jueves, 22 de agosto de 2019

1247. Dom. XXI, C – Jesús y nuestra salvación final


Jesús y nuestra salvación final
Lc 13,22-30

Texto evangélico:
22 Y pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. 23 Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo: 24 «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. 25 Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. 26 Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. 2 Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”. 28 Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. 29 Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
30 Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».

Hermanos:
1. En el catecismo de la Iglesia hay unas verdades que nos enseñaron desde pequeños y que se llaman los Novísimos, es decir, los acontecimientos últimos que debe afrontar el cristiano. Y estas verdades las hemos expresado con cuatro palabras: Muerte – Juicio – Infierno y Gloria. En los Ejercicios espirituales, en las misiones al pueblo fiel, siempre se ha hablado de estas verdades de las que no podemos huir. Ninguno de nosotros podrá escapar de esta realidad que corona la existencia: la muerte y lo que viene detrás de la muerte. Esto es tan viejo como el hombre, porque todas las religiones hablan de estas verdades.
Después de la muerte ¿qué? Nada. Ya estás dando una respuesta. Pero seguramente que esa repuesta no le convence al que la está dando.
En las religiones antiguas Egipto nos da una inmensa reflexión en torno a la práctica de los ritos funerarios, que se hacían para proteger el alma del difunto. Y nos ha quedado como obra principal El Libro de los muertos.
2. Según estas creencias, que se pierden el origen del tiempo, la pregunta que un desconocido es una pregunta que los hombres se han hecho desde siempre, sobre la convicción de que, al final, o salvación o condenación.
Y conforme sea la respuesta a este género de preguntas, la religión que podemos vivir podría terminar siendo una religión pavorosa de miedo, de sobre salto y de precauciones. La religión puede ser la peor esclavitud del ser humano.
En el siglo XVI se debatió un asunto que mareó a los teólogos, el tema de la predestinación eterna. Dios, que lo sabe todo, sabe si yo me voy a salvar o me voy a condenar. Si yo me voy a salvar, haga lo que haga y pase lo que pase, al fin me salvaré. Y al contrario: Si yo me voy a condenar, me condenaré. En la predestinación divina, todo está previsto y cumplido…
Expuesta así, tan simplonamente, es una teología fatal.

3. Venimos, pues, a la pregunta del Evangelio: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Jesús, hablando del final de los tiempos, dijo: “En cuanto al día y la hora y la hora, nadie lo conoce ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre” (Mc 13,32).
Jesús en este momento puede dar la misma respuesta: “En cuanto al número, nadie lo conoce ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre”.
Esa podría ser la respuesta.
Pero Jesús no da esa respuesta. Se trata de un asunto estrictamente teologal, reservado para Dios, y entonces Jesús hace un replanteamiento, empleando para ello un lenguaje profético. En ese lenguaje profético: si yo no soy fiel a Dios, si yo desprecio la salvación que Dios me está regalando, yo mismo conscientemente he escogido mi no-salvación. 

4. Y aquí Jesús pronuncia un veredicto, y lo pronuncia de un modo concreto dirigiéndose a esta generación, anticipando, con este mismo estilo y género profético, lo que va a ocurrir – o, más exactamente, lo que puede ocurrir – en el día de la sentencia final.
Pero Jesús se pronuncia con un añadido que no tienen los profetas. Él mismo se pone como juez de la historia, de las acciones humanas, que solo corresponde a Dios, y en su suprema categoría divina anuncia:
… os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. 2[2] Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad
Son palabras terribles que ninguno de nosotros se atrevería a pronunciarlas, a pesar del descalabro espiritual que estamos contemplando.
Jesús habla así en calidad de lo que es.

5. Es exactamente el mismo lenguaje cuando habla del juicio no a Israel, sino a todas las naciones. De nuevo él es el protagonista, porque como dice san Juan “Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio,  para que todos honren al Hijo como honran al Padre” (Jn 5,22-23).
Todas las naciones se han congregado ante el Rey, que es Jesús, el Hijo del hombre: “Venid, vosotros, benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer… Y entonces dirá a los de su izquierda: Apartaos de mí, maldito, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25,34s. 41).
Es terrible que Jesús pueda decir, como balance de su vida, a los hombres de su generación: “Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera”.

6. Ahora bien, un punto de revelación es la frase siguiente llena de esperanza y consuelo. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Una profecía que ya la habían anunciado los profetas y que Jesús lleva a sus últimas consecuencias.
Los paganos eran “los últimos”, los judíos “los primeros”. En resumen: Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.

La teología de la elección Jesús no la ha suprimido, pero la ha interpretado. Por su muerte todos somos los elegidos, todos somos los primeros, Dios nos ama, Dios quiere la salvación de todos. Dios es nuestro Padre de amor infinito. Y la salvación, fruto de ese amor, la hemos de recibir cuidando de entrar por la puerta estrecha.

Señor Jesús, creo firmemente en tus palabras, y por tu misericordia espero absolutamente mi salvación eterna. Amén.

Ciudad de México, Jueves 22 agosto 2019




1 comentario:

  1. Venimos, pues, a la pregunta del evangelio: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Jesús, hablando del final de los tiempos, dijo: “en cuanto al día y la hora y la hora, nadie lo conoce ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre” (mc 13,32).
    No cabe la menor duda de que muchos habrán leído el texto del evangelista san Marcos, que aparece en su blog, pero (al parecer) nadie se ha parado a meditar el alcance de esa afirmación, y aún menos en comentarla.
    Nadie sabe el dia ni la hora del final de los tiempos….. ¿tampoco el Hijo de Dios (que también es Dios?. Ante esa afirmación tan peligrosa en muchos antiguos manuscritos no aparece la frase NI EL HIJO. Pues ¿cómo puede ser posible que el Hijo no esté al corriente de las cuestiones del Padre cuando el Hijo afirma que el Padre y e Hijo son UNO?.
    Saludos. Juan José.

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