martes, 6 de octubre de 2015

733. Sínodo de la Familia: Un himno para cantar el amor en la familia



Imagen de Dios trino es la familia

Ha comenzado en la Iglesia el Sínodo de la Familia, que se prolonga del 4 al 25 de octubre. Para seguirlo, vayamos a los documentos originales. El Sínodo, que comenzó a gestarse con la reunión extraordinaria del año pasado (octubre 2014), tiene un “instrumento de trabajo” preparado con el fruto del año anterior y las colaboraciones suscitadas en todas partes: La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. Allí se dicen cosas muy bellas; por ejemplo:

“55. El gozo del hombre es expresión de la realización plena de la propia persona. Para proponer la unicidad del gozo que viene de la unión de los cónyuges y de la formación de un nuevo núcleo familiar, es oportuno presentar la familia como un lugar de relaciones personales y gratuitas, algo que no sucede en otros grupos sociales. El don recíproco y gratuito, la vida que nace y el cuidado de todos sus miembros, desde los pequeños a los ancianos, son sólo algunos de los aspectos gracias a los cuales la familia posee una belleza única. Es importante hacer madurar la idea de que el matrimonio es una elección para toda la vida que no limita nuestra existencia, sino que la hace más rica y plena, incluso en las dificultades.
A través de esta elección de vida, la familia edifica la sociedad no como suma de habitantes de un territorio, ni como conjunto de ciudadanos de un Estado, sino como auténtica experiencia de pueblo, y de Pueblo de Dios”.

Al contacto con la lectura de este documento, ha brotado un himno para orarlo en la liturgia y saborear el don otorgado por Dios en la familia.


1. Imagen de Dios trino es la familia,
fecundidad y don que Dios regala
“Creced, multiplicaos”, dijo el Padre
y en santidad su vida se propaga.

2. Mantel, festín de amor es la familia
en torno de la mesa congregada,
comida compartida: pena y gozo,
perdón y paz que toda herida sana.

3. Iglesia de Jesús es la familia
en una fe y bautismo consagrada,
la dignidad cristiana que nos sella
cuidémosla sin nunca profanarla.

4. Hogar en que se ora es la familia,
presente en medio Cristo y su Palabra,
en nuestra casa sea el Evangelio
el cotidiano pan que nutra el alma.

5. Belleza y amistad es la familia,
la misma sangre fluye y nos hermana:
la fiesta y el dolor nos hagan uno
creando juntos sueños y esperanzas

6. Familia misionera es la familia
que fe vivida es fe que se contagia;
dichosos con la herencia de los hijos,
dispuestos a salir si Cristo llama.

7. María es nuestra Madre en la familia,
como en Caná y la Cruz la Madre estaba;
¡oh dulce Madre, bálsamo y ternura,
regazo suave, Madre de la gracia!

8. Jesús, principio y fin del universo,
a las familias tiende tu mirada:
¡Tú eres bendición y eterna gloria,
a ti la entrega sea y la alabanza! Amén.

Guadalajara, Jalisco, 6 de octubre de 2015

sábado, 3 de octubre de 2015

732. Domingo XXVII B – San Francisco de Asís, el encuentro de la misericordia



(En el domingo XXVII del tiempo ordinario, ciclo B, Mc 10,2-16)
Solemnidad de san Francisco de Asís
Para la Familia Franciscana
Mt 11,25-30



Evangelio en la fiesta de san Francisco

En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo:
“Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera

Comienzo del Testamento de san Francisco de Asís (+ 1226)

El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo. El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos, y practiqué la misericordia con ellos. Y al apartarme de los mismos, aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco, y salí del siglo.

Hermanos:
1. El día 4 de octubre este año cae en domingo. Es el domingo XXVII del tiempo ordinario, siguiendo, en cuanto al Evangelio se refiere, el texto de san Marcos.
Sucede que el 4 de octubre es para la Familia Franciscana el Día de san Francisco, fiesta principalísima, y al tratarse de un domingo del tiempo ordinario (no de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua), la Familia Franciscana celebra este Misterio Pascual del Señor, sirviéndose de los pasajes escogidos para san Francisco. Por este motivo hemos proclamado el texto asignado a la fiesta.

2. Al atardecer de aquel día 3 de octubre de 1226, murió en Santa María de la Porciúncula, en las afueras de Asís Francisco de Asís. Tenía 44 o 45 años. Su primer biógrafo, Fray Tomás de Celano, en la Vida que escribió con motivo de la canonización, dos años después de la muerte (1228), dice: “Habían transcurrido ya veinte años desde su conversión” (1Cel 109). El mismo autor nos dice del joven Francisco que había gastado tontamente “su vida hasta casi los veinticinco años de edad” (1Cel 2).
Acabamos de escuchar, junto al Evangelio, cómo fue el cambio de vida que se operó en Francisco. El causante de todo fue el Señor. En este momento sagrado, en que Francisco se dispone a abrazar a la hermana Muerte, a la que recibió como amada esposa, cantando las alabanzas del Señor, Francisco hace el balance de su vida. Al dictar el testamento, sus últimas voluntades, un mes…, dos meses antes de su muerte…, Francisco dice: “El Señor me llevó”.

3. No era, ni mucho menos, un pecador grosero; era un muchacho generoso pero envuelto en mil vanidades. El Señor tuvo misericordia de él. El Señor le infundió el deseo de ir a los leprosos… En Asís había un hospital donde acogían a esta clase de indigentes. Practicó con ellos la misericordia, y ellos curaron su alma.
Hace muchos años me pidieron unas coplillas para un grupo de jóvenes franciscanos de una parroquia nuestra en España. Y la primera decía:
Hubo un leproso en Asís
maloliente y muy llegado,
y Francisco le dio un beso
y… ¿cómo puede terminar el verso? Muy sencillo:
“y fue el leproso curado”.
No, no; así no termina el verso, porque lo que pasó fue más bello:
Hubo un leproso en Asís
maloliente y muy llegado,
y Francisco le dio un beso
y fue Francisco sanado.
Lo dice el mismo Francisco: lo que me parecía repugnante, me fue convertido en dulzura del alma y del cuerpo. Es decir: me sentía a gusto con los leprosos, que antes tanto me repugnaban y si iba a caballo y veía allí a lo lejos un leproso me daba la vuelta.
Alguno de sus biógrafos primeros se han atrevido a decir la verdad entera: les besaba hasta en la boca. A un leproso sí se le puede besar en los labios deformados y llagados.
De manera que en el comienzo de la historia franciscana se encuentran estas dos escenas:
- Francisco de rodillas ante el crucifijo: Señor ¿qué quieres que haga?
- Francisco sirviendo, abrazando y besando al leproso.

4. Luego en aquella capilla de Santa María de los Ángeles, que le llamaban la Porciúncula, la Porcioncilla, porque era un terrenito pequeño, escuchó el Evangelio de la misión: Id y anunciad el reino de Dios y la paz; no llevéis para el camino ni alforja con provisiones ni dinero para comprarlas. Dios, vuestro Padre, se cuida de vosotros. Francisco cumplió esto al pie de la letra.
Y cuando se vio rodeado de hermanos y hubo que dar unas leyes, en lo que él llamaba “forma de vida”, empezó así su pequeña Regla: La Regla y vida de los hermanos menores es simplemente esta: guardar el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo viviendo en obediencia, sin nada propia y en castidad.

6. San Francisco no es de los franciscanos, sino de toda la Iglesia. ¿Quién es, pues, san Francisco y qué está diciendo a todos los cristianos? Después de 59 años en que profesé la Regla de san Francisco ¿qué podría decir yo a mis hermanos acerca de san Francisco? ¿Cómo resumir su vida y su mensaje?

Primero: Francisco fue “el pequeñuelo Francisco”. Al final del Testamento nos dice a los hermanos: “Y yo el hermano Francisco, pequeñuelo, vuestro siervo, os confirmo, en cuanto puedo, por dentro y por fuera esta santísima bendición de Dios”:
Fue uno de esos pequeños de los que habla Jesús en el Evangelio: has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Este es el último secreto de Francisco.
Segundo: Francisco fue uno que experimentó hasta los tuétanos la misericordia de Dios y transfundió esta misericordia. En cierta ocasión escribió a un hermano ministro, es decir, a un superior: “Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos. Y, cuando puedas, haz saber a los guardianes que, por tu parte, estás resuelto a obrar así”.
Decimos estas palabras, hermanos, mirando al Año de la Misericordia, convocado por el papa Francisco; lo decimos hoy, al comenzar el Sínodo de la Familia.
Tercero y último, por su resumir. Francisco es el cristiano que ha visto y vivido cómo en la cruz de Jesús todos los seres humanos y toda la creación han recibido el título de hermanos. El hermano sol y la hermana luna son hermosos porque Jesús en la cruz les ha dado esta belleza para alabar a Dios Creador y servir a los hombres. Pues ¿cuánto más podremos llamar hermanos nuestros a los seres humanos, aunque los veamos como pecadores y enemigos? Por todos ha muerto Jesús y a todos nos está haciendo sus hermanos.

7. Terminemos con  esta oración de san Francisco, al inicio de su camino, ante el crucifijo. Le oraba a Jesús así:
Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta,
esperanza cierta
y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento.
Amén.

Guadalajara, Jal., sábado 3 octubre 2015

viernes, 2 de octubre de 2015

731. Matrimonio y Sínodo: Lo que Dios ha unido ¿puede Dios desunirlo?



Ante el Sínodo de Obispos sobre la Familia

Situación

El próximo domingo (4 de octubre, para la Familia Franciscana, Solemnidad de San Francisco) se abren las puertas del Sínodo de Obispos, sesión ordinaria cuyo tema, la Familia, había sido iniciado el año pasado en sesión extraordinaria. Se entra en Sínodo cuando la hoguera está en llama viva, al menos en los foros periodísticos interesados y en la polémica generada en lo ancho de la Iglesia Católica.
El ojo del huracán en loe medios periodísticos es un punto particular dentro de la temática de estudio y diálogo que se ofrece, que de por sí es muy variada: ¿Comunión a los divorciados que han contraído nuevo matrimonio, sí o no?
La familia es el núcleo de la sociedad, el núcleo de la Iglesia. Salvar la familia, hoy azotada por muchos vientos y temporales, es el bien supremo de la humanidad, la cual puede definirse simplemente como “la familia humana”.
Entrando directamente en el foro del debate, veríamos otros, temas a cuestionar con referencia a la doctrina tradicional (si así podemos usar las palabras, que en tiempo de polémica las palabras arden como hierros rusientes): doctrina de la “Humanae vitae” con respecto a la concepción, asunción de los matrimonios (otra vez la palabra…) o uniones de homosexuales…, de acuerdo a la modernidad campante y a la realidad sonante del derecho civil de tantas sociedades, cada vez más numerosos.

Algunas convicciones antes de entrar en discusiones

1. Mi opinión como siervo del Señor, digno de llevar el Evangelio de Dios. Sobre el asunto de la comunión a divorciados la discusión se ha enardecido con documentos y firmas. El estudioso no los podrá ignorar…, pero el cristiano pensante, sea estudioso o no lo sea, puede opinar, sin orgullo y con serenidad y fortaleza, “a se” (desde sí mismo), sin que ello signifique que yo, obrando de este modo, desprecio a alguien, con una sutil autosuficiencia.
No es así; en mi caso no es así, doy fe. Soy alérgico a firmar declaraciones conjuntas, siempre lo he sido.
El creyente puede orar con emoción, al celebrar la Eucaristía: "nos haces dignos de servirte en tu presencia". Y el llamado al ministerio, como Pablo puede decir con humildad: "Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio" (1Tim 1,12). Este ministerio es el Evangelio que Dios ha puesto en mis manos, como "ministro del Evangelio" (cf. Ef 3,7).

2. La fidelidad garantía de la verdad. La verdad de la Iglesia en el inexhausto misterio de la fe no es una verdad “académica” (aunque la Academia pueda trabajarla como objeto de estudio), sino una verdad “salvífica”, la cual queda iluminada por la acción del Espíritu en la comunión de los hermanos. Las verdades de Dios son de un género tan particular que en tanto se perciben en cuanto se viven. Sería improcedente pedir su opinión sobre el celibato sacerdotal a quien no ha gustado el sabor de la castidad. En el asunto del matrimonio, los “casados en el Señor” que están viviendo fieles a su compromiso tienen la primera palabra para compartir en la Iglesia. No habrá que desoír a otros; pero no todas las opiniones tienen el mismo peso y valor. La Iglesia no discierne por estadísticas, sino por la luminosidad interna de las verdades vividas.

3. Sobre la opinión del sacerdote célibe. Se objeta que el sacerdote no conoce el día al día del matrimonio, porque no lo ha vivido. Es una consideración que tiene más de falacia que de verdad. El sacerdote, ante todo, no es un “soltero”, al que la vida le ha obligado a esta situación, sino un “célibe” libre por el reino de los cielos, que acepta su condición sexual por gracia y la vive en oblación, no por gusto de sus instintos. En este sentido tiene una palabra que comunicar en la Iglesia.
Ocurre, además, que humana y espiritualmente es el confidente cualificado de manifestaciones de los cónyuges que ellos mismos nos las tienen entre sí. Y precisamente por esto su aportación, prestada con humildad, es del todo singular.


Dificultades y sorpresas dentro del Nuevo Testamento

Quien ha avanzado con sencillez y humildad en el estudio de la Escritura percibe con claridad que la filología y las ciencias bíblicas son necesarias para entender la palabra de Dios, pero estas ciencias humanas, por sí solas, son insuficientes para captar el núcleo mismo de las palabras como Palabra de Dios.
Un ejemplo: las palabras de la Eucaristía. Por el análisis filológico de las palabras de la santa Cena no podríamos nosotros llegar a evidenciar la verdad de la presencia real (sacramental) de Cristo en la Eucaristía. Esta verdad no es una verdad “empírica”, al alcance de la “empireia” (experiencia) o de la gramática; transciende toda comprobación cósmica, intramundana, y la aceptamos, en oblación y entrega, por la fe y solo por la fe. Sin fe no hay Eucaristía, sin fe no hay Resurrección. Pues igualmente sin fe no hay matrimonio, no hay inteligencia de matrimonio.
Un ejemplo llamativo de la dificultad que presenta el matrimonio lo hallamos en este dicho de Jesús según el Evangelio de Mateo, la Comunidad de Mateo, dicho de Jesús que lleva un inciso puesto en boca de Jesús: “Ahora os digo yo, que si una repudia a su mujer – no hablo de uniones ilegítimas (nisi ob fornicationem, dice escuetamente la versión latina del griego) – y se casa con otra, comete adulterio” (Mt 19,9).
Según Mateo, Jesús pone una excepción al “status” del matrimonio, que es la “porneia”. Conviene leer el pasaje completo, verdadero catecismo del matrimonio cristiano que arranca de Jesús.

Un texto fundamental, que arranca de Jesús: Mt 19,3-12

El matrimonio según Jesús, de acuerdo al texto de Mt 19,3-12
“Se acercaron a Jesús unos fariseos, y le preguntaron para ponerlo a prueba:
- ¿Es lícito a un hombre repudiar a su mujer por cualquier motivo.
Él les respondió:
- ¿No habéis leído que el Creador, en el principio, los creó hombre y mujer, y dijo: “Por eso dejará el hombre a sus padre y a su madre, y serán los dos una sola carne?” De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
Ellos insistieron:
- ¿Y por qué mandó Moisés darle acta de divorcio y repudiarla?
Él les contestó:
- Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no era así. Ahora os digo yo, que si una repudia a su mujer – no hablo de uniones ilegítimas  – y se casa con otra, comete adulterio.
Los discípulos el replicaron:
- Si esta es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse.
Pero él les dijo;
- No todos entienden esto, sino aquellos que han recibido ese don. Hay eunucos que salieron así del vienten de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes  se hacen eunucos por el reino de los cielos. El que pueda entender, entienda”.

1. Jesús distingue tres momentos en la realidad del matrimonio:
- Al principio: al principio no era así
- En tiempo de Moisés: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres.
- A partir de ahora: Obviamente el matrimonio de Jesús no es una continuación del matrimonio de Moisés, sino una innovación que introduce un algo “absoluto”

2. Jesús ha rechazado el planteamiento de los fariseos – que es: se puede despedir a la mujer, pero discutimos el monto de la causa, si ha de ser una situación extrema a una cosa menor – y reivindica el matrimonio original, que excede al matrimonio de Moisés. El matrimonio “bíblico” lo explica Jesús como una condescendencia interina, en atención a la dureza de vuestro corazón, en el fondo, debilidad, impotencia, fragilidad… del ser humano.
En el proyecto de Jesús
- no cuadra la poligamia
- no cuadra la provisionalidad.

Se ha dicho en un conocido manifiesto: “En la Palestina del siglo I, las palabras de Jesús afectaban directamente al marido que traiciona y abandona a su mujer porque otra le gusta más, o por motivos de este tipo: son primariamente una defensa de la mujer. Ahí sí que resulta inapelable la frase del Maestro: "lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre".
Es una interpretación exegética, no más. Las palabras de Jesús llevan dentro un “quid” de absoluto y de nuevo que no queda satisfecho con esta interpretación restrictiva. Hay una clara superación de Evangelio respecto a la Ley.


El matrimonio “evangélico” de Jesús

El matrimonio cristiano o matrimonio evangélico, el matrimonio que corresponde a la Ley nueva del Señor, a la perfección de la Nueva y eterna Alianza lo concebimos así:

- Es una realidad nueva descubierta en la fe de Jesucristo,
- sustentada no en las fuerzas humanas sino en el poder de la gracia,
- que establece una comunión de vida
- previamente conocida
- y libremente aceptada
- en la mutua oblatividad del amor
- bajo el signo de Jesús para siempre.

Si faltara uno de estos elementos, el matrimonio no sería un “matrimonio en el Señor”, no sería un matrimonio cristiano, no sería un matrimonio válido ante la Iglesia que interpreta el sentir del Señor.

De acuerdo a esta imagen, es obvio que los esposos cristianos, al celebrar semanalmente el misterio pascual de Cristo se alimentan del cuerpo y de la sangre del Señor. Eucaristía y Matrimonio son dos realidades correlativas, pues en ambas se trata de un sacramento de amor.
Estamos describiendo un matrimonio en sus esencias puras y verdaderas. ¿Es una realidad mística? Sin ninguna duda, como realidad mística es el bautismo, que inocula en nosotros la vida nueva para caminar en el Señor.
Cuando hablamos de comunión de divorciados sí o no, es muy fácil que estemos escamoteando el verdadero planteamiento, que es el de matrimonio cristiano sí o no.
Surge, pues, un problema radical:
- cuándo existe un matrimonio cristiano
- y cuándo puede deshacerse un matrimonio cristiano.
En principio y al parecer, todo matrimonio que se hace según el “ritual” de la liturgia es, de por sí, un matrimonio verdadero, por tanto válido. Se supone que los contrayentes, si son bautizados, aunque no sean practicantes, por la fe implícita, aceptan que el matrimonio de Jesús – nuestro matrimonio – es para siempre, y que, con este conocimiento, el hecho de casarnos, aunque no sepamos decirlo con palabras bonitas, está proclamando el amor oblativo mutuo.
¿Es esto así…? ¿Ocurre así…?
No es evidente, ni mucho menos en una sociedad altamente paganizada, que oficialmente se ha desligado de la transcendencia. El cumplimiento del rito no garantiza sin más la verdad del rito, y la esencia del sacramento – que requiere ciertamente un rito visible – no está en la materialidad externa del rito, sino en la verdad misma de lo que allí se encierra. (Como es bien conocido, si uno dijo con sus labios “quiero”, pero ahora jura que su corazón no decía “quiero” sino “no quiero”, está mostrando cómo su matrimonio, pese a todas las apariencias, no fue matrimonio).


Cuál es la “porneia” que exime de “Lo que Dios ha unido”

El matrimonio es una “alianza” dentro de la “Alianza”.
El pueblo rompía de continuo aquella Alianza, y Dios perdonaba de continuo. Es el mensaje reiterativo de los profetas, comenzando por los dos primeros, Amós y Oseas. Dios perdona y su proyecto no queda frustrado. Cuando Dios definitivamente hace un desposorio con su esposa infiel, adúltera (Osea 2), Dios, con su infinito poder de amor, “virginiza” a la mujer adúltera y la recibe como virgen, y se casa con ella para siempre. Dios lo puede hacer.
El matrimonio cristiano puede ser profanado por el adulterio, que es la ruptura total del proyecto y compromiso santificado ante Dios. En ese caso el hombre ha roto lo que Dios había unido. El ser humano (hombre o mujer) ha dado la espalda al proyecto de Dios. Dios permanece fiel y llama a la unión de esa ruptura, a la reconciliación, a recomponer de raíz el matrimonio roto, porque – dice el Señor – Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre.
San Pablo quería salvar, como intérprete de la voluntad del Señor, hasta el matrimonio contraído, antes del conocimiento de Cristo, en el paganismo: “… A los otros les digo yo, no el Señor: Si un hermano tiene una mujer no creyente y ella está de acuerdo en vivir con él, que no repudie al marido. [Y a la inversa] Y si una mujer tiene un marido no creyente, y él está de acuerdo a vivir con ella, que no repudie al marido, pues el marido no creyente se santifica por  la mujer, y la mujer no creyente se santifica por el hermano. […] Ahora bien, si el no creyente quiere divorciarse; en estos casos, el hermano la hermana no están esclavizados, pues Dios os ha llamado en paz” (1Cor 7,10-15).
Es muy importante la acotación que hace san Pablo: les digo yo, no el Señor.
San Pablo entiende que en el intrincado asunto del matrimonio no todo quedó dicho por  el Señor. Él, que ha sido hecho ministro confiable del Evangelio, se cree autorizado para interpretar el sentir del Señor.
Esta norma continúa vigente en la Iglesia. La Iglesia afronta las situaciones nuevas, interpretando, dentro de tantas dificultades, la voluntad del Señor.
Lo que se va planteando en torno a la comunión de divorciados vueltos a casar se va llevando (a mi sencillo entender) más por el estilo de la “casuística” que por la radicalización última de los principios, que es de donde hay que comenzar y en donde hay que acabar.
Nuestros hermanos ortodoxos permiten la disolución del matrimonio por la comisión del adulterio, unido (entiendo) a la falta de conversión y reconciliación. Sería una interpretación de la “porneia”, que ha quedado ahí dentro de Mateo (Mt 19,9). Como un caso que no iría en contradicción con la palabra absoluta del Señor: Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre. Efectivamente, Dios no lo ha desunido.
En tal hipótesis volveríamos a la frase paulina: les digo yo, no el Señor.
Es un sencillo sentir, en plan de búsqueda humilde y compartida (de ninguna manera un dictado apodíctico), en aras de la santidad única del matrimonio y de la libertad para la que Cristo nos ha convocado (Gal 5,1).
Tengo como la persuasión…, acaso la intuición, de que la Iglesia tiene una zona siempre por explorar en el matrimonio, como custodio que es ella e intérprete de la Palabra del Señor, no alcanzada por la normativa del Código.
En obediencia.

Guadalajara, Jal., 2 octubre 2015