Jesús y las
situaciones críticas de familia que provoca
“Críticas de
Jesús a la familia”
En la Semana Bíblica de 2018 y en nuestra iglesia de
Santa María de los Ángeles - Guadalajara, Jalisco,
en atención a los fieles que han compartido esta charla.
En la Semana Bíblica de 2018 y en nuestra iglesia de
Santa María de los Ángeles - Guadalajara, Jalisco,
en atención a los fieles que han compartido esta charla.
De entrada: centrando y recordando
Hermanos:
Los encargados de la animación bíblica de nuestra diócesis (“Animación
bíblica de la vida pastoral”) han lanzado por las parroquias para este año como
tema el estudio de la Familia en el Nuevo Testamento. En el folleto editado se
da la explicación conveniente; se proponen cinco temas: e incluso se entrega el
desarrollo de cada uno de los seis temas, que son los siguientes
1.
La
familia en tiempo de Jesús
2.
Jesús
y la familia
3.
Críticas
de Jesús a la familia
4.
El
mandamiento del amor
5.
Jesús
y la mujer
Mi servicio no es ser el repetidor de
lo que allí está escrito, sino transmitir el tema, según mi modo, estilo y conocimientos,
y de acuerdo a lo que yo aprecio que es la sensibilidad y situación del pequeño
grupo de personas que me escuchan: un pequeño grupo de personas pías (la mayor parte
mujeres), personas adictas a nuestra iglesia, que frecuentan nuestras
celebraciones, y que, de antemano, están muy convencidas de los principios
sólidos en torno a la familia, que se supone que vamos a defender.
Gracias por vuestra atención, gracias
por vuestra escucha, que respeto y aprecio altamente. Cuando uno habla pronto
nota si hay una simbiosis de corazón; y, si la hay, al instante comienza a
manar un misterioso manantial de gracia y sabiduría, que es mutuo, de ustedes
hacia mí y de mí hacia ustedes. Es el amor operativo, fecundo, principio vital de
la Iglesia, alma indestructible de la familia.
Plasmando estos pensamiento en mi
computadora, como soporte de lo que hoy a decir esta noche, adoptaré la forma
de “charla”. Entiendo que una “charla” no es ni una homilía, ni una plática
espiritual de ejercicios, ni tampoco una clase en el aula. Es, más bien, una
conversación, donde se van desgranando pensamientos de modo sencillo y familiar,
no “al aire”, así de repente, sino como
fruto de algo que uno ha pensado y ordenado de tiempo atrás, y que los lleva
dentro grabados.
Hablaré de tres puntos clave:
1. Jesús y su propia familia: qué podemos
saber nosotros de la familia de Jesús y de los hipotéticos conflictos que Jesús
ha originado en su familia.
2. La familia del Reino que crea Jesús y
los conflictos que esta familia ha originado, según los textos del Evangelio.
3. Aplicación de todo ello a la familia
de un cristiano, quizás a mi propio caso persona, si acaso mi vida cristiana ha
provocado un conflicto familiar.
[Omitimos diversos
puntos de vario colorido, expuesto como ambientación…]
Los Evangelios escritos tras muchas experiencias
familiares
Los Evangelios no se escribieron de repente y en aquellos días que
siguieron a la resurrección de Jesús. Los
Evangelios se escribieron tras decenios de la muerte de Jesús, testigos de las
tradiciones que iban recogiendo las
comunidades, como de todo esto ha hablado el Concilio (Const. Dei Verbum 11-12). El Evangelio de san
Marcos, tenido como el Evangelio más antiguo, se calcula que se escribió cuando
ya había acontecido la toma de Jerusalén por los romanos en el año 70. Lo que
significa que los Evangelios se editaron después de que eran ya conocidas las cartas
de los apóstoles, concretamente las de san Pablo.
El conflicto que puede traer el Evangelio en la familia, lo ha visto
Pablo en sus comunidades, y lo ha
tratado con su autoridad apostólica. Dice a los Corintios:
“A los otros les digo yo, no el Señor: si un hermano tiene una mujer no
creyente y ella está de acuerdo en vivir con él, que no la repudie. Y si una
mujer tiene un marido no creyente, y él está de acuerdo en vivir con ella, que
no repudie al marido, pues el marido no creyente se santifica por la mujer y la
mujer no creyente se santifica por el hermano; si fuera de otro modo, vuestros
hijos serían impuros, y de hecho son santos. Ahora bien, si el no creyente
quiere divorciarse, que se divorcie; en estos casos, el hermano o la hermana no
están esclavizados; pues Dios os ha llamado en paz. ¿Qué sabes tú, mujer, si
salvarás al marido?, ¿o qué sabes tú, marido, si salvarás a la mujer?” (1Cor
7,12-16).
Por lo demás, el tema de la familia es un tema querido por san Pablo y
por las primeras comunidades. Hasta podríamos decir que desde el tema de la
familia se fue forjando el primer manual de la Moral cristiana. Para nosotros
la Moral cristiana es la explicación de los Diez Mandamientos, uno tras otro,
conteniendo en ellos todas las obligaciones de la fe y de la praxis cristiana.
La Moral cristiana fundamental podríamos verla en lo que se ha llamado Tablas de familia, o Tablas domésticas. ¿Qué son esas tablas
de familia? Son ese conjunto de obligaciones de amor y de servicio que se crean
en las familias, por ser tales; a saber;
- Obligaciones de los esposos entre sí: la
esposa con el esposo, el esposo con la esposa.
- Obligaciones de los padre para con los hijos
y de los hijos para con los padres.
- Obligaciones de los amos para con los
esclavos en familia y viceversa. Que está conformada socialmente según la imagen
teocrática que tiene Pablo de la familia, y, en especial del jefe de familia,
del “paterfamilias”, avalada por toda la hermosa tradición patriarcal de la
Biblia. La imagen teocrática cambia para ser una imagen cristológica, y Pablo
llega a escribir algo sublime: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo
amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla,
purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa,
sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5,25-27).
Estos pasajes de las Tablas domésticas están localizados en estos textos:
Colosenses 3,18-4,1
Efesios 5,22-6,1
1 Pedro 2,13-3,7
Tito 2,2-10
Jesús y su propia familia: qué
podemos saber nosotros de la familia de Jesús y de los hipotéticos conflictos
que Jesús ha originado en su familia
Vengamos a tratar
directamente este asunto delicado, y no evidente, de la relación de Jesús y su
propia familia.
1. José era su padre.
De José no dicen los Evangelios una sola palabra por él pronunciada. Todo lo que
nosotros podamos añadir al respecto es puramente devocional y afectivo.
En la infancia de
Jesús aparece un conflicto familiar: Jesús adolescente que se queda en el
Templo:
“Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su
madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las
cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo” (Lc 2,48-50).
Esta
“desobediencia” de Jesús halla su contrapunto en los versículos que siguen:
“Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba
sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en
gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,51-52).
He aquí las
claves para interpretar este comportamiento, que de alguna manera va a ser
pauta de lo que Jesús dirá acerca de Dios y la familia.
1) De alguna manera este pasaje abre la vida de
Jesús. Al parecer, cuando Jesús ha llegado a la edad del “Bar-Mitzvá” (hijo del
precepto), cuando según la Ley ya era sujeto del precepto, cuando ya tenía obligación
de ir a la peregrinación del Templo, Jesús va y se manifiesta a Israel.
2) Jesús no se ha perdido; se ha quedado en el
Templo.
3) San Lucas escribe el Evangelio de la Infancia
como corona de todo el Evangelio. Es la Infancia de Jesús Resucitado; no tenemos
que olvidar esta perspectiva.
4) Desde esta perspectiva el Evangelio está
proclamando la filiación divina de Jesús desde el comienzo. Él debe obediencia
a sus “padres” (tu padre y yo), pero su Padre original es, ante todo, el Padre.
5) Para san Lucas la conciencia de la filiación
divina pertenece a la misma infancia de Jesús y desde aquí tenemos que
interpretarlo.
6) Pero el mismo evangelista puntualizará que
Jesús guarda el precepto del Decálogo: “Honra a tu padre y a tu madre, como el
Señor, tu Dios, te ha mandado…” (Deut 5,16; cf. Ex 20,12).
7) La doctrina del Evangelio será perfectamente
coherente con este proceder iluminado, revelado, de la identidad divina de
Jesús.
2. Dejando a un
lado la vieja cuestión que divide, entre otros, a católicos y protestantes
acerca del significado de la expresión “los hermanos de Jesús”, el texto más
difícil lo encontramos en Mc 3,21, que la Biblia oficial del Episcopado español
traduce así: “Llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban
ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que
estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían:
«Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los
demonios»” (Mc 3, 20-22).
La exaltación de
Jesús ha dado motivo a pensar que estaba fuera del sano juicio, que, hablando coloquialmente,
estaba loco. O dicho de otra manera más seria, que acaso estaba “endemoniado”,
cosa que también habían dicho de Juan el bautista: “vino Juan el Bautista, que
ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”” (Lc 7,33).
La dificultad
específica de este versículo es porque el “se decía” se pueden referir o bien a
lo que decía la gente o bien a lo que pensaban los propios familiares que
vienen a protegerlo.
3. A esto se
añade lo que posteriormente añadirían san Juan: que sus familiares no aceptaban
sus pretensiones, como se representa en la escena a propósito de la Fiesta de
las Tiendas: “Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Le decían sus
hermanos: «Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean
las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la
luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo». Y es que tampoco sus
hermanos creían en él” (Jn 7, 2-5).
4. La escena de la visita de Jesús a la
sinagoga de su pueblo, según la primitiva versión de Marcos, es también
otro episodio altamente significativo de cómo la incredulidad de los suyos
circunda a Jesús. Aquí los suyos no son precisa y exclusivamente los
familiares, sino el vecindario de la aldea: “la multitud que lo oía se
preguntaba asombrada: « ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le
ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el
carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus
hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. 4
Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes
y en su casa»” (Mc 7,2-4).
Se trata de una
dura experiencia. Los más cercanos en la convivencia no son siempre los más
cercanos en la fe; ocurre, más bien, lo contrario. En la segunda a los Tesalonicenses leemos una
farse muy dura: la fe no es de todos. “Por
lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor siga
avanzando y sea glorificada, como lo fue entre vosotros, y para que nos veamos
libres de la gente perversa y malvada, porque la fe no es de todos” (2 Tes
3,1-2).
5. Con esto llegamos
a una texto clave en la tradición sinóptica: ¿Cuál es la verdadera familia de
Jesús, al familia que se va creando con el anuncio del Reino, la que podemos
llamar “familia mesiánica”? Los Sinópticos, con distintos matices, han sido
taxativos. He aquí el texto de Marcos:
“Llegan su madre y sus hermanos y, desde
fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira,
tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les
pregunta: « ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando a los que estaban
sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la
voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre»” (Mc 3,31-35)
Es un texto
tajante, texto escatológico, que nos e puede edulcorar con explicaciones
suavizante, texto escandaloso e hiriente, porque se trata de contraponer una
realidad del todo sagrada – yo y mi madre – y la realidad definitiva que se ha
iniciado.
Esta postura
teológica de Jesús, recogida por los Evangelios nos sorprende. Desde una
exégesis humanista y afectiva nosotros quisiéramos imaginar gestos de cariño de
Jesús hacia su Madre, como arranca del corazón. Podemos dar cauce a la
imaginación y fantasear las cosas más bellas. Pero esas no están escritas en el
Evangelio. “La madre de Jesús” es una designación entrañable que aparece en el
Evangelio de Juan en las Bodas de Caná y luego en los Hechos de los Apóstoles,
en la comunidad apostólica que se reúne en espera de la promesa del Espíritu.
“A los tres días,
había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus
discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de
Jesús le dice: «No tienen vino»” (Jn 2,1-3).
Podemos entrever
que detrás de esa expresión “la madre de Jesús” hay una inmensa ternura. Ahora
bien, cuando Jesús se dirige a su madre, lo mismo aquí que en la cruz, el
relato pierde su carácter familiar, coloquial, y pasa a convertirse en una
proclamación teológica, y quien era la madre es designada ahora, en las
palabars del hijo, como Mujer, “la Mujer”, que nos evoca a Eva, María, como
nueva Eva, o a aquella a quien Lucas, en labios de Isabel, confiesa como la
Madre del Kyrios: “La Madre de mi Señor”, que es decir, la Madre de mi Señor
Dios. Esa es la nueva entidad de María que pasa a la Iglesia. “¿Quién soy yo
para que me visite la madre de mi Señor?” (Lc 1,43). En esta línea de sentido
nada extraño que María, la Mujer, la Madre de mi Señor, sea reconocida como la
Madre de los discípulos del Hijo, la “Madre de la Iglesia”.
Jesús, pues,
funda la comunidad escatológica del Mesías, la Comunidad del Espíritu. Y esto
es del todo real. San Francisco de Asís, por ejemplo, llega a decir algo
desconcertante, que está en armonía con esa realidad de la Comunidad nueva del
Espíritu. “Y, dondequiera que estén y se encuentren los hermanos, muéstrense familiares
mutuamente entre sí. Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad,
porque, si la madre cuida y ama a su hijo (cf. 1 Tes 2,7) carnal, ¿cuánto más
amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual?” (Regla de S. Francisco VI,7-8).
Luego veremos las
promesas que Jesús anuncia para los que, rompiendo con todo, hayan aceptado
esta realidad nueva.
La familia del Reino que crea Jesús y los conflictos que esta
familia ha originado, según los textos del Evangelio
1. El que se
adhiere a Jesús es excomulgado de la Sinagoga, y nada extraño que sea proscrito
también de su familia. El capítulo 9 de san Juan, dedicado al episodio de
nacimiento, está todo centrado en este tema: El discípulo de Jesús es expulsado
de la Sinagoga. En el punto álgido de la discusión se lee en este capítulo:
“Jamás se oyó decir que nadie le abriera los
ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún
poder». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar
lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían
expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él
contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás
viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró
ante él. 39 Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los
que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos»” (Jn 9,33-39).
2. Los Evangelios
se han escritos cuando se ha consumado la exclusión de la Sinagoga. Pablo en su
primer escrito, en la carta primera del Nuevo Testamento llega a escribir una
frase que es penoso citar, por el temor de ser mal entendido. Pablo escribe:
“Efectivamente, vosotros, hermanos, seguisteis
el ejemplo de las iglesias de Dios que están en Judea, en Cristo Jesús, pues
también vosotros habéis sufrido de vuestros propios compatriotas exactamente lo
mismo que ellos de los judíos, que mataron al Señor Jesús y a los profetas, y
nos persiguieron a nosotros; estos no agradan a Dios y son enemigos de todo el
mundo; impiden que hablemos a los gentiles para que se salven, colmando en todo
tiempo la medida de sus pecados…” (1 Tes 2,14-16).
“Enemigos de todo
el mundo” en cuanto que la gracia, destinada a todo el mundo, está siendo
impedida por ellos. Pablo de ninguna manera es “antisemita”, pues quisiera ser
“anatema por Cristo” (¡absurdo!), con tal de que se salvasen sus hermanos: “pues desearía ser
yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de
mi raza según la carne” (Rom 9,3).
3. Esta ruptura a la que se ha llegado tiene una
expresión suprema en textos evangélicos, así en el discurso de misión de Mt 10,
34-35: No penséis que he venido a la
tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a
enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su
suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
Jesús está utilizando un texto de Miqueas 7,6. Cuando
se rechaza la soberanía de Dios en la propia vida, viene la confusión y la hecatombe:
“el hijo desprecia al padre, | la hija se rebela contra la madre, | la nuera
contra la suegra. | Los enemigos del hombre | son los de su propia casa”.
4. El ser de la familia de Jesús implica rupturas,
desde esta alternativa:
- todo vale nada
- con tal de alcanzar el Reino y ser de esta familia.
En toda la tradición evangélica aparecen tres
rupturas, rupturas que no son para una élite, sino para el cristiano como tal.
Estas tres rupturas son las siguientes:
Primera, la más externa: los bienes de la tierra, tal
como la hacienda.
Segunda, más persona y valiosa: renunciar a la propia
familia, si el caso lo requiere.
Tercera, la ruptura absoluta y más íntima: renunciarse
“a sí mismo”.
Y desde aquí se formula el seguimiento.
Renunciar es
ü Cargar con la
propia cruz (mi cruz)
ü Y esto cada día
ü Y con esta cruz
seguir a Jesús, ir detrás de él.
5.
Todo estos se puede ilustrar con
múltiples citas del Evangelio, de los cuatro Evangelios, porque estamos en el
meollo del mensaje de Jesús.
Siguiendo
con el texto de Mateo en el citado capítulo 10:
36 … los enemigos de cada uno serán los
de su propia casa.
37 El que quiere a su padre o a su madre
más que a mí, no es digno de mí;
el que quiere a su hijo o a su
hija más que a mí, no es digno de mí;
38 y el que no carga con su cruz y me
sigue, no es digno de mí.
39 El que encuentre su vida la perderá,
y el que pierda su vida por mí,
la encontrará.
40 El que os recibe a vosotros, me recibe
a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado;
5. En conclusión, Jesús es el salvador de la
familia, en cuanto a la dignidad igual entre el hombre y la mujer, y en cuanto
a la irrompibilidad del matrimonio.
Y por, frente a
Dios, es decir, frente a él, pide la renuncia a la propia familia, al propio
yo.
Y en este
planteamiento se prevé que no ha de falta la contradicción y la persecución de
la propia familia, lo que yo más quiero en el mundo.
6. Ahora bien, al
renuncia no tiene sentido, si en la misma renuncia no va la revelación del bien
que otorga la entrega absoluta. Dice el texto de Marcos:
“Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible
para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo». Pedro se puso a
decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
Jesús dijo: «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o
hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el
Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y
hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad
futura, vida eterna” (Mc 19,27-30).
Aplicación
de todo ello a la familia de un cristiano, quizás a mi propio caso personal, si
acaso mi vida cristiana ha provocado un conflicto familiar
1. En la
tradición hay una cuestión clásica, objeto de muchas discusiones: ¿Quién es un
judío?
Un rabino de autoridad
(Rabino Ari Enkin, director rabínico de United with Israel, Unidos con Israel ) responde:
“Judío es cualquier persona cuya madre
es judía o que ha pasado por el proceso formal de conversión al judaísmo.
Es importante tener en cuenta que al ser judío no
tiene nada que ver con lo que crees o haces. Una persona nacida de padres no
judíos que no ha pasado por el proceso formal de conversión sigue siendo una
persona no judía incluso si él o ella cree en la religión judía y observa
el judaísmo meticulosamente. Así, también, una persona nacida de madre judía,
que se defina como atea y nunca practica la religión judía sigue siendo
judía. Desde aquí vemos que el judaísmo es una religión y una nacionalidad”.
Y
el mismo Rabino explica los requisitos de la conversión: “Conversión. En el
judaísmo, las leyes de conversión se basan en las fuentes clásicas de la ley
judía, especialmente en relación con los debates en el Talmud, y en la ley tal
como está codificada en el Código de la Ley Judía (el Shulján Aruj). Los requisitos básicos para la conversión son la
educación y la aceptación del judaísmo y los mandamientos, la circuncisión (si
es hombre), y la inmersión en una mikvé (baño utilizado para la inmersión
ritual)…” (Internet: https://unitedwithisrael.org/es/quien-es-judio).
2. Y ahora
preguntamos: ¿Quién es un cristiano? El que ha recibido el verdadero bautismo
de Jesucristo, siendo santificado por el Espíritu. Este queda signado por Jesús
para siempre.
Pero afinamos la pregunta: ¿Quién es un cristiano como verdadero discípulo de Jesús? Y la
respuesta es obvia: el que sigue el Evangelio que Jesús anunciado, dispuesto a
las tres renuncias que hemos mencionado:
Renuncia a sus propios bienes.
Renuncia a su propia familia.
Renuncia a su propio yo.
Y todo ello para insertarse en el Reino de Dios que
ya se ha iniciado en la tierra, formando de esta manera la Comunidad de Jesús.
3. El medio de la vida en que se vive la fe tiene
diversas áreas, y en todas ellas pueden presentarse alternativas de renuncia. Indicamos
tres:
a) La familia es una.
b) La sociedad es la prolongación de la familia.
c) El ejercicio profesional o trabajo y el
ejercicio de la vida pública en la política son esferas en que se debe proyectar
la pertenencia a Jesús y la preferencia de Jesús sobre todo.
4. En todos esos medios surgen:
a) Mi propia familia no es la dueña de mi destino;
puede presentarse una ruptura.
b) La sociedad no puede imponer una norma de
conducta, y mi identidad cristiana, mi pertenencia a Cristo, puede provocar una
ruptura. Jesús nos dijo. “Os digo, pues: Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también
el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me
niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios” (Lc 12,8-9).
c) El ejercicio profesional y la política impone
ciertas formas de actuar, que son incompatibles con el discipulado. El verdadero
discípulo de Jesús debe escoger entre el Evangelio y el mundo.
En resumen y yendo al corazón de nuestra fe: El
seguimiento pide todo, y Jesús promete la felicidad, incluso en esta vida,
felicidad con la misma persecución.
Pero Dios no engaña. Gustad y ved qué bueno es el Señor: ¡dichoso el que se acoge a él.
Guadalajara, Jalisco, 26 septiembre 2018