolorosa y acaso estéril, o acaso también una crisis de fe puede ser un
revulsivo para relanzar toda la vida hacia adelante con una visión nueva y un
empuje más generoso.
3. Entra Jesús en escena,
y, sin conocerlo, comienza a cambiar el paisaje del corazón. Comienzan a
hablar, y solo con nombrar las cosas, con darles el nombre que les corresponde –
la esperanza y la decepción, la turbación que ha seguido - comienza a aparecer
un nuevo panorama. “Lo de Jesús Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras
y en palabras, ante Dios y ante todo el pueblo” (v. 19). Cuando tengamos un
problema, hermanos, nombremos a Jesús, que al simple recuerdo comienza a abrirse
un manantial de luz… No se trata de una magia, pero sí de la fuerza del nombre
divino, de su recuerdo que ha dejado una estela imperecedera en la historia.
“…cómo le entregaron los
sumos sacerdotes y nuestros jefes para que le condenaran a muerte, y lo
crucificaran. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con
todo, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas
mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana
al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso
habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros
fueron también al sepulcro y lo encontraron como lo habían dicho las mujeres;
pero a él no lo vieron” (vv. 20-24).
Sin duda que muchos
cristianos – acaso nosotros – al leerlo esto, vean el retrato de sus propias vacilaciones
personales. Este atestado es un informe de fina observación teológica.
O quizás, hermanos –
digámoslo con mucha consideración y amor – el informe sea un diagnóstico de una
situación generalizada en que navegan grandes sectores de la Iglesia:
oscuridad, desconcierto, inhibición, problematización…, situaciones que mientras
subsistan no pueden provocar el acto generoso de amor, donde se rinde la
entrega plena.
4. Pero estos discípulos
afortunados están con Jesús, y donde está Jesús ha de venir la luz y la paz.
Jesús les despierta de su
letargo espiritual con una enérgica sacudida: “¡Qué necios y torpes sois para
creer lo que dijeron los profetas!” (v. 25). Y ahora Jesús comienza a
entregarles el don divino de la Escritura. “El don divino” decimos, hermanos, porque
las Escritura son un don. No se trata de tenerlas como un libro más en un
mueble de casa; se trata de tomarlas con respeto y humildad y leerlas como
discípulos pidiendo luz. Jesús tomó a Moisés y los profetas para explicarles
espiritualmente cómo el Mesías tenía que padecer y entrar así en su gloria.
La lectura espiritual de
la Escritura es la catequesis primordial de la Iglesia. La Escritura santa es
la Cátedra de la Iglesia, y la obligación primera de un Obispo es explicar las
sagradas Escrituras.
Continuaron caminando y
todo iba cambiando; el corazón se enardecía y terminó ardiendo. Es el fuego del
Espíritu Santo que brota de una lectura humilde e iluminada de la Biblia,
Palabra de Dios. Esta lectura nos enardece a nosotros y desde nosotros se
expande a quienes nos rodean.
No se podía terminar
este banquete con la ruta que ya llegaba a su destino. Y a aquel caminante, que
parecía seguir más allá, le rogaron que aceptara el hospedaje de aquella noche.
Tenían que cenar juntos y seguir hablando, porque la conversación de Dios es
cosa de nunca acabar.
5. Jesús aceptó, fue con
ellos, y se sentó. Tomó el pan para pronunciar la bendición, y en aquel preciso
instante ya no era necesario. Desapareció, porque estaba vivo y presente en
medio de ellos. Ahora por la fe Jesús estaba más presente que antes todavía.
La fe les había
iluminado y les había introducido en su propio terreno, porque la fe es la
verdadera casa del cristiano, y en esa casa hallamos la presencia permanente de
Jesús. Jesús había desaparecido, porque se había quedado más presente. Si la Eucaristía
es la presencia de Jesús, y viva presencia de Jesús es igualmente la simple fe
del cristiano.
Es algo divino que podamos
hablar libremente de estas realidades. Pero Emaús no termina aquí. La fe vivida
tiene que ser proclamada y esto es lo que sucedió.
Los dos discípulos –
Cleofás (v. 18) y el otro – volaron al instante rumbo a Jerusalén para
compartir esta experiencia nueva sobre el Crucificado. Fueron, y, llegar,
encontraron a la Iglesia confesante, proclamando el misterio de Cristo Resucitado
y glorioso: “Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (v.
34).
6. Meditativamente vamos
repasando los elementos componentes de la escena: los peregrinos, el recuerdo, las
dudas, el sufrimiento, la compañía, la dirección de Jesús – dejándose guiar –
la Escritura, la Eucaristía, la exultación, la confesión… son vivencias muy
reales en el proceso de nuestra fe.
Jesús es el Mistagogo de
Dios, él nos ha traído el don infinito
del Evangelio.
No desperdiciemos la
vida, mis queridos hermanos, privándonos de estas meditaciones de las
apariciones de Jesús. Aquí comienza el cielo, porque todas estas escenas nos
traen ante la retina la vida escondida de Jesús junto al Padre.
¡Quiera el Señor iluminar
a su santa Iglesia con la luz de Emaús, que es la luz de la fraternidad, la luz
de la Escritura y la luz de la Eucaristía! Amén.
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