viernes, 4 de noviembre de 2011

125. ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!

Domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo A

Mt 25,1-13


Hermanos:

1. Hay verdades en la vida que es mejor decirlas en poesía: se entienden mejor y penetran más suavemente en el alma. Este criterio estético vale para captar el sentido espiritual de la reflexión primera de hoy que nos llega de labios un poeta, pensador, filósofo, místico.
Estamos en Alejandría en el siglo primero antes de Jesucristo. Alejandría es famosa por su faro cara al Mediterráneo; y lo mismo de famosa por su biblioteca. La luz de la noche que orienta los barcos y la luz de la mente que dirige los espíritus tienen un claro parecido.
Aquel hombre espiritual, el pensador de Alejandría, nos habla de la Sabiduría. No se está refiriendo a la Sabiduría que se enseña en la Escuela de la ciudad. Se está va refiriendo a la Sabiduría que Dios depositó en las Sagradas Escrituras, la divina revelación que gratuitamente se dio al pueblo de la Alianza, y más concretamente a esa Sabiduría personal, íntima, directa que Dios va dando en secreto a cada uno. Es cierto que en cada uno de los buenos pensamientos que se labran el corazón, Dios está presente como Sabiduría.
En este pasaje y en otro texto del libro de los Proverbios, la Sabiduría aparece como personificada. La Sabiduría no es la diosa Sabiduría, pero es una representación de Dios mismo que llega personalmente al corazón de uno. La sabiduría es la Embajadora de Dios.
Incluso este hombre espiritual la ha imaginado como la esposa confidente en quien uno puede verter su corazón. Esta audacia para hablar de Dios con un lenguaje esponsal la han tenido los profetas y los sabios espirituales.
Dios es el amor soñado; pero nunca es el amor irreal.
Dios es la belleza a mi alcance.
Dios es la paz que todo lo apacigua cuando mi corazón zozobra en la tormenta de la vida.
Y el filósofo, que navega por los senderos infinitos del conocimiento, podrá decir: Dios es lo más íntimo de mi propia intimidad. La verdad es que ya lo dijo san Agustín: intimior intimo meo.
En la raíz del ser está Dios, Dios es la savia y el jugo de mi vida.

2. Jesús en su vida ha hablado desde esos efluvios del amor. Así cuando invita a sus discípulos y a todo el que quiera oír: “Venid a mí todos los que estás cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28).
Es la Sabiduría que nos está invitando. Su lenguaje no es el lenguaje seductor, sino la palabra soñada que a mí me dilataría el alma hasta lo infinito. Eso es lo que Jesús tiene; eso es lo que él ofrece.
Estamos usando un lenguaje tan singular, que parece que estamos en la mística. Así es: estamos en la mística. La realidad a determinado nivel, sin remedio es una realidad mística que nos transciende, pero que es nuestra.

3. La parábola de hoy, que mira al encuentro final  de la Iglesia con Cristo, es de este género de lenguaje. Las vírgenes que salen al encuentro del esposo que llega, es la comunidad creyente que va al abrazo final del Señor.
Quiero decir, hermanos, cómo la vida cristiana es una historia de dos encuentros: el encuentro inicial, y el encuentro final.
La vida empieza con un encuentro: eso es la fe. Y termina con un encuentro: eso es la muerte, el tránsito a la eternidad y un día la Parusía, cuando Cristo, de un modo que ignoramos, venga a recibirnos.
El primer encuentro es el punto de partida. Uno es cristiano cuando ha encontrado a Jesús, Y encontrar a Jesús es lo mismo que enamorarse de él. Esto lo repetimos mucho en la predicación, porque es el lenguaje que se está utilizando desde la conferencia de los Obispos en Aparecida, Brasil (2007).
Y ya antes lo dijo muy expresivamente Benedicto XVI en su primera encíclica (Navidad 2005), al principio de la misma: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (n. 1).
Repitámoslo, pues, una vez más: la vida empieza con un encuentro. Y creer no es aceptar mentalmente, humillando la cabeza, un cúmulo de verdades que nos transcienden, sino haberse encontrado vitalmente con una persona, con Jesús de Nazaret.

4. Pero ahora digamos, en correspondencia, que la vida se corona con un encuentro: el encuentro con Cristo que nos invita a celebrar con él banquete pascual. Esto será la muerte.
Y nos ocurre decir estas cosas justamente en este mes de difuntos, cuando estamos recordando a nuestros queridos difuntos, a tantos que fueron compañeros de camino en el rumbo misterioso hacia la eternidad.
San Pablo nos lo ha dicho, y al eco de sentimientos que nos trajo el ver los “altares de muertos”, meditábamos sobre lo que fue “La primera catequesis sobre los muertos”, en la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses (véase en este sitio la intervención precedente, que lleva por título “La primera catequesis sobre los difuntos”, n. 124).
San Pablo nos habla de “la venida del Señor”. Y ¡con qué íntima fruición nos dice: Y así estaremos siempre con el Señor! Luego concluye: Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

5. Hay muchísimas personas que viven su muerte con ese gozo embriagador de lo más grande que se espera. Dios les ha concedido la gracia de ver disipado todo temor ante el misterio, de por sí tremendo, del más allá, y están viviendo ese momento como los últimos momentos del reloj antes de la boda. Se trata de una gracia superior que Dios concede. Estas personas dicen: “Toda la vida la he dedicado al Señor; he tratado de servirle; ahora... ¿le voy a tener miedo? Yo salgo con mi lámpara encendida al encuentro del Señor. Yo voy con el corazón exultante de alegría, porque nada más bello me puede ocurrir”.

6. Pero en la parábola vemos un grupo que no pueden ir a la fiesta de bodas a cantar al esposo y gozarse con él. Hay vírgenes prudentes, y hay vírgenes necias. Las necias son las que no se encuentran preparadas a la hora de la llegada. La puerta se ha cerrado y no pueden entrar. Llama, pero no pueden entrar. Y hay un diálogo brevísimo y fatal:
"Señor, señor, ábrenos."
Pero él respondió:
"En verdad os digo que no os conozco.
Jesús está hablando a sus contemporáneos, y su voz resuena en toda la Iglesia, porque el mismo aviso nos lo dirige a nosotros. Ese final es realmente trágico, y no es propiamente lo que acontece en una boda.
El Señor nos está invitando a considerar la vida como la oportunidad. La oportunidad de Dios se da a todos, absolutamente a todos. Pero yo puedo ser necio, y verme excluido porque, en el fondo, no me ha interesado.

7. La sentencia conclusiva del Señor es esta: Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.
Esta ¿es acaso una amenaza para el espanto? La vida cristiana no puede basarse sobre la conciencia del espanto. La vida cristiana no puede alimentarse de la psicología el miedo. Por el contrario, el suelo sustentante de nuestra fe debe ser la serenidad, de donde brota la confianza.
Firmes en esta serenidad hemos de afrontar el futuro, mirando a Dios, y alimentando nuestro espíritu de convicciones que han atravesado mi ser, que son éstas:
- El Dueño de mi vida es Dios.
- El Dueño del tiempo que se me concede es Dios.
- El Dueño del conocimiento sobre lo que va a venir es Dios.
- El Dueño de mi futuro es Dios.
- Por todo ello, mi salida, amplia y gozosa, es esta. Dios mío, me pongo en tus manos. Lo que haya de ser sea según tu voluntad, ni un minuto antes ni un minuto después. Dame el espíritu nuevo, que es el espíritu de una gozosa esperanza.
De aquí brota una oración a Jesucristo:
Señor, mi muerte sea tu triunfo;
tu venida sea mi tiempo,
tu venida mi eterna primavera
con la lámpara nupcial en mis manos. Amén.

Puebla, viernes, 4 noviembre 2011.


Con la lámpara encendida
Cántico de Comunión

Estribillo
Con la lámpara encendida,
con la fe viva y  preciosa
Iglesia, su amante esposa,
espérale en su venida.

Estrofas
1. Diez las vírgenes amigas,
y de ellas cinco prudentes,
con las lámparas a punto
y bien provistas de aceite;
resuena la algarabía
del bello esposo que viene:
¡Salid al divino encuentro
venid a cantar y verle!

2. Salid al final encuentro
el día de los laureles,
por la gran puerta del triunfo
que abre la hermana Muerte,
y lanzaos a sus brazos
heridas de amor en fiebre,
ya la espera se ha acabado
y el tiempo se desvanece.

3. Jesús de mis largos días,
ahora ya todo tan breve,
estás todo verdadero
para cantarte cual eres,
Jesús, amado del Padre,
pasión de todos los seres,
ya para siempre mi Pascua,
mi banquete para siempre.

4. Fundidos el tú y el yo,
en un abrazo celeste,
Jesús de la creación,
que en ti todo se contiene,
Jesús, eco de mi voz,
luz de mis amaneceres,
a la hora de la tarde
serás mi premio con creces.

5. Yo anhelo contigo estar
y a ti te pido que alejes,
los temores del pecado
que tu fulgor ensombrecen.
Jesús de amor derramado,
cuando en el mundo anochece,
como a esposo yo te espero.
Jesús, mi flor y banquete. Amén.

Puebla, 4 noviembre 2011.

jueves, 3 de noviembre de 2011

124. La primera catequesis sobre los difuntos

Reflexión sobre los Muertos y nuestra unión con ellos
desde la Primera Carta a los Tesalonicenses

1. El mundo está lleno de creencias sobre los muertos. Pero esto es tan antiguo como la historia humana que se conoce. Las tumbas de los muertos traen recuerdos de las creencias que en torno a ellos se ha alimentado.
Ayer, Día de Difuntos, fuimos a ver los altares de muertos de la población llamada Huaquechula, que en el extenso estado de Puebla (México). En Huaquechula se venera a los muertos como en ningún otro sitio de estado. Es algo religioso entrañablemente sentido por las familias, que en su gran mayoría son católicas. Las familias protestantes no tienen esta “devoción”. Para el turismo, como reza el cartel oficial, esta tradición es “Patrimonio cultural del estado de Puebla”.
Las familias que han tenido algún difunto durante el año hacen su “altar de muertos” en casa. Todos los visitantes están invitados a pasar. No me detengo a describir el gasto económico que esto requiere..., y que, sin duda, lo hacen con amor. Respetuosamente hemos entrado en cuatro o cinco casas de las que tenían altar de muertos, perdidos en la caravana de visitantes.
Esta veneración a los muertos, me ha evocado a mí la primera catequesis acerca de los muertos que encontramos en el Nuevo Testamento,
Uno barrunta que desde el principio del mundo los muertos han dejado una huella imborrable; que no se puede vivir sin los muertos; y que, en definitiva, un día también uno ha de ser “muerto”, y donde haya terminado su cuerpo mortal habrá de ser venerado respetuosamente por los deudos que creen en la inmortalidad, o que sospechan de alguna manera que la cosa no se acaba aquí.

2. Pero vengamos a san Pablo. En el primer escrito a sus comunidades (año 51), san Pablo se ha visto obligado a aclarar creencias sobre los muertos. Dice así hablando a los fieles de Tesalónica:
“Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto. Esto es lo que os decimos apoyados en la palabra del Señor: nosotros, los que quedemos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto; pues el mismo Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar; después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, por los aires. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras” (1Ts 4,13-18).
Ya se ve que san Pablo está manejando aquí dos grandes verdades: una que se refiere a Cristo en su fase final tras la muerte; otra que se refiere a los cristianos en la misma fase. Pero estas verdades, la segunda en concreto, la transmite en un escenario mítico. El lector comienza a interrogarse: ¿Es posible hablar del misterio de esta manera...? En realidad ¿qué dice y qué no dice san Pablo, y qué es lo que quiere decir en definitiva? ¿Es que se puede hablar de los muertos? Si existen los muertos y si hay una relación entre ellos y nosotros, algún lenguaje tendremos que utilizar.
Sin pasar a otras cuestiones básicas que pueden dividir a los científicos y a los pensadores de la fe: ¿Qué es el mundo como ámbito de la realidad? ¿Puede haber dos mundos? ¿Se puede hablar de los muertos, como si en ese estado desconocido se comportaran como nosotros?
Trataremos de orientar la interpretación, que no es un asunto baladí para nuestra fe
Vengamos ahora, comparativamente a un altar de muertos, de los innumerables que se ponen en México.
3. Huaquechula es un ejemplo privilegiado. Los matices, el grado de las creencias serán tan diferentes, y a veces muy difuminadas. Mas he aquí cómo una narradora, una cronista del acontecer diario, una periodista, nos cuenta lo que ocurre en un altar de muertos: 

“...Altares: fusión de lo prehispánico con lo religioso
El vocero de la Comuna señaló que los altares de Huaquechula son una fusión del arte prehispánico con lo religioso... En la actualidad los altares cuentan con tres niveles, el primero es denominado "El mundo terrenal", y aquí se coloca pan de muerto que representan el cuerpo humano del difunto bañado en su propia sangre, además de pan de agua o blanco que simboliza la pureza del alma. También están las hojaldras, mismas que significan el cráneo y la osamenta del difunto.
En el primer nivel, por lo general también se pone la comida o bebida que vienen a probar los difuntos. Para este caso se seleccionan los platillos o bebidas favoritos del fallecido, entre los que se pueden ver mole, tamales, hojaldras, dulces, frutas, chocolate o atole.
Un elemento indispensable es la cera, ya que a decir de los lugareños, sirve para iluminar el camino del difunto en la oscuridad, además del agua bendita que ayudará a mitigar la sed en el camino que recorra; el punto central del primer nivel es la fotografía del muerto, ya que sirve para identificar a quién se dedica la ofrenda, esta imagen es reflejada en un espejo para hacer un llamamiento al alma del difunto del inframundo al mundo de los vivos.
Por su parte, el espejo simboliza la entrada del inframundo a este mundo, mientras que el incienso y copal que acompañan el altar se traducen en las plegarias que se elevan al cielo, así mismo, no puede faltar la flor de temporada. Otros elementos significativos son figuras de llorones, que representan a los dolientes directos, es decir, los familiares, así como los ángeles que implican el acompañamiento a este mundo terrenal.
El segundo nivel representa la unión del cielo y de la tierra, de lo humano y lo divino, aquí suele colocarse la imagen del santo o virgen de la cual era devoto el muerto; para el último nivel se considera la colocación de un niño Dios si fue un menor el acaecido, pero si se trata de un adulto, se culmina con una cruz; de esta forma se representa el cielo o la máxima divinidad” (Mayra Hernández, en “El Sol de Puebla”, Internet).

4. Los altares de los muertos nada tienen que ver con el culto supersticiosos de “La Santa Muerte” (tristemente muy extendida en México), ni propiamente con la “Catrina”, que es el esqueleto de la muerte engalanado como elegante señorita con largos vestidos y fantasioso sombrero. Son formas de honrar la memoria del ser querido que ha fallecido y que está delante, mejor que en su fotografía directa, con su foto reflejada en un espejo, un feliz invento, que nos muestra al difunto o a la difunta con cierta perspectiva de profundidad y como morando en una esfera celestial.
¿Qué es realmente lo que se cree y lo que no se cree? Porque es evidente que el muerto que viene no se come el pan que le han puesto ni se bebe el agua o el refresco que le han preparado.
Al ver estas creencias populares, me ha parecido más hermoso y espléndido el texto paulino, en el cual también se hace recurso a la fantasía. Qué verdades nos quiere inculcar Pablo desde la sola perspectiva del mensaje cristiano?
La primera. La mirada del cristiano y del pagano son – y tienen que ser – diametralmente opuestas. Para el cristiano el futuro está lleno de esperanza, y, por lo tanto, de hermosura; para el no creyente el futuro no es futuro, porque no hay esperanza. El futuro será una fantasía, que, a lo mejor, hasta nos puede entretener, si sabemos dramatizarla y convertirla en espectáculo, implicando en ello nuestros sentimeintos.
La segunda. El futuro tras la muerte es ni más ni menos que Cristo, que se resumen en dos palabras soberanas: muerto y resucitado. Cristo tuvo futuro; yo voy a tener futuro. El futuro de Cristo  fue Dios, el Padre; el futuro del cristiano es el Padre, a través de Cristo. Pero aquí san Pablo ha introducido una palabra entrañable: Jesús. ¡Qué dulzura tiene aquí el nombre histórico del hijo de María, que es, igualmente, un nombre celestial! No es el “Hijo Jesús” (1,10); no es “el Señor Jesús” (2,15; 4,2); no es “Cristo Jesús” (2,14); es simplemente JESÚS, palabra tan dulce como “el Señor”, que se repite cautro veces en el mismo párroco.
La tercera. La realidad de Jesús, agarrada en dos palabras – muerto y resucitado – es la realidad integral del cristiano: muerto y resucitado. Esto es, Jesús y yo somos troquelados por la misma historia. Mi historia no termina en la muerte sino que queda coronada en la resurrección. Este es nuestro destino; este es nuestro futuro. Esto es la fe en sus puras esencias que Pablo expresa transversalmente en sus cartas, en cualquier momento. “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos, ya muramos, somos del Señor” (Rm 14,8).
La cuarta. ¿Cómo será ese encuentro, esa nueva realidad? Aquí entra el catequista, y por fuerza tiene que crear personajes, escenas, movimiento, tiempo... que están fuera de la revelación. ¿Cómo “creer” que seremos arrebatados por los aires...? ¿A qué parte del cosmos..., cuando el mundo que viene es mundo nuevo, y mientras yo vaya volando por los aires estamos en este mundo de acá...? Es el catequista el que está hablando con el lenguaje mítico de los apocalipsis. Se habla de la trompeta divina... ¿Qué cuerpo sopla en esa trompeta divina...?
Se trata de una representación que tiene un punto focal: el Señor vendrá. Este es el mensaje, y esto no es mito; es verdad, pero no es una verdad intramundana para la crónica de acá. Es la pura escatología.
En suma, la comunión con el mundo futuro, desde Cristo, por Cristo, a través de Cristo, para Cristo... esto es verdad, verdad transcendente, que queremos objetivarla, precisarla, personalizarla – lo cual es legítimo – con los peligros correspondientes.  
Nosotros desde esta ladera constituimos santos, concretamos al intervención de este santo en este enfermo, ponemos patronazgos de tal santo o santa para esta necesidad... ¿Quién nos dado este conocimiento?
El mundo que viene es absolutamente inefable, aunque nosotros, en nuestra fe sencilla, hagamos esas concreciones, que nos estimulan en el camino de la fe; pero la gloria de Dios supera todo.
Y entretanto... yo seguiré componiéndole poemas a mi madre (+ 2008), y cantando a los santos en particular, mas siempre remitiéndome a Aquel que supera todo mi conocimiento, y cuyo amor colma lo que ni la fantasía puede soñar.
¡A Él la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Puebla de los Ángeles (México), 3 noviembre 2011. 

Véase los Himnos escritos por el autor en "Flos Sanctorum" (mercaba.or), a saber:

martes, 1 de noviembre de 2011

123. Fieles difuntos: memoria y oración

Meditación ante los difuntos


1. El Día de Difuntos nos trae dos recuerdos: el recuerdo de los difuntos, y el de nuestros difuntos. Mucho tiene que cambiar el mundo para que esta fiesta desaparezca. No puede desaparecer, porque esta fiesta, se llame como sea, ha existido siempre y en todos los pueblos. No nos referimos a un día designado sino al hecho misterio y constante del culto a los muertos.

¿Qué vinculo nos une a ellos? Para que no los podamos olvidar. Hay un lazo umbilical entre esta vida y la otra, que, por una parte la soñamos como prolongación y por otra como superación. Si efectivamente es así, esta, mediante la muerte es el alumbramiento de que va a irrumpir.
El que visita las tumbas de los Faraones se encuentra con los muertos en los frisos pintados con la fe en la ultratumba. Ahí está “El libro de muertos” que nos ha legado al religión de los Egipcios.
Pero si regresamos a la tierra madre que nos vio nacer, leemos la crónica local, como leo de mi pequeña y entrañable tierra de La Rioja en España:

“Toda La Rioja se volcó ayer con sus muertos. Los camposantos de la comunidad entera -desde los grandes cementerios de las cabeceras de comarca hasta los pequeños rincones de los pueblos menos poblados- recibieron la visita de familiares, amigos y allegados venidos para rendir el tributo obligado a sus fallecidos. Las tumbas renovaron sus flores; los mausoleos se asearon; las lápidas restañaron las heridas del polvo acumulado. Siguiendo el ritual de cada año, los riojanos no olvidaron la cita con los que ya no están y reservaron unas horas para reencontrarse con el recuerdo de los que un día abandonaron este mundo. La melancolía propia de estas fechas se conjugó con la alegría de la memoria, y los ramos de flores pusieron una nota de color a lo largo de una jornada en la que, por lo general, acompañó el bueno tiempo y unas temperaturas más que razonables para un mes de noviembre que arrancó lleno de homenajes póstumos”. 
 Foto tomada de La Rioja, 2 nov, 2011


Hablamos del día de ayer, porque Todos los Santos, día laboralmente festivo, en cuanto afluencia al cementerio es más día de difuntos que el 2 de noviembre.

2. Pero de Europa yo vine a México y voy rumbo del décimo año. Aquí ya no los muertos no solo están en el cementerio (que en el lenguaje del país se llama “panteón”), sino que a los muertos los traemos a casa. No habrá familia (es un decir), no habrá iglesia ni convento en que los fieles devotamente no levanten su altar de muerto, que no dura un día solo, sino varios, incluso una semana. Y en un convento vivo. Y allí están los nombres de todos los hermanos asignados a su calaveritas de azúcar – o de chocolate – que luego uno agradecidamente se la puede comer. ¿Comerse uno su calaverita hecha de azúcar o chocolate...? ¿No será demasiado macabro...? Parece que no; que es un acto muy inocente.
La religión católica en México va bajando, bajando, y del 82% ya pronostican los sociólogos que se reducirá al 67% en el año tal. ¿Se irán retirando los altares de muertos...? De ninguna manera, porque, si uno requiere información, tiene que remitirse, con eruditos artículos a las culturas prehispánicas que entre religión y mitos y tradiciones de familia veneraban a sus muertos. El trato con los muertos es, por una parte, entrañable, y por otra festivo, cómico... y con no pocas superstición. El día de Muertos se escriben muchas “calaveras”, versos de bromas y chistes que se dedican unos a otros, procurando no herir con la muerte – la Calaca – en medio. Los misioneros hicieron lo que pudieron, pero, por lo visto, no destruyeron los altares de muertos, que perviven hasta hoy con el crucifijito, con los santos, con las fotos de los difuntitos, con sus ofrendas de toda especie de alimentos, según los gustos del finados, y con la “flor de muertos” de nombre indígena, que es la “Cempaxochitl” (xochitl en Náhualt es flor).
Cempaxochitl

3. En momento serenos de reflexión, tratando de no molestar – pues, al fin. uno es adventicio de una cultura que no mamó en su infancia  - se lanzan preguntas que suenan hueco. ¿Cuál es la fe que yo recabo de todo esto? Un mexicano culto sería un insensato si tratara de destruir los altares de muertos. Pero la pregunta persiste: ¿Cuál es la fe subyacente?
Por de pronto, hay un dato primario que se impone. Que aunque se juegue con las calaveras la Muerte no es una Broma, porque todo este mundo, oscuro y cuestionable, está diciendo una cosa: que ciertamente la tierra no acaba acá. Con responsos o con ofrendas a los muertitos, con juegos, con dulces..., la vida es seria porque continúa allí.
Este dato infunde respeto, y bien pensado puede quitar el aliento.
La muerte no es un chiste, ni es un accidente para vivirlo dormido... y morirse sin saber que uno se muerte – sería una cruel estafa – la muerte relama un supremo respeto. Y tanto el morir como el nacer está grávido de misterios, que inquietan si no lanzamos la referencia absoluta a lo divino. Xavier Zubiri (1898-1983), máximo de nuestros metafísicos, se enfrenta a la muerte con graves problemas de la Filosofía. “Cuando murió Zubiri se planteó un problema en la confección de su esquela. Lo clásico era pedir una oración por el eterno descanso de su alma. Después de tanto luchar contra el dualismo, no tenía mucho sentido poner alma en su esquela mortuoria. Parecía un sarcasmo. Después de mucho pensar decidieron sustituir alma por persona. Pero la estructura expresiva ya estaba hecha, y sonaba un poco raro decir “por el eterno descanso de su persona”. Mejor habría sido decir simplemente “por su eterno descanso”; pero nos e cayó en la cuenta de ello” (Conversaciones sobre Xavier Zubiri PPC 2008, 226-227).

4. Morir y afrontar la eternidad es gracia. Pero algo absolutamente extraño nos acontece. En vida, no tenemos tiempo para morir como se debe: con el tiempo propio que hay que darle a la muerte.
La muerte viene como ladrón – no como hermana – a arrebatar los despojos de un hombre que ya no es dueño de todas sus facultades. Esto es cruel e inhumano, pero los culpables somos nosotros. Esto es muerte digna.
Un cristiano muere como cristiano apaciblemente preparado. Me pregunto: Los que mueren en los hospitales ¿cuántos mueren con los santos sacramentos?
Y cuando a uno le llaman (anteayer asistí a un moribundo, y de paso, aprovechando la presencia de un sacerdote, atendí a otro...) ¿qué puede hacer el sacerdote en una sala de seis enfermos ante un moribundo? Mucho, por cierto, porque, al fin, Dios está ahí. “Mire, pídale perdón al Señor de todo lo que le haya ofendido en la vida..., porque Dios es nuestro Padre y nos perdona todo. Déle un beso al crucifijo”. Y le acerco a los labios un hermoso crucifijo. Eso y alguna frase más es el 90% de mis confesiones en los hospitales...
¿Es la forma humana de morir? No por cierto... Pero, por lo visto, la mayor parte de los familiares lo prefieren así.
Tenemos que pedirle al Señor que, cuando llegue la hora, nos dé una muerte hermosa, cuidadosamente preparada y vivida como celebración.

5. Día de Difuntos, día de oración por nuestros queridos difuntos, tantas veces inseparables del curso de nuestra vida, difuntos que los llevamos en nuestra sangre. Yo (permítaseme), cuando murió mi madre, casi centenaria, hace tres años, le fui escribiendo sonetos y sonetos. Los titulé “sonetos celestiales”. Es que, amable lector, entre los hoy siete mil millones del planeta a solo había un ser humano, solo uno, que era “mi madre”
¿Qué pasará después de la muerte?
La muerte es la posibilidad del supremo acto de amor de nuestra vida, porque nos ponemos absolutamente en manos de Dios, sin quedarnos con nada.
Me adhiero de corazón a lo que escribía Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi (Salvados en esperanza) sobre ese tránsito de la vida hacia la Vida.
“Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, « como a través del fuego » (1Co 3,12-15).  Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios” (Spe salvi, 46).

6. Conmemoración de los fieles Difuntos, día de íntima serenidad, de callado gozo esperando al victoria pascual de Cristo.
¡Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua! Amén.

Puebla, 1 noviembre 2011, noche

En mercaba.org se pueden ver los Sonetos celestiales a mi madre; y en la sección "Flos Sanctorum" diversos himnos para la Conemoración de los Fieles Difuntos.




122. Jesús, corona y comunión de todos los santos

Homilía-contemplación del misterio de Todos los Santos

Hermanos:

1. Hoy es la fiesta hermosa de Todos los Santos. Hoy es la fiesta de la hermosura de la Iglesia. Hoy es la Fiesta del Apocalipsis. Hoy es fiesta del Cuerpo Místico. Hoy es la fiesta de Jesús, Corona y Comunión de todos los Santos.
Y en esta Corona María es la perla brillantísima.
Hoy es la fiesta del Cielo.
Hoy es la fiesta de la cruz y de la esperanza.
Hoy es una de las diez grandes fiestas que dispone la Iglesia en su calendario litúrgico, después del domingo, que, como proclama el Concilio es la “fiesta primordial”, y esto viene de la tradición apostólica. La Iglesia no puede modificar este tesoro del Domingo que nos han legado los Apóstoles; las otras Diez Fiestas, sí.
Dice, pues, el derecho Canónico, luego de presentar el Domingo:
“Igualmente deben observarse los días de NAVIDAD, EPIFANÍA, ASCENSIÓN, SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, SANTA MARÍA MADRE DE DIOS (que es Año Nuevo, octava de Navidad), INMACULADA CONCEPCIÓN y ASUNCIÓN, SAN JOSÉ, SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO, y, finalmente, TODOS LOS SANTOS” (c. 1246).

2. Para entrar en el secreto de esta fiesta hemos de caer en la cuenta de que es una fiesta pascual. Hoy, en la celebración eucarística no leemos el Antiguo Testamento, como lo hacemos en los domingos ordinarios, sino que, como usa la Iglesia en el tiempo pascual, solo se proclama el Nuevo Testamento. Las tres lecturas de la Misa son:
- Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, del Apocalipsis, capítulo 7.
- Veremos a Dios tal cual es, de la primera carta del apóstol san Juan, capítulo 3.
- Y las Bienaventuranzas, del Sermón de la Montaña, en San Mateo 5.
Esta es la perspectiva gloriosa para pasar por este Arco de Triunfo y cantar con toda la iglesia celestial, como lo hemos compartido en el Oficio divino del Día de Todos los Santos:
“Y aquel coro inmenso de voces decía:
«Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.»
Y escuché a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -  todo cuanto hay en ellos -,   que decían: “ «Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.»
Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos cayeron de hinojos y adoraron” (Ap 5.12-14).

3. Con esta perspectiva gloriosa, triunfal y pascual, con esta apoteosis del triunfo de Dios en su Hijo y en la Historia, se deshacen pequeñas ideas nuestras, que pueden ser toques de piedad, útiles y benéficos en ciertos momentos, pero que, puestos en primer plano, desfigurarían el sentido sacramental de esta inmensa celebración.
Es la fiesta de nuestros familiares que hoy gozan de Dios, a veces se escucha; por ejemplo, de nuestros padres, de tantas personas de bien que se han ido cruzando por el camino de nuestra vida y pasaron ya la ribera sagrada.  Sin duda, pero la celebración alcanza toda la marcha peregrina de la familia humana.
U otras veces se aduce: Claro que la Iglesia ha puesto en los altares a muchos santos, pero ¡hay tantísimos que podrían tener este honor...! Vamos a incluirlos a todos. También esto resulta estrecho, hermanos; porque, quisiera decir algo, por sorprendente y escandaloso que, de improviso, suene a nuestros oídos: En el cielo no hay santos, hermanos: no hay vírgenes, no hay mártires, no hay confesores, no hay papas, no hay obispos..., como no hay “marido y mujer”, según dijo Jesús: ¿No estáis equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dada en matrimonio, serán como ángeles del cielo” (Mc 12,25-26). Y, por tanto, no habrá ni judíos, ni musulmanes, ni católicos... Seremos simple y puramente “hijos de Dios”.
“Y dijo el que está sentado en el trono: Mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

4. Pero vengamos al Evangelio, que nos pone en la situación de la espera: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra...” Y así va dejando caer Jesús de sus labios esas palabras de paz, que son felicitaciones para sus discípulos, Ciudadanos del Reino, herederos de la misma herencia que él va a recibir de su Padre.
Hay unas barreras, hoy infranqueables, pero que no pueden romper la unidad del misterio: ellos, los que celebran la liturgia celestial, y nosotros, que ensayamos nuestros cánticos hoy y aquí en la tierra, formamos un solo Cuerpo Místico. Para ellos y nosotros la savia es la misma: Cristo. Para ellos el amor no puede llamarse esperanza, no va unido a la esperanza, porque el amor llegó a su sazón; para nosotros, el amor está rebozado de esperanza.
Para nosotros el amor es peregrinación; para ellos, es patria.
Para nosotros el amor es Fe y teología; para ellos el amor es visión.
Para nosotros el amor es anhelo; para ellos es fruición.
Pero la familia es la misma: ellos y nosotros. Ni ellos sin nosotros, ni nosotros sin ellos, pues en el centro está Cristo, solo Cristo, santificado por el Espíritu, ensalzado en gloria.
Por eso, esta fiesta es la coronación de Cristo, la exaltación de su misterio pascual. Pero simultáneamente es “Corona y Comunión”. Cristo habita en mí como habita en ellos: no hay dos pertenencias, sino una sola, centrada en Cristo.
Por esto, yo soy beneficiario de todo el bien que mis hermanos hicieron en vida y ha sido transformado en gloria. Los múltiples carismas que adornan y hermosean el vestido de gala de la Esposa-Iglesia revierten sobre mí, cuando alzo los ojos para contemplar a Todos los Santos.

5. Pero hay un último dato que quiero evocar, con alegría de corazón mirando la asamblea celestial. El Papa Siervo de Dios Pío XII, escogió la fiesta de Todos los Santos para proclamar en esta ocasión, el 1 de diciembre de 1950 (hace hoy 61 años) a María Asunta en cuerpo y alma a los cielos. Quien habla, en este momento era un seminarista, un “niño seráfico” de tercer curso del seminario menor. En aquel tiempo, en que no existía la televisión, no había tampoco radio en el Seminario. Pidieron de prestado a un bienhechor, para seguir el acto y escuchar de rodillas la fórmula sagrada de la constitución apostólica Munificentissimus Deus:
“Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”.
Es la solemnidad de la Asunción de María que celebramos el día 15 de agosto, y en la octava, el 22 de agosto, como irradiación de la Asunta celebramos a María Reina.

6. Hermanos, esta es, pues, la fiesta esplendorosa de Todos los Santo. Aclamemos a Dios, en el Espíritu Santo, y glorifiquemos a Cristo, Corona y Comunión de Todos los Santos.
Amén.


Puebla, 1 noviembre 2011

Sobre la Solemnidad de Todos los Santos puede verse, con su introducción, en Flos Sanctorum, mercaba.org, el himno: La fiesta universal cantemos todos.



Himno para la solemnidad de Todos los Santos

1. La fiesta universal juntos cantemos,
unidos en un coro cielo y tierra:
el triunfo de Jesús, de cuya frente
la santidad de Dios desborda y llena.

2. La Iglesia peregrina mira al cielo,
y ve la inmensa gloria que le espera:
la patria jubilosa de salvados
que el Padre ha reservado como herencia.

3. Cantad, hermanos míos celestiales,
la gloria de Dios trino, gracia vuestra;
volved vuestra mirada a nuestra ruta,
en tanto que miramos a la meta.

4. Allí mora la Reina de los ángeles,
la Virgen preservada, la primera,
los mártires, testigos fieles en la arena,
las vírgenes y esposos sin afrenta.

5. Miríadas un día conocidas
por solo Dios, que mira y nos alienta,
ahora, en comunión de amor perfecto,
sois luz de Dios y hermosa transparencia.

6. La paz y el gozo inundan las mansiones
de aquel feliz convite que congrega
a hijos y a dispersos que guardaron
su santa Ley que todo lo renueva.

7. Ciudad de Dios, festín de eterna Pascua,
el corazón del Padre es puerta abierta,
y amores son los cantos entonados,
cantares que el Espíritu despierta.

8. ¡Oh santa y adorable Trinidad,
mi Dios, mi Creador, mi dulce espera,
tú eres nuestro origen amoroso:
que seas hoy y siempre nuestra fiesta! Amén.