El pez de Jesús con la moneda de plata
Rima de la confianza
El relato evangélico
de hoy (Mt 17,21-26) – segundo anuncio de la Pasión y episodio de la moneda en
la boca del pez, en esta su segunda parte, parece una fábula… ¿Será una fábula
de niños? ¿O acaso será una revelación para los sabios sencillos…?
¿Acaso era Jesús tan
niño como para pedir al Padre una monedita en la boca del pez…, y no ir, como
todo el mundo, a la cuenta de donde compraban lo necesario para comer…? Porque
es cierto que Jesús pagaba la ofrenda anual obligatoria para el templo, y para
ello no hacía falta un milagro…
Los milagros, por
otra parte – recuérdese – en los Evangelio no son ni punitivos, ni milagros en
provecho propio. Se trata, pues, de intuir la intención del relato…
(Para una exégesis
científica del texto, véase alguno de los comentarios clásicos, por ejemplo,
Pierre Bonnard, Evangelio según san Mateo. Cristiandad,
Madrid 1976).
Nos permitimos una
exégesis espiritual en poesía, no exenta de fantasía, tratando de poner en
evidencia la novedad del relato: la singularidad del Hijo, dueño de cielo y
tierra.
24 Cuando
llegaron a Cafarnaún, los que cobraban el impuesto de las dos dracmas se
acercaron a Pedro y le preguntaron: «¿Vuestro Maestro no paga las dos
dracmas?». 25 Contestó: «Sí». Cuando llegó a casa, Jesús se adelantó
a preguntarle: «¿Qué te parece, Simón? Los reyes del mundo, ¿a quién le cobran
impuestos y tasas, a sus hijos o a los extraños?». 26 Contestó: «A
los extraños». Jesús le dijo: «Entonces, los hijos están exentos. 27
Sin embargo, para no darles mal ejemplo, ve al mar, echa el anzuelo, coge el
primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda de plata. Cógela
y págales por mí y por ti».
El pez tenía en la boca
una moneda guardada.
¿Para quién ha de guardar
su monedita de plata?
Un pescador fue a pescar
con el anzuelo y la caña,
y el pez pensó que era él
y que Dios se lo enviaba.
Y a la primera batida,
al ver que el agua temblaba,
el pez subió presuroso
a entregar lo que llevaba.
San Pedro la recogió
y luego le dio las gracias,
y luego le dijo al pez
que se marchara a su casa.
Contento de su misión
él se marchó a su bandada,
y en el Mar de Galilea
hubo fiesta extraordinaria.
El pez contó a sus hermanos
que a su Rey le dio la paga,
y todos a su manera
himnos a Dios le cantaban.
* * *
Tú, Jesús, eres muy niño
para atreverte a esta hazaña,
y tu Padre fue muy padre
para acceder a esas ganas.
Tú, Jesús, eres el Rey
y a nadie le debes nada,
tuyo es el cielo y la tierra
y cuanto bulle en las aguas.
El pececito me enseña
que debo tener confianza,
más allá de cuanto digan
teólogos y psiquiatras.
Tú eres Dueño de mi vida,
la del cuerpo y la del alma;
todo es uno y todo es tuyo
bajo tu dulce mirada.
Quede en paz mi corazón,
mi alma en divina calma,
y Tú, que todo lo sabes,
sé el dueño de mi confianza.
Guadalajara,
12 agosto 2019,
Lunes de la
semana XIX del tiempo ordinario.
No hay comentarios:
Publicar un comentario