Meditación y exégesis
sobre el Evangelio de san Juan 21,1-14
Hermanos:
1. Realmente las apariciones de Jesús contadas
por los Evangelios son un banquete para el alma. La del viernes de la octava
pascual, aparición de Jesús junto al lago de Tiberíades habla también de un
banquete místico que Jesús ha preparado para aquellos siete discípulos de la
escena: Pedro, Tomás, Natanael, los Zebedeos (es decir, Santiago y Juan) y
otros dos discípulos.
Este pasaje que, al
parecer, ha sido añadido cuando el Evangelio ha sido cerrado – porque al final
del capítulo anterior hay una conclusión a todo el Evangelio (Jn 20,30-31) –
nos invita a avanzar más y más en el conocimiento interior de Jesús, que en
última instancia, es el conocimiento que de verdad acierta, y es el preámbulo
de aquella escena solemne en que Jesús pide una profesión de fe a Pedro para
darle el pastoreo de las ovejas y corderos del rebaño de Dios.
Si la mistagogía
pretende adentrarse por esos caminos interiores del conocimiento amoroso por
ósmosis y del deleite de la experiencia del resucitado, la escena que nos ocupa
es, desde el principio al final, pura mistagogía.
2. “Tercera aparición”
de Jesús al grupo apostólico, de acuerdo al testimonio del Evangelio del
discípulo amado: la primera fue la tarde pascual, encerrados ellos en una casa
por miedo a los judíos; la segunda, ocho días después, presente ahora Tomás, y
se supone que en el mismo lugar; la tercera, de madrugada, cuando un grupo de
discípulos se encuentran en su faena, después de una noche de trabajo estéril.
El escenario de las apariciones ha cambiado de Jerusalén a Galilea; nos encontramos
en el sitio donde Jesús comenzó el anuncio del reino con la llamada a los
primeros discípulos en el lago.
Jesús les aguarda en la
ribera, y entra con una frase coloquial para abrir conversación, que traducida
a nuestro estilo de conversación sonaría así:
- Muchachos…, ¿qué?
¿Habéis cogido algo?
- Nada.
Y aquel hombre, que no
parece que sea un pescador sino un paseante matutito por la playa, les da un
consejo de pesca:
- Echad la red a la
derecha de la barca y encontraréis.
Y así ocurrió: la red se
llenó repleta, que no podían sacarla del agua.
En estas condiciones
salta el profeta que llevamos en el alma. El discípulo amado le dice a Pedro:
- ¡Es el Señor!
Aquí comienza la
mistagogía. ¿Qué instinto divino nos lleva a “adivinar” (en un sentido
radicalmente verbal, no supersticioso o mágico) las cosas divinas? Dios las ha
puesto dentro del alma, y al paso del Espíritu se despiertan
Y Pedro se lanza,
cruzando los cien metros que separan el lugar de la barca de los trabajadores
en faena y Jesús que está en la ribera, mirándoles con ojos penetrantes. Esa
pareja de Juan y Pedro ante el Señor es la misma que la de la Última Cena
cuando Juan reclinó su cabeza sobre el pecho del Señor. Juan es el hombre de la
confidencia y del amor; Pedro es el jerarca solícito que tiene que velar por la
Iglesia. Pedro es el que se ha lanzado; Pedro va a ser a continuación el que
remolque la barca hasta la ribera para sacar la red y contar el número de
peces.
3. Era el Señor, y el
Señor les había preparado sobre unas brasas un pescado y allí junto un pan.
¿De dónde había venido
aquel pescado? ¿De dónde aquel pan? Eran venidos de la mano del Señor; no hay
más que preguntar.
Ahora Jesús, el Señor,
pide que le den algo de los 153 peces que acaban de coger, porque les invita a
almorzar:
- Vamos, almorzad.
Y se describe aquel
banquete, que hemos llamado un banquete místico: “Jesús se acerca, toma el pan
y se lo da, y los mismo el pescado” (Jn 21,13).
Este entregar él, personalmente,
el pan, y acto seguido el pescado, está evocando la entrega de la Eucaristía.
Estamos en un plano de
relaciones que no son las de un mero episodio humano. Es Jesús Resucitado el
que ha llamado y convocado y el que ahora entrega, el mismo Jesús que hoy en mi
vida está en acción, llamando y entregando. El Evangelio está describiendo lo
que ocurre en el ámbito real de mi vida. Jesús es un banquete: él me da el pan
y el pescado; él me da la Eucaristía; él se me da a sí mismo.
He de repetirme a mí
mismo sin cesar con gozo pascual: Jesús es un banquete, Jesús es mi banquete.
4. A la altura de estas
reflexiones, emerge del fondo del corazón la pregunta de la realidad: Pero
¿será verdad? ¿Estoy tocando la realidad o vagando por la ilusión? ¿Estamos en
un vuelo etéreo que, de pronto, ilusiona la fantasía, pero en sí mismo
inconsistente cuando haya que tornar a la realidad de lo cotidiano y vulgar?
De hecho, estamos en una
escena de trabajo, en la pesca, a la que se ha dedicado una noche estéril. El
evangelista narrador es simultáneamente teólogo de su propia narración, y, aunque
el mero narrar ya sea teología – la “teología narrativa”, base de la “teología
especulativa” – el escritor detiene su pluma para hacernos entrar en una
confidencia reflexiva antes de comenzar el banquete: “Ninguno de los discípulos
se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor” (v.
12).
¿Será o no será el Señor?
es la pregunta de vida para saber a qué atenerse y cuál es el valor de la
experiencia que estamos viviendo. ¿Será no será el Señor? es igualmente la
pregunta que cruza nuestro horizonte para garantizar si estamos en la verdad o en
el ensueño de nuestras propias creaciones. Vivir en la verdad, “caminar en la
verdad”, es el certificado de que nuestra vida es verdaderamente lo que es. La
verdad y el amor fluyen y concluyen en la misma dirección, y si el término de
llegada es Jesús, al final se identifican. En él lo bueno y verdadero nacen del
mismo corazón.
Ninguno se atrevía a
preguntarle quién era, porque sabían bien
que era el Señor. La certidumbre que da la fe, pero es una certidumbre
interior, que, para gustarla, pide una oblación plena de nuestra parte. Son
certezas de vida, certezas para la generosidad, para hacer de nuestra vida una
vida teología en comunión con Dios y el mundo. La vida es un banquete de amor,
siendo un banquete de comunión.
5. Para entender lo que
estamos recibiendo y explicando, necesitamos meternos dentro de la escena, y
vernos allí y hoy como comensales de este banquete. El Señor nos tiene junto a
sí. Pero él está en el cielo y nosotros en la tierra. Ahora bien, el sacramento
nos une. Estamos en la misma área que ha establecido el amor creador de Dios. Jesús,
el pan y yo; Jesús, venido de la Trinidad, el pan que me dan sus manos y este
yo que anhela y habla, estamos celebrando el banquete del amor divino. La
transcendencia y la inmanencia se han sentado en la misa mesa, y todo ello es
fruto de la santa resurrección de Jesús.
Él es el que vive, el
que vive en el Padre, por el Espíritu, el que vive en mí.
Él es mi coloquio.
¡A ti, Jesús, mi mirada,
y sobre mí sea tu misericordia! Amén.
12 abril 2012
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