martes, 25 de diciembre de 2012

332. Verbum caro - Noche de Dios, noche de amor, noche nupcial



HOMILÍA EN LA NOCHEBUENA DE 2012

En la casa noviciado de las Hermanas Clarisas Capuchinas de México, Zapopan-Guadalajara, Jalisco. Hay en la actualidad 20 novicias. Escribo esta mañana de Navidad al eco de lo que anoche dije, sin escribir, “ex corde”. Lo que va en cursiva y entre paréntesis es lo que pensé y no dije.


Hermanas:

1. Para anunciar esta noche el misterio de la Navidad, que es el misterio de la Encarnación, he sentido de pronto que soy el ángel Gabriel que anunció a María. No es menor el mensaje que yo, como ministro de la Iglesia, ministro del Evangelio, traigo en mis labios. Misteriosamente, por la fuerza del sacramento, me siento al mismo nivel. O, del mismo modo, me identifico, me hago uno, con el ángel del Señor que se presentó a los pastores en la noche de Belén y les anunció la buena noticia, la gran alegría. “La gloria del Señor les envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor”. Luego apareció, en torno al ángel, una legión del ejército celestial, y su canto era el canto de la gloria de Dios, el canto del amor de Dios que así había manifestado su benevolencia a los hombres. Estoy recordando que nuestro santo doctor capuchino Lorenzo de Brindis nos dijo que el oficio del predicador es un ministerio angélico.

2. Para celebrar esta noche purísima viene a nuestro corazón la memoria de los santos que han gustado las delicias del nacimiento – hodie meliflui facti sunt caeli (hoy los cielos se derriten de miel) -: san Francisco de Asís, en la noche del belén de Greccio, san Juan de la Cruz con el niño Jesús en sus brazos, lleno de ternura.

(Ha cruzado hoy por mi mente la coplilla aquella: “Del Verbo divino / la Virgen preñada / viene de camino: / ¿Si le dais posada?” Y anota la edición de Monte Carmelo: Letrilla-estribillo que se cantaba durante la Nochebuena en los conventos donde era superior el santo).

Si no fuera un disparate, lo que ahora me pide el corazón, no es hacerles la homilía desde aquí, sino ponerme delante del portal hermoso que han preparado, y todas ustedes en círculo – sentadas en el suelo las jóvenes – , haciendo un coro de amor ante este Divino, para contemplar juntos lo que excede toda contemplación, el misterio de esta noche. Y dejar que corriera la velada entre la Palabra compartida, la adoración y la Eucaristía.
(Pero no es posible, porque bien saben que los hermanos están esperando para la adoración del Niño y la Cena de Navidad).
Le comprendo al pobrecillo Francisco de Asís que, habiendo conocido a Jesús, quería escribir a todos: “Puesto que soy siervo de todos, estoy obligado a serviros a todos y a administraros las odoríferas palabras de mi Señor” (Carta a todos los fieles). “A todos los "podestà" y cónsules, jueces y gobernantes de toda la tierra y a todos los demás a quienes lleguen estas letras, el hermano Francisco, vuestro pequeñuelo y despreciable siervo en el Señor Dios, os desea a todos vosotros salud y paz” (Carta a las autoridades de los pueblos). Y hasta soñaba en que sus hermanos hicieran copia de sus escritos.
Francisco tenía una palabra que decir al mundo entero.
Hermanas, como portador del Evangelio, yo quisiera decir hoy una palabra a todos los hombres, que es la palabra que pronuncio esta noche en esta capillita. Al decir a “todos los hombres”, pienso en el curso de toda la historia humana, en los seguidores de todas las religiones, que desde todos los ángulos de la tierra y de la historia, han buscando con humildad el rostro de Dios.

(Y diciendo estas cosas, estoy pensando, sin decirlo, en todo el movimiento del Islam que avanza hacia Europa y posiblemente en pocos decenios, por una evidencia de natalidad que ponen de manifiesto las estadísticas, puede cambiar el mapa espiritual del viejo continente. Acaso a nosotros, cristianos, nos puede abrumar este avance, que modifica nuestra historia y cultura… Pero no se trata de nuevas políticas de natalidad que seguramente haya que fomentar pero por otras razones. Se trata pura y simplemente de que nosotros, cristianos, demos testimonio de la Encarnación del Hijo de Dios, y de que hagamos esta oferta a la humanidad, a nuestros hermanos, los hombres, en diálogo cordial, ajenos a cualquier coacción y lejos de lamento inútiles. La fuerza y el amor de Dios deben brillar por sí mismos).

3. ¿Qué anunciamos nosotros, hijos de Dios, en esta noche santa? Lo que el ángel Gabriel anunció a María, lo que los ángeles dijeron a los pastores. Hoy el Hijo de Dios entra en la creación y se hace hijo de la tierra por las entrañas de una mujer. El amor de Dios se vuelca definitivamente en el corazón del hombre, para hacer del hombre su compañero de amor (Deus vult alios habere Condiligentes, Dios quiere tener a otros Co-amadores a su propio nivel. Bto. Juan Duns Scoto).
La Sagrada Escritura ha llegado  a tal atrevimiento de llamar al ser humano “esposa de Dios” (Oseas y profetas posteriores).
Dios no es amigo del hombre; es infinitamente más: es amor humano, tanto cuanto el amor humano puede ser amor divino. Definitivamente es así.

(Dios no puede ser amigo del hombre, decía Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, libro X sobre la Amistad, por la infinita desigualdad, ya que toda amistad, de alguna manera tiene que nivelar. Es verdad, mientras no se conozca el misterio de la Encarnación, que es el misterio de la igualación del hombre con Dios).

4. Amadísimas hermanas, este es nuestro destino. Y os lo puedo decir con sencillez, con cierto énfasis y suma humildad, consciente de que estoy hablando a vírgenes del Señor. La Encarnación, celebrada en Navidad, es el misterio de las nupcias de Dios con su criatura, con nosotros.
Yo les invito a todas ustedes - y, al decirlo, me estoy invitando a mí - a abrir nuestro corazón, nuestro pecho, a la intimidad dulce y celestial de nuestro esposo. El rubor omite todas las palabras.
Mis hermanas, he pasado la tarde confesando en la iglesia de San Nicolás (los lunes de san Nicolás de Bari en esta iglesia, que todos los lunes, se celebran ocho misas). Y ¿qué vive un sacerdote cuando humildemente, con la acogida de Jesús, se sienta él, pecador, a escuchar a su hermano penitente? Que la Encarnación es la bajada de Dios a nuestro pecado, al abismo de nuestro pecado, de mis pecados, sin poder inculpar a nadie. Dios baja al abismo de ser, a mis pecados; los borra todos, me levanta hasta su pecho, hasta decirme: ¡Esposa mía!). Esto y no otra cosa es la Encarnación del Verbo.
Esto es el misterio de esta noche. Nuestro hermano Francisco de Asís decía que la Navidad era la mayor de las fiestas. Bien sabía que era la Pascua. Pero ¿por qué lo decía? Por lo que explicaba al decirlo: Aquí comenzó todo, solo aquí comenzó el perdón y la salvación; lo demás vino como consecuencia.

5. No hay palabras humanas adecuadas para verter este infinito misterio de amor, que penetra toda la creación y llega hasta la entraña del ser humano. La Encarnación nos da el retrato auténtico de Dios. Dios es Palabra y Dios es carne. Es carne en la creación. La invención del Belén, como lenguaje de la ternura para traducir a Dios, no se inició con san Francisco. Ya en los mismos relatos evangélicos con su lenguaje tan especial estaba la ternura y la fantasía del amor.
En el siglo II, el evangelio apócrifo de Santiago, llamado el Protoevangelio de Santiago, da curso a la fantasía para sorprender cómo la creación se para un instante, absorta el nacimiento virginal de Jesús. José va en busca de una comadrona y entretanto nace el Hijo: la creación se queda en éxtasis, y es toda ella como un paisaje de nuestros belenes.

(Dice exactamente el texto:
“Y encontró allí mismo una gruta, e hizo entrar en ella a María...
Y yo, José, avanzaba, y he aquí que dejaba de avanzar. Y lanzaba mis miradas al aire, y veía el aire lleno de terror. Y las elevaba hacia el cielo, y lo veía inmóvil, y los pájaros detenidos. Y las bajé hacia la tierra, y vi una artesa, y obreros con las manos en ella, y los que estaban amasando no amasaban. Y los que llevaban la masa a su boca no la llevaban, sino que tenían los ojos puestos en la altura. Y unos carneros conducidos a pastar no marchaban, sino que permanecían quietos, y el pastor levantaba la mano para pegarles con su vara, y la mano quedaba suspensa en el vacío. Y contemplaba la corriente del río, y las bocas de los cabritos se mantenían a ras de agua y sin beber. Y, en un instante, todo volvió a su anterior movimiento y a su ordinario curso”).

6. Esta fiesta nupcial es, pues, una fiesta para dejarse invadir de la ternura de Dios y perderse en ella.
Puede ser que, en ocasiones y de forma viva, la muerte nos amenace como un oscuro misterio de destrucción. Tal es la fragilidad humana. Pero, no, en una noche así, iluminados por el resplandor que viene de Dios, a uno no le importa morir, porque sabe, e incluso de algún modo “sensitivamente siente” que Dios es abrazo, que Dios no engaña, que Dios es mi amor y mi destino.

7. Todo el amor de Dios, volcado sobre el mundo, está envuelto en misterio. Y el misterio de la virginidad de María, esencialmente unido al de su divina maternidad, es el primero.- María nos está diciendo. Yo, esclava del Señor, soy la primera testigo del amor de Dios, y nadie me arrebatará esta gloria.
Hermanas mías, dejémonos invadir de este amor. Ojalá el Señor nos diera la gracia de llorar el amor, porque es el lenguaje sublime que el amor tiene.
Dios se hizo amor, amor mío: ¡Feliz Navidad!
¡Santa Navidad de las nupcias del amor divino! Amén.

Guadalajara, 25 diciembre 2012
Fr. Rufino María Grández


sábado, 22 de diciembre de 2012

331. Nochebuena 2012: Canción para el Niño del niño Joseph Ratzinger Benedicto


Nochebuena 2012: Canción para el Niño
del niño Joseph Ratzinger Benedicto


Los niños en Alemania le piden regalos al Niño Jesús en Navidad; en España los pedíamos y los piden en los santos Reyes, los Reyes Magos que vienen de Oriente.
Un niño llamado Joseph Ratzinger, que en 1934 tenía siete años y ocho meses, también le escribió al Niño Jesús una carta. A decir verdad, en el mismo papel iban tres cartas: la de su hermana María, seis años mayor que él, la de su hermano Georg, dos años más grande, y la suya. María pedía al Niño Jesús un libro de dibujar; Georg, que ya despuntaba como músico, quería la partitura de un canto. Y el pequeño Joseph ¿qué le pedía?
La carta, con la caligrafía propia del tiempo, decía así:

Liebes Christkind!
Du schwebst bald auf die Erde hernieder. Du willst den Kindern Freude bereiten. Auch mir willst Du Freude bereiten. Ich wünsche mir den Volks-Schott, ein grünes Messkleid und ein Herz Jesu. Ich will immer brav sein.
Schönen Gruß von Joseph Ratzinger”.

“Querido Niño Jesús:
Pronto vas a bajar del cielo a la tierra. Tú quieres dar a los niños aegría. Y también a mí me quieres dar alegría. Yo quisiera para mí el Misal Volks-Schott, una casulla de celebrar verde y un Corazón de Jesús. Yo seré siempre bueno.
Saludos cariñosos de Joseph Ratzinger”.

Sucede que esta carta, guardada por su hermana María, ha ido a parar al pequeño Museo en que se ha convertido la casa natal de su padre en Marktl am Inn, en Baviera. Y recientemente se ha dado a conocer (publicación Bild, muy difundida de Alemania). De pequeño jugaba a misa con su hermano...  El Misal Schott era el Misa del conocido benedictino P. Anselmo Schott, de la abadía de Beuron, en dos versiones: la completa y la pupular.
Cuando el Papa, a la vuelta de 78 años, se ha vuelto a leer a sí mismo (cuenta su secretario particular) se emocionó y… sonrió. 
Y también yo, de cara a la Nochebuena, me he emocionado y…, convertido venturosamente en niño, he sonreído.


I
Primer tiempo: Allegro cantabile
1934 (7 años)


1. A ti, Jesús, yo te escribo
mi carta de Navidad,
tú regalas alegrías
porque a ti te gusta dar.

2. Tres regalos yo te pido
que no me puedes negar;
tú nos quieres a los niños
yo, niño, vengo a rogar.

3. El misalito “Volks-Schott”
que sirva para el altar,
con letras rojas y negras
en latín y en alemán.

4. Un misalito que tenga
todo lo que hay que rezar:
los santos y los domingos,
la Pascua y la Navidad.

5. Y las fiestas de la Virgen,
que es la Madre celestial,
y también las letanías
desde el principio al final.

6. Y una casulla preciosa,
casulla sacerdotal,
yo quiero ser sacerdote
y ya me quiero ensayar.

7.  Que sea casulla verde,
un verde primaveral,
como el Párroco se pone
en la Misa parroquial.

8. Que vaya bien a mi hermano,
y a mí, de menor edad,
y cuando llegue a ser Cura
otra nueva me darán.

9.  Y aun me queda otro regalo,
tercero para acabar:
que tres son los Reyes Magos,
Melchor, Gaspar, Baltasar.

10. Un “Corazón de Jesús”
a ti, Jesús de verdad,
que en el cielo todo tienes
y bien puedes regalar.


II
Segundo tiempo: Adagio
2012 (85 años)


1. Con alma de niño vuelvo,
Dios excelso a recordar;
verdades de niños son
semillas de eternidad.

2. Desde la Sede de Pedro
hoy, niño, quiero soñar
para pedir tres regalos:
Fe, Esperanza y Caridad.

3. Para mí los necesito,
pastorcito con morral,
que tú, Pastor de pastores,
entiendes de soledad.

4. Invicto amor de mis días,
a quien no negué jamás,
por mí y por todos suplico
cual hermano universal.

5. De obsequio un libro te traigo
con el que quise narrar
tu Nacimiento e Infancia
a toda la humanidad.

6. Y de tu Madre bendita
su santa virginidad;
cuando virgen concebía
fue regazo universal.

7. Yo, Ratzinger Benedicto,
al que hiciste mayoral,
me postro, beso y adoro
y pido unidad y paz.

8. Por ti, Jesús de Belén,
me hice tuitero ejemplar,
y a dos millones les digo:
Dios es amor sin rival.

9. Hermanos del mundo entero,
dejémonos siempre amar:
Dios es amor sin retorno,
y la prueba es Navidad.

10. Sea el amor nuestra estrella,
amor de Dios nuestro pan,
amor que Dios nos comparte
y en él nos quiere abrazar.

Guadalajara, Jalisco, 22 diciembre 2012.
Con sentimientos de niño
Rufino María Grández

Postdata (27 diciembre 2012)

En el twitter recién abierto por el Papa (12 de diciembre de 2012) le preguntan el día 24 de diciembre: "¿Qué tradición familiar navideña de tu niñez recuerdas todavía?" La respuesta del Papa el mismo día era: "Poner juntos el nacimiento en mi casa, que tanto nos gustaba. Cada año añadíamos figuras nuevas, y usábamos musgo para decorarlo".
Esta respuesta está en plena consonancia con lo que él escribió en "Mi vida. Recuerdos 1927-1977"  (Ediciones Encuentro. 4a ed. 2005: "El año litúrgico daba al tiempo su ritmo y yo lo percibí ya de niño, es más, precisamente por ser niño, con gran alegría y agradecimiento. En el tiempo de Adviento, por la mañana temprano, se celebraban con gran solemnidad las misas Rorate en la iglesia aún a oscuras, solo iluminada por la luz de las velas. La espera gozosa de la Navidad daba a aquellos días melancólicos un sello muy especial. Cada año nuestro Nacimiento aumentaba con alguna figura y era siempre motivo de gran alegría ir con mi padre al bosque coger musgo, enebro y ramitas de abeto" (p. 39)

viernes, 21 de diciembre de 2012

330. 21 de diciembre – Visitación y Cantar de los Cantares


Meditación sobre el Cantar de los Cantares (2,8-14)
en espera del Nacimiento


1. El día 21 de diciembre tiene en la liturgia un toque especial. Es el día… - podríamos decir – El día del cervatillo. En atención de la Visitación de María a su prima Isabel, cuando la Virgen grávida del Verbo, va por la serranía donde su pariente, que está de seis meses, se lee un pasaje del Cantar de los cantares. Por idéntica razón, en la fiesta de la Visitación (31 de mayo) resuena el mismo texto.
Por motivos pastorales (por si el pasaje suena chocante a ciertos oídos), hay un texto alternativo. Acaso los misalitos mensuales, han tomado este segundo texto, que, en el caso es del libro de Sofonías. Día un tanto singular por este poema amoroso, porque (según mis conocimientos) en la misa de los días feriales o festivos no se lee el Cantar de los cantares. (En el Oficio de lectura, sí, usando el leccionario bienal, en Navidad, los años pares).

2. El poema es éste:

¡Un rumor…! ¡Mi amado!
Vedlo, aquí llega,
saltando por los montes,
brincando por las colinas.
Es mi amado un gamo,
parece un cervatillo.
Vedlo parado tras la cerca,
mirando por la ventana,
atisbando por al celosía.
Habbla mi amado y me dice:
“Levántate, amada mía,
hermosa mía y vente”.
Mira, el invierno ya ha pasado,
las lluvias cesaron, se han ido.
Brotan las flores en el campo,
llega la estación de la poda,
el arrullo de la tórtola
se oye en nuestra tierra.
En la higuera despuntan las yemas,
las viñas en flor exhalan su perfume.
“Levántate, amada mía,
hermosa mía, y vente”.
Paloma mía,
en las oquedades de la roca,
en el escondrijo escarpado,
déjame ver tu figura,
déjame escuchar tu voz:
es muy dulce tu voz
y fascinante tu figura” (Ct 2,8-14).

3. ¿Qué sugiere a nuestro espíritu esta canción amorosa? Sugiere tanto… El lenguaje del amor, que es el más deseado del hombre no se interpreta con diccionarios técnicos.
El amor siempre ha sido y será un trance de sentimiento y fusión, y muy arriba de impulsos primarios, acaso groseros, es vida a vida, en trasvase y unión, en entrega y deleite, en donación y acogida, poniendo en juego tiempo y eternidad.
El trance del amor es inmortal. No hace falta que yo emigre de mí mismo y haya de referirme a ejemplos de otros para probar que eso es el amor. Cada ser humano, si baja al fondo, podrá decir con palabras románticas o filosóficas: El amor soy yo; el amor es mi vida; hay un Amor-Misterio que me excede y que se ha volcado en mí. Definitivamente, irremediablemente, felizmente (acaso también dolorosamente) soy un enamorado.
Sí, soy un enamorado, y no quiero ser enajenado de este amor. Ahora es cuando puedo entrar en el Cantar de los Cantares, en el Cantar Divino, que es el eco universal del amor humano y del amor divino.

3. Un rabino podrá hablar del amor de Dios por su pueblo, que él es su esposa amada. Tiene razón, porque eso es el Cantar de los cantares, Shir Hash-shirim. Tiene razón, y esa postura es justa. Y lo mismo un cristiano podrá hablar de los amores de Cristo esposo con su Iglesia esposa; porque Cristo es el esposo de la Iglesia.
Y un marido, amante incondicional de su esposa, y una esposa, loca por su marido, podrán decir: "No nos lo quiten, somos nosotros; no hace falta que nadie nos lo diga; no vayan a otra parte". Y yo les responderé: Tenéis razón. La primera vez que se cantó este Cantar – que, a lo mejor, de tan puro y descarado nunca se cantó – era por eso: porque dos enamorados se habían encontrado en este planeta azul. Pues… ¡ojalá que ese enamorado vaya con nosotros hasta la sepultura!

4. Y Bernardo de Claraval, enamorado, san Bernardo el doctor melifluo, podrá decir lo que dijo, como ayer (y todos los años el 20 de diciembre) decía, contemplando la escena de la Encarnación, con un lenguaje patético de dulce amor a María:
“... Abre, Virgen santa, tu corazón a la fe, tus labios al consentimiento, tu seno al Creador. Mira que el deseado de todas las naciones está junto a tu puerta y llama. Si te demoras, pasará de largo y entonces, con dolor, volverás a buscar al que ama tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por el amor, abre por el consentimiento.
Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.
Y tiene razón san Bernardo, como una arraigada corriente medieval, al interpretar el Cantar de los cantares de los amores de Cristo a María, dado que el amor es una experiencia universal que nadie la puede acaparar en exclusiva para mí mismo.

6. Por lo tanto, tengo razón yo, amante de vocación, si en puertas de Navidad viene el cervatillo por las colinas y llama a mi ventana. Aquí comienza, pues, mi meditación, al punto en que yo debo recogerme en mi alcoba, cerrar puerta y cortina, y escuchar la endecha que viene clavada al corazón.
Levántate…, y acaso me esté diciendo que haga una confesión muy pura para Navidad, una celebración de este Sacramento del Perdón que me deje todo bañado de pureza, perfumado con la suavidad de Dios, para que Jesús sea nacimiento en mis entrañas…
Claro que yo no lo voy a contar a otro qué me está diciendo a mí el amor de mí, y cuál es esa fuente cristalina que quiere desatarse en mí.
Me anuncia que ha llegado la primavera, que brotan las flores y se expanden los olores. Huele a Navidad. Sí, huele a Navidad como una virgen purísima.
El alma huele a Dios.
Aquí comienza la meditación - llámese contemplación -, hermano, hermana

Guadalajara, 21 diciembre 2012.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

329. Mar'ia en la Encarnación - Domingo IV de Adviento



María, concebirás en tu vientre y darás a luz un Hijo
Homilía en el cuarto domingo de Adviento
Lc 1,26-38



Texto evangélico

En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: 
- “Alégrate, llena de gracia el Señor está contigo”. 
Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: 
- “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”. 
Y María dijo al ángel: 
- “¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” 
El ángel le contestó. 
- “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con sus sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo den su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible”. 
María contestó: 
- “He aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Y el ángel se retiró.

Hermanos:

1. Con este texto del Evangelio de san Lucas nos encontramos en el centro y clave de la mariología de cristiana, y más señaladamente “Católica”.
Si hemos de pensar que los Evangelios nacieron en la comunidad cristiana como un texto que fue sedimentando relatos y tradiciones que eran la vida de los hermanos, y que hubo una persona muy concreta – Mateo, Marcos, Lucas, Juan - que recogió y pulió este material para convertirlo en el Evangelio, la Infancia de Jesús era lo último que surgía, y por este orden: Pasión y Resurrección del Señor, Vida pública de Jesús; Nacimiento de Jesús. Por este motivo esos capítulos iniciales están saturados de Teología. Relatos hechos con un género muy singular.
Es la Infancia de Jesús, Hijo de Dios, anunciado a una Madre, entregado a una Madre. A esta altura en que nos encontramos, antes de terminar el siglo I, la Iglesia tiene conciencia del misterio de la virginidad de María, y de su divina maternidad – “la Madre de mi Señor” la proclama san Lucas - ; y el plan singular que le ha cabido a María en la historia de Israel y ahora junto a los discípulos de su Hijo.

2. De la escena de la anunciación del Señor ¿en qué nos vamos a fijar? Repito que estamos en el centro de la mariología cristiana. El núcleo de la escena es, sin duda, la Encarnación: El Verbo se hace carne en el seno de una virgen desposada con un varón de la casa de David. El Concilio se queda atónito contemplando la Encarnación. La Encarnación es la decisión libre y cumplida de Dios de hacerse hijo de hombre. Y para ello pide el consentimiento de una mujer. Aquí comienza el discurso teológico: La Encarnación es una decisión de amor de Dios, que se ha de cumplir, porque es de Dios, pero que, al mismo tiempo, depende de una voluntad humana, que es libre, y en nuestra voluntad cabe el sí y cabe el no. Mientras que en Dios no cabe esa variabilidad. Nos acercamos con admiración al misterio de María, que comienza con la elección divina y sigue con la obediencia incondicional a la voluntad de Dios. Dice el Concilio: “Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida
Y dice el teólogo que María, simple creatura y permaneciendo como criatura, es asumida al círculo de la Trinidad. Solo de ella podemos decir con un sentido único que es la esposa del Espíritu Santo para engendrar en su carne virginal al Hijo; solo de ella podemos decir que es la Madre del Verbo Encarnado.
Del relato de la anunciación emerge esta fe, que es el vigor de la Iglesia.

3. María, pues, es la virgen, es la madre. Por ella nos ha venido el autor de la vida, Jesús, por cuya vida, pasión y muerte, hemos sido salvados.
Hoy la Iglesia nos invita a poner los ojos en la Virgen María: todos los años, el domingo IV de Adviento escuchamos un Evangelio mariano, como preparación inmediata para el nacimiento. Y todos los años en la octava de Navidad se celebra la solemnidad de la divina maternidad de María, centrados igualmente en el nacimiento del Hijo de Dios.
En España durante muchos siglos, cuando estaba vigente el rito hispano-mozárabe, se ha celebrado el 18 de diciembre, es decir una octava antes de Navidad, la gran fiesta de la Virgen María, bajo el título de la “Expectación del Parto”. Fue el concilio X de Toledo, el año 686, el que determinó esta fiesta, y la razón que dio, y que quedó escrita en las actas del Sínodo, es que la Anunciación de María, el 25 de marzo, por necesidad caía o dentro de los días de Cuaresma o dentro de los días de Pascua.  El pueblo cristiano quería una fiesta exclusiva para la Madre: la expectación del parto, la Virgen del vientre henchido, que acaso está acariciando su mano el fruto que lleva dentro. Esta virgen grávida a punto de dar a luz es la Virgen de la Esperanza.

4. María aparece, pues,
- como la creyente que ha recibido a Jesús en el hueco de su fe, y esto es la consagración íntima de su ser a su Dios y Creador;
- como la mujer que ha recibido en su cálido seno al mismo Hijo de Dios;
- como la que lo va a amamantar con la leche de su pecho;
- como la que lo va a entregar a la Iglesia, al mundo.
María es la Madre de Dios, y nadie puede ser comparado a ella.

5. Al escuchar estas cosas, nosotros creyentes honramos a la Trinidad santa, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que han  posado sus ojos para la obra divina en una mujer de esta tierra.
Una hija de Adán, una hermana de la raza humana, raza débil y pecadora, es escogida por el Dios eterno para ser Madre de su Hijo.
Nos quedamos cegados por tanta luz, porque no sabemos como conjuntar en una persona lo humano y lo divino. Que es el caso de Jesús: Dios y hombre, enteramente Dios y enteramente hombre.

5. Por esta configuración en  la divina maternidad, María sigue siendo
- completamente mujer,
- y completamente  madre de Dios.
Como mujer, María participa plenamente en la condición de su pueblo: en la pobreza de los humildes, y en todo lo que va unida a la pobreza, tantas carencias. Ser pobre no es solo carecer de lo que podría uno tener, e incluso debería tener, sino junto con eso un estilo social del pueblo deprimido. Ser pobre es un rango inferior de la sociedad; a este rango ha pertenecido María.
Y sin dejar de ser mujer pobre y humilde, el Evangelio nos la muestra como Madre de Dios, y esto nos lleva a una visión esplendorosa de sus prerrogativas, que aceptamos en fe.

6. Nos gusta, más bien, verle a la Virgen en esta divina categoría de la Madre del Señor. A ella le invocamos:
Madre del Señor, que trajiste al mundo al Salvador, condúcenos a ese Cristo, que nos ha salvado y que un día glorioso nos ha de juzgar. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Miércoles, 19 diciembre 2012 


Nota de urgencia.
Si quandoque bonus dormitat Homerus, “a veces dormita el bueno de Homero” (Horacio Epistula ad Pisones, verso 359)… pues yo también tuve un despiste, un “lapsus”, poniendo el Evangelio de la Anunciación en el año C, cuando es del año B. Dispénsemelo el lector. Y en reparación, aquí va, sin vídeo ni audio, la homilía correspondiente, en el año C, al Evangelio de la Visitación: Lucas 1,39-45.


Hermanos:

1. La sagrada liturgia, que no es un encuerdo piadoso de lo que un día pasó – como quien recuerda, según las ocasiones, hechos agradables y tristes de su familia que hoy le están influyendo – sino la presencia viva y operante de los misterios de Dios, nos sitúa en este cuarto domingo en las puertas del misterio de la Encarnación,
Un gran teólogo de la segunda generación cristiana, cuyo nombre exacto desconocemos y que lo identificamos como el Autor de la Carta a los Hebreos, mirando a Jesús de Nazaret, nos invita a escuchar una reflexión de Cristo, una oblación que pronuncia ante el Padre:
“Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas,
pero me formaste un cuerpo;
no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias.
Entonces yo dije: He aquí que yo vengo
– pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí –
para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad” (Hb 10,6-7).

2. Un cristiano pensante se pregunta: ¿Cuándo dijo esto Cristo Jesús? Al entrar en el mundo… responde el autor sagrado.
Nos remonta al ser divino de la Encarnación. Como cristianos confesamos que Jesús, el hijo de María, es el Hijo de Dios, y que, siendo Hijo de Dios, trae un proyecto al mundo. Jesús, nacido de la humilde virgen de Nazaret, no es un producto fortuito de la historia humana, un niño que vino al mundo y que pudo no venir. Jesús viene al mundo desde el que querer amoroso del Padre, acogido libremente por una mujer, María.
Jesús Redentor viene al mundo con un proyecto, y este proyecto tiene dos palabras:
- un cuerpo
- y una voluntad.
Este cuerpo va a ser el cuerpo de un sacrificio. Dios no quiere ni sacrificios, ni templo ni altar. Quiere un cuerpo, quiere una vida. Jesús va a ser el sacrificio agradable a Dios. Va a morir fuera de la ciudad   - que es como decir rechazado fuera de la comunidad -, fuera del templo, fuera del altar. Jesús va a morir en el altozano donde murieron otros condenados, ajusticiados por sus crímenes. Este es el cuerpo del Niño Jesús que nosotros, cristianos, vamos a adorar mañana por la Nochebuena, y el mismo cuerpo que vamos a recibir en la comunión.
Jesús viene al mundo con un cuerpo humano, como humano fue el cuerpo de Adán. Y cuerpo, en este caso, es la persona entera, porque no hay cuerpo humano si no hay persona humana. Mi cuerpo no son mis músculos, tejidos y nervios, sino mi ser entero, que en los días terrestres vibra en una carne que vive, que sufre y que ama. Ese es el cuerpo de Jesús, Hijo de Dios, y ese es mi cuerpo.

3. Un cuerpo y una voluntad, decimos. La voluntad de Jesús, que está en su cuerpo y que está en su alma, es la misma voluntad de Dios. Es el último secreto del ser de Jesús, y, por lo mismo, el secreto mismo de la Encarnación. Nos enseñó el catecismo que desde pequeños aprendimos que en Cristo hay dos voluntades, una divina y otra humana. Ahora bien, esas dos voluntades se han fundido en una, aun permaneciendo distintas, y esa voluntad soberana es el don de la Encarnación. Esa voluntad, ese “hacer, oh Dios, tu voluntad”, es la oblación de Jesús; eso es la Encarnación. “Y conforme a esa voluntad – sigue meditando la carta a los Hebreos – todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre” (v. 10).

4. Y en este punto enlazamos, hermanos, la voluntad de Dios, la voluntad de Cristo y la voluntad de María. Hoy, IV domingo de Adviento, está consagrado, todos los años, a María Virgen, Madre del que va a nacer.
María es Madre por la fe, por su disponibilidad incondicional al misterio de la voluntad del Padre. “Hágase en mí según tu Palabra”, dijo en el momento del anuncio. Y el Verbo se hizo carne.
Siguiendo el Evangelio de San Lucas, que es la lectura preferencial de este año C, hoy acabamos de escuchar el relato de la Visitación. La Visitación sigue de inmediato a la Anunciación. María, grávida de Dios, evangelizadora del Reino que viene a la tierra, va a llevar a Juan el mensaje de Cristo. Juan salta de gozo al encuentro del Señor, y su madre Isabel, que lo lleva en su seno, dice a María:
- ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? La Madre de mi Señor es lo mismo que la Madre de mi Dios.
Y luego:
- Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá (Lc 1,45).

5. ¿Quién es, pues, según los Evangelios, María?
La Madre del Señor y la creyente. La que cumple la voluntad de Dios, la portadora de la voluntad de Dios en el mundo. No hay mayor grandeza para el ser humano en este mundo que ser artífice y cooperador de la voluntad de Dios.
El miércoles pasado (19 de diciembre), en su catequesis sobre el Año de la Fe, el Papa comentaba el acontecimiento de la Anunciación. Después de haber hablado del saludo del ángel, de la llena de gracia, de la alegría, con delicadas referencias al Antiguo Testamento (Sofonías 3,14; Joel 2,21; Zacarías 9:9; Lam 4,21), nos hablaba de la Fe de la Virgen María, fe que acepta la oscuridad. “Me gustaría hacer hincapié en otro aspecto importante: la apertura del alma a Dios y a su acción en la fe incluye también el elemento de la oscuridad. La relación entre el ser humano y Dios no borra la distancia entre el Creador y la criatura, no elimina lo que el Apóstol Pablo dice ante la profundidad de la sabiduría de Dios, "¡Qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos! " (Rm 11, 33). Pero, precisamente aquel que - al igual que María - está abierto de forma total a Dios, llega a aceptar la voluntad de Dios, aunque sea un misterio, a pesar de que a menudo no corresponda a su propia voluntad y es una espada que atraviesa el alma, como proféticamente le dice el viejo Simeón a María, en el momento en que Jesús es presentado en el Templo (cfr. Lc 2,35)”.

5. Hermanos, la Encarnación es misterio luminoso en la fe. Sólo por la fe María acepta, solo por la fe pudo ver en su hijo al Hijo de Dios. Y lo mismo la fe – encuentro con Dios, aceptación de su voluntad, oblación incondicional a ella – forja el edificio de mi vida.
¡Oh Cristo de la Encarnación, en el gozo y en al oscuridad, sé tú, por piedad, la fe inquebrantable de mi vida! Amén.
Guadalajara, domingo IV de Adviento, 23 diciembre 2012.