Domingo III de Pascua, ciclo B
Aparición de Jesús a los apóstoles reunidos: Lc 24, 35-48
Hermanos
1. Los domingos del tiempo pascual son siete.
Durante los tres primeros, todos los
años ocupa el centro de la Eucaristía un Evangelio de la resurrección, es
decir, una de las escenas evangélicas de las apariciones de Jesús Resucitado.
El cuarto todos los años se lee un Evangelio del Buen Pastor y los domingos
siguientes palabras de despedida de Jesús en la Cena.
Hoy
leemos, del Evangelio de Lucas, aquella aparición al grupo de los apóstoles la
tarde del domingo de Resurrección cuando los discípulos de Emaús corrieron
gozosos a Jerusalén a contar lo acontecido y en esto se presentó el Señor en
medio de ellos.
Nosotros
recordamos, y quien recuerda revive lo que pasó. Mas en la liturgia no es solo
eso. Yo puedo recordar las mejores escenas de mi vida, y al recordar, volver a vivir lo
que un día viví, vivencias íntimas que puede producir gozo y lágrimas; pues
recordar es una manera de hacer presente lo que entonces se vivió.
Ahora
bien, la liturgia no es una simple memoria histórica de lo sucedido; más que
memorial es memorial del misterio. Lo que sucedió sucede, porque ha quedado
eternizado en el cuerpo y persona de Jesús, que transciende tiempo y espacio.
El “hoy” de la liturgia es un hoy sacramental. Es un hoy que actualiza el
misterio vivificante. La resurrección no es una "reviviscencia" de los pasado, sino una marcha hacia la última perfección en el futuro.
Esto
es muy hermoso, porque se trata de una realidad divina. Y con este ánimo,
despierto el corazón a la sorpresa y a las maravillas de Dios, vivimos en cada
Pascua el encuentro de Jesús con los suyos, que se realiza en el cuerpo de la
Iglesia, y en mí personalmente. Es un gozo inexhausto de vida el que podamos
estar siempre abiertos a la Resurrección y vivir de continuo en comunión consciente
con Jesús Resucitado.
2.
Pues justamente el Evangelio de hoy nos invita a dejarnos educar por esta
realidad nueva del misterio. Jesús invita a tocarle y palparle y él mismo pide de
comer. La intención del Evangelio es clara: Jesús es realidad, no es fantasía.
Jesús no es producto de un deseo o de un sueño, del anhelo más puro que puede
brotar en el corazón humano. Jesús es una realidad total, vigente en este
mundo; y si es realidad es relación. Jesús tiene relación con su Iglesia; Jesús
tiene relación con el mundo; Jesús tiene relación conmigo.
Todo
esto, si tiene sentido y comprensión, está sustentado por una Filosofía, y
parte de la filosofía es la Física, lo que hace la contextura del universo, delimitados
por la materia, el espacio y el tiempo. La fe necesita unos referentes de
comprensión, porque, de lo contrario, la fe opaca sería la fuga hacia el
absurdo.
En
estas hipótesis un Físico tropieza con el escándalo y podría decirnos que no acepta
nada de eso que presentan las apariciones, porque mezclamos dos cosas diferentes
e infinitamente distantes: la materia y el Espíritu.
3.
Pues este es el momento de la Fe que se concentra en el misterio y humildemente
acepta y adora. Si comprendiéramos lo que excede nuestra inteligencia, seríamos
como dioses y volveríamos al pecado original.
No,
hermanos; no predicamos una filosofía, no podemos predicar ningún sistema que
intente explicar el misterio. Pero de alguna manera hay que experimentarlo y de
alguna manera representarlo y decirlo. Y he aquí nuestra confesión:
Nosotros
creemos en Jesús Resucitado.
Creemos
que él es el Viviente.
Creemos
en su presencia.
Creemos
en su acción.
Creemos
que la Iglesia ha nacido de él.
Creemos
que él ama y sustenta a su Iglesia.
Creemos
que lo mismo que él, desde el seno del Padre, entró en comunicación con sus
discípulos, sigue comunicándose con nosotros, que somos su comunidad, por él
iniciada.
Creemos
– creo yo, persona ante él – que él es el que llena el ámbito de mi vida.
Creemos
– creo yo, yo creo y confieso – que él me está esperando en todo momento para
mantener una relación personal e intransferible conmigo (como la estableció con
Pablo y Juan), y que eso se llama liturgia y oración, y que esa relación nueva
me abre el camino a la eternidad.
Desde
esta plataforma de fe, yo, cristiano, puedo confesar y lo confieso en el Himno
pascual de este año:
5. Eres mi historia
gloriosa,
mi pecado perdonado,
eres mi gracia nupcial,
y mi beso enamorado.
6. Eres, Jesús, mi
Evangelio,
por el Padre regalado,
eres mi yo que
transciende,
mi final en Dios
anclado.
(Véase núm. 214)
Yo
creo en la sagrada Comunión de la Eucaristía como “Mirad mis manos y mis pies:
soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y
hueso, como veis que yo tengo” (Lc 24,39).
La Fe nos invita a hacer una síntesis profunda
entre mi yo y Jesús, el Viviente; y, en definitiva, entre la creatura y el
Creador.
Y como la Fe, en medio de su oscuridad, es luz y
tiniebla, es seguridad y abandono, es amor a fondo perdido, tendré que
confesar: No lo entiendo, no pretendo entenderlo, pero esto pertenece a mi
vida, y sin eso mi vida quedaría sin rumbo.
4. Desde esta unidad, concreta y transcendente,
entre él y yo, desde este punto donde se fragua mi inmortalidad, tiene sentido y
se comprende todo lo demás. Jesús, en efecto, se autorreconoce como la verdad
de las Escrituras: “era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de
Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí” (v. 44).
Jesús es, pues, la versión real de las santas Escritura.
Jesús es la palabra de los Salmos hecha carne.
5. En aquel momento Jesús hace un regalo a su
santa Iglesia. Le entrega el don de las santas Escrituras: “Entonces les abrió
el entendimiento para comprender las Escrituras” (v. 45).
Con Jesús Resucitado compartimos el grupo bíblico
una tarta de manzanas, muy sabrosa,
una tarta de manzanas, muy sabrosa,
y Jesús nos regaló el don de las santas Escrituras
(Estella, Navarra,
20 de abril de 2012)
Y les
concedió otro regalo: “Vosotros sois testigos de esto” (v. 48). Ser apóstol,
antes que pronunciar palabra, es ser testigo, y entonces, sí, la palabra se
hace testimonio.
Y más: les promete el Espíritu. Se enlaza la
vida de Jesús con la vida de sus santa Iglesia.
Y la vida de la Iglesia con la vida de la
Trinidad.
Hermanos: es nuestra fe. Quiera el Señor Resucitado
conducirnos por su recto camino, y llevarnos hasta su corazón. Amén.
(Sábado de la II semana de Pascua, año B, 21
abril 2012)
Rima
espiritual para la Sagrada Comunión
sobre el Evangelio
de hoy
1. Es verdad
lo que se toca
y comulgan los
sentidos;
es real lo que
se come
y al cuerpo el
dan latido.
2. Es real pan
y el pez
sobre la mesa
servidos,
esas manos y
esos pies
que en la Cruz
fueron heridos.
3. Es real Jesús
Viviente,
mi Jesús aparecido;
es real que
comunique
su ser entero
conmigo.
4. Es real que
yo me alegre,
porque vivo yo
lo he visto;
es real que
goce y llore
con un afecto
excesivo.
5. Es real que
me abandone
Hoy en sus
brazos perdido,
Y que me
encuentre en su carne
Dentro de él
renacido.
6. Es real que
yo confíe
en su poder
infinito,
y enamorado le
diga:
¡Jesús, mi
amor y Dios mío!
7. Es real que
yo me calle
para escuchar
a Dios mismo,
y con Jesús yo
me sienta
hijo querido
en el Hijo.
8. Es real la
gloria suma
que Jesucristo
ha traído.
¡Sea a Dios toda
alabanza
al Padre, al Hijo,
al Espíritu! Amén.
(Alfaro, Domingo
III de Pascua, 22 abril 2012)
4. Pero volvamos al tema que es objeto de vuestro Simposium.
Creemos que este conjunto de análisis y reflexiones tiende a confirmar,
con la ayuda de nuevas investigaciones, la doctrina que la Iglesia
mantiene y profesa con respecto al misterio de la Resurrección. Como
notaba con finura y delicadeza el añorado Romano Guardini en una
profunda meditación, los relatos evangélicos subrayan «a menudo y con
fuerza que Cristo resucitado es distinto de como era antes de Pascua y
distinto del resto de los hombres. En las narraciones su naturaleza
tiene algo de extraño. Su cercanía conmueve profundamente, llena de
estupor. Mientras que antes «iba» y «venía», ahora se dice que
«aparece», «de repente», junto a los peregrinos, que «desaparece» (cf. Mc 16, 9-14; Lc 24,
31-36). Las barreras corporales no existen ya para Él. No está limitado
a las fronteras del espacio y del tiempo. Se mueve con una libertad
nueva, desconocida en la tierra... pero al mismo tiempo se afirma
claramente que es Jesús de Nazaret, en carne y hueso, tal como vivió
antes con los suyos, y no un fantasma...». Sí, «el Señor se ha
transformado. Vive de forma distinta a como vivía antes. Su existencia
presente nos resulta incomprensible. Y, sin embargo, es corporal,
contiene a Jesús todo entero... e incluso, a través de sus llagas,
contiene toda su vida vivida, la suerte que sufrió, su pasión y muerte».
Por tanto, no se trata solamente de una supervivencia gloriosa de su
yo. Nos encontramos en presencia de una realidad profunda y compleja, de
una vida nueva, plenamente humana: «La penetración, la transformación
de toda la vida, incluido el cuerpo, por la presencia del Espíritu... Se
realiza en nosotros ese cambio que llamamos fe y que, en vez de
concebir a Cristo en función del mundo, hace pensar en el mundo y en
todas las cosas en función de Cristo... La Resurrección desarrolla un
germen que Él siempre llevó en sí». Diremos de nuevo con Romano
Guardini: sí, «necesitamos la resurrección y la transfiguración para
comprender realmente lo que es el cuerpo humano... En realidad, sólo el
cristianismo se ha atrevido a situar el cuerpo en las profundidades más
ocultas de Dios»(R. Guardini, El Señor, t. 2).
Ante
este misterio nos quedamos llenos de admiración y de asombro, como ante
los misterios de la Encarnación y del nacimiento virginal (cf. San
Gregorio Magno, Hom. 26 in Ev., lectura del breviario del Domingo in albis).
Por tanto, dejémonos introducir con los Apóstoles en la fe en Cristo
resucitado, la única que puede traernos la salvación (cf. Hch 4, 12).
Tengamos
también confianza absoluta en la seguridad de la Tradición que la
Iglesia garantiza con su magisterio, la Iglesia que fomenta el estudio
científico al mismo tiempo que sigue proclamando la fe de los Apóstoles.
Queridos
señores, estas sencillas palabras al final de vuestros sabios trabajos
sólo pretendían animaros a proseguirlos con esta misma fe, sin perder
nunca de vista el servicio al Pueblo de Dios, todo él «reengendrado a
una viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los
muertos» (1P 1, 3). En nombre de «aquel que estuvo muerto y ha vuelto a la vida», del «testigo veraz, primogénito de los muertos» (Ap 2,
8 y 1, 5) os damos de todo corazón, como prenda de abundantes gracias
para la fecundidad de vuestras investigaciones, nuestra Bendición
Apostólica.
Discurso del Papa Pablo VI a los participantes de un Simposio Internacional. Sábado 4 de abril de 1970.

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