Jesús y nuestra salvación final
Lc
13,22-30
Texto
evangélico:
22 Y pasaba por ciudades y aldeas
enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. 23 Uno le preguntó:
«Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo: 24 «Esforzaos
en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y
no podrán. 25 Cuando el amo de la casa se levante y cierre la
puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”;
pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. 26 Entonces comenzaréis a
decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. 2
Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la
iniquidad”. 28 Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando
veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios,
pero vosotros os veáis arrojados fuera. 29 Y vendrán de oriente y
occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
30 Mirad: hay últimos que serán
primeros, y primeros que serán últimos».
Hermanos:
1. En el catecismo de la Iglesia hay unas
verdades que nos enseñaron desde pequeños y que se llaman los Novísimos, es decir, los acontecimientos últimos que debe
afrontar el cristiano. Y estas verdades las hemos expresado con cuatro palabras:
Muerte – Juicio – Infierno y Gloria. En los Ejercicios espirituales, en las
misiones al pueblo fiel, siempre se ha hablado de estas verdades de las que no
podemos huir. Ninguno de nosotros podrá escapar de esta realidad que corona la
existencia: la muerte y lo que viene detrás de la muerte. Esto es tan viejo
como el hombre, porque todas las religiones hablan de estas verdades.
Después de la muerte ¿qué? Nada. Ya estás
dando una respuesta. Pero seguramente que esa repuesta no le convence al que la
está dando.
En las religiones antiguas Egipto nos da
una inmensa reflexión en torno a la práctica de los ritos funerarios, que se
hacían para proteger el alma del difunto. Y nos ha quedado como obra principal El Libro de los muertos.
2. Según estas creencias, que se pierden
el origen del tiempo, la pregunta que un desconocido es una pregunta que los
hombres se han hecho desde siempre, sobre la convicción de que, al final, o
salvación o condenación.
Y conforme sea la respuesta a este género
de preguntas, la religión que podemos vivir podría terminar siendo una religión
pavorosa de miedo, de sobre salto y de precauciones. La religión puede ser la
peor esclavitud del ser humano.
En el siglo XVI se debatió un asunto que
mareó a los teólogos, el tema de la predestinación eterna. Dios, que lo sabe
todo, sabe si yo me voy a salvar o me voy a condenar. Si yo me voy a salvar,
haga lo que haga y pase lo que pase, al fin me salvaré. Y al contrario: Si yo
me voy a condenar, me condenaré. En la predestinación divina, todo está
previsto y cumplido…
Expuesta así, tan simplonamente, es una
teología fatal.
3. Venimos, pues, a la pregunta del
Evangelio: Señor, ¿son pocos los que se
salvan? Jesús, hablando del final de los tiempos, dijo: “En cuanto al día y la hora y la hora, nadie
lo conoce ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre” (Mc 13,32).
Jesús en este momento puede dar la misma
respuesta: “En cuanto al número, nadie lo
conoce ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre”.
Esa podría ser la respuesta.
Pero Jesús no da esa respuesta. Se trata
de un asunto estrictamente teologal, reservado para Dios, y entonces Jesús hace
un replanteamiento, empleando para ello un lenguaje profético. En ese lenguaje
profético: si yo no soy fiel a Dios, si yo desprecio la salvación que Dios me
está regalando, yo mismo conscientemente he escogido mi no-salvación.
4. Y aquí Jesús pronuncia un veredicto,
y lo pronuncia de un modo concreto dirigiéndose a esta generación, anticipando,
con este mismo estilo y género profético, lo que va a ocurrir – o, más
exactamente, lo que puede ocurrir – en el día de la sentencia final.
Pero Jesús se pronuncia con un añadido
que no tienen los profetas. Él mismo se pone como juez de la historia, de las
acciones humanas, que solo corresponde a Dios, y en su suprema categoría divina
anuncia:
…
os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él
os dirá: “No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y
bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. 2[2]
Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la
iniquidad
Son palabras terribles que ninguno de
nosotros se atrevería a pronunciarlas, a pesar del descalabro espiritual que
estamos contemplando.
Jesús habla así en calidad de lo que es.
5. Es exactamente el mismo lenguaje
cuando habla del juicio no a Israel, sino a todas las naciones. De nuevo él es
el protagonista, porque como dice san Juan “Porque
el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al
Padre” (Jn 5,22-23).
Todas las naciones se han congregado
ante el Rey, que es Jesús, el Hijo del hombre: “Venid, vosotros, benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis
de comer… Y entonces dirá a los de su izquierda: Apartaos de mí, maldito, id al
fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25,34s. 41).
Es terrible que Jesús pueda decir, como
balance de su vida, a los hombres de su generación: “Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a
Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os
veáis arrojados fuera”.
6. Ahora bien, un punto de revelación es
la frase siguiente llena de esperanza y consuelo. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a
la mesa en el reino de Dios.
Una profecía que ya la habían anunciado
los profetas y que Jesús lleva a sus últimas consecuencias.
Los paganos eran “los últimos”, los judíos
“los primeros”. En resumen: Mirad: hay
últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.
La teología de la elección Jesús no la
ha suprimido, pero la ha interpretado. Por su muerte todos somos los elegidos,
todos somos los primeros, Dios nos ama, Dios quiere la salvación de todos. Dios
es nuestro Padre de amor infinito. Y la salvación, fruto de ese amor, la hemos
de recibir cuidando de entrar por la puerta estrecha.
Señor
Jesús, creo firmemente en tus palabras, y por tu misericordia espero
absolutamente mi salvación eterna. Amén.
Ciudad de México, Jueves 22 agosto 2019
Venimos, pues, a la pregunta del evangelio: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Jesús, hablando del final de los tiempos, dijo: “en cuanto al día y la hora y la hora, nadie lo conoce ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre” (mc 13,32).
ResponderEliminarNo cabe la menor duda de que muchos habrán leído el texto del evangelista san Marcos, que aparece en su blog, pero (al parecer) nadie se ha parado a meditar el alcance de esa afirmación, y aún menos en comentarla.
Nadie sabe el dia ni la hora del final de los tiempos….. ¿tampoco el Hijo de Dios (que también es Dios?. Ante esa afirmación tan peligrosa en muchos antiguos manuscritos no aparece la frase NI EL HIJO. Pues ¿cómo puede ser posible que el Hijo no esté al corriente de las cuestiones del Padre cuando el Hijo afirma que el Padre y e Hijo son UNO?.
Saludos. Juan José.