viernes, 13 de marzo de 2020

1316. Domingo III Cuaresma, ciclo A – Jesús y la Samaritana



Jesús y la Samaritana
Jn 4,5-42


Texto evangélico:
5 Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; 6 allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
7 Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». 8 Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: 9 «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). 10 Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva»11 La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; 12 ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». 13 Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». 15 La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». 16 Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». 17 La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: 18 has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». 19 La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. 20 Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». 21 Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23 Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así*. 24 Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». 25 La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». 26 Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
  27 En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
 28 La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: 29 «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». 30 Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. 31 Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come». 32 Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis». 33 Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?». 34 Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. 35 ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; 36 el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador. 37Con todo, tiene razón el proverbio: Uno siembra y otro siega. 38 Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».
  39En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho». 40 Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. 41 Todavía creyeron muchos más por su predicación, 42 y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Hermanos:
1. Tercer domingo de Cuaresma Jesús y la Samaritana, el cuarto será Jesús y el ciego de nacimiento; quinto, Jesús y el muerto Lázaro. En todos ellos hay un mensaje central, protagonizado por el Señor: Jesús da el agua viva, Jesús da la luz, Jesús da la vida. En vez de la mujer, el ciego o el muerto, me puedo poner a mí, que soy quien necesita esa agua viva, esa luz, esa vida. Cada uno, pues, con plena libertad de corazón, puede entrar en su propia historia, y reencontrarse a sí mismo como nunca jamás se había encontrado.
Los tres Evangelios son largos y cada uno de ellos tiene su drama y encanto. Vamos, pues, a deleitarnos con este Evangelio, que ha sido la conversión y la delicia de miles y miles de cristianos a lo largo de tantas generaciones, desde que se escribió hasta hoy.

2. Si hubiéramos de escribir la vida de Jesús con el arte y la psicología de una novela o de una película, la elección de esta escena seguramente ganaría el premio.
Lejos de toda malicia, de todo sentimiento burdo que anida escondido en el corazón, es maravilloso asistir a una escena primordial de la vida humana: el encuentro de un hombre con una mujer. El mismo texto sagrado ha hecho una observación psicológica. Al volver los apóstoles de la compra de provisiones, se sorprendieron de que estuviera el Maestro hablando a solas con una mujer, pero, ¡alto ahí!, nadie se atrevió a hacerle una observación.
Se había encontrado un hombre con una mujer, que parece la rutina más corriente de la vida…, pero no lo es, ni siquiera dentro del mismo matrimonio. Es serio lo que decimos.
De hecho, era la primera vez que esta mujer se había encontrado de verdad con un hombre.

3. Esta mujer venía de lejos…, de lejos. Venía a buscar agua; no parece que el pleno mediodía sea la hora más apropiada. Pero, en el misterio de su vida, queriendo o sin querer, venía buscando una cosa que nunca había encontrado: venía buscando la felicidad, como todo ser humano, que en la virtud o en el pecado, buscamos la felicidad.
«Anda, llama a tu marido y vuelve», le dice Jesús.
La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: 18 has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
Este es el drama de la mujer, un drama que lleva consigo arrastrándolo de toda la vida.
Y ahora, sí, ha encontrado al hombre que buscaba, pero no de la manera como lo había buscado. Lo ha encontrado de otra manera. Y no solamente lo ha encontrado.
Esta mujer que venía del judaísmo cismático, ahora es discípula de Jesús, ahora es apóstol, ahora es misionera.
El que de verdad encuentra a Jesús, experimentará, dentro de su propia vocación, el mismo milagro.

4. Hermanos, la vida es un encuentro. El que encuentra a Jesús y ve en él al Hijo de Dios queda divinizado, y su vida, aun permaneciendo socialmente la misma, ha cambiado para siempre.
Esto es la Cuaresma, esto es la Pascua. No le vamos a dictar a Dios lo que tiene que hacer con nosotros, pero tenemos que encontrarlo. Claro que nos dicen los santos: Nunca nos encontraremos con Dios, si él mismo no se adelanta y sale al encuentro, como Jesús que, cansado, esperaba a la mujer, sentado junto al pozo.

Señor Jesús, que fuiste a buscar a la mujer Samaritana, aunque ella no lo supiera. Yo sé que me estás buscando a mí; haz que mi corazón note tu presencia y me entregue sin condiciones. Amén.

Madrid (Jesús de Medinaceli), viernes 13 de marzo de 2020.

1 comentario:

  1. Jesús sale a nuestro encuentro todos los días, a cada instante de nuestra vida. Que Él nos ayude a percibir su presencia, y sepamos acogerlo en lo más íntimo de nuestro corazón con inmenso amor.

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