Ante el Sínodo de Obispos sobre la Familia
Situación
El próximo
domingo (4 de octubre, para la Familia Franciscana, Solemnidad de San
Francisco) se abren las puertas del Sínodo de Obispos, sesión
ordinaria cuyo tema, la Familia, había sido iniciado el año pasado en sesión
extraordinaria. Se entra en Sínodo cuando la hoguera está en llama viva, al
menos en los foros periodísticos interesados y en la polémica generada en lo
ancho de la Iglesia Católica.
El ojo del huracán en loe medios
periodísticos es un punto particular dentro de la temática de estudio y diálogo
que se ofrece, que de por sí es muy variada: ¿Comunión a los divorciados que
han contraído nuevo matrimonio, sí o no?
La familia es el núcleo de la sociedad,
el núcleo de la Iglesia. Salvar la familia, hoy azotada por muchos vientos y temporales,
es el bien supremo de la humanidad, la cual puede definirse simplemente como
“la familia humana”.
Entrando directamente en el foro del
debate, veríamos otros, temas a cuestionar con referencia a la doctrina
tradicional (si así podemos usar las palabras, que en tiempo de polémica las
palabras arden como hierros rusientes): doctrina de la “Humanae vitae” con respecto
a la concepción, asunción de los matrimonios (otra vez la palabra…) o uniones
de homosexuales…, de acuerdo a la modernidad campante y a la realidad sonante
del derecho civil de tantas sociedades, cada vez más numerosos.
Algunas
convicciones antes de entrar en discusiones
1. Mi opinión como siervo del Señor,
digno de llevar el Evangelio de Dios. Sobre el asunto de la comunión a
divorciados la discusión se ha enardecido con documentos y firmas. El estudioso
no los podrá ignorar…, pero el cristiano pensante, sea estudioso o no lo sea,
puede opinar, sin orgullo y con serenidad y fortaleza, “a se” (desde sí mismo),
sin que ello signifique que yo, obrando de este modo, desprecio a alguien, con
una sutil autosuficiencia.
No es así; en mi caso no es así, doy fe.
Soy alérgico a firmar declaraciones conjuntas, siempre lo he sido.
El creyente puede orar con emoción, al celebrar la Eucaristía: "nos haces dignos de servirte en tu presencia". Y el llamado al ministerio, como Pablo puede decir con humildad: "Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio" (1Tim 1,12). Este ministerio es el Evangelio que Dios ha puesto en mis manos, como "ministro del Evangelio" (cf. Ef 3,7).
2. La fidelidad garantía de la verdad.
La verdad de la Iglesia en el inexhausto misterio de la fe no es una verdad
“académica” (aunque la Academia pueda trabajarla como objeto de estudio), sino
una verdad “salvífica”, la cual queda iluminada por la acción del Espíritu en
la comunión de los hermanos. Las verdades de Dios son de un género tan
particular que en tanto se perciben en cuanto se viven. Sería
improcedente pedir su opinión sobre el celibato sacerdotal a quien no ha
gustado el sabor de la castidad. En el asunto del matrimonio, los “casados en
el Señor” que están viviendo fieles a su compromiso tienen la primera palabra
para compartir en la Iglesia. No habrá que desoír a otros; pero no todas las
opiniones tienen el mismo peso y valor. La Iglesia no discierne por
estadísticas, sino por la luminosidad interna de las verdades vividas.
3. Sobre la opinión del sacerdote
célibe. Se objeta que el sacerdote no conoce el día al día del matrimonio,
porque no lo ha vivido. Es una consideración que tiene más de falacia que de
verdad. El sacerdote, ante todo, no es un “soltero”, al que la vida le ha
obligado a esta situación, sino un “célibe” libre por el reino de los cielos,
que acepta su condición sexual por gracia y la vive en oblación, no por gusto
de sus instintos. En este sentido tiene una palabra que comunicar en la
Iglesia.
Ocurre, además, que humana y
espiritualmente es el confidente cualificado de manifestaciones de los cónyuges
que ellos mismos nos las tienen entre sí. Y precisamente por esto su
aportación, prestada con humildad, es del todo singular.
Dificultades
y sorpresas dentro del Nuevo Testamento
Quien ha avanzado con sencillez y
humildad en el estudio de la Escritura percibe con claridad que la filología y
las ciencias bíblicas son necesarias para entender la palabra de Dios, pero
estas ciencias humanas, por sí solas, son insuficientes para captar el núcleo
mismo de las palabras como Palabra de Dios.
Un ejemplo: las palabras de la
Eucaristía. Por el análisis filológico de las palabras de la santa Cena no podríamos
nosotros llegar a evidenciar la verdad de la presencia real (sacramental) de
Cristo en la Eucaristía. Esta verdad no es una verdad “empírica”, al alcance de
la “empireia” (experiencia) o de la gramática; transciende toda comprobación cósmica,
intramundana, y la aceptamos, en oblación y entrega, por la fe y solo por la
fe. Sin fe no hay Eucaristía, sin fe no hay Resurrección. Pues igualmente sin
fe no hay matrimonio, no hay inteligencia de matrimonio.
Un ejemplo llamativo de la dificultad
que presenta el matrimonio lo hallamos en este dicho de Jesús según el
Evangelio de Mateo, la Comunidad de Mateo, dicho de Jesús que lleva un inciso
puesto en boca de Jesús: “Ahora os digo yo, que si una repudia a su mujer – no
hablo de uniones ilegítimas (nisi ob fornicationem, dice escuetamente la
versión latina del griego) – y se casa con otra, comete adulterio” (Mt 19,9).
Según Mateo, Jesús pone una excepción al
“status” del matrimonio, que es la “porneia”. Conviene leer el pasaje completo,
verdadero catecismo del matrimonio cristiano que arranca de Jesús.
Un
texto fundamental, que arranca de Jesús: Mt 19,3-12
El matrimonio según Jesús, de acuerdo al
texto de Mt 19,3-12
“Se
acercaron a Jesús unos fariseos, y le preguntaron para ponerlo a prueba:
-
¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo.
Él
les respondió:
-
¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y
dijo: “Por eso dejará el hombre a sus padre y a su madre, y serán los dos una
sola carne?” De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios
ha unido, que no lo separe el hombre.
Ellos
insistieron:
-
¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?
Él
les contestó:
-
Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras
mujeres, pero al principio no era así. Ahora os digo yo, que si una repudia a
su mujer – no hablo de uniones ilegítimas
– y se casa con otra, comete adulterio.
Los
discípulos el replicaron:
-
Si esta es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.
Pero
él les dijo;
-
No todos entienden esto, sino aquellos que han recibido ese don. Hay eunucos
que salieron así del vienten de su madre, a otros los hicieron los hombres, y
hay quienes se hacen eunucos por el
reino de los cielos. El que pueda entender, entienda”.
1.
Jesús distingue tres momentos en la realidad del matrimonio:
-
Al principio: al principio no era así
-
En tiempo de Moisés: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar
a vuestras mujeres.
-
A partir de ahora: Obviamente el matrimonio de Jesús no es una continuación del
matrimonio de Moisés, sino una innovación que introduce un algo “absoluto”
2.
Jesús ha rechazado el planteamiento de los fariseos – que es: se puede despedir
a la mujer, pero discutimos el monto de la causa, si ha de ser una situación
extrema a una cosa menor – y reivindica el matrimonio original, que excede al
matrimonio de Moisés. El matrimonio “bíblico” lo explica Jesús como una condescendencia
interina, en atención a la dureza de vuestro corazón, en el fondo, debilidad,
impotencia, fragilidad… del ser humano.
En
el proyecto de Jesús
-
no cuadra la poligamia
-
no cuadra la provisionalidad.
Se
ha dicho en un conocido manifiesto: “En la Palestina del siglo I, las
palabras de Jesús afectaban directamente al marido que traiciona y abandona a
su mujer porque otra le gusta más, o por motivos de este tipo: son
primariamente una defensa de la mujer. Ahí sí que resulta inapelable la frase
del Maestro: "lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre".
Es
una interpretación exegética, no más. Las palabras de Jesús llevan dentro un
“quid” de absoluto y de nuevo que no queda satisfecho con esta interpretación
restrictiva. Hay una clara superación de Evangelio respecto a la Ley.
El matrimonio “evangélico” de Jesús
El
matrimonio cristiano o matrimonio evangélico, el matrimonio que corresponde a
la Ley nueva del Señor, a la perfección de la Nueva y eterna Alianza lo
concebimos así:
- Es una realidad nueva descubierta en la fe de Jesucristo,
- sustentada no en las fuerzas humanas sino en el poder de la
gracia,
- que establece una comunión de vida
- previamente conocida
- y libremente aceptada
- en la mutua oblatividad del amor
- bajo el signo de Jesús para siempre.
Si
faltara uno de estos elementos, el matrimonio no sería un “matrimonio en el Señor”, no sería un matrimonio
cristiano, no sería un matrimonio válido ante la Iglesia que interpreta el
sentir del Señor.
De
acuerdo a esta imagen, es obvio que los esposos cristianos, al celebrar semanalmente
el misterio pascual de Cristo se alimentan del cuerpo y de la sangre del Señor.
Eucaristía y Matrimonio son dos realidades correlativas, pues en ambas se trata
de un sacramento de amor.
Estamos
describiendo un matrimonio en sus esencias puras y verdaderas. ¿Es una realidad
mística? Sin ninguna duda, como realidad mística es el bautismo, que inocula en
nosotros la vida nueva para caminar en el Señor.
Cuando
hablamos de comunión de divorciados sí o no, es muy fácil que estemos escamoteando
el verdadero planteamiento, que es el de matrimonio cristiano sí o no.
Surge,
pues, un problema radical:
-
cuándo existe un matrimonio cristiano
-
y cuándo puede deshacerse un matrimonio cristiano.
En
principio y al parecer, todo matrimonio que se hace según el “ritual” de la
liturgia es, de por sí, un matrimonio verdadero, por tanto válido. Se supone
que los contrayentes, si son bautizados, aunque no sean practicantes, por la fe
implícita, aceptan que el matrimonio de Jesús – nuestro matrimonio – es para
siempre, y que, con este conocimiento, el hecho de casarnos, aunque no sepamos
decirlo con palabras bonitas, está proclamando el amor oblativo mutuo.
¿Es
esto así…? ¿Ocurre así…?
No
es evidente, ni mucho menos en una sociedad altamente paganizada, que oficialmente
se ha desligado de la transcendencia. El cumplimiento del rito no garantiza sin
más la verdad del rito, y la esencia del sacramento – que requiere ciertamente
un rito visible – no está en la materialidad externa del rito, sino en la verdad
misma de lo que allí se encierra. (Como es bien conocido, si uno dijo con sus labios
“quiero”, pero ahora jura que su corazón no decía “quiero” sino “no quiero”,
está mostrando cómo su matrimonio, pese a todas las apariencias, no fue matrimonio).
Cuál es la “porneia” que exime de “Lo
que Dios ha unido”
El
matrimonio es una “alianza” dentro de la “Alianza”.
El
pueblo rompía de continuo aquella Alianza, y Dios perdonaba de continuo. Es el mensaje
reiterativo de los profetas, comenzando por los dos primeros, Amós y Oseas. Dios
perdona y su proyecto no queda frustrado. Cuando Dios definitivamente hace un
desposorio con su esposa infiel, adúltera (Osea 2), Dios, con su infinito poder
de amor, “virginiza” a la mujer adúltera y la recibe como virgen, y se casa con
ella para siempre. Dios lo puede hacer.
El
matrimonio cristiano puede ser profanado por el adulterio, que es la ruptura
total del proyecto y compromiso santificado ante Dios. En ese caso el hombre ha
roto lo que Dios había unido. El ser humano (hombre o mujer) ha dado la espalda
al proyecto de Dios. Dios permanece fiel y llama a la unión de esa ruptura, a la
reconciliación, a recomponer de raíz el matrimonio roto, porque – dice el Señor
– Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre.
San
Pablo quería salvar, como intérprete de la voluntad del Señor, hasta el matrimonio
contraído, antes del conocimiento de Cristo, en el paganismo: “… A los otros les
digo yo, no el Señor: Si un hermano tiene una mujer no creyente y ella
está de acuerdo en vivir con él, que no repudie al marido. [Y a la inversa] Y
si una mujer tiene un marido no creyente, y él está de acuerdo a vivir con
ella, que no repudie al marido, pues el marido no creyente se santifica
por la mujer, y la mujer no creyente se
santifica por el hermano. […] Ahora bien, si el no creyente quiere divorciarse;
en estos casos, el hermano la hermana no están esclavizados, pues Dios os ha
llamado en paz” (1Cor 7,10-15).
Es
muy importante la acotación que hace san Pablo: les digo yo, no el Señor.
San
Pablo entiende que en el intrincado asunto del matrimonio no todo quedó dicho
por el Señor. Él, que ha sido hecho
ministro confiable del Evangelio, se cree autorizado para interpretar el sentir
del Señor.
Esta
norma continúa vigente en la Iglesia. La Iglesia afronta las situaciones
nuevas, interpretando, dentro de tantas dificultades, la voluntad del Señor.
Lo
que se va planteando en torno a la comunión de divorciados vueltos a casar se
va llevando (a mi sencillo entender) más por el estilo de la “casuística” que
por la radicalización última de los principios, que es de donde hay que
comenzar y en donde hay que acabar.
Nuestros
hermanos ortodoxos permiten la disolución del matrimonio por la comisión del
adulterio, unido (entiendo) a la falta de conversión y reconciliación. Sería
una interpretación de la “porneia”, que ha quedado ahí dentro de Mateo
(Mt 19,9). Como un caso que no iría en contradicción con la palabra absoluta del
Señor: Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Efectivamente, Dios
no lo ha desunido.
En
tal hipótesis volveríamos a la frase paulina: les digo yo, no el Señor.
Es
un sencillo sentir, en plan de búsqueda humilde y compartida (de ninguna manera
un dictado apodíctico), en aras de la santidad única del matrimonio y de la
libertad para la que Cristo nos ha convocado (Gal 5,1).
Tengo
como la persuasión…, acaso la intuición, de que la Iglesia tiene una zona siempre
por explorar en el matrimonio, como custodio que es ella e intérprete de la Palabra
del Señor, no alcanzada por la normativa del Código.
En
obediencia.
Guadalajara,
Jal., 2 octubre 2015