Homilía para el Domingo XXXIV del tiempo ordinario, ciclo C,
Texto
evangélico:
35 El pueblo estaba mirando, pero los magistrados
le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él
es el Mesías de Dios, el Elegido». 36 Se burlaban de él también
los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, 37 diciendo:
«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 38 Había
también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».
39 Uno de los malhechores crucificados lo
insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40 Pero
el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a
Dios, estando en la misma condena? 41 Nosotros, en verdad, lo
estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en
cambio, este no ha hecho nada malo». 42 Y decía: «Jesús,
acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 43 Jesús le dijo:
«En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Hermanos:
1. La primera frase del Evangelio de hoy es una frase soberana: “El pueblo
estaba mirando”. Es una frase que adquiere su sentido verdadero, al percibir el
contraste que el evangelista Lucas establece con lo que sigue: pero los magistrados le hacían muecas.
Tenemos, por tanto, el pueblo que es un agente pasivo de los
acontecimientos, y las autoridades que han provocado este fatal desenlace. Y en
correspondencia con lo que acabamos de escuchar, el mismo evangelista cierra
esta escena trágica diciendo: “Toda la
muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que
habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho” (v. 48).
Decir hoy: “los judíos han matado a Jesús”, es una frase que históricamente
hay que matizarla, para decantar responsabilidades. Pero tampoco se puede
exculpar “al pueblo” de manera ingenua. San Lucas ha hablado de esa
confabulación que ha involucrado a todos, al decretar la muerte de un inocente.
“Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al
pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo…”
(vv. 13-14). “Ellos vociferaron en masa: «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a
Barrabás»” (v. 23,58).
En tiempos políticos se suele decir: Han hablado las urnas, ha hablado el
pueblo soberano… Pero no porque hable el pueblo soberano está hablando la
razón, porque le pueblo soberano va al vaivén de muchos vientos que soplan.
2. Hermanos, en este escenario, que san Lucas ha llamado “espectáculo”,
Jesús se está muriendo. Ha quedado al rango de los dos ajusticiados, que
comparten con él el suplicio de la cruz. Así pues, en esta marea humana, el ojo
del huracán son las tres cruces. El Señor ha quedado en medio, dicen los
Evangelios. Uno de los ladrones se juntó a los insultos. El otro, sacando lo
mejor que lleva adentro, se convierte en abogado de Jesús.
Sus palabras no las pudo decir mejor el mejor juez de la tierra: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la
misma condena? 41 Nosotros, en verdad, lo estamos justamente,
porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho
nada malo».
3. Y ahora viene la más bella liturgia del Calvario: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.
Y Jesús soberano, hecho un trapo de miseria ante los ojos de quienes lo han
desechado, con una sublime belleza en sus ojos compasivos de sumo y terno
sacerdote, con una majestad incólume que solo puede tener el Hijo de Dios,
pronuncia la sentencia eterna, cuyo eco sigue llegando hasta nosotros:
En verdad te digo: hoy estarás
conmigo en el paraíso.
Quien habla así o es el más necio y loco de todos los hijos de Adán, o es
el mismísimo Hijo de Dios.
4. Si hemos de hablar de Cristo Rey, de Jesús, heredero espiritual en la
comunidad santa de Dios, del Reino de David, debemos partir del Calvario. A este
Rey del Calvario se le puede dar culto, que es la mejor manera de proclamar su realeza.
Bien pronto los cristianos tuvieron que inventar himnos para decir su fe. Hoy,
Domingo de Cristo Rey, recordamos el Himno cristiano que hallamos en la carta a
los Colosenses, proclamado en la liturgia de hoy (Col 1,12-20).
[Damos] gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la
herencia del pueblo santo en la luz.
Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado
al reino del Hijo de su Amor,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
Él es imagen del Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque en él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres,
visibles e invisibles.
Tronos y Dominaciones,
Principados y Potestades;
todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo,
y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él y para él
quiso reconciliar todas las cosas,
las del cielo y las de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.
5. Este es el reino de Jesús, que llama el texto sagrado “el reino del Hijo
de su amor”-
Si queremos ahora acolar el reino de Jesús, sirvo de Dios, a cualquier
forma de reinado de los hombres, al punto caemos en aberraciones. El reino de Jesús
no tiene nada que ver con el poderío militar, con el poderío económico, con las
fronteras humanas, con las hegemonías que se van sucediendo en el mundo, con
todas las apariencias de carruajes, vestimenta y títulos que apetecemos los hombres,
con todos los escudos donde graban sus lemas los grandes de la tierra o las
dignidades eclesiásticas. Nada de eso pertenece al reino de Cristo, que es el
reino de la humildad, del perdón, del amor y de la paz.
El reino de Jesús se llama: acogida, consuelo, esperanza. Es el reino
abierto a todos los seres humanos. Y es el reino que nosotros hemos de llevar
en cada una de nuestras vidas.
6. El reino de Jesús, que está esencialmente unido al del Padre, ha de
entrar definitivamente en acción en el día final de la historia humana, cuando Jesús
venga en la gloria del Padre, para que Dios sea todo en todos.
Pero ese reino, hermanos, comienza hoy mismo, como lo iba diciendo Jesús en
las parábolas. Ese reino, que ya ha iniciado, está en medio de nosotros; y más
exactamente: está en mí. Yo debo disfrutar de que Jesús reina en mí por la
pureza, la santidad y el brillo de su vida, y con mis palabras y obras he de mostrar
a mis hermanos, los hombres, que Jesucristo es el rey del universo.
7. Señor Jesús, gracias por haberme
acogido en tu reino, como un día al buen ladrón. Haz que demuestre a todas las
personas que me vean que tú eres mi Salvador y mi esperanza. Amén.
Guadalajara, Jalisco, viernes 18 noviembre 2016