Meditación y exégesis
sobre el Evangelio de san Marcos 16,9-15
Hermanos:
1. ¡Qué cosa tan grande y admirable es la fe!
Sencillamente es divina.
El Evangelio de las apariciones queda coronado
en Marcos con una apoteosis de fe, inmediatamente precedida por una reprensión
de Jesús por no haber creído.
María
Magdalena: no creyeron.
Dos
discípulos peregrinos: ni a ellos creyeron.
Tuve
que venir Jesús en persona. Era la evidencia del misterio, y Jesús les echó en
cara su incredulidad, la dureza de su corazón.
2.
Estos no invita a una atenta meditación de la fe, que es la plataforma indispensable
del misterio. Sin la fe Dios queda diluido, desaparece; diríase que se repliega
de este mundo, aunque Él siga siendo Dios por siempre.
María
Magdalena es la primera favorecida y la primera testigo, dos títulos que nadie
se los podrá quitar, que le dan una gloria del todo especial en la Iglesia. María
Magdalena, “de la cual había echado siete demonios”, recuerda Marcos (v. 9). Si
Jesús de un publicano, llamado Leví,
había hecho un apóstol; pudo hacer y lo hizo de una mujer, presa de siete
demonios (acaso siete demonios de enfermedades) su primera mensajera, su
confidente y embajadora. Nunca podremos ponderar bastante lo que esto supone de
honor y de confianza. María Magdalena se aproxima de esta manera al mismo
oficio de los ángeles, a los cuales Dios les asignó ser transmisores y
pregoneros del Misterio de la Encarnación (“El ángel del Señor anunció a María”)
y en la tumba ser ministros de la resurrección. María Magdalena, apóstol de los
apóstoles, se le ha dado este ministerio de la resurrección. El mensaje de Cristo
resucitado ha sido anunciando al mundo, ante todo, por la ternura y la valentía
de una mujer.
En
la historia de la manifestación de Dios en la historia, a María Magdalena tenemos
que ponerle junto a los ángeles.
Pero
he aquí que los apóstoles no creyeron. No era el rechazo de la mujer lo que
significaba aquella cerrazón de los apóstoles, sino el mensaje que ella misma
portaba. En rigor el texto no dice “no la creyeron”, sino escuetamente “no
creyeron” (es cierto que el sentido equivalente es “no la creyeron”. Más abajo
se dirá: “ni a ellos creyeron”).
No creyeron. La mujer mensajera de Cristo Resucitado
ejerció una mediación, por de pronto, estéril; pero su nombre ha quedado
grabado para toda la historia de la Comunidad visible de los hijos de Dios, que
es la Iglesia.
Bien
merece como título este: María Magdalena de la resurrección del Señor, puesta
la santa resurrección es lo que ha iluminado y hermoseado toda su vida.
3.
Segundo momento de este Evangelio: la evocación de cuando Jesús se apareció “en
figura de otro” (v. 12) a dos discípulos caminantes. Estos, impulsados por una
obvia llamada interior, van a llevar el anuncio al grupo de los apóstoles.
Nueva
frustración: “ni tampoco a aquellos creyeron”. Hipotéticamente se podría
objetar que el testimonio femenino no alcanzaba la credibilidad necesaria, según
arcaicas ideas. Pero esa benévola despensa para el autor sagrado es excusa. No
creyeron a los discípulos.
El
dilema es creer o no creer el testimonio de Dios, nos venga por labios de una
mujer, o del varón.
Lo
que contaba era creer, y desde la fe ver que se inicia un mundo nuevo.
4.
Llegamos a otra aparición. Ahora Jesús se muestra a todo el Colegio apostólico.
Al celebrar aquel recuerdo, queda para enseñanza de la Iglesia, el reproche pronunciado
por Jesús: les echó en cara su
incredulidad y dureza de corazón.
La “dureza de corazón”, vieja expresión de la Biblia
en diversos estratos de tradición, es la resistencia personal cuando el enviado
de Dios nos su mensaje.
El autor sagrado es un místico y un moralizador
y nos está mostrando cómo si n o creemos, y en las cosas en que no creemos, ha
habido una infidelidad personal al Señor. La fe, por tanto, no es un don que se
recibe pasivamente, ajeno el sujeto a esa drama de fidelidad y de entrega
voluntaria que se está trabajando en el corazón. La fe se nos da, pero en el
mismo momento de recibirla reclama que tú te entregues a ella, dejando fuera
todas las sutiles comodidades que son insidias muy sutiles para el corazón creyente.
5. La lección está dada, aunque sea en ese
omento. Está dada, pero quede atrás para gozarnos con la misión que ahora el Señor
nos encomienda.
La misión de envío y anuncio, remate de las
apariciones, tiene unas palabras esplendorosas que, de repente, pueden
traspasar de luz mi vida toda, y entregarme como simbiosis cristiana mi genuina
vocación de aquí y ahora siempre. Dice el Señor
Id al
mundo entero
y proclamad
el Evangelio a toda la creación.
6. La misión entregada en aquella ocasión a los
apóstoles es la misión que al mismo tiempo se le entrega a la Iglesia como tal.
Y es la misión que se me da a mí. El campo de acción a ser el mundo entero. “Id”…
(“Identes”. Instituto Id de Cristo Redentor, fundado en Tenerife, 1959, por Fernando
Rielo 1923-2004. Instituto que echa sus raíces en una espiritualidad
profundamente místico y contemplativa).
“El mundo entero” expresión que se vierte con
otra: “toda la creación”. No hay rincón en el mundo al que no debe llegar el
anuncio del resucitado. “Toda la creación”: no hay un reducto en la creación
que no esté destinado a dejarse llenar de la luz del Señor Resucitado.
Esto es la apoteosis de la Resurrección de Jesús.
Y aquí nos e trata de proselitismo sino de otra
cosas: llenar el mundo de Dios, y hacer que del mundo entero, y de la misma
creación materia (que nunca jamás ha de poder ser descubierta por su magnitud
ilimitada) emerja la verdadera figura de Jesús Resucitado.
El mundo entero es un icono de Cristo glorioso,
pero es necesario que haya misioneras y misioneros que vayan a decírselo.
7. Miremos la faz de Cristo, hermanos. Esto es
lo que a nosotros se nos encomienda.
Pedimos una gracia para emprender con valor la
misión:
¡Señor Jesús,
para que yo pueda llevarte al mundo entero, para
que puedan comunicarte con la creación entera,
y aposéntate en lo más íntimo de mi corazón!
Amén.
13 abril 2012
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