HOMILÍA
EN LA NOCHEBUENA DE 2012
En
la casa noviciado de las Hermanas Clarisas Capuchinas de México, Zapopan-Guadalajara,
Jalisco. Hay en la actualidad 20 novicias. Escribo esta mañana de Navidad al
eco de lo que anoche dije, sin escribir, “ex corde”. Lo que va en cursiva y
entre paréntesis es lo que pensé y no dije.
Hermanas:
1. Para anunciar esta
noche el misterio de la Navidad, que es el misterio de la Encarnación, he
sentido de pronto que soy el ángel Gabriel que anunció a María. No es menor el
mensaje que yo, como ministro de la Iglesia, ministro del Evangelio, traigo en
mis labios. Misteriosamente, por la fuerza del sacramento, me siento al mismo
nivel. O, del mismo modo, me identifico, me hago uno, con el ángel del Señor
que se presentó a los pastores en la noche de Belén y les anunció la buena
noticia, la gran alegría. “La gloria del Señor les envolvió de claridad, y se
llenaron de gran temor”. Luego apareció, en torno al ángel, una legión del
ejército celestial, y su canto era el canto de la gloria de Dios, el canto del
amor de Dios que así había manifestado su benevolencia a los hombres. Estoy
recordando que nuestro santo doctor capuchino Lorenzo de Brindis nos dijo que
el oficio del predicador es un ministerio angélico.
2. Para celebrar esta
noche purísima viene a nuestro corazón la memoria de los santos que han gustado
las delicias del nacimiento – hodie
meliflui facti sunt caeli (hoy los cielos se derriten de miel) -: san
Francisco de Asís, en la noche del belén de Greccio, san Juan de la Cruz con el
niño Jesús en sus brazos, lleno de ternura.
(Ha cruzado hoy por mi mente la coplilla aquella: “Del Verbo
divino / la Virgen preñada / viene de camino: / ¿Si le dais posada?” Y anota la
edición de Monte Carmelo: Letrilla-estribillo que se cantaba durante la
Nochebuena en los conventos donde era superior el santo).
Si no fuera un
disparate, lo que ahora me pide el corazón, no es hacerles la homilía desde
aquí, sino ponerme delante del portal hermoso que han preparado, y todas
ustedes en círculo – sentadas en el suelo las jóvenes – , haciendo
un coro de amor ante este Divino, para contemplar juntos lo que excede toda
contemplación, el misterio de esta noche. Y dejar que corriera la velada entre
la Palabra compartida, la adoración y la Eucaristía.
(Pero no es posible,
porque bien saben que los hermanos están esperando para la adoración del Niño y
la Cena de Navidad).
Le comprendo al
pobrecillo Francisco de Asís que, habiendo conocido a Jesús, quería escribir a
todos: “Puesto que soy siervo de todos, estoy obligado a serviros a todos y a
administraros las odoríferas palabras de mi Señor” (Carta a todos los fieles). “A
todos los "podestà" y cónsules, jueces y gobernantes de toda la
tierra y a todos los demás a quienes lleguen estas letras, el hermano
Francisco, vuestro pequeñuelo y despreciable siervo en el Señor Dios, os desea
a todos vosotros salud y paz” (Carta a las autoridades de los pueblos). Y hasta
soñaba en que sus hermanos hicieran copia de sus escritos.
Francisco tenía una
palabra que decir al mundo entero.
Hermanas, como portador
del Evangelio, yo quisiera decir hoy una palabra a todos los hombres, que es la
palabra que pronuncio esta noche en esta capillita. Al decir a “todos los
hombres”, pienso en el curso de toda la historia humana, en los seguidores de
todas las religiones, que desde todos los ángulos de la tierra y de la
historia, han buscando con humildad el rostro de Dios.
(Y diciendo estas cosas, estoy pensando, sin decirlo, en todo
el movimiento del Islam que avanza hacia Europa y posiblemente en pocos
decenios, por una evidencia de natalidad que ponen de manifiesto las estadísticas,
puede cambiar el mapa espiritual del viejo continente. Acaso a nosotros, cristianos, nos
puede abrumar este avance, que modifica nuestra historia y cultura… Pero no se
trata de nuevas políticas de natalidad que seguramente haya que fomentar pero
por otras razones. Se trata pura y simplemente de que nosotros, cristianos,
demos testimonio de la Encarnación del Hijo de Dios, y de que hagamos esta
oferta a la humanidad, a nuestros hermanos, los hombres, en diálogo cordial,
ajenos a cualquier coacción y lejos de lamento inútiles. La fuerza y el amor de
Dios deben brillar por sí mismos).
3. ¿Qué anunciamos
nosotros, hijos de Dios, en esta noche santa? Lo que el ángel Gabriel anunció a
María, lo que los ángeles dijeron a los pastores. Hoy el Hijo de Dios entra en
la creación y se hace hijo de la tierra por las entrañas de una mujer. El amor
de Dios se vuelca definitivamente en el corazón del hombre, para hacer del
hombre su compañero de amor (Deus vult
alios habere Condiligentes, Dios quiere tener a otros Co-amadores a su
propio nivel. Bto. Juan Duns Scoto).
La Sagrada Escritura ha
llegado a tal atrevimiento de llamar al
ser humano “esposa de Dios” (Oseas y profetas posteriores).
Dios no es amigo del
hombre; es infinitamente más: es amor humano, tanto cuanto el amor humano puede
ser amor divino. Definitivamente es así.
(Dios no puede ser amigo del hombre, decía Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, libro X sobre la Amistad, por la infinita desigualdad, ya que toda amistad, de alguna manera tiene que nivelar. Es verdad, mientras no se conozca el misterio de la Encarnación, que es el misterio de la igualación del hombre con Dios).
4. Amadísimas hermanas,
este es nuestro destino. Y os lo puedo decir con sencillez, con cierto énfasis
y suma humildad, consciente de que estoy hablando a vírgenes del Señor. La
Encarnación, celebrada en Navidad, es el misterio de las nupcias de Dios con su
criatura, con nosotros.
Yo les invito a todas ustedes - y, al decirlo, me estoy invitando a mí - a abrir nuestro corazón, nuestro pecho, a la intimidad dulce y celestial de nuestro esposo. El rubor omite todas las palabras.
Yo les invito a todas ustedes - y, al decirlo, me estoy invitando a mí - a abrir nuestro corazón, nuestro pecho, a la intimidad dulce y celestial de nuestro esposo. El rubor omite todas las palabras.
Mis hermanas, he pasado
la tarde confesando en la iglesia de San Nicolás (los lunes de san Nicolás de
Bari en esta iglesia, que todos los lunes, se celebran ocho misas). Y ¿qué vive un
sacerdote cuando humildemente, con la acogida de Jesús, se sienta él, pecador,
a escuchar a su hermano penitente? Que la Encarnación es la bajada de Dios a
nuestro pecado, al abismo de nuestro pecado, de mis pecados, sin poder inculpar
a nadie. Dios baja al abismo de ser, a mis pecados; los borra todos, me levanta
hasta su pecho, hasta decirme: ¡Esposa mía!). Esto y no otra cosa es la
Encarnación del Verbo.
Esto es el misterio de
esta noche. Nuestro hermano Francisco de Asís decía que la Navidad era la mayor
de las fiestas. Bien sabía que era la Pascua. Pero ¿por qué lo decía? Por lo
que explicaba al decirlo: Aquí comenzó todo, solo aquí comenzó el perdón y la
salvación; lo demás vino como consecuencia.
5. No hay palabras
humanas adecuadas para verter este infinito misterio de amor, que penetra toda
la creación y llega hasta la entraña del ser humano. La Encarnación nos da el
retrato auténtico de Dios. Dios es Palabra y Dios es carne. Es carne en la
creación. La invención del Belén, como lenguaje de la ternura para traducir a
Dios, no se inició con san Francisco. Ya en los mismos relatos evangélicos con
su lenguaje tan especial estaba la ternura y la fantasía del amor.
En el siglo II, el
evangelio apócrifo de Santiago, llamado el Protoevangelio de Santiago, da curso
a la fantasía para sorprender cómo la creación se para un instante, absorta el
nacimiento virginal de Jesús. José va en busca de una comadrona y entretanto
nace el Hijo: la creación se queda en éxtasis, y es toda ella como un paisaje de
nuestros belenes.
(Dice exactamente el texto:
“Y encontró allí mismo una gruta, e hizo entrar en ella a
María...
Y yo, José, avanzaba, y he aquí que dejaba de avanzar. Y lanzaba
mis miradas al aire, y veía el aire lleno de terror. Y las elevaba hacia el
cielo, y lo veía inmóvil, y los pájaros detenidos. Y las bajé hacia la tierra,
y vi una artesa, y obreros con las manos en ella, y los que estaban amasando no
amasaban. Y los que llevaban la masa a su boca no la llevaban, sino que tenían
los ojos puestos en la altura. Y unos carneros conducidos a pastar no
marchaban, sino que permanecían quietos, y el pastor levantaba la mano para pegarles
con su vara, y la mano quedaba suspensa en el vacío. Y contemplaba la corriente
del río, y las bocas de los cabritos se mantenían a ras de agua y sin beber. Y,
en un instante, todo volvió a su anterior movimiento y a su ordinario curso”).
6. Esta fiesta nupcial
es, pues, una fiesta para dejarse invadir de la ternura de Dios y perderse en
ella.
Puede ser que, en
ocasiones y de forma viva, la muerte nos amenace como un oscuro misterio de
destrucción. Tal es la fragilidad humana. Pero, no, en una noche así, iluminados
por el resplandor que viene de Dios, a uno no le importa morir, porque sabe, e
incluso de algún modo “sensitivamente siente” que Dios es abrazo, que Dios no engaña,
que Dios es mi amor y mi destino.
7. Todo el amor de Dios,
volcado sobre el mundo, está envuelto en misterio. Y el misterio de la
virginidad de María, esencialmente unido al de su divina maternidad, es el
primero.- María nos está diciendo. Yo, esclava del Señor, soy la primera testigo
del amor de Dios, y nadie me arrebatará esta gloria.
Hermanas mías, dejémonos
invadir de este amor. Ojalá el Señor nos diera la gracia de llorar el amor,
porque es el lenguaje sublime que el amor tiene.
Dios se hizo amor, amor mío:
¡Feliz Navidad!
¡Santa Navidad de las
nupcias del amor divino! Amén.
Guadalajara, 25 diciembre 2012
Fr. Rufino María Grández

