viernes, 7 de abril de 2023

1875. Sermón de las Siete Palabras, en Teepotzotlán

 

SERMÓN DE LAS SIETE PALABRAS

Tepotzotlán, Viernes Santo 2023 (7 de abril)

Hermanos:

La celebración cristiana del Viernes Santo está toda ella centrada en la Cruz de Cristo, la cruz alzada a la que miramos con los ojos del cuerpo y del corazón: Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavado Cristo, Salvador del mundo; venid, adoremos. La miramos, la adoramos.

Cristo, el Hijo de Dios, que se hizo hombre por nuestra salvación, murió fuera de la ciudad en el lugar donde eran ajusticiados los malhechores. Moría por amor, aunque la ingratitud humana en ese momento no lo reconociera.

Hoy es un día, el día más destacado del año, para mirar al Crucificado. De ese Crucificado, de ese Crucifijo, nos ha venido y nos viene la salvación. En todas las iglesias el Crucifijo presidente el altar mientras la celebración del santo Sacrificio, y en esta iglesia y templo donde nos encontramos, la Cruz es el bello monumento que preside el atrio, lugar de reunión de los fieles y del pueblo, la Cruz atrial que lleva tantos siglos, donde comenzó la evangelización de las gentes en tiempos prehispánicos. Y esta misma población se gloría de tener un Calvario.

Como cristianos confesamos con las generaciones de hermanos que nos han precedido: Dios reina desde el madero.

Los ojos miran, y se llenan de esa luz del cielo que se derrama desde la santa Cruz. Es la cruz que nos ha de llevar un día al Paraíso. Desde el principio de la cristiandad los discípulos de Jesús han venerado la cruz como signo de salvación y han recurrido a varios símbolos para evocar este misterio glorioso. Un arado que rompe la tierra que un día va a producir espléndida cosecha puede ser símbolo de la cruz fructífera de Cristo; una áncora en el velero que cruza los mares y toca tierra puede evocarnos el signo de nuestra redención.

Pero nuestros primeros hermanos se cuidaron mucho de representar en cruz al Crucificado, a Jesús que moría de esa forma humanamente tan ignominiosa. A Jesús le despojaron de sus ropas para clavarlo en la cruz, lo mismo que a los otros dos compañeros, condenados como malhechores. Seguramente que los tres murieron completamente desnudos. Sería hórrido representar esta escena… así, tan cruda, tan inhumana.

Pero llegó un momento en que sí, en que quisimos ver no solo la Cruz, sino la Crucificado en la Cruz. ¿Cómo representarlo? Pusimos un paño decoroso para venerar su santísimo cuerpo.

Pero ¿quién podrá representar dignamente el rostro del Señor, que es reflejo de su alma celestial? Los artistas han luchado por sacar a flote, como han podido, el alma de Jesús y ponerla en su cuerpo. A veces nos han entregado un crucifijo todo ensangrentado, que nos dice: Hasta este punto os he amado.

Otras veces han creado un rostro magullado de dolor y angustia. En ocasiones, al contrario, nos han presentado el rostro de Cristo Crucificado con una serenidad que más bien dice que es el Señor Resucitado que ahora nos está mirando desde el cielo.

El rostro de Cristo es un rostro divino y humano, y mil sentimientos que pasan por el corazón los podemos retratar en el rostro de quien nos ha amado y redimido.

En este momento, hermanos, nos vamos a fijar en los labios de Jesús. Esos labios divinos han hablado desde la cruz, y esas palabras que vamos a escuchar solo él las pudo decir: Son palabras de Dios, palabras de amor que sonaron un día en la colina del Calvario y que hoy llegan a nosotros. Son las Siete Palabras de Jesús, que hemos venido a escuchar, porque llenan el corazón de amor y de confianza y de esperanza.  Vamos a acercarnos al Evangelio y entresacar de allí esas palabras que han quedado escritas como palabras milagrosas que, al caer en nuestros corazones, nos dan vida divina. Estas son las siete palabras de Jesús en la Cruz.

 

Primera palabra: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen

 

Nos ha contado san Lucas:

Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,33-34).

Primera palabra que Jesús dice en la Cruz, veamos en qué circunstancias la dice, a quién la dice, y cómo esas palabras están resonando hoy y llegan hasta nosotros.

Es una escena macabra y horrenda. Han llegado al lugar de la Calavera; así se llamaba, o porque el montículo parecía una calavera, o porque allí había muchas calaveras. Y allí han llegado Jesús y dos malhechores: dos calaveras más para ese lugar horrible. Hay que matarlos, pero no de un tajo de espada. Hay que matarlos despacio y a conciencia. Dos maderos van a ser la cruz. El palo vertical va a sostener cabeza, espalda y piernas; el palo horizontal va a sostener brazos y manos, y en la extremidad unos clavos fieros, capaces de soportar un cuerpo humano.

Hermanos, estas cosas no se pueden decir; son horrísonas y es de mal gusto el recordarlas, el describirlas. Pero sucedieron, y alguien la sufrió.

Y en esta imaginación yo puedo representarme que me lo hacen a mí, que me van a clavar no una aguja en el dedo o en el brazo para sacarme una prueba de sangre, sino que con un martillo me van a clavar un clavo para sujetarme a un madero. Uno piensa que aquí se rompe toda imaginación, y que el ser humano, al recibir el primer martillazo, pierde el sentido y pierde todo, y que no tiene más fuerza sino para gritar de dolor y desesperación.

Pues en estas circunstancias nace la primera palabra de Jesús en la Cruz. Un reo crucificado desde esta marea de dolor que envuelve todo su ser, puede decir como Job: Maldito el día en que nací; ojalá hubiera muerto sin salir del vientre de mi madre… El condenado podría hablar así, dejando salir su dolor. ¿Es posible que hasta aquí hayamos llegado los humanos, hasta tanta crueldad?

¿Qué dijo Jesús? Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Eso no lo puede decir ningún hombre; eso solo lo puede decir Dios si tiene la locura de hacerse hombre.

Si por un milagro hubieran saltado los clavos de la Cruz, lo primero que habría hecho el Crucificado habría sido el dar un abrazo al Crucificador y le habría dicho: Te quiero, hermano mío, y he pedido a Dios el perdón de tu pecado, porque no sabías lo que hacías.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

Esa palabra la decía Jesús por aquellos esbirros encargados que le estaban crucificando, por Anás, por Caifás, por Pilato, por todos los que habían firmado su sentencia de muerte en el Sanedrín, por todos y cada uno de los que habían gritado en la plaza: ¡Crucifícalo!, por todos los que le había injuriado en vida: Este es un endemoniado, que se entiende con Belcebú y por eso hace milagros.

Hoy en muchas iglesias, al adorar a la santa Cruz, cantarán viejas palabras de los profetas: Pueblo mío, ¿qué te he hecho, en qué te he ofendido…?, respóndeme.

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.

 

Hermanos, esas palabras de Jesús llegan hasta nosotros, y nos afectan a todos y cada uno. Si queremos obtener el perdón no hace falta más que oír a Jesús y sacar las consecuencias. Jesús ha orado por mí en la Cruz: Padre, perdona a este hijo, a esta hija, porque no sabía lo que hacía.

Todos y cada uno, es decir, yo mismo, me puedo sentir bajo el cobijo de estas palabras de Jesús y verme perdonado. He sido perdonado porque Jesús me ha perdonado, y ha rogado al Padre que me perdona. Y ya nos dijo Jesús que todo lo que él pide a Dios, su Padre, el Padre nos lo concede.

 

Pero tenemos que sacar las últimas consecuencias. Tantas veces en su vida Jesús pensó en el perdón, que lo puso en el Padrenuestro. Si Jesús ha perdonado, yo también debo perdonar. Debemos perdonar siempre y sin excepción; perdonar siempre y perdonar todo pecado, porque Jesús así nos lo ha enseñado.

Estos últimos años han aparecido muchas suciedades en la Iglesia, y se ha lanzado, como bandera de triunfo, un eslogan: Tolerancia cero; que se vea todo, que se sepa todo, que se haga justicia de todo…

Pero, escuchando a Jesús, vemos que esto es la mitad del camino: Que sea sepa todo y que se haga justicia de todo, caiga quien caiga. Lo cristiano, lo verdadero, lo que dimana de las palabras de Jesús es: Que reconozcamos el pecado, el grave pecado, y que, al reconocerlo, nos perdonemos unos a otros, víctimas y victimarios.

 

Segunda palabra: Hoy estarás conmigo en el paraíso

 

Si entramos en la segunda palabra de Jesús en la Cruz vemos la confirmación esplendorosa de lo que acabamos de decir.

Es horrible estar en la cruz, expuesto como un espantajo a la vista de todos.   Es horroroso burlarse de alguien que está sufriendo en tales condiciones. Palabras que escribió el santo evangelista para nuestra consideración:

El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros nosotros mismos ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».  Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre (Lc 23,35-36)

Pero a esto se une que uno de los dos compañeros de suplicio se une a las mismas injurias. Qué desgracia sufrir así en la desesperación:

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros» (v. 39).

En este escenario surge, como un verdadero milagro, la voz del otro condenado:

Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,40-43).

De repente este malhechor ha conquistado nuestro corazón. No sabemos lo que habrían hecho aquellos malhechores para morir de esa manera. No es un mal pensamiento penar que habrían robado y asesinado. Pero, de pronto, aquel hombre, que se confiesa justamente condenado, se ha hecho discípulo, seguidor de Jesús. El ejemplo de Jesús ha iluminado su vida y ha dado un viraje:

¡Qué hermosura, hermanos! El poder de Jesús paciente, y la buena voluntad de un hombre equivocado que reconoce sus errores. Este es el camino verdadero. Este es el primer santo declarado por Jesús: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Jesús se lo lleva consigo al cielo.

La Tradición le ha puesto un nombre: San Dimas.

Es la palabra que quisiéramos oír nosotros en el corazón a la hora de nuestra muerte: hoy estarás conmigo en el paraíso. Y por la gracia y la misericordia del Señor así la oiremos.

Aprendamos esta gran lección para aplicarla a los otros y a nosotros mismos: No hay pecado, por grande que sea, que no pueda ser purificado por la sangre de Cristo. Él ha muerto por nosotros y nos ha purificado de todos nuestros pecados.

Cuantas personas, jóvenes y adultas, acaban con su vida con el suicidio, porque su vida no tiene sentido; todo es absurdo y no hay esperanza. Pase lo que pase, que Dios nos libre de esta locura; basta solo un instante para escuchar esta palabra de perdón y de infinito consuelo: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

Pero sigamos adelante, hermanos, para presenciar algo sublime y divino, que llena el corazón de dulzura: lo que Jesús dijo a su madre, que tuvo la valentía de estar con el hijo en el momento de la mayor desgracia.

 

 

Tercera palabra: Mujer he ahí a tu hijo

 

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena (Jn 19,25)

Cuánto hablamos hoy de la promoción de la mujer, de los derechos que le competen, del liderazgo que debe ejercer. Y acaso olvidamos textos del Evangelio importantísimos como éste. Junto a la cruz de Jesús no estaban los apóstoles que, de miedo, se habían dispersado, según la profecía de Jesús; no estaban los apóstoles, salvo el Discípulo amado. Estaban las mujeres; estas aquí nombradas y otras que le habían acompañado desde Galilea. Estas van a estar a la hora de la verdad, de la muerte, y estas, las primeras, van a recibir el anuncio de la Resurrección. Este es el verdadero homenaje a la mujer. Maravillosa escena de amor de lo que contemplamos y de lo que va a ocurrir.

Escuchemos y entendamos el verdadero lenguaje del amor.

Tantas veces se ha dicho que Jesús, que se despide de este mundo, quiere dejar a su madre protegida y que le da el apoyo de un hijo. Es verdad, pero es una verdad pequeña, porque el significado real de la escena va mucho más allá. Juan escribe, y sin nombrarse, se oculta en ese discípulo amado que varias veces se menciona, y aquí dice que, a partir de ese momento, él se ocupó de ella. Esto es verdad, pero la intención del texto sagrado va mucho más allá.

Jesús aquí, como en Caná, le habla a su madre, no diciéndole y tratándole de Madre, sino llamándole Mujer.  ¿Quién es, pues, esta Mujer? Esta Mujer, a partir de ahora, esta Mujer que esta junto a la cruz, padeciendo en su corazón lo que Jesús padece en su carne, es la nueva Eva de la humanidad. Por Eva entró la debilidad y la muerte en el mundo; sucumbió a la tentación. Por María entró la vida en el mundo, entró la vida en el momento de la Anunciación, que no se echó atrás, y entró la vida en este momento supremo de la muerte de su Hijo. Por eso Jesús la llama Mujer, Mujer que da vida. Y por eso nosotros nos hemos atrevido a llamarla corredentora con su Hijo.

Mujer, ahí tienes a tu hijo.

Y en correspondencia, Jesús, mirando al discípulo a quien amaba dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu Madre».

Un santo Papa, San Pablo VI, le dio a la Virgen el título de Madre de la Iglesia, y el Papa actual ha querido que este título se celebre como fiesta en la liturgia, con sus misa y oraciones propias. El lunes después de Pentecostés veneramos la memoria de Santa María, Madre de la Iglesia.

¿De dónde han salido estas grandezas? De la escena que contemplamos. María es nuestra Madre, María es la Madre de la Iglesia. Todos somos, como el discípulo amado, hijos de María. Podemos contar con ella porque Jesús nos la ha dado solemnemente como Madre. Es el Testamento de Jesús en la Cruz.

Ciertamente que estos años estamos viviendo tiempos difíciles en la Iglesia, tiempos de incertidumbre, tiempos de purificación. No olvidemos que en el cielo hay una Madre de la Iglesia, y que la Mujer, la Nueva Eva, la Madre de la Iglesia va a cumplir perfectamente su oficio en la Iglesia. Ella ha de hacer que brille la belleza de la Iglesia santa de su Hijo; ella ha de suscitar nuevas formas de santidad, porque es Madre, la Madre de la Iglesia. Confiemos plenamente y dejemos allí nuestro cuidado.

 

Cuarta palabra: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

 

Palabras de consuelo estas últimas, que dan fortaleza y paz, que llenan el alma de sentido y esperanza. Pero avancemos, hermanos, adentro, más adentro en este misterio que nadie puede entender.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Incluso los santos Evangelio han recogido esta oración desgarrada en lengua hebrea, como está escrita en el Salterio, o Libro de los Salmos, Libro de oraciones que los judíos rezaban en la sinagoga, en el templo, en las propias casas: Elí, elí, lemá sebactaní!

Antes de Jesús ya las había rezado otro, otros, muchos otros. Y después de Jesús las siguen rezando otros muchos. Incluso después de Jesús, en momentos de la vida, las hayamos rezado nosotros.

Dios mío, te estoy llamando y no respondes, ¿por qué callas? Los ídolos tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven…, porque los ídolos no son Dios de verdad, son fantasía que crea el hombre para responder a sus necesidades.

Jesús había dicho en vida:

Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre.  Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?;  y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente?  Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden! (Mt 6,7-11).

Lo que ahora está viviendo Jesús es todo lo contrario de lo que había predicado. ¿Es que era falso todo lo que había dicho?

Hay tantas y tantas oraciones que se dirigen a Dios, reprochándole su silencio. Si uno visita Jerusalén y se llega hasta el Monumento del Holocausto, uno se queda espantado y horrorizado, y después de haber recorrido aquellas salas, ya uno no tiene ganas sino de sentarse y de llorar. Es el Asco de la Humanidad. Cinco, seis millones de judíos han sido exterminados por el pecado de ser judíos. ¿Hasta dónde puede llegar la maldad del hombre? ¿Por qué Dios estaba en silencio y se callaba…? Jesús dijo en el Huerto que Dios tenían en el cielo legiones de ángeles que podía enviar ahora mismo y poner orden en el mundo.

¿Qué es lo que Dios está haciendo ahora en esta guerra del mundo, que comenzó en febrero del año pasado, y a pesar de todas las reuniones y palabras, y envío de material bélico de ayuda de las naciones asociada en la OTAM, la guerra no termina? ¿Qué es lo que Dios está haciendo…? Nada.

Aquel grito de Jesús en la cruz ha atravesado los siglos y alcanza nuestros labios: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Uno se puede reír hasta de esta oración. Jesús decía en la lengua de los hebreos: Elí, Elí. Mira, está llamando a Eliyá, a Elías. Vamos a darle de beber, a ver si aguanta, y mientras tanto baja Elías a ayudarle y desclavarle de la Cruz. Pero Elías no vino, y Dios seguía en silencio. Y Jesús murió en el espantoso silencio de Dios.

Ante tantas maldades que ocurren en el mundo, muchas personas se han desapuntado de Dios. Me desapunto de ser católico, y me desapunto de toda religión. Cada año publica la Santa Sede un libro, registro de estadística. Los habitantes del mundo hemos llegado a los 8.000 mil millones de habitantes; los católicos somos un poco menos del 18% de la población humana, no avanzamos con el mismo ritmo, incluso habíamos disminuido en unas décimas. Los sacerdotes, en un año, de 410.000 en todo el mundo había bajado a 407.000.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, sigue resonando la voz de Jesús.

 

Pero Jesús hablaba de sí mismo y cada uno puede escuchar esta voz en la circunstancia de la propia vida. He aquí, pues, el misterio.

Todos, absolutamente todos, hermanos, debemos pasar por la noche oscura, si queremos dejar a Dios que haga su obra en nosotros. Dios habla y Dios calla, y es necesario que así sea. Y en nuestra vida hemos de estar preparados para gozar de la Palabra de Dios, y estar dispuestos para pasar por la noche oscura.

En estos últimos tiempos ha sido admirable el caso de una mujer maravillosa, llamada la Madre Teresa de Calcuta. Murió en 1997 a los 87 años. Había recibido el Premio Nóbel de la Paz (1979). Había fundado una orden religiosa dedicada a los más pobres de los pobres. Al morir su orden contaba con más de 4.000 monjas, con 500 centros de acogida a los más pobres de los pobres, a enfermos de sida y cualquier desgracia. Pero nadie sabía el secreto de esta vida. Cuando murió, se descubrieron las cartas que ella había escrito a sus directores espirituales. Durante 50 años la Madre Teresa vivió en la noche oscura más negra, y experimentó, como pocos santos lo han experimentado, el silencio de Dios. Si un día soy santa, seré la santa de la oscuridad.

Hoy recogemos frases preciosas que esta mujer había escrito, había dicho. Desde 2016 ya no es la Madre Teresa de Calcuta, sino Santa Teresa de Calcuta, ella que había nacido en una región europea, en Albania. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado.

Pero sigamos escuchando a Jesús.

 

Quinta palabra: Tengo sed.

 

Para saber qué es lo que esto significa, dejemos que nos lo cuente la misma Madre Teresa de Calcuta, que la estamos recordando. Si algún día entramos en una humilde capillita de estas monjas admirables de la Madre Teresa, que son las Hermanas de la Caridad, veremos un sencillo crucifijo que preside este humilde lugar de oración, donde las hermanas oran, a lo mejor hasta sin bancos para sentarse. Pero junto al crucifijo veremos escrita una frase, que ellas la escriben en inglés, que es la lengua oficial de la Congregación. ¿Qué dice esta frase? I thirt, que significa Tengo sed. Jesús está diciendo hoy desde la pared de esa habitación, que es la capilla de nuestra casa, lo que dijo en la Cruz: Tengo sed, tengo sed… Vamos a llevarle un vaso de agua a este crucifijo. Pero el crucifijo es de yeso, de madera, de bronce… y el crucifijo no bebe.

Tengo sed, tengo…, y esa voz te llega, te traspasa, se te mete en el corazón.

Tenía sed porque su cuerpo, desangrado, deshidratado, se iba quedando sin nada… Digan los médicos la sed que puede tener un moribundo en esas condiciones…

Pero tenía otra sed que le abrasaba el alma.

Muchos, muchísimos cristianos de ayer y de hoy han saciado esa sed de Jesús. Dame almas, decía san Francisco Javier a Jesús, y quítame lo demás. ¿Por qué tantos jóvenes, que han terminado su carrera y tenían un buen porvenir por delante – unos estudios, un oficio, una novia con la que compartir amorosamente su vida, unos hijos que habían de venir para alegría del hogar – por qué han dejado todo, con el bien que podían haber hecho?

Porque un día oyeron también la voz de Jesús “Tengo sed”, y en esa voz reconocieron otra vocación de amor y de servicio.

Hermanos y hermanas: la voz de Jesús no se ha perdido en los aires, no se ha apagado en el espacio y en el tiempo de los siglos. La voz de Jesús suena hoy, y suena en mi corazón:

Tengo sed, tengo sed de ti. Dame no tus riquezas, que pasan como paja que se lleva el viento; dame tu persona, tu propio corazón.

Hermanos y hermanas que me escuchan, los generosos existen siempre, han existido, existen y existirán. Si esa voz se mete, como una flecha, en nuestro corazón, no la dejemos salir: Tengo sed, tengo sed

Cuando Jesús pide, pide no una partecita; pide todo.

Tengo sed, dame tu corazón entero.

Señor, pues aquí tienes mi corazón, porque yo quiero saciar al sed de tu corazón, cuenta conmigo.

 

Sexta palabra: Todo está cumplido.

Séptima palabra: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

 

Ahora, hermanos, vamos a tener una visión celestial de la muerte de Jesús, que es siempre un misterio mayor que todo nuestro discurrimiento, abriendo las páginas del Evangelio de san Juan.

Leamos el Evangelio de san Juan, cómo murió Jesús, un texto que todos los Viernes Santos

Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca.  Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo: «Está cumplido». E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19,29-30).

Y a continuación viene la lanzada; el pecho de Jesús que queda abierto, entregándonos esa fuente de vida que brota de su corazón.

Jesús dice: Todo está cumplido. Jesús mira a Dios, su Padre; con su mirada abarca todo lo que ha sido la historia de la humanidad, ve la historia de Dios, que llamamos “historia de salvación”, desde la creación del mundo hasta este momento, escucha la voz de los profetas, sabe las promesas de Dios que han ido marcando el camino de los hombres. Y, sobre todo, Jesús contempla su propia vida. Mirada desde fuera es una vida truncada en la flor de su vigor; mirada su misión ha sido un fracaso: había venido para llevar la Ley de Moisés, la Alianza de Dios, a su plenitud; y “vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. Tristemente su vida ha concluido en un fracaso.

Eso es la mirada humana, que puede ser refrendada por nuestras ciencias y nuestras universidades.

Jesús desde la cruz piensa de otra manera: Todo está cumplido. Todo está hecho, no hay nada que añadir ni quitar; todo está perfecto.

Jesús había dicho en sus parábolas: el siervo que en este mundo había cumplido fielmente su tarea, pasaba al banquete de su señor con una felicitación. ¡Bien, siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor! Él recibe ahora este abrazo del Padre.

 

San Lucas, en una séptima y última palabra ha reflejado este momento culminante de la vida de Jesús escribiendo de esta manera. Y Jesús, clamando con voz potente, dijo: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró (Lc 23,46).

 

Jesús muere como triunfador, pero no como el héroe triunfador que tiene bajo sus pies el trofeo de su victoria.

Primero, es el triunfador de sí mismo: ha cumplido perfectamente en todo momento la voluntad de su Padre, y esto desde niño, desde siempre. ¿No sabíais que debo estar en la casa de mi Padre (o en las cosas de mi Padre)?, les dijo a María y a José cuando le encontraron no perdido, extraviado, en el Templo, sino cumpliendo tan precozmente la voluntad del Padre. San Pablo nos dijo que Jesús fue el Sí de Dios, que en él todas las promesas de Dios han sido “sí”, han sido verdad. Jesús es la verdad de Dios, la fidelidad de Dios; Dios es fiel, Jesús es fiel. Y él, que es la fidelidad de Dios ha de ser la fidelidad de nuestra vida.

 

Jesús torna a Dios. En la Cena, de acuerdo al lenguaje de san Juan, Jesús había dicho: Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre (Jn 16,28).

Jesús se va como triunfador, sin aplastar a nadie, como triunfador de la gracia de Dios, del amor de Dios.  Jesús es mi victoria, Jesús es mi trofeo.

Hermanos, los cristianos, contemplando estas divinas escenas, podemos seguir hablando, cantando, incluso danzando y brindándoles himnos.

¿Cuál será nuestra última palabra, esa que quede como testimonio de nuestra vida, como herencia de amor a nuestros herederos?

Jesús, Dios mío, gracias, infinitas gracias para toda la eternidad, por todo lo que tú has hecho, por todo lo que tú has dicho, por todo lo que tú has sufrido.

Gracias, toma mi vida entera, y que mi vida entera sea el testimonio radiante de que tú has vencido, de que tú has amado. Amén.

 

Viernes Santo, 7 abril 2023.

sábado, 1 de abril de 2023

1874. Semana Santa 2023 Domingo de Ramos


Jesús entra como Mesías en su ciudad amada

Mt 21,1-11

Texto:

 

 Mt21 1 Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos 2 diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. 3 Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». 4 Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:

 5 «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». 6 Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: 7 trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. 8 La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.

9            Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».

10         Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». 11 La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».

 

Hermanos:

1. Semana Santa. Así la llamamos a esta Semana de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Todas las semanas son santas, todos los días son santos para el cristiano, pero esta palabra adquiere un sentido especial en estos días especialmente resplandecientes por la culminación de los misterio de nuestra fe. Es cierto que para no pocos estos días serán días festivos por otras razones: folclore, turismo, vacación y descanso. Las agencias tendrán especial trabajo; las iglesias también.

La Semana Santa se abre con el Domingo de Ramos, un día de sabor agradulce, por el doble motivo que lo inspira: por una parte, aclamación triunfal al Señor, que Jerusalén lo recibe con palmas; por otro lado, Pasión del Señor. En la Misa del Domingo de Ramos o Palmas, que sigue a la procesión todos los años se lee la Pasión del Señor. Un año como este será la Pasión según el relato de san Mateo, el año que viene la Pasión según Marcos, el tercero la Pasión según san Lucas. Y la Pasión de Jesús según san Juan. Este relato tiene un sabor especial, y esta Pasión se lee todos los años, pero no el Domignod e Ramos, ni el Lunes, Martes o Miércoles Santo. Todo los años se proclama en Viernes Santo. La Pasión según san Juan, y adoración a la Cruz, con un besod e amor, a lo mejor prohibido por las consecuencias de la pandemia, es el centro de la celebración del Viernes de la Pasión y Muerte de Jesús.

 

2. Hermanos, nos vamos a detener en el Evangelio de la Entrada de Jesús en Jerusalén, como si fuera el Pregón de l Semana Santa, y el que nos da el sentido de estos misterios divinos que producen amor, consolación y esperanza.

 

Jesús va haciendo una ruta que marca los apsos del Evangelio. He aquí que subimos a Jerusalén, les ha dicho Jesús a sus discípulos. Jerusalén es un punto geográfico, es el centro nacional. Para un judío es el centro de su gloriosa historia narrada en las páginas sagradas de la Biblia; incluso un judío ferviente dirá: es el centro del mundo. Jesús dijo en cierrta ocasión: NO cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén.

Jesús va a Jerusalén. Va camino de su muerte. A medida que avanza la vida de Jesús las cosas se han ido complicando. Justamente en la misa del sábado anterior al domingo de Ramos, hemos escuchado esta observación de san Juan:

Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación». 49 Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo: «Vosotros no entendéis ni palabra; 50 no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera». 51 Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; 52 y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos” (Jn 11,48-52).

Jesús sabe que va a la muerte, y que el que dirige los acontecimientos noe s ninguna trama humana.

Ya ha llegado a Betfagé, pequeña aldea que está al otro lado del monte de los Olivos.

 

3. Nuestra sorpresa es que aquí Jesús tiene una idea de un género que nunca lo habíamos visto. Dice el texto evangélico que Jesús ordenó a dos de sus discípulos: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. 3 Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto».

Es la única vez del Evangelio de san Mateo en que se llama a Jesús el Señor. ¿Qué lo que pretende el Señor, que necesita precisamente -una borrica y su borriquillo?

Necesita nada menos que cumplir una profecía, una profecía gloriosa del profeta Zacarías. Veamos lo que dice este profeta:

¡Salta de gozo, Sión; | alégrate, Jerusalén! | Mira que viene tu rey, | justo y triunfador, | pobre y montado en un borrico, | en un pollino de asna.

  Suprimirá los carros de Efraín | y los caballos de Jerusalén; | romperá el arco guerrero | y proclamará la paz a los pueblos. | Su dominio irá de mar a mar, | desde el Río hasta los extremos del país.

 

4. Hermanos, quizás para entender bien lo que sucede en la entrada de Jesús en Jerusalén, debemos dejar a un lado nuestras representaciones. Nosotros vemos con alegría la multitud que aclama al Señor y nos unimos de buena gana a ese homenaje. Esta muy bien, perfectamente, porque eso es cierto. Pero lo principal y lo sorprendente es que Jesús, en vísperas de su muerte, a pesar de que ha sido rechazado, él se presenta como rey de amor, que olvida toda injuria y quiere presentarse ante su ciudad amado, sin ningún rencor, como el esposo que sale al encuentro de su esposa amada.

Jesús no entra como un general triunfador y desafiante, como para mostrar quien tiene razón. Jesús es mensajero de Dios, que solo conoce el amor, el perdón, y la alegría que viene al que busca la paz.

Un rey, un emperador entra triunfal en un caballo enjaezado… Hay tantos cuadros que nos han presentado así a los emperadores, o monumentos ecuestres en las plazas de nuestras ciudades. Jesús, el Señor, viene en un burrito, una cabalgadura que nos recuerda a los antiguos patriarcas de Israel.

 

5. El pueblo sencillo lo ha entendido, lo ha acogido y a su paso alfombra el camino con sus propios mantos, y le festeja cortando ramas de árboles, y le aclama aclamando a Dios, haciendo e esta entrada una fiesta litúrgica: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!

Mirad, hermanos, cómo nosotros en todas las misas, dentro de la Plegaria eucarística, en lo que llamamos el Sanctus – Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos – estamos repitiendo la entrada de Jesús en Jerusalén: Bendito el que viene en nombre del Señor; ¡Hosanna en las alturas!

Hermanos, ese Cristo de la Pasión, Muerte y Resurrección es el Cristo de la Eucaristía, el que se ha entregado por amor a nosotros, y el que es recibido y aclamado con amor exultante:

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!

 

6. Mis queridos hermanos: Esto es la Semana Santa que iniciamos. La iniciativa arranca de Jesús. Jesús ha querido esta fiesta. Jesús ha inventado este homenaje. Él lo quiere, y nosotros nos gozamos de que así sea.

«Maestro, reprende a tus discípulos», dijeron algunos fariseos. «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,39-40).

 

Señor Jesús, nos gozamos por esta iniciativa que tuviste y que llega hoy hasta nosotros. Gracias. Queremos vivir la Semana Santa con fe y amor, como el triunfo de tu amor a todos los hombres. Amén.

 

Sábado precedente al Domingo de Ramos, 1 abril 2023.