Texto evangélico
35 Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla». 36 Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. 37 Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. 38 Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». 39 Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. 40 Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 41 Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».
Hermanos:
1. Cuando leemos el Evangelio, lo leemos como cristianos, desde esa plenitud de fe que es propia de los cristianos. No lo leemos como unos investigadores que esperan el resultado de su investigación para esclarecer quién es el personaje en cuestión, y luego dar el consentimiento a su persona o dejarlo en suspenso.
Cada escena de la vida de Jesús es revelación de toda su persona. Con este criterio por delante, hemos de añadir que hay en el Evangelio escenas que tienen una fuerza simbólica muy especial, como nos ocurre con esta escena en los elementos que vamos a considerar.
2. Hace más de un año, el 27 de marzo de 2020, e organizó una vigilia especial de oración en Roma, compartida por todo el mundo, dirigida pro el Papa. Y para interpretar esa situación dolorosa y dramática de la Humanidad, el Papa escogió el Evangelio que acabamos de escuchar. Y comenzó su homilía con estas palabras:
“«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos”.
3. La escena evangélica pone ante nuestros ojos un panorama que es el panorama mismo de la vida con una serie de circunstancias, que, en la pandemia o fuera de la pandemia, tienen una actualidad siempre viva e interpelante:
- La barca zarandeada por las olas.
- El peligro del naufragio total de todos los navegantes.
- Jesús dormido.
- El grito de angustia de los que pueden perecer.
- El reproche de Jesús por el miedo que tienen y por la falta de fe.
- La intervención soberana de Jesús, como dueño del mar y los vientos, como portador de la salvación de Dios.
4. Esta historia evangélica puede ser el símbolo de la propia historia personal, de momento angustiosos y difíciles de mi vida.
Antes que yo los santos han leído este Evangelio y han sacado las consecuencias. Teresita del Niño Jesús, a sus 20 años, el 23 de julio de 1893, escribía a su hermana Celina, cuatro años mayor que ella:
“No me sorprende que no entiendas nada de lo que ocurre en tu alma. Un niño pequeño completamente solo en el mar, en una barca perdida en medio de las olas borrascosas ¿podrá saber si está cerca o lejos del puerto? …
Jesús está
allí, dormido, como antaño en la barca de los pescadores de Galilea. Él
duerme... y Celina no lo ve porque la noche ha caído sobre la navecilla...
Celina no oye la voz de Jesús. El viento sopla y ella lo oye soplar, ve las
tinieblas... y Jesús sigue durmiendo. Sin embargo, si se despertara solamente
un instante, sólo tendría que «ordenar al viento y al mar, y vendría una gran
calma», y la noche sería más clara que el día. Celina vería la mirada divina de
Jesús, y su alma quedaría consolada... Pero entonces Jesús ya no dormiría, ¡y
está tan cansado...! Sus pies divinos están cansados de buscar a los pecadores,
y en la navecilla de Celina Jesús descansa tan a gusto...
Los
Apóstoles le habían dado una almohada, el Evangelio nos cuenta este detalle.
Pero en la barquilla de su esposa querida Nuestro Señor encuentra otra almohada mucho más suave: el corazón de Celina. Allí lo olvida todo, allí está como en su casa...”.
5. Estas consideraciones piadosas, sabiendo de quién se trata, son mucho más que una pía reflexión. Con una lenguaje fino y amoroso, con exquisita delicadeza femenina, se hace profesión de grandes verdades de fe.
Hoy la Iglesia está pasando por una grande tormenta. Y no es la tormenta de la pandemia, que, gracias a Dios, parece que va amainando, por los signos que hoy mismo se nos anuncian, como la desaparición de la mascarilla en la calle a partir del sábado de la semana que viene, sino más profundamente pro una terrible sacudida de fe.
Leemos hoy en la prensa: Según el Instituto Nacional de Estadística en 2020 nueve de cada diez matrimonio fueron civiles, uno de cada diez católico (ver Religión digital, 18 junio 2020).
6. Y lo que pasa en la sociedad puede pasar en el corazón de cada uno: la noche oscura, y el naufragio que parece inminente. Pero, hermanos, esto es tan viejo como Job. Nos lo ha contado la primera lectura. “El Señor habló a Job desde la tormenta: ¿Quién cerró el mar con una compuerta, / cuando escapaba impetuoso de su seno… y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; | aquí se romperá la arrogancia de tus olas”?” (Job 38,1.8-11).
Cada uno tiene sus tormentas en el corazón; cada uno pasa por su noche oscura. Incluso, es necesario que así sea. Pero Jesús, Hijo de Dios, se pone en pie y puede ordenar: ¡Silencio, enmudece!Y entonces dijo a sus apóstoles: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Palabra que hoy toca el fondo de nuestros corazones, y transforma completamente la situación. Hermanos, el mensaje es este: Si Jesús está en la barca, no tengamos miedo. Que la tormenta haga acrecentar nuestra fe.
Señor Jesús, es verdad que te pedimos que nos saques de la tormenta; pero más te pedimos que aumentes nuestra fe. Amén.
Madrid, viernes 18 de junio de 2021.
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