según el Evangelio de san Marcos 16,15-20
(Domingo
VII de Pascua, ciclo B)
Hermanos:
1. La vida de Jesús no termina en el monte
Calvario con la crucifixión. Esto lo dirá cualquier niño de catequesis, y, al
decirlo, confiesa la fe, porque sabe que detrás del Calvario está la
resurrección.
Ahora nosotros, cristianos adultos, perfilando
la confesión cristiana, podemos afirmar correctamente: La vida de Jesús anunciada
en los Evangelios no termina en la resurrección; concluye más allá de la
resurrección, y cada Evangelio en este particular tiene su enfoque propio para
decir cómo la vida de Jesús Resucitado, el Viviente, no concluye con el triunfo
esplendente de la Resurrección, sino que queda coronada en un segundo momento
en el cual él, el Resucitado, enlaza con nosotros, y de una forma infinitamente
gozosa nos dice que su vida termina en nosotros, su vida se concluye con nuestra
vida; su vida desemboca en la vida de la Iglesia. Este es el mensaje, hermanos,
que hoy quisiera transmitir, pidiendo al Señor Jesús ese gozo de la fe que
consiste en compartir el gozo de lo que en él ha sucedido y sucede, vivencias
que pueden llegar, incluso, según el mismo Evangelio hasta la explosión de los
milagros. Veámoslo.
2. Cada evangelista, según su modo propio, según
un estilo que en la Iglesia no se ha de agotar nos pone en este trance final de
Jesús.
“Id y haced discípulos a todos los pueblos… Y
sabed que yo estoy con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos”
(Mt 28,18-20). Son las supremas palabras en el Evangelio según san Mateo: la
misión evangelizadora de la Iglesia y la presencia de Jesús. Jesús está conmigo,
Jesús está con nosotros; este y no otroe s el soporte del culto cristiano.
En san Marcos, cuyo Evangelio hoy proclamamos,
se nos habla de ese mismo envío a la creación entera: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Mc 16,15). Del anuncio del Evangelio va a nacer un mundo nuevo, cincluso
con cuatro signos portentosos:
- el signo de la expulsión
de demonios,
- el signo de las
lenguas nuevas,
- el signo de los
milagros como serpientes y venenos que pierden su ser nocivo,
- el signo de la
imposición de manos a los enfermos.
Y dice a
continuación el Evangelio esta confesión de fe, que hace hoy el centro de nuestro
mensaje y las palabras finales del texto sagrado:
“Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al
cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes
y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (vv. 19-20).
Jesús fue llevado al
cielo. El mismo Dios y Padre que lo había enviado a la tierra lo recoge ahora
en el triunfo eterno, y la vida de Jesús continúa en la tierra:
- predicando la
palabra en todas partes, ahora mismo en este rincón de la tierra,
- y obrando
maravillas que se tienen que ver ante los ojos, maravillas que está obrando Jesús
en el cielo por nuestras manos.
El Evangelio de san
Lucas también termina con las Ascensión del Señor. “Y los sacó hasta cerca de
Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se
separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo” (Lc 24,50-51). Con este escena van
a empalmar los Hechos de los Apóstoles, la otra obra de Lucas, en esa escena
que ha sido la primera lectura de hoy y que se repite todos los años: “Se les presentó él mismo después de su
pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante
cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Hch 1,3). Curanta días, un número
sagrado, que, por otra parte, da lugar a un tiempo de preparación para la gran
fiesta de Pentecostés, en la cual Jesús Resucitado se va a manifestar en el Espíritu.
En fin, en el Evangelio
según san Juan, Jesús Resucitado, para culminar su obra, va a enviar sobre la
Comunidad del cenáculo el Espíritu divino, soplando sobre ellos, Espíritu que
ha de renovar la Iglesia y la faz de la tierra,
3. En suma,
hermanos, el Evangelio no termina en el hecho de la resurrección, en ese anillo
que enlaza espiritualmente la vida de Jesús con la nuestra, haciendo de las dos
una sola vida ante el Padre.
Y aquí es donde nos encontramos,
y donde nuestra reflexión fluye del cielo, impregnando nuestro corazón con
vivencias distintas, todas ellas sabrosas, porque hoy no se trata de compartir
el sufrimiento de Jesús, sino el gozo de Jesús. Si en la resurrección de Jesús hemos
resucitado nosotros, en su ascensión hemos sido llevados nosotros hacia esa
realidad infinita que presenta la carta a los efesios:
- esa esperanza a la que nos llama,
- la riqueza de gloria que da en herencia a los santos (Ef 1,18).
4. De todo este
misterio de gloria ¿en qué nos vamos a fijar y qué vamos a recibir como gracia
de Jesús, ¨Pionero de nuestra fe”?
Podemos gustar que
todo esto que nos dice el Evangelio está escrito en un lenguaje familiar; todo
es cosa nuestra, que nos pertenece como herencia. Estamos en familia, estamos en
casa. Jesús, el Señor Jesús, como dice el Evangelio, es y habla como hermano, y
la realidad que él ha conquistado es lo nuestro; nos la regala como cotidiano
nuestro. La Ascensión del Señor, con todo lo que incluye está escrita en este
tono de absoluta confianza entregada a su Iglesia.
Permítanme, hermano,
una referencia al caso. Ayer volaba yo de España a Quito para acudir a partir de
mañana a ese Simposio de XXV años de martirio de Alejandro e Inés, que mencionaba
en una homilía anterior. Once horas de vuelo sobre las nubes, paisaje propicio
para pensar en la ascensión y leer en la Biblia los textos que ahora
comentamos. ¿Y si en ese momento el avión tuviera una avería mortal…? No
pasaría nada: nos encontraríamos con ese Jesús que sustenta nuestra fe y a
quien predicamos, con el Señor Jesús que está en el cielo y actúa en la tierra.
5. Otro pensamiento
que se impone en el día de hoy es que Jesús ha dejado una tarea a su Iglesia,
ni más ni menos que la que fue su tarea, y que se podrá decir con distintas
palabras y matices.
Es la tarea del
amor, dirán unos. Y, efectivamente, es esa la herencia que Jesús nos da y la
tarea que nos encomienda.
Es la tarea de
anunciar el Evangelio al mundo entero, incluso a la creación, podremos decir y
es correcto resumir así el mensaje de la Ascensión. En ello estamos.
6. Ahora bien,
hermanos, hermano mío, la pregunta concreta es esta: ¿Qué me dice a mí, Jesús,
en su Ascensión; Jesús sentado a la derecha del Padre; Jesús, a quien hoy voy a
recibir en la sagrada comunión; Jesús, a quien puedo leer todos los días en las
santas Escritura; Jesús, cuyo Evangelio puede ser hoy la delicia de mi vida?
Esta es la pregunta terminal, y la respuesta está dentro de mi propio corazón.
Concluyamos con una
sencilla oración:
Jesús, que tu alegría sea mi alegría. La necesito tanto…
Amén.
Quito, 20 mayo 2012
Cantos para orar. Invito al lector a pasar, en mercaba.org (sección de Himnos de Pascua) a mis composiciones tituladas: “IV. Himnos para la Ascensión del Señor y espera de Pentecostés”, que son:
Santa Misa en la Ascensión del Señor, Quito 2012
Cantos para orar. Invito al lector a pasar, en mercaba.org (sección de Himnos de Pascua) a mis composiciones tituladas: “IV. Himnos para la Ascensión del Señor y espera de Pentecostés”, que son:
doblemente gracias por sus palabras para el retiro de Jesus y por estas que parece van directas para mi , yo tambien quiero que tu alegria sea MIA. OMC
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