HIMNARIO DEL
BAUTISMO DEL SEÑOR
Presentación
En diversas ocasiones hemos compuesto
himnos para el Bautismo del Señor. Son en total 10. El primero en diciembre de
1982; el décimo, hoy, Domingo del Bautismo del Señor de 2014. Para la persona
interesada puede ser útil tenerlos todos juntos. Y tal es la finalidad de esta
compilación. El conjunto de los nueve primeros (con algunos detalles de referencia
bibliográfica y musical) los puede hallar el interesado en mercaba.org,
siguiendo esta ruta: Rufino María Grández / El pan de unos versos / El año
litúrgico / Navidad-Epifanía / (al final) Bautismo del Señor.
Sea a gloria de Cristo Jesús, a quien
gozosamente servimos.
Guadalajara, Jalisco, 12 de enero de
2014.
Fr. Rufino María Grández, OFMCap.
1. Desnudo el
nuevo Adán, con alma pura
El himno canta el Bautismo del Señor,
apoyándose en el icono de la Gran Teofanía de Oriente (ver: R. Grández, Himnos
para la Navidad inspirados en los santos iconos: “Oración de las Horas” 14,
1983, 352-357).
Podemos aclarar la letra del himno, la
intención que se busca, recordando estas palabras:
“Este himno no es descriptivo de los
elementos pictóricos del icono. Más bien quiere centrare en la contemplación
nuclear del misterio con un sentido decididamente teologal y sacramental.
Abre el himno la contemplación de la
desnudez de Cristo, desnudez de su cuerpo, que es en realidad la transparencia
del alma pura. Teológicamente ponderamos la impecancia y la impecabilidad de
Cristo, el Inocente, al mismo tiempo que la veracidad de su Bautismo. Bien
podemos decir sin escrúpulo: Hasta el fondo del ser es bautizado.
El Bautismo de Cristo diviniza y origina
el bautismo cristiano. Un pueblo fue bautizado en el Mar Rojo; ahora otro
pueblo es bautizado con Cristo en el Jordán. Y si aquel pueblo concluyó el paso
del Mar Rojo con el canto de la liberación, este pueblo, bautizado con Cristo, canta
igualmente su liberación.
En el Bautismo Cristo es ungido por el
Espíritu según los textos neotestamentarios. Entonces nosotros contemplaremos
que de su frente fluye la unción a todo el cuerpo” (Art. cit.)
Desnudo el nuevo Adán, con alma pura
penetra en el Jordán y se sumerge;
se anega en el diluvio del pecado
el que quita el pecado, el Inocente.
Está temblando Juan, tiembla su mano
al tocar la cabeza refulgente;
hoy el siervo bautiza a su Señor,
cumpliendo la justicia que Dios quiere.
Hasta el fondo del ser es bautizado
Jesús, hecho pecado libremente,
y nace del Jordán purificado
el bautismo de fe de los creyentes.
Esa carne divina diviniza,
transforma en sacramento la corriente;
el pueblo renacido en el Mar Rojo
con Cristo canta, libre de la muerte.
Es éste el Hijo amado, el Elegido,
para ungirle el Espíritu desciende;
y de su frente al pueblo redimido
se derrama la unción de aquel aceite.
¡Sea el honor con voz celeste al Hijo
en quien el Padre encuentra su deleite,
a Aquel que hasta el pecado se ha
humillado
y con su amor el Padre lo enaltece!
Amén.
Burlada (Navarra), diciembre 1982
2. En él no está
el pecado, nunca estuvo
En él no está el pecado. Esta soberana
palabra, consoladora sin fin, la hemos tomado de la primera carta de san Juan:
“… y en él no hay pecado” (1Jn 3,5). No hay pecado en Jesús: Bañado en el
misterio de su Padre surgía sin pecado, el hombre entero.
Cantamos el Bautismo del Señor. Jesús,
el hombre entero, la verdad del plan pensado al proyectar Dios al Hombre,
Jesús, en estas condiciones se sumerge en el bautismo. Lo admirable es que este
bautismo es “el verdadero”. ¿Y cómo si en tu vida nada es falso ha sido tu
bautismo el verdadero?
Fuera de nuestra mente una seudoteología
que pensara que el bautismo de Jesús no ha sido un bautismo de verdad. El suyo
ha sido el verdadero, la razón de toda la verdad de nuestro bautismo. La verdad
del bautismo de Jesús, verdad inseparable de la Cruz, es lo que queremos cantar
llenos de adoración: “Verdad de criatura trepidante, del pobre que ante Dios
siempre es pequeño, verdad del solidario con nosotros: es esa la verdad de tu
descenso”.
Que el bautismo de Jesús nos adentre en
su verdad admirable y estremecedora. Desde él intuiremos el hondo misterio de
nuestra verdad.
En él no está el pecado, nunca estuvo,
no pudo verlo el ojo fariseo;
ni el rayo acusador de la pupila
halló en su corazón al hombre viejo.
Bañado en el misterio de su Padre
surgía sin pecado, el hombre entero,
sin mancha contagiada por la estirpe,
varón para crear a Adán de nuevo.
Él era la verdad del plan pensado,
el Hijo amado, germen y modelo
del hombre que vendría, sano y limpio,
al dar el Padre tiempo al pensamiento.
¿Por qué, Jesús, desciendes al abismo,
te hundes en maldad no tuya inmerso?,
¿y cómo si en tu vida nada es falso
ha sido tu bautismo el verdadero?
Verdad de criatura trepidante,
del pobre que ante Dios siempre es
pequeño,
verdad del solidario con nosotros:
es esa la verdad de tu descenso.
¡Oh Santo sumergido en el bautismo,
ungido con la fuerza y el consuelo,
honrado por la Voz y la Paloma,
a ti te proclamamos Cristo y Verbo! Amén
Burlada (Navarra), enero 1983
3. A la fosa del
mundo
El último jueves de octubre del año
pasado (31/X/1985) se recuperó la tradicional peregrinación al lugar del
bautismo de Jesús en el Jordán, cerca del Mar Muerto, peregrinación impedida
desde la Guerra de los seis Días (1967). Y de nuevo, en este último jueves de
octubre (30/X/1986) hemos peregrinados los cristianos – 12 largos autobuses – a
este sitio santo, en zona fronteriza militarizada.
Cantemos a Jesús, amor de nuestra vida,
al estilo de los contemplativos de Oriente. Estamos en el Jordán, de donde va a
nacer el Jardín de la Iglesia. “¡Fuente de los huertos, pozo de aguas vivas,
corrientes que del Líbano fluyen” (Cant 1,15). Jesús baja a la fosa del mundo
(y así lo era). No hay lugar más bajo en la tierra que el nivel del Mar Muerto.
Jesús asume el pecado como propia piel.
Los judíos decían que Adán por el pecado había perdido la luz (OR, con alef al
inicio) que le vestía y se había quedado simplemente con la piel (OR, con ‘ayin
al inicio), que no resplandecía. Jesús, bautizado, de su vestido nos dará
vestido de gloria.
Jesús es el esposo. El esposo debía
bañarse y perfumarse antes de ser presentado a la esposa. Acaso san Juan piense
en este baño (Jn 13,10). De todas maneras, Jesús bañado y perfumado tendrá en
la santa Iglesia, por su gracia, la esposa que él busca, digna de su cuerpo.
Juan el Profeta tiembla, y con razón:
¿Cómo puede el pecado bautizar a la nieve?
El bautismo de Jesús es el nuestro. Su
bautismo – Jordán y luego muerte y tumba – es nuestro precioso bautismo.
Alabemos, pues, a Cristo, cuya hermosura
ha quedado dentro e nosotros con sello indeleble.
A la fosa del mundo
Cristo desciende,
y se baña en el río
que del Líbano viene;
el Jordán se hizo santo
por contacto celeste.
Se vistió de pecado,
siendo inocente,
porque Adán se hizo oscuro
sin la piel esplendente,
y un vestido de gloria
le dará de su veste.
Y como era el Esposo,
bello y valiente,
a su Esposa de amor
perfumado se ofrece,
que unas nupcias divinas
en la carne acontecen.
Tiembla Juan el profeta,
él no se atreve:
¿cómo puede el pecado
bautizar a la nieve?,
¿cómo pueden las aguas
darle fuego al ardiente?
Todos juntos bajamos
cuerpo a la fuente,
y ascendimos fragantes
de su tumba y su muerte:
¡oh precioso bautismo,
que en Jesús nos sumerge!
¡Oh Jesús hermosura,
sello indeleble,
te alabamos unidos
a la voz que se siente:
eres Hijo, eres nuestro,
oh Cordero obediente! Amén.
(NOTA. Para esta interpretación véase lo
que escribió el P. Frédéric Manns, OFM, profesor en el Studium Biblicum
Franciscanum de Jerusalén, cuando se volvió a abrir esta peregrinación el
último jueves de octubre. Cf. Revista La Terre Sainte (Jerusalem), janvier
1986).
Jordán y Jerusalén, 30 octubre (jueves)
1986.
4. Mi
predilecto..., el Padre dice
La culminación del Bautismo de Jesús es
la declaración del Padre, sea en forma dialogal dirigida al Hijo (Tú eres mi
Hijo amado… Mc 1,11; Lc 3,22), sea en forma declarativa dirigida a nosotros
(Éste es mi Hijo amado… Mt 3,17), en todo caso, es el amado (agapetós). El
Bautismo es una escena de revelación trinitaria, como la Transfiguración (Mt
17,5; Mc 9,7; Lc 9,35).
Y desde esta revelación trinitaria
arranca el himno. Pero, inmersos en este clima trinitario, podemos dirigirnos
directamente a Jesús, y todo el himno es una invocación a Jesús, un coloquio
callado con él. Es deleitoso poder hablar a Jesús, nuestro divino Hermano. Es deleitoso
poder decirle: Las aguas gozan con tu cuerpo… La creación entera con nosotros –
conmigo, porque el himno acentúa el yo personal – entra en comunión en esta
fiesta de suprema revelación de Jesús.
Vayamos, pues, derechos a hablarle a
Jesús, Dios revelado, desde el fondo de los amores más puros del corazón.
Mi predilecto..., el Padre dice,
el Hijo mío que acaricio...,
al verte a ti en nuestra masa
y en ti a nosotros, hijos renacidos.
Qué hermoso asciendes tú, el Esposo,
Señor, mi gracia y atavío,
Jesús, pecado en mi pecado,
del rostro de tu Padre eterno brillo.
En ti se vierte el santo Espíritu,
que es tuyo y fue desde el principio,
y en tu Jordán y en tu Calvario
el ser que late es ser de amado Hijo.
Las aguas gozan con tu cuerpo
del Hombre puro nunca visto,
y el universo se recrea
ahora bautizado en tu bautismo.
A coro unísono cantamos
Iglesia bella y Paraíso:
¡Honor a ti y unción de júbilo,
Jesús, que al ser bañado fuiste ungido!
Amén.
Logroño, 13 enero 1991
5. ¡Oh santa
Epifanía del Señor!
El Bautismo del Señor es una fiesta de
pura contemplación, puerta abierta a la mística cristiana.
Mirada desde Jesús, es Epifanía; mirada
desde la Trinidad es Teofanía. Fiesta de luz: en ti, Jesús, la luz divina
brota. Es la luz del Padre. A Jesús con la fe de la Iglesia le confesamos: Luz
de Luz. La tradición oriental llama a esta fiesta Fiesta de las Luces. Y como
toda luz viene del Padre, al Padre, a nuestro Padre en este día le decimos: oh
Padre nuestro, fiesta de las luces
Fiesta cristológica y trinitaria. El
Espíritu es pureza y fuego que arde.
Fiesta de la Esposa. La Esposa sale sin
mancha, purificada para Cristo, su Esposo, de las aguas que Cristo ha
santificado. Bien podemos decir que ella, amada por Cristo, es la amada toda.
Cantemos: es bella y esplendente, amada toda, / la Esposa sumergida que ahora
nace.
Fiesta sacramental. Las aguas del Jordán
nos recuerdan las aguas del diluvio, del diluvio tenebroso; pero ahora son
aguas sacramentales.
El cauce del Jordán ha sido como el
sepulcro del Señor, el sepulcro pascual de donde surgió la vida. La creación
entera entra en este misterio; es lavada y purificada del pecado en estas aguas
que tocan la humanidad santa de Jesús.
Y así comenzó la vida pública de Jesús.
Nos lo recuerda Pedro en las primeras Vísperas de
¡Oh santa Epifanía del Señor
en aguas abismales:
en ti, Jesús, la luz divina brota,
el Hijo muy amado de tu Padre!
Las aguas del diluvio tenebroso
son hoy sacramentales,
es bella y esplendente, amada toda,
la Esposa sumergida que ahora nace.
¡Oh hermosa Trinidad, Teofanía,
del Hijo en nuestra carne;
oh Padre nuestro, fiesta de las luces,
oh Espíritu, pureza y fuego que arde!
La plena creación se ha estremecido
lavada en este cauce;
Jesús es la victoria del pecado,
vencido el enemigo en el combate.
Bautismo del Señor, misterio santo
de gracias a raudales,
Jesús aquí comienza generoso,
cual Hijo de su amor al mundo sale.
¡Gloriosa Trinidad, inmenso gozo,
origen y remate,
por Cristo inmaculado sea gloria
y eterna luz que nuestros ojos sacie!
Amén.
Cuautilán Izcalli, domingo del Bautismo
del Señor 2003.
6. La luz rompió
del cielo sobre el Hijo
El bautismo de Jesús, misterio de luz
Este himno está compuesto al dar, en los
Ejercicios, la meditación del bautismo del Señor. El título es El bautismo de
Jesús, misterio de luz. Se hace alusión, con ello, a los misterios de luz
introducidos por Juan Pablo II en el rezo del santo rosario (2002).
Es, pues, una contemplación pausada del misterio
del Bautismo de Jesús.
La luz rompió del cielo sobre el Hijo,
y el Evangelio fue Teofanía;
el Padre amanecía, dulce entraña,
y toda la ternura descendía.
El Padre Dios, océano infinito,
en este buscador se deshacía;
Jesús de Nazaret, iluminado,
el Hijo amado, todo y puro, se sentía.
Jesús estaba en Dios, su Padre amante,
y el Viento del amor los envolvía,
y un ósculo purísimo quemaba,
y todo brasa y luz, resplandecía.
Nacía el Evangelio de la Iglesia,
perdón de los pecados y alegría:
Jesús hermano, pobre de los pobres,
salud, abrazo y paz, Jesús Mesías.
¡Oh Padre omnipotente y amantísimo,
eterno Dios, donado en nuestros días,
por Cristo, nuestro hermano, el Hijo
hermoso,
a ti el amor, la gloria y pleitesía!
Año 2005
7. Comienza el
Evangelio en el Jordán
Séame lícito citarme en mi propia
homilía, pues ha sido ésta la que ha provocado el himno:
…"Al salir Jesús del agua, una vez
bautizado, se le (= a él) abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que
descendía sobre él en forma de paloma y oyó una voz que decía desde el cielo:
"Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias"
Esta fue la revelación que Jesús tuvo en
el bautismo; este fue el disparo de salida para la vida pública. Jesús es
confirmado por el Padre. Jesús había bajado hasta el fondo del ser humano; allí
es donde quería verlo Dios. Jesús se había visto envuelto en todo el pecado
humano. Pues, contemplándolo allí, Dios le decía que era su Hijo amado y que en
él tenía sus complacencias.
Exactamente lo que va a pasar en la cruz
y resurrección está pasando ahora. En el abismo está la revelación. Entendemos
desde aquí perfectamente el sentido de las dos lecturas anteriores. Jesús es el
Siervo de Dios, como lo había visto Isaías: Miren a mi Siervo, a quien sostengo;
a mi elegido, en quien tengo mis complacencias.
Dios, nuestro Padre, halla sus
complacencias donde nosotros no las encontramos: en esas situaciones extremas
de vida, que nos colocan al borde de la existencia. Jesús es la maravilla
precisamente en su humildad, en su aniquilación. Allí es el amado del Padre,
allí es donde el Padre halla su agrado, su reposo; allí es donde comienza el
mundo nuevo.
Y allí es donde Jesús fue ungido por el
Espíritu de Dios. Pasó haciendo el bien, dice san Pedro en la segunda lectura,
sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
He aquí la verdadera imagen de Jesús,
que tiene que arrebatar nuestros corazones".
Comienza el Evangelio en el Jordán,
cuando a Jesús los cielos se le
abrieron:
y oyó la voz del Padre que decía:
¡Amado, amado mío, mi consuelo!
Jamás esposa tal dulzura tuvo
como Jesús sintiera aquel requiebro;
era el morir de Dios, su primavera,
su nunca oída voz, de amor deshecho.
Jamás el sumo Dios de la Alianza
así su corazón había abierto;
su amor eterno, oculto, incandescente
ahora con su Hijo hacía estreno.
Jamás Jesús había oído tanto,
jamás tanta dulzura pecho adentro;
el Padre respondía desatado
a la última humildad del Hijo Siervo.
Jesús era pecado, así lo quiso,
por eso iba a un bautismo verdadero;
y al ver al Hijo en tal desgracia
nuestra
el Padre descansó con gozo nuevo.
¡Adéntranos, oh Cristo, en tu espesura
en tu resurrección, el justo premio;
y sea nuestra vida tu alabanza,
tu gloria y tu conquista y tu trofeo!
Amén.
Puebla, Bautismo del Señor 2008.
8. La blanca
vestidura del bautismo
(Complementario
del Bautismo del Señor)
Si efectivamente la vida cristiana es
hermandad con Cristo, ¿por qué no ha de ser una hermandad perfecta? Tiene que serlo.
Ser hermano de Jesús, llevando la propia
sangre del Espíritu, es compartir vida y talante, y arrojar el futuro en su
corazón. Posiblemente nuestra teología miedosa, que por mal instinto acentúa
más la poca correspondencia humana frente al infinito don divino, nos encasquilla,
y nos constriñe esa libertad soberana, esa esplendorosa dignidad que hemos recibido
en el bautismo. No puede ser así. El Bautismo nos ha hecho hijos en el Hijo,
amados en el Amado, santos en el Santo, y la Justicia de Dios se convierte de
esta forma en gracia.
En el momento más iluminado de su vida
Lutero lo vivió así. “El Evangelio nos revela la justicia de Dios, pero la
justicia pasiva, por medio de la que Dios nos justifica mediante la fe, como
está escrito: El justo vivirá por la fe. En seguida me sentí renacer, y me
pareció que se me abrían las puertas del paraíso. Desde entonces la Escritura
adquirió para mí un significado nuevo. Recorrí los textos como la memoria me
los presentaba y descubrí otros términos que se debían explicar de un modo
análogo, como la obra de Dios, es decir, la obra que Dios realiza en nosotros,
el poder de Dios, por el que nos da la fuerza, la sabiduría por la que nos hace
sabios, la salvación, la gloria de Dios...” (WA 54,185s).
Todo arranca en el bautismo, cuando el
infante recibe sin poner nada, absolutamente nada, de su parte; y también la
Confesión es un sacramento bautismal. Por el amor y la misericordia de Cristo,
la veste bautismal vuelve a irradiar de nuevo el esplendor de la hermosura de
Cristo.
¡A Él la gloria!
La blanca vestidura del bautismo
lavada en el Jordán cuando él surgía,
Jesús a mí, bañado con su sangre,
sobre este cuerpo suyo puso un día.
Y así fui santo, puro y luminoso
por él y en él, como él se merecía,
un santo de sus venas, de su alma,
un rayo que de ardiente sol venía.
Y al Pueblo de los santos fui agregado,
ungido para el Reino y Profecía,
para ser Sacerdote del Altísimo,
junto a aquel que por todos se ofrecía.
Su regia dignidad y libertad
se hicieron carne en mí, soberanía.
Cristiano soy, y en Cristo me sustento,
y cuanto vale en Cristo, es mi valía.
Hoy hinco mi rodilla en confesión
y siento en mí pureza y alegría,
y he vuelto a mi bautismo, que es el
suyo,
y supe que su manto me envolvía.
Respiro libertad, salud y vida,
y gusto en él fragancia y lozanía;
soy hijo de su paz, y quien la tiene
verá que el gozo se hace valentía.
El hijo de su amor, del todo amado,
si más hubiera, Dios se rompería;
vivir cual soy, esencia recreada,
es tal mi vocación, divina usía.
¡Glorificado seas, oh Amadísimo,
corona de los hombres, pleitesía:
a ti mi amor secreto y desbordado,
mi carne y corazón y poesía! Amén.
Estella, 4 de noviembre de 2006
9. La fragancia
de Jesús
La Iglesia de Oriente celebró el 6 de
enero la manifestación del Señor: nacimiento y epifanía. Luego los dos momentos
se desglosaron, y en la epifanía a los magos se celebró la teofanía del Jordán,
donde quedó santificada la Iglesia po
San Proclo de Constantinopla (siglo V)
se expresa así:
“Pues en la solemnidad anterior, que era
la del nacimiento del Salvador, se alegraba la tierra, porque sostenía al Señor
en el pesebre; en la presente festividad, en cambio, que es la de las
Teofanías, el mar es quien salta y se estremece de júbilo; y lo hace porque en
medio del Jordán encontró la bendición santificadora.
En la solemnidad anterior se nos
mostraba un niño débil, que atestiguaba nuestra propia imperfección; en cambio,
en la festividad de hoy se nos presenta ya como un hombre perfecto, mostrando
que procede, como perfecto que es, de quien también lo es. En aquel caso, el
Rey vestía la púrpura de su cuerpo; en éste, la fuente rodea como recubre al
río.
Atended, pues, a estos nuevos y
estupendos prodigios. El Sol de justicia que se purifica en el Jordán, el fuego
sumergido en el agua, Dios santificado por ministerio de un hombre.
Hoy la creación entera resuena de
himnos: Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el que viene en todo
momento: pues no es ahora la primera vez” (San Proclo de Constantinopla, Sermón
7 en la santa Teofanía
La celebración de la Epifanía y el
Bautismo del Señor son el abrazo de la Iglesia latina con la Iglesia de
Oriente. Unidos en el amor celebremos los divinos misterios.
La fragancia de Jesús,
el ramo de la Paloma,
con el aceite purísimo
que ha ungido a la Iglesia toda.
En un diluvio de amor
Dios desciende y se desborda:
y los nuevos manantiales
fueron aguas milagrosas.
El Sol se metió en el agua
y el agua fue luminosa,
corriente del sacramento
que purifica a la esposa.
¡Oh santa Teofanía
de Encarnación amorosa!:
Dios que es carne, humanidad
será siempre nuestra gloria.
Belén, Jordán y Caná
son luz de divinas bodas:
la pureza de Jesús
sea mi ofrenda preciosa.
¡Oh Padre de caridad,
que transformas lo que tocas,
por el Hijo en el Espíritu,
eterno amor donde moras! Amén.
Puebla, 9 enero 2010.
10. Jesús de
Nazaret, camino mío
Cuando yo era pequeño… y joven, no
existía el Domingo del Bautismo del Señor. Existía la fiesta del Bautismo del
Señor, que era el día 12 de enero, una fiesta de sabor oriental como la fiesta
de la Transfiguración del Señor el 5 de agosto. Pero tras el concilio vino el
nuevo Calendarium Romanum (Editio
typica 1969), y en él se dice: “La Fiesta del Bautismo del Señor se celebrará
en el Domingo después de la Epifanía, o después del día 6 de enero” (p. 112).
La fiesta del Bautismo del Señor adquiría de este modo carácter de domingo.
Aprendimos a apreciar la grandiosidad teológica de esta celebración, ya muy
trabajada por los teólogos (Hans Urs von Balthasar). No podemos menos de
escuchar, atónitos, los textos de esta fiesta, con el carácter
dogmático-místico que le ha dado la liturgia de Oriente, heredada en Occidente.
Es admirable, por ejemplo, la lectura
patrística de hoy, del padre de la Iglesia, del siglo IV, San Gregorio
Nacianceno.
La himnodia actual está a la espera de
nuevas composiciones. Hay que estimular a los poetas. No podemos preciarnos de
haberlo conseguido; pero he aquí un intento poemático (unido a otros
anteriores) para respirar con el hondo pulmón de nuestra fe.
1. Jesús de
Nazaret, camino mío,
bañado
en el Jordán con mis pecados,
la
creación exhala en ti su gozo
y
con el Padre en ti yo me complazco.
2.
Jesús, tu ser entero, humano y pobre
se
fue al Jordán en Dios arrebatado;
el
Dios de los profetas te encendía,
el
Dios de tu oración y tus encantos.
3.
En tu humildad buscabas su Palabra,
yacía
tu abandono a su cuidado,
mas
eras esperanza, nueva tierra,
la
nueva creación, que tiene un pálpito.
4.
Y Dios era contigo, amado Padre,
Espíritu
viviente derramado,
y
de tu cuerpo carne de tu carne,
oh
nuevo Adán del mundo recreado.
5.
Jesús todo verdad en tu Bautismo,
misterio
de la Pascua, allí anunciado.
la
Iglesia, esposa tuya enamorada,
acude
a darte gracias contemplando.
6.
¡Honor al Padre, al Hijo y al Espíritu
los
bautizados todos confesamos,
honor
a la esperanza que nos salva,
honor
a Cristo, en él santificados! Amén.
Guadalajara,
Jalisco, 12 enero 2014, Bautismo del Señor.
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