Silencio
Retiro a los 87 seminaristas de 1° de Filosofía.
Seminario de Guadalajara; Jalisco
Viernes, 3 octubre 2014
TÚ ERES VIDA, PALABRA Y SILENCIO
I. Desde el misterio de la vida
1.
La vida está llena de momentos sucesivos,
envueltos en palabras o silencios, alimentados de sentimientos que son
pasiones. Todo ello mes nuestra intimidad, la cual es invulnerable.
2.
Memoria y anhelo. De cara al pasado,
la vida es memoria; de cara al futuro, la vida es anhelo, que se refleja como
esperanza o como temor. Esta es la riqueza de la vida, que aparece como más
grande que aquel que la posee y trata de definirla. El hoy es la vivencia que
surge en el encuentro entre la memoria y el anhelo.
3.
Soledad o compañía es otra de las
vivencias que configuran nuestro yo profundo. Soledad es estar yo ante mí, yo
conmigo, yo dentro de mí. El descubrimiento primero que otorga la soledad es
este: que yo estoy “dado” en medio del mundo, en medio del tiempo, y que Dios
es la última realidad de mi propia soledad existencia; Dios es la exigencia
absoluta de mi existencia.
4.
La vida es acción o pasión, logro o
frustración, gozo y sufrimiento; vacío, plenitud o medianía. La vida, ante
todo, es estar. Estar es poseerse.
5.
La vida es quietud o fuga, fuga de sí
camino de nada. El huir nunca es solución de nada; es simple liberación del
momento para tener que retornar.
6.
La vida es el encuentro consigo,
encuentro en gracia, encuentro en pecado. La herida del pecado puede ahogar la
gracia; pero la gracia es más poderosa que el pecado.
7.
La vida es un profundo misterio, que
se puede aceptar en abandono y paz. El misterio es la palabra inmediata que
pronuncia la vida. La vida es Misterio, pero no enigma. El enigma es como un
acertijo caprichoso, cuya solución no te es dada; el misterio – tremendo y fascinante
– tiene una infinita solución: adoración, abandono, amor.
8. La vida es el encuentro de la criatura
desvalida con el Infinito personal. Es el reencuentro del Yo en Dios.
9.
La vida es la realización de un solo
proyecto: el amor. Quien ha encontrado el amor, ha encontrado el sentido de
la vida y el fruto de la misma. Más allá del amor no hay fruto más exquisito. Y
con el amor empalmamos la vida presente con la eternidad.
10.
La vida es un clamor sublime de
inmortalidad, de fecundidad, de fusión con el universo entero, de
deificación. Todo el ser es un clamor que no se puede acallar. Quien pretende
ignorar el clamor, acallar el clamor, se está asesinando.
11.
Cada vida tiene una palabra dominante,
tiene un mensaje que entregar. ¿Cuál es el mío? Dígase: Ternura, que es una palabra divina, porque es la ternura de la
Encarnación.
12.
Cada vida tiene un dolor. Ese dolor
está como consustanciado al ser; lo llevamos dentro y nos acompaña en todo
momento. El dolor de la vida tiene una función primaria: ser mi propio
redentor, activando de continuo mi propia oblación.
13.
La vida del ser humano es la trinidad del
Yo, de Dios, del Otro. Y los tres son uno. Si falta uno de los tres la vida
torna a la nada.
I. El silencio acogiendo
el misterio
de la vida
14.
El ruido es el primer depredador de la
vida. Cuando el ruido golpea nuestro corazón tenemos la sensación de que
alguien, ajeno a nosotros mismos, invade nuestra casa. Pero si abrimos la
puerta al ruido, nosotros mismos nos convertimos en ruido y acabamos gozando
aquello que antes nos daba cierta repulsa.
15.
Se impone un examen sobre los ruidos de
nuestra vida, que pueden ser los siguientes:
o
Ruidos
agresivos, estridentes que rechazamos (ruidos de motores, de circulación, de
propaganda de venta…)
o
La
música, como sonido que agrada, que suaviza, apacigua, eleva…, esa no es “ruido”
(El P. Larrañaga, organista, escribía sus libros con fondo musical, nos ha confidenciado).
Pero hay otra música de antro…; esos ruidos no elevan.
o
Música
que crea dependencia (las canciones de moda…), hasta el punto de no poder
estudiar sin música, viajar sin música, caminar sin música…
o
Ruidos
ambientales en nuestras casa, sin ese esa sonoridad íntima que da el silencio,
por ejemplo el silencio nocturno.
o
Los
ruidos interiores, el alboroto y la falta de paz, sin ese mínimo de armonía
callada que necesitamos.
III. El silencio. antítesis del ruido,
como experiencia de humanización
16. El silencio lleva consigo la queda melodía
del Espíritu. El primer fruto del silencio es la acogida de mí mismo, el
encuentro original conmigo mismo, el don de mi propia intimidad. El ser, que he
encontrado en mí mismo, Yo soy yo en medio del universo. Dios no reprocha ni
acusa; Dios acoge. A tal modo que “el silencio es la acogida de mí mismo”, el
hallazgo de mi propia invulnerable identidad.
17.
El silencio despierta la vena
contemplativa que llevamos dentro, y nos prepara para la purificación y la
unión. El silencio, pues, nos invita a ser contemplativos.
18.
El silencio nos abre al sentido de la
belleza. La belleza suscita el gozo interior, y es puerta y primer peldaño
del amor. No se puede amar sino lo que es bello (es decir, aquello que yo
percibo como bello).
19.
El dinamismo íntimo de la belleza nos
lleva al éxtasis y la embriaguez espiritual. Y nos hace intuir que la intimidad
lleva en sí misma el germen divino de la fecundidad. El silencio es la
fecundidad de los espíritus.
20.
El silencio nos invita a caer en la
hondura del ser. Nos humaniza, porque aviva en nosotros algo que nos supera
y nos transciende a nosotros mismos. Hay un silencio fruitivo, sabroso al
paladar. Hay un silencio doliente, traspasado por una espada (muy propio para
la poesía). El silencio y el amor van tan emparejados, que no hay un amor hondo
sin largos ratos de gustarse en silencio.
21.
El silencio nos recrea en la intimidad.
Jesús nos dice: “Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la
puerta, y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo
secreto, te lo recompensará” (Mt 6,6).
22.
El silencio expande la afectividad.
Los grandes espirituales silenciosos pueden ser inmensamente afectivos, aunque
nadie lo supiera, afectividad que aflora en las células del cuerpo.
IV. El silencio, a la escucha de la Palabra
23.
La Palabra nace de las profundidades de
Dios, de su misterio recóndito, por eso lleva el germen divino. San Ignacio
de Antioquía dice de Jesucristo: “El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que
está con su Padre, es cuando mejor se manifiesta” (a los romanos 3,2).
24.
La Palabra que impregna el ser en el
silencio. La Palabra de Dios, sedimentada “por escrito” en la Escritura (la
Palabra transciende también la Escritura) la asumimos en tres niveles:
-
Palabra estudiada analíticamente con un método “histórico-crítico”: labor
necesaria y del todo insuficiente.
-
Palabra penetrada científicamente con una exégesis teológica: labor necesaria,
mas no completa.
-
Palabra vivida como Palabra de Encuentro con el Dios viviente: aquí nos espera
el Señor.
25.
El silencio purificado acoge la Palabra:
Encarnación y misterio pascual. Silencio quiere decir:
-
Purificación de los pecados. Sin pureza de corazón no hay silencio.
-
Anhelo unitivo de Dios, habiendo dejado fuera las cosas que no son Dios.
-
Abandono en el amor divino, dejándose amar por quien nos amó primero. Entonces,
sí, la Palabra habla.
26. La Iglesia tiene una pedagogía para
escuchar la Palabra. Es la lectura litúrgica de la Biblia, especialmente la
lectura en la Misa. Se nos ha expuesto con detalle esta “pedagogía” en el
amplísimo documento de Introducción al Leccionario de la Misa (2ª edición
típica del 21 de enero de 1981), que se puede encontrar en las primeras páginas
de nuestros “Leccionarios” de altar.
V.
En Jesús, que es la Palabra viviente
del
Padre.
La vida de Jesús, transida de la oración
como armonía y comunión con el Padre y el Espíritu
Santo
Nuestro retiro tiene un punto focal y
terminal: Jesús.
Contemplemos a Jesús en oración. Oración
y acción en Jesús son la misma dinámica de vida; son la unidad de su persona.
En Jesús, obviamente, no hay “oración + acción”. Esta composición amenazaría la
unidad de su ser.
Con todo, “psicológicamente” hablando,
la representación que nos hacemos es esta, como se dice en los párrafos citados
a continuación: Su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso
aparece fluyendo de la misma.
Recogemos a continuación los textos
evangélicos referentes a Jesús en oración, según la sistematización que
encontramos en el número 4 de la “Ordenación de la Liturgia de las Horas”, para
que nos hagamos tres preguntas:
Primera: ¿Soy consciente
de esa realidad evangélica de Jesús en oración?
Segunda: De acuerdo a
este modelo ¿qué es lo que Dios me está pidiendo para que yo sea configurado
con Cristo orante?
Tercera: ¿Qué medios
concretos tendría yo que promover conscientemente de mi parte para que Dios
pudiese actuar en mí pro este camino?
“El
Hijo de Dios, "que es una sola cosa con el Padre" (Jn 10, 30), y que
al entrar en el mundo dijo: "He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu
voluntad" (Hb 10, 9; cf Jin 6, 38), se ha dignado ofrecernos ejemplos de
su propia oración. En efecto, los Evangelios nos lo presentan muchísimas veces
en oración:
o
cuando
el Padre revela su misión (Lc 3,21-22),
o
antes
del llamamiento de los Apóstoles (Lc 6,12),
o
cuando
bendice a Dios en la multiplicación de los panes (Mt 14,19; 15,36; Mc 6,41;
8,7; Lc 9,16; Jn 6,11),
o
en
la transfiguración (Lc 9,28-29),
o
cuando
sana al sordo y mudo (Mc 7,34)
o
y
cuando resucita a Lázaro (Jn 11,41ss)
o
antes
de requerir de Pedro su confesión (Lc 9,18)
o
cuando
enseña a orar a los discípulos (Lc 11,1),
o
cuando
los discípulos regresan de la misión (Mt 11,25ss; Lc 10,21ss)
o
cuando
bendice a los niños (Mt 19,13),
o
cuando
ora por Pedro Lc 22,32).
Su
actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo
de la misma, como
o
cuando
se retiraba al desierto o al monte para orar (Mc 1,35; 6,46; Lc 5,16; cf. Mt
4,1 y paralelos; 14,23)
o
levantándose
muy de mañana (Mc 1,35),
o
o
al anochecer, permaneciendo en oración hasta la cuarta vigilia de la noche Mt
14,23. 25; Mc 6,46. 48; Lc 6,12).
Tornó
parte también, como fundamentalmente se sostiene, en las oraciones públicas,
tanto en las sinagogas, donde entró en sábado, "como tenía por costumbre"'
(Lc 4,16),
o
como
en el templo, al que llamó casa de oración (Mt 21,13 y paralelos),
y en las
oraciones privadas que los israelitas piadosos acostumbraban recitar diariamente.
o
También
al comer dirigía a Dios las tradicionales bendiciones, como expresamente se
narra cuando la multiplicación del pan (Mt 14,19 y paralelos; 15,34),
o
en
la Ultima Cena (Mt 26,26 y paralelos),
o
en
la comida de Emaús (Lc 24,30),
o
de
igual modo recitó el himno con los discípulos (Mt 26,30 y paralelos).
Hasta
el final de su vida,
o
acercándose
ya el momento de la Pasión (Jn 12,27s)
o
en
la última Cena (Jn 17,1-26),
o
en
la agonía (Mt 26,36-44)
o
y
en la cruz (Lc 23,34. 46; Mt 27,46; Mc 15,34),
el Divino
Maestro mostró que era la oración lo que le animaba en el ministerio mesiánico
y en el tránsito pascual. "Habiendo ofrecido en los días de su vida mortal
oraciones y súplicas con poderosos clamores y lágrimas al que era poderoso para
salvarlo de la muerte, fue escuchado por su reverencial temor" (Heb 5, 7)
y con la oblación perfecta del ara de cruz "perfeccionó para siempre a los
santificados" (Heb 10, 14); y después de resucitar de entre los muertos
vive para siempre y ruega por nosotros (Hb 7,25)” (Ordenación general de la
Liturgia de las Horas, n. 4).
Señor Jesús,
condúceme por tus caminos:
confío en ti,
me abandono en ti.
Guadalajara, 3
de octubre de 2014
Fr. Rufino María
Grández, O.F.M.Cap.
¡Oh bendita soledad! Te bendigo. En ella conozco el verdadero amor, quien es Jesús, Dios.
ResponderEliminarNelly.