Homilía para el Domingo XXIV del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 15,1-10. 11-32
Texto evangélico
15 1 Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los
pecadores a escucharlo. 2 Y los fariseos y los escribas
murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
3 Jesús les dijo esta
parábola: 4 «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde
una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la
descarriada, hasta que la encuentra? 5 Y, cuando la encuentra,
se la carga sobre los hombros, muy contento; 6 y, al llegar a
casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he
encontrado la oveja que se me había perdido”. 7 Os digo que así
también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que
por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.
8 O ¿qué mujer que tiene diez
monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca
con cuidado, hasta que la encuentra? 9 Y, cuando la encuentra,
reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he
encontrado la moneda que se me había perdido”. 10 Os digo que
la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se
convierta».
Hermanos:
1. El capítulo 15 de san Lucas es
el capítulo de las ters parábolas de la misericordia, que son: la oveja
perdida, la dracma perdida, el hijo perdido. De las tres en este momento hemos
escuchado la lectura de las dos primeras.
Claro que en el Evangelio hay
otras parábolas que hablan de la misericordia del Padre, como la de aquel gran
deudor que no podía pagar la deuda debida es perdonado, mientras que él no es
capaz de perdonar al que le debía solo cien denarios; pero en ningún otro pasaje de los
cuatro evangelios hallamos acumuladas tantas palabras juntas en torno a la
misericordia.
2. El papa Francisco en la bula
convocatoria de este Jubileo de la Misericordia, nos ha recodado estas tres
parábolas, y he aquí la interpretación que hace de las tres en conjunto:
“En las parábolas dedicadas a la
misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás
se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo
con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en
particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y
los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre
lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del
Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que
todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón” (Misericordiae vultus, 9).
Hermanos, esto es lo que dice el
Papa, pero cada uno de nosotros puede prolongar estos pensamientos y navegar de
sorpresa en sorpresa. La teología de las parábolas, que es, por así decir, la
teología de Jesús, no tiene fondo; se pierde a lo infinito. Jesús no es un pensador
de cátedra, ni mucho menos. Qué ocurrencia ha tenido en presentarnos estas
escenas, que a lo mejor no ocurre en la vida real, pero que Jesús las inventa,
porque tienen que ocurrir, porque en Dios ocurre así. La mujer que encuentra la
dracma perdida, que siente necesidad de anunciarlo a las amigas y vecinas para
decirles: Felicitadme, estoy de fiesta, os invito a compartir mi alegría. ¡He
encontrado lo que había perdido!
Dios se alegra de haberme
encontrado, como si yo le hiciera un favor, como si yo le provocara una fiesta.
Nunca jamás la filosofía pensó esto: Que Dios se alegre por el hombre. Esta es
la teología de Jesús, que no la aprendió en ninguna universidad: ¡qué Dios
celebre fiesta por mí, porque he vuelto a casa! Que Dios sienat esta necesidad
explosiva de compartir su alegría…
3. No hay otra religión en el mundo
que pueda presentar esta novedad del Dios misericordioso que presenta el
cristianismo. Por supuesto que otras religiones hablarán, sí del Dios misericordioso,
pero ninguna con el cristianismo. San Pablo nos dijo cuál era la prueba suprema
de la misericordia de Dios.
San Pablo, en la carta a los
Romanos se ha detenido en explicarnos esta perspectiva de nuestra fe: “pues
bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores,
Cristo murió por nosotros. 9 ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora
por su sangre, seremos por él salvados del castigo! 10 Si, cuando éramos
enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta
más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida! 11 Y no solo
eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por
quien hemos obtenido ahora la reconciliación” (Rom 5,9-11).
4. La misericordia de Dios es el
misterio en la Encarnación y el misterio de la redención por la cruz, por la muerte
del Hijo.
Desde que en Cuaresma se abrió el
Año de la Misericordia todo este año está dedicado a pensar cómo es el amor de
Dios al hombre, a mí, que es un amor incondicional, amor gratuito, amor, total,
amor que tiene uan palabra definitiva: amor misericordioso, misericordia.
Los profetas lo habían intuido, y
entre todos Oseas es el que ha hablado sobre esto con los acentos más emotivos.
Escuchemos algunas frases de este profeta:
- “¿Cómo podría abandonarte,
Efraín, | entregarte, Israel? | ¿Podría entregarte, como a Admá, | tratarte
como a Seboyín? | Mi corazón está perturbado, | se conmueven mis entrañas” (Os
11,8).
- “No actuaré en el ardor de mi
cólera, | no volveré a destruir a Efraín, | porque yo soy Dios, | y no hombre;
| santo en medio de vosotros, | y no me dejo llevar por la ira” (Os 11,9).
- “Curaré su deslealtad, | los
amaré generosamente, | porque mi ira se apartó de ellos” (Os 14,5). Que otros
han traducido: los amaré aunque no lo merecen, los amaré graciosamente, los
amaré gratis; en suma, los amaré porque los amo.
5. Al escuchar el mensaje de los
profetas llegamos a la conclusión de que la misericordia no es el simple perdón
benévolo de los pecados que cometemos, quebrantando la alianza con Dios, sino
que se trata de algo infinitamente más profundo de Dios: Ese amor de ternura,
ese amor que se conmueve ante todos los hombres pertenece a la misma esencia de
Dios, a tal punto que hemos de confesar que Dios es misericordioso, porque no
puede ser de otra manera. Jesús, pues, nos dice: Sed vosotros, como Dios es,
siendo vuestro Padre; sed misericordiosos como el Padre. Este es el eslogan, al
consigan de este año.
De nuestra parte no podríamos ser
misericordiosos, si primero nosotros mismos no hemos experimentado esa
misericordia de Dios. Dios nos amó primero y cómo él nos amó, nosotros, en
consecuencia, y muy gustosamente brindamos el amor que hemos experimentado.
6. Recordemos la palabra de san
Juan: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino
en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por
nuestros pecados. Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también
nosotros debemos amarnos unos a otros” (1Jn 4,10-11).
Ante esta revelación es justo
decir con el antiguo salmo: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor, |
anunciaré tu fidelidad por todas las edades”. (Salmo 89/88,2).
Señor Dios, que por mí has muerto en la cruz, que tu ternura y amor lleguen
hasta mí, y que yo sea en medio del mundo un signo vivo de tu infinita
misericordia. Amén.
Guadalajara, jueves 8 septiembre
2016.
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