Meditación
teológica sobre el porqué del bautismo de Jesús
Homilía: la entrega anterior "Jesús, consagrado por el bautismo como el Hijo amado"
Homilía: la entrega anterior "Jesús, consagrado por el bautismo como el Hijo amado"
1. Tratamos de abordar cosas sublimes. Y
el temor ante lo desconocido, que en este caso es mysterium, por tratarse de la persona de Jesús, te estremece de
adoración.
Se trata de esta pregunta para entrar en
el bautismo de Jesús: ¿Por qué Jesús pide
ser bautizado? ¿Qué sentimientos le llevan a dar este paso? Si somos
serios, al punto nos percatamos de que no se trata de meros acontecimientos
biográficos que puedan tener una respuesta cómoda y comprensible al alcance de
todos.
Si al Papa Francisco se le pregunta:
“¿Por qué se hizo jesuita?”, el Papa puede contar una historia, como contó a
los jóvenes: Yo estudiaba química, y a mis 17 años el día de san Mateo en 1953
entré a una iglesia silenciosa a confesarme… y sentí que Dios me llamaba. Bella
y edificante historia vocacional, que tiene un punto de inflexión bien
concreto; una historia que tantísimos otros (religiosas, sacerdotes, religiosos…)
la pueden personalizar de otra manera.
La “vocación” de Jesús no se puede
referir así; no es una “historia vocacional” más. Por eso, al hacer la pregunta
meditativa de esta reflexión, es justo que alguien pregunte: Pero ¿es que tú
puedes preguntar por qué Jesús pidió ser bautizado? ¿Es que tú quieres aplicar
a la vida de Jesús, el Señor, el mismo criterio histórico que aplica el que
escribe la vida de un personaje? ¿Es que tú sabes cómo fue la juventud de Jesús
de Nazaret, cuál fue su desarrollo humano hasta llegar al bautismo…?
Evidentemente que no. De la anterior
biografía de Jesús al bautismo no sabemos
apenas nada. “¿Cómo es este tan instruido si no ha estudiado?” (Jn 7,15). Dato de
gran interés y evidentemente histórico. Jesús no ha frecuentado el ciclo de
estudios rabínicos, no ha sido como Saulo de Tarso que se formó en Jerusalén “a
los pies de Gamaliel” (Hch 22,3). De Jesús, la gente de su pueblo, sorprendida,
decía: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿No
es este el carpintero, el hijo de María…?” (Mc 6,3). Si Lucas nos refiere lo
que pasó con el niño Jesús de 12 años, con una respuesta que sale de todo esquema:
“¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi
Padre?” (Lc 2,49), no nos da tampoco con ello una vena psicológica para seguir
la evolución humana de Jesús. Más bien, la frase de Jesús referida por Lucas es
para dejarnos plantados ante el misterio.
En suma, no hay vía psicológica
asequible a nosotros que pueda explicar la decisión de Jesús de pedir a Juan
que lo bautice.
2. Pero ahí está el hecho ante el cual
los exegetas se quedan atónitos. Benedicto XVI ha escrito bellísimas páginas
(Jesús de Nazaret, La esfera de los libros, 2007, pp. 38-47). En determinado
momento, al haber llegado a tales honduras, teme de sí mismo y se pregunta: “Con
esta interpretación y asimilación eclesial del bautismo de Jesús, ¿nos hemos alejado
demasiado de la Biblia?” (o.c. 43). Lo dice a propósito de la imponente
teología que crea la reflexión del estudio del texto sagrado. Es que acaba de
afirmar: “El bautismo de Jesús se entiende así como compendio de toda la
historia, en el que se retoma el pasado y se anticipa el futuro…” (o.c. 42).
No se puede abordar el bautismo por la
mera vía histórica, si bien es un hecho en la historia, sin sumergirnos
simultáneamente en la fe y la teología de la Iglesia que nos lo ha transmitido.
Nuestra modesta consideración, con el
apoyo de la Escritura, gira en torno a dos puntos:
- Jesús que entra en el bautismo.
- Jesús que sale del bautismo.
¿Cómo se juntan las dos experiencias, que
son una sola e indivisa?
3. Jesús
entra en el bautismo. Jesús ha venido de fuera, de Galilea, a ser bautizado. No ha sido invitado por nadie.
Él ha venido.
Es claro que Jesús en el bautismo de
Juan, en la persona de Juan profeta, ve un signo de Dios. Es una ardua cuestión
de alta especialización exegética el sondear cuál es la relación entre el
movimiento de Juan y el movimiento de Jesús, que durante un tiempo pudieron
haber coexistido. Cuando se escriben los Evangelios, para los autores sagrados,
en su forma de redactar, eso es cuestión ya resuelta: Juan es el precursor que
generosa y conscientemente da paso hacia Jesús. No nos atañe este asunto.
Volvamos a la cuestión: ¿Qué pudo mover
a Jesús a recibir el bautismo como opción personal? Y aquí viene la hipótesis
de respuesta.
Jesús vio que empezaba un mundo nuevo,
este mundo que él llamaría Reino de Dios. Este mundo del que él era siervo,
ministro, heraldo, iniciador… tenía que comenzar con una vorágine escatológica
de renovación desde la raíz. El bautismo al que Jesús se incorporaba, como
iniciador, era el estallido de la era definitiva, en él, en su persona, en su
misión. El bautismo era ponerse en camino hacia Dios, quien hacía la obra final
en la historia. El bautismo de Juan era válido. “Después de esto, fue Jesús con
sus discípulos a Judea, se quedó allí con ellos y bautizaba” (Jn 3,22). Más abajo el evangelista tratará de matizar: “aunque
Jesús no bautizaba, sino sus discípulos” (Jn 4,2).
A partir de este momento desaparece el
bautismo como actividad del grupo de Jesús, y no lo veremos sino después de la
resurrección. Jesús no dirá “bautizaos”, sino “convertíos, aceptando el Evangelio”.
Es decir, el inicio del nuevo mundo que está emergiendo es la adhesión a la
persona de Jesús. Ahora bien, Jesús entenderá que su obra es el verdadero
bautismo: “Con un bautismo tengo que ser bautizado ¡y qué angustia tengo hasta
que se cumpla!” (Lc 12,50).
Podemos pensar: Jesús decide ir al
bautismo, porque Dios inicia su obra definitiva en esta vertiente de la historia
universal. Empieza el mundo nuevo desde las raíces. Jesús baja a las aguas en
la verdad revelada de su ser.
Y en este punto sí que hay que adherirse
a la gran reflexión de los teólogos y creyentes (Ratzinger – Benedicto XVI
entre ellos) de que la inmersión en las aguas es la bajada al abismo del pecado
del mundo. Jesús es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn
1,29).
4. Jesús
sale del bautismo. Lo que está viviendo Jesús es verdad y el Dios de la
revelación lo confirma. Y aquí se funde la conciencia de Jesús con la experiencia
total que el Padre le comunica:
Se inicia el mundo nuevo. Y justamente en esta persona, en
Jesús de Nazaret. Y aquí llegamos al punto terminal del bautismo, inicio de la
vida pública de Jesús, expresado de modo concorde por los cuatro evangelistas
con matices diferentes. Se abren los cielos; llega el Espíritu “como” una
paloma, suena la voz del Padre. “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc
1,11); “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,12); “Tú eres mi
Hijo, el amado; en ti me complazco” (Lc 3,22).
De una forma narrativa y testimonial
encontramos la confesión en boca de Juan el Bautista: “Y Juan dio testimonio,
diciendo: he contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se
posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me
dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que
bautiza con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este
es el Hijo de Dios” (Jn 1,32-34).
5. Esta es, pues, la estructura inicial
de nuestra fe. El bautismo de Jesús es el comienzo del infinito. Después de su
resurrección Jesús mandará entrar en esta dinámica. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que
crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea será condenado” (Mc
16,15-16).
El signo de sus discípulos no va a ser
la circuncisión (que afectaría solo a los varones), si bien Jesús había sido
circuncidado. Va a ser el bautismo, que tiene su valor por el
bautismo-muerte-resurrección de Jesús. Nuestro bautismo es simplemente Jesús. Y
la teología de Pablo va a ser la teología bautismal.
El mundo nuevo arranca del punto cero:
el bautismo. El bautismo no estaba previsto en la Torá. El bautismo arranca del bautismo de Jesús, de
su consagración incondicional al Padre que le venía desde siempre y que se
manifestó cuando Jesús de Nazaret pidió al Bautista que lo bautizara, y así se
cumplía, por ahora, toda justicia. Por eso se bautizó Jesús; por eso pidió el
bautismo.
Guadalajara, 11 enero 2014, al iniciar
la celebración del bautismo del Señor.
San Pablo nos dice claramente que Cristo, siendo Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de esclavo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
ResponderEliminarPues bien, Cristo, humillándose también a sí mismo, bajó al Jordán para ser bautizado porque así convenía para que se cumpliese toda justicia, es decir, por obediencia. Cristo fue obediente al Padre en todo, hasta en lo más humillante.
Juan José.