Homilía en el Domingo XII del tiempo
ordinario,
ciclo C – Lc 9.18-24
Texto evangélico
18 Una vez que Jesús estaba orando solo, lo
acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?». 19 Ellos
contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha
resucitado uno de los antiguos profetas». 20 Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Pedro respondió: «El Mesías de Dios».
21 Él les prohibió terminantemente decírselo a
nadie, 22 porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer
mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser
ejecutado y resucitar al tercer día».
23 Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir
en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. 24 Pues
el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi
causa la salvará.
Hermanos:
1. Tratemos siempre de comprender el Evangelio con
toda esa fuerza vital, dramática, comprometedora que lleva dentro.
El breve texto de san Lucas que acabamos de escuchar,
quizás lo puedan ver en sus Biblias – así en la Biblia oficial de la conferencia
episcopal española – seccionado en tres fragmentos, que en la Biblia solemos
llamar perícopas. Una cosa es la pregunta de Jesús y la confesión de Pedro;
otra el primer anuncio de la pasión y resurrección, y una tercera, la llamada
al seguimiento con la cruz de cada día.
Son tres temas y son uno solo: Cuál es la verdadera
identidad de Jesús, cuál es la identidad del destino de Jesús, cuál es la
identidad y destino del cristiano. La Cruz, la Cruz, la Cruz, y tras la cruz la
Resurrección.
2. Y hay un detalle particular de san Lucas: que la
escena ocurre como fruto de la oración de Jesús:¿Qué había orado Jesús? ¿Qué
había hablado con Dios Padre suyo y Padre nuestro? Una vez que Jesús estaba orando solo…
Obviamente la pregunta que hace Jesús brota de la pregunta que hace al Padre:
¿Quién eres tú, Padre mío, y quién soy yo aquí en el mundo? Mi identidad es mi
misión, como tu propio ser es tu revelación al mundo; tu amor y tu soberanía
son tu esencia y tu acción en el mundo, y yo predico tu reino y tu reinado.
De alguna manera tenemos que asomarnos, hermanos, a
la oración sin fondo de Jesús al Padre, oración que hace solo, si bien con la
cercana compañía de los suyos.
3. Seríamos malos intérpretes del Evangelio si
comenzáramos explicando, si quisiéramos reconvertir este pasaje en una clase de
teología expositiva.
Aparentemente Jesús está pidiendo informaciones
para dar luego una lección, una catequesis. Creo que si vamos por este camino
le quitamos a la escena su dramatismo, su fuerza interpoladora, que llega a
nosotros. Se trata de una pregunta que nos está haciendo Jesús a nosotros,
mejor dicho, a mí, hoy y aquí. ¿Qué dices tú de mí?
El punto de arranque es este: ¿Quién dice la
gente que soy yo?
La gente no conoce a Jesús, misterio de Dios y
todas las respuestas son incorrectas – en el fondo falsas – porque no enlazan
con el misterio absoluto. Juan el Bautista, Elías, un profeta que ha
resucitado… Todas son falsas, pero todas coinciden en algo importante y válido:
todas apuntan a una apertura hacia el misterio. En el fondo, Jesús es el
misterio de Dios, que el hombre vislumbra.
La respuesta certera de Pedro proclama: «El
Mesías de Dios».
Pedro, pues, relaciona directa y personalmente a Jesús
con Dios. Jesús, sin esta vinculación única con Dios, no es nadie.
4. Quizás el teólogo especulativo precise: Pedro
confiesa la mesianidad, pero todavía no se le ha revelado la divinidad. La
divinidad se revelará en la resurrección.
Hermanos, esta racionalización del Evangelio no da
razón del texto sagrado, que no se puede leer con tales categorías. Pedro, la
Iglesia entera presente en sus palabras proclama la totalidad de Jesús, que
viene del Padre. Sin esa totalidad no tienen sentido las palabras que a
continuación va a pronunciar Jesús, el Señor.
Lo que Pedro y la Iglesia acaban de confesar es
total y sublime. Por eso el texto sagrado puntualiza: Él les prohibió
terminantemente decírselo a nadie.
He aquí un versículo que nos inquieta: que no se lo
digan a nadie. ¿Por qué? Porque no lo comprenderían. No es una prohibición
táctica para salvar tiempos y aguardar a más tarde; es mucho más.
5. Pero sigamos con lo que a continuación dice
Jesús: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los
ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer
día». He aquí la “auto-identidad” de Jesús. Yo soy el rechazado por mi
pueblo, yo soy el resucitado al tercer día.
La primera lectura de hoy está tomada de la profecía
de Zacarías (último libro en el orden del Antiguo Testamento): “Derramaré
sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de
perdón y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán
duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito” (Zac
12,10).
Texto misterioso. San Juan lo ha aplicado a Jesús alzado
en la cruz para darnos su verdadera efigie: “Esto ocurrió para que se
cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la
Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,36-37). Y san Lucas nos
presenta una escena en el Calvario que nos evoca el duelo por el hijo único: “Toda
la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que
habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho” (Lc 23,48).
La identidad histórica de Jesús lleva estos dos
extremos: desechado hasta ser condenado a muerte, amado por Dios hasta ser
resucitado.
6. La última revelación es que esta identidad
personal de Jesús él la transporta para que sea la verdadera identidad de todos
los que quieran ser sus discípulos. Jesús decía a todos, no a los apóstoles, o
un grupo selecto, sino a todos, por lo mismo a mí también: Si alguno quiere
venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues
el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi
causa la salvará.
¿Cuál es nuestra verdadera efigie, nuestra identidad
cristiana? La que acabamos de decir; la cruz de cada día, la pérdida de la
vida, para alcanzar la gloria y la vida.
7. Estamos hablando de misterios, de misterios
absolutamente concretos. He aquí cómo describe san Pablo nuestra identidad
bautismal cristiana con estas palabras revolucionarias que suenan en el Nuevo
Testamento: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido
de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos
vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de
Abrahán y herederos según la promesa” (Gal 3,27-29).
En la comunidad cristiana, hermanos, ante el
supremo valor de nuestra filiación divina, se borran todas las diferencias:
sociales y culturales, y ese carácter último de ser varón o mujer. No es más
digna una condición que otra, porque todos somos hijos de Dios santificados en Cristo.
8. Concluyamos, hermanos, con una plegaria a Jesús,
arrancada, si fuera posible, de su propio corazón:
Enséñame, Jesús, quién eres tú, para que yo sea
igual que tú, y en esta identidad divina halle mi misión en tanto que voy caminando
en esta tierra. Amén.
Guadalajara, Jalisco, jueves 16 junio 2016.
Oración de pensamiento
de corazón y de abandono
(Al eco de la
homilía)
1. Quisiera yo
saber el ser de Dios
y poseer su
vida al conocerlo,
y abandonarme
entero en su regazo
entrándome en
su voz y en su silencio.
2. Quisiera yo
saberme en mis esencias
naciendo en
Dios y en él feliz viviendo,
estar en su
pensar cuando Él pensaba
crearme todo
entero en alma y cuerpo.
3. Y ser su
confidente, intimidad,
y ser adentro,
muy adentro, adentro,
en donde todo
es uno y armonía
y mal no es ni
mero pensamiento.
4. El mal
piensan los malos, solo ellos,
mas Dios Amor
es Bueno, solo Bueno;
si mal
pensara, fuera él mismo Malo,
con virus de
maldad en pensamiento.
5. Mas ¿quién
soy yo, creada criatura,
para pensar
así con mi cerebro,
que casi me
parece dar lecciones
como las doy
aquí, por ser maestro?
6. Perdóname,
mi Dios y mi Infinito,
si por pensar
así acaso ofendo,
mas era por
amor que lo decía,
y tú
comprendes bien lo que yo pienso.
7. Dos cosas
yo te pido antes que muera,
de corazón a
corazón abierto,
que el Hijo me
ha enseñado que eres Padre
y un Padre
bueno cumple los deseos.
8. La primera
es sentir en mi conciencia
que estoy en
paz, sin dudas, sin recelo,
que no hay mentira en mí cuando te hablo,
que todo es
puro, llano y verdadero.
9. La otra es
más audaz que la primera:
quisiera yo
sentir tu eterno beso;
que aquí en la
tierra me amas de verdad
igual que un
día allá será en el cielo. Amén.
18 junio 2016
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