Lupita, un canto al amor en fraternidad
Sucedió este verano, en la segunda
quincena de julio, que impartiendo un curso de Biblia a las Religiosas del Verbo
Encarnado, adyacentes a la Universidad Pontificia (Tlalpan, México DF), me llega la noticia de que acababa de fallecer
en el INER (Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias) una capuchina.
¿Quién era? La Hna. María Guadalupe Contreras
Paz, 34 años (*19 junio 1980), del monasterio de San Andrés Tuxtla. Fui al punto,
pero no la vi sino en su caja mortuoria en la misa exequial nocturna que le
hicimos antes de que la carroza funeraria la trasladara en unas diez horas de
carretera a su destino.
Fue una bellísima historia, una de esas flores
de amor que Dios va sembrando cada día en el camino de la vida. Aquella misma noche redacté un largo comunicado para
contarles a su comunidad las cosas preciosas que habíamos vivido. Les decía:
“… Ha sido una bella historia, de la que es justo
dejar constancia.
La hermana
María Guadalupe Contreras, de la comunidad de San Andrés Tuxtla, acababa de
concluir sus estudios en Santa Verónica. El día 7 defendió su tesina. En
realidad no pudo concluir la exposición y la Prefecta de Estudios, Hna. Janet,
precisamente de su misma comunidad de origen, hubo de ayudarle leyendo el texto.
El día siguiente, 8 de julio, de madrugada hubo que internarla en el INER. Era
camino de la eternidad.
Desde su regreso de las vacaciones navideñas (5 de
enero), Guadalupe se resentía con una tos molesta, que en un primer
diagnóstico fue de gripa. La tos persistía. Nuevo análisis sin acertar del todo
de qué pasaba: hernia hiatal, desgaste de huesos, pérdida de peso, anemia,
tuberculosis, enema pulmonar agudo con neumocina, hongos (por contagio del
polvo de libros viejos…). Al fin, pulmones perforados y el viernes pasado se
detectó que definitivamente era un cáncer extraño que ataca a personas cercanas
a los 40 años… El P. Juan Miguel Subiza vino a administrarle los santos
sacramentos.
La valerosa hermana, que se quejaba de diversos
síntomas, había vivido un generoso calvario compaginado con sus estudios. En las
largas horas de la tarde me cuentan cómo era la hermana, cuya fotografía me
muestran. La hermana había trabajado su tesina de diplomado con el título de “La
experiencia de Dios en la vida capuchina”. La hermana Lidia, de República
Dominicana, una de las compañeras de promoción, explica con mucha delicadeza y
penetración el porqué de la elección de ese tema, que iba a ser ayuda y
fortalecimiento de su búsqueda de Dios.
Y de pronto nace en mi corazón una profunda
simpatía hacia la difunta, como si de antes la hubiera conocido, y siento un
gozo interior de poder celebrar una misa de exequias de cuerpo presente en las
capuchinas de C/ Juárez 45, Tlalpan, donde se acogen y pernoctan las hermanas
que le atienden”.
Y continuaba largamente el relato dando muchos que
detalles que, sin duda, interesaban a sus hermanas y a su familia de sangre. Al
día siguiente le hicieron el funeral en el convento; después la familia tomó el
cuerpo… para festejar a la hija, a la hermana, a la sobrina… y hacerle nueva
misa hasta que le dieron cristiana sepultura.
Al recordarla, me salen versos del corazón, que
aquí los dejo como una brazada de flores. Pero, sobre todo, me emociona que le
estoy oyendo a ella que desde el cielo nos envía un mensaje: las últimas palabras
escritas en la tierra, al cerrar la “tesina” de su Diplomado en la Casa de
Formación “Santa Verónica Giuliani” (Cuautitlán Izcalli, edo. de México). ¡Es
bella la vida cuando se la mira con ojos puros…!
Lupita se está muriendo
con ojos de eternidad;
detrás de tanta belleza
¿qué es lo que ella soñará?
Jesús, su amor y su esposo,
es su sueño y realidad.
Lupita, mi buena hermana,
sin haber visto tu faz,
al sentir tanta hermosura
me estás haciendo llorar.
Ibas ya de despedida,
cuando ibas a empezar,
como madre, como hermana
- fecunda fraternidad –
y Clara te iba enseñando
ser cristiana de verdad.
Amor puro compartido
haciendo fraternidad;
como aprendiz de doctora
con un diploma sin más
escribías cosas bellas
de vida en comunidad.
Y nos decías, amable,
que es destino universal,
ser hermano, ser hermana
con la más bella amistad,
que es conquista de Jesús
y regalo que él nos da.
Desde tu cruz lo decías
con bella sinceridad.
Era tu sabiduría
que bien va a fructificar.
Yo te pido, hermana mía,
una mirada de paz;
cielo y tierra hacen familia
en la santa caridad.
Capuchinas, capuchinos,
que somos el mismo hogar:
Lupita, linda y querida,
cúmplase su voluntad.
(13 octubre 2014).
(13 octubre 2014).
LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE LUPITA
(como si desde el cielo hablara)
La Experiencia de Dios en la Vida Fraterna
"La experiencia de Dios en nuestra vida debe ser
apoyada exclusivamente en la línea ideal y activa de la paternidad espiritual.
En las comunidades religiosas especialmente la nuestra es muy importante
estudiar su mismo sentido comunitario y no se puede seguir dos líneas extremas:
Donde una concede la máxima importancia al conjunto, a la realización de la unión
y la otra, que concede la parte más destacada al individuo32. Es de mucha
importancia a la vida de fraternidad: La aceptación, cariño, alegría, hablar
siempre bien de la hermana. Favorecer las relaciones normales, no andar
juzgando las actitudes de los demás, sino abrirnos al diálogo con la hermana,
tener mucho respeto al hablar y al escuchar tener en cuenta que es una persona
que tiene dignidad, negándonos el permiso de ser juez para la hermana, darnos
cuenta que somos diversidad y hay que procurar por perseverar abiertos a todos.
Y estar abiertos sin cerrar las puertas a las hermanas, hemos de llevar la
alegría y el gozo. La fraternidad no es un esfuerzo humano de vivir en común unos
valores determinados, que es un don del Dios que nos da en abundancia la gracia
de la conversión para que la vivamos en nuestra vida personal y comunitaria (nota
33).
El
amor hacia la hermana espiritual será más fuerte y espontáneo que el más grande
de los amores humanos: El materno, ya que el sobrenatural y la gracia son más
elevados y reales que el natural “si la madre ama y nutre a su hijo carnal,
¡con cuánta mayor solicitud no debe cada una cuidar y amar a su hermana
espiritual!” el amor no cambia. Esta expresión define perfectamente la idea de
comunidad, el amor fraterno, que brota de la acción redentora de Dios Amor,
busca siempre la salvación eterna de las hermanas, la vida fraterna,
completamente dominada por la gracia y la fe, testimonia la posibilidad de la
vida de una comunidad, cuya intimidad y profundidad superan a cualquiera otra
agrupación humana (34).
La vida fraterna en comunidad es una
actualizada confirmación del significado y del testimonio de la fraternidad
religiosa en nuestra época. Un espacio que a pesar de todo, es un tiempo de
discernimiento en el que todo se discute y se renueva, incluso la
evangelización. La vida consagrada, fruto siempre inadvertida de la creatividad
del Espíritu, en un mundo y en una Iglesia que necesitan más que nunca
testimonios vivos de fraternidad. Vivir es comunicarse, vivir en comunidad lo
es todavía más, no sólo porque lo exige la relación interpersonal sino porque
se trata de personas consagradas anunciar la fe. Y este anuncio hay qué
captarlo. Y se capta también y sobre todo, en el trato diario con los hermanos,
y a ellos antes que a los demás, es a quienes hay que decir y anunciar la fe.
La persona consagrada es alguien que con
su testimonio hace que brote en el corazón la nostalgia de Dios, el deseo de lo
absoluto, una profunda sed de felicidad que no puede apagarse de golpe. Pero todavía
más: Es quien revela el sueño de Dios sobre el hombre. Por su vida y su
consagración es un testimonio viviente de lo que Dios puede hacer en el corazón
del hombre; además, afirma vigorosamente que hay que dar la prioridad de lo que
Dios quiere para saber lo que es el auténtico desear. No estamos, ante una
dudosa caridad, ni ante ningún moralismo desencarnado, sino ante una propuesta
de liberación y promoción humana integral, que rebasa las perspectivas y las
fuerzas exclusivamente humanas, y que por eso mismo puede encontrar resistencia
y rechazo. También Pablo conoció estas reacciones negativas, pero no le
impidieron proclamar -en un acto de amor y de fraternidad.
El diálogo mantiene viva la vida
fraterna, y hace visible y significativa la vida consagrada hoy, constituye el
arma secreta y su punto de apoyo. Sobre todo el diálogo con Dios, en la palabra
que resuena en la intimidad del trato a solas con Él, que luego se extiende a
toda la comunidad consagrada, para llegar a todos y cada uno de los seres humanos,
últimos destinatarios de esa palabra. El religioso es, exportador de
fraternidad; el modelo comunitario se convierte en símbolo de los valores
relacionales que puede y debe haber en toda comunidad humana. Por consiguiente
hay que transmitirlo y difundirlo porque esos valores son patrimonio de todos y
constituyen el primer signo de la nueva humanidad instaurada por Cristo. La
fraternidad es el destino universal de la humanidad, y no el privilegio de los
que se han cerrado un espacio lejos de las intrigas de los hombres.
La vida Capuchina sigue siendo un reto
para los que continúan este camino, y tener experiencia de Dios dentro de ella
seguirá siendo la base para una auténtica perseverancia en el seguimiento de
Jesús, y para que siga viva la llama de la espiritualidad de los fundadores.
Sin experiencia de Dios la vida no se nutre y muere, no se trata de mero
sentimentalismo, sino de vivencias que ayuden a superar cada día los desafíos
que se van presentando en nuestras vidas como consagradas (35)".
32 Lotario HARDICK O.F.M. Op cit. La
Espiritualidad de Santa Clara. Pp. 85
33 Pere ARRUFAT y José Antonio LASA Op cit. Fraternidad, Comunidad de Hombres en Conversión. Pp. 125 y 143-144
33 Pere ARRUFAT y José Antonio LASA Op cit. Fraternidad, Comunidad de Hombres en Conversión. Pp. 125 y 143-144
34 Lotario HARDICK O.F.M. Op cit. La
Espiritualidad de Santa Clara. Pp. 89-92
35 Amedeo CENCINI Op cit. Vida en
Comunidad Reto y Maravilla. Pp. 22,80-81, 200, 259.

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