miércoles, 26 de septiembre de 2018

1119. Jesús y las situaciones críticas de familia que provoca


Jesús y las situaciones críticas de familia que provoca
“Críticas de Jesús a la familia”

En la Semana Bíblica de 2018 y en nuestra iglesia de 
Santa María de los Ángeles - Guadalajara, Jalisco, 
en atención a los fieles que han compartido esta charla.

De entrada: centrando y recordando
Hermanos:
Los encargados de la animación bíblica de nuestra diócesis (“Animación bíblica de la vida pastoral”) han lanzado por las parroquias para este año como tema el estudio de la Familia en el Nuevo Testamento. En el folleto editado se da la explicación conveniente; se proponen cinco temas: e incluso se entrega el desarrollo de cada uno de los seis temas, que son los siguientes
1.      La familia en tiempo de Jesús
2.      Jesús y la familia
3.      Críticas de Jesús a la familia
4.      El mandamiento del amor
5.      Jesús y la mujer

Mi servicio no es ser el repetidor de lo que allí está escrito, sino transmitir el tema, según mi modo, estilo y conocimientos, y de acuerdo a lo que yo aprecio que es la sensibilidad y situación del pequeño grupo de personas que me escuchan: un pequeño grupo de personas pías (la mayor parte mujeres), personas adictas a nuestra iglesia, que frecuentan nuestras celebraciones, y que, de antemano, están muy convencidas de los principios sólidos en torno a la familia, que se supone que vamos a defender.
Gracias por vuestra atención, gracias por vuestra escucha, que respeto y aprecio altamente. Cuando uno habla pronto nota si hay una simbiosis de corazón; y, si la hay, al instante comienza a manar un misterioso manantial de gracia y sabiduría, que es mutuo, de ustedes hacia mí y de mí hacia ustedes. Es el amor operativo, fecundo, principio vital de la Iglesia, alma indestructible de la familia.
Plasmando estos pensamiento en mi computadora, como soporte de lo que hoy a decir esta noche, adoptaré la forma de “charla”. Entiendo que una “charla” no es ni una homilía, ni una plática espiritual de ejercicios, ni tampoco una clase en el aula. Es, más bien, una conversación, donde se van desgranando pensamientos de modo sencillo y familiar, no “al  aire”, así de repente, sino como fruto de algo que uno ha pensado y ordenado de tiempo atrás, y que los lleva dentro grabados.
Hablaré de tres puntos clave:
1.      Jesús y su propia familia: qué podemos saber nosotros de la familia de Jesús y de los hipotéticos conflictos que Jesús ha originado en su familia.
2.      La familia del Reino que crea Jesús y los conflictos que esta familia ha originado, según los textos del Evangelio.
3.      Aplicación de todo ello a la familia de un cristiano, quizás a mi propio caso persona, si acaso mi vida cristiana ha provocado un conflicto familiar.

[Omitimos diversos puntos de vario colorido, expuesto como ambientación…]

Los Evangelios escritos tras muchas experiencias familiares
Los Evangelios no se escribieron de repente y en aquellos días que siguieron a la resurrección de Jesús.  Los Evangelios se escribieron tras decenios de la muerte de Jesús, testigos de las tradiciones que iban  recogiendo las comunidades, como de todo esto ha hablado el Concilio (Const. Dei Verbum 11-12). El Evangelio de san Marcos, tenido como el Evangelio más antiguo, se calcula que se escribió cuando ya había acontecido la toma de Jerusalén por los romanos en el año 70. Lo que significa que los Evangelios se editaron después de que eran ya conocidas las cartas de los apóstoles, concretamente las de san Pablo.
El conflicto que puede traer el Evangelio en la familia, lo ha visto Pablo  en sus comunidades, y lo ha tratado con su autoridad apostólica. Dice a los Corintios:
“A los otros les digo yo, no el Señor: si un hermano tiene una mujer no creyente y ella está de acuerdo en vivir con él, que no la repudie. Y si una mujer tiene un marido no creyente, y él está de acuerdo en vivir con ella, que no repudie al marido, pues el marido no creyente se santifica por la mujer y la mujer no creyente se santifica por el hermano; si fuera de otro modo, vuestros hijos serían impuros, y de hecho son santos. Ahora bien, si el no creyente quiere divorciarse, que se divorcie; en estos casos, el hermano o la hermana no están esclavizados; pues Dios os ha llamado en paz. ¿Qué sabes tú, mujer, si salvarás al marido?, ¿o qué sabes tú, marido, si salvarás a la mujer?” (1Cor 7,12-16).

Por lo demás, el tema de la familia es un tema querido por san Pablo y por las primeras comunidades. Hasta podríamos decir que desde el tema de la familia se fue forjando el primer manual de la Moral cristiana. Para nosotros la Moral cristiana es la explicación de los Diez Mandamientos, uno tras otro, conteniendo en ellos todas las obligaciones de la fe y de la praxis cristiana. La Moral cristiana fundamental podríamos verla en lo que se ha llamado Tablas de familia, o Tablas domésticas. ¿Qué son esas tablas de familia? Son ese conjunto de obligaciones de amor y de servicio que se crean en las familias, por ser tales; a saber;
- Obligaciones de los esposos entre sí: la esposa con el esposo, el esposo con la esposa.
- Obligaciones de los padre para con los hijos y de los hijos para con los padres.
- Obligaciones de los amos para con los esclavos en familia y viceversa. Que está conformada socialmente según la imagen teocrática que tiene Pablo de la familia, y, en especial del jefe de familia, del “paterfamilias”, avalada por toda la hermosa tradición patriarcal de la Biblia. La imagen teocrática cambia para ser una imagen cristológica, y Pablo llega a escribir algo sublime: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia: Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para presentársela gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada” (Ef 5,25-27).
Estos pasajes de las Tablas domésticas están localizados en estos textos:
Colosenses 3,18-4,1
Efesios 5,22-6,1
1 Pedro 2,13-3,7
Tito 2,2-10

Jesús y su propia familia: qué podemos saber nosotros de la familia de Jesús y de los hipotéticos conflictos que Jesús ha originado en su familia

Vengamos a tratar directamente este asunto delicado, y no evidente, de la relación de Jesús y su propia familia.

1. José era su padre. De José no dicen los Evangelios una sola palabra por él pronunciada. Todo lo que nosotros podamos añadir al respecto es puramente devocional y afectivo.
En la infancia de Jesús aparece un conflicto familiar: Jesús adolescente que se queda en el Templo:
“Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Él les contestó: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?». Pero ellos no comprendieron lo que les dijo” (Lc 2,48-50).
Esta “desobediencia” de Jesús halla su contrapunto en los versículos que siguen:
“Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba  creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2,51-52).

He aquí las claves para interpretar este comportamiento, que de alguna manera va a ser pauta de lo que Jesús dirá acerca de Dios y la familia.
1)      De alguna manera este pasaje abre la vida de Jesús. Al parecer, cuando Jesús ha llegado a la edad del “Bar-Mitzvá” (hijo del precepto), cuando según la Ley ya era sujeto del precepto, cuando ya tenía obligación de ir a la peregrinación del Templo, Jesús va y se manifiesta a Israel.
2)      Jesús no se ha perdido; se ha quedado en el Templo.
3)      San Lucas escribe el Evangelio de la Infancia como corona de todo el Evangelio. Es la Infancia de Jesús Resucitado; no tenemos que olvidar esta perspectiva.
4)      Desde esta perspectiva el Evangelio está proclamando la filiación divina de Jesús desde el comienzo. Él debe obediencia a sus “padres” (tu padre y yo), pero su Padre original es, ante todo, el Padre.
5)      Para san Lucas la conciencia de la filiación divina pertenece a la misma infancia de Jesús y desde aquí tenemos que interpretarlo.
6)      Pero el mismo evangelista puntualizará que Jesús guarda el precepto del Decálogo: “Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor, tu Dios, te ha mandado…” (Deut 5,16; cf. Ex 20,12).
7)      La doctrina del Evangelio será perfectamente coherente con este proceder iluminado, revelado, de la identidad divina de Jesús.

2. Dejando a un lado la vieja cuestión que divide, entre otros, a católicos y protestantes acerca del significado de la expresión “los hermanos de Jesús”, el texto más difícil lo encontramos en Mc 3,21, que la Biblia oficial del Episcopado español traduce así: “Llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios»” (Mc 3, 20-22).
La exaltación de Jesús ha dado motivo a pensar que estaba fuera del sano juicio, que, hablando coloquialmente, estaba loco. O dicho de otra manera más seria, que acaso estaba “endemoniado”, cosa que también habían dicho de Juan el bautista: “vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”” (Lc 7,33).
La dificultad específica de este versículo es porque el “se decía” se pueden referir o bien a lo que decía la gente o bien a lo que pensaban los propios familiares que vienen a protegerlo.

3. A esto se añade lo que posteriormente añadirían san Juan: que sus familiares no aceptaban sus pretensiones, como se representa en la escena a propósito de la Fiesta de las Tiendas: “Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Le decían sus hermanos: «Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo». Y es que tampoco sus hermanos creían en él” (Jn 7, 2-5).

4. La escena de la visita de Jesús a la sinagoga de su pueblo, según la primitiva versión de Marcos, es también otro episodio altamente significativo de cómo la incredulidad de los suyos circunda a Jesús. Aquí los suyos no son precisa y exclusivamente los familiares, sino el vecindario de la aldea: “la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: « ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. 4 Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa»” (Mc 7,2-4).
Se trata de una dura experiencia. Los más cercanos en la convivencia no son siempre los más cercanos en la fe; ocurre, más bien, lo contrario. En  la segunda a los Tesalonicenses leemos una farse muy dura: la fe no es de todos.  “Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada, como lo fue entre vosotros, y para que nos veamos libres de la gente perversa y malvada, porque la fe no es de todos” (2 Tes 3,1-2).

5. Con esto llegamos a una texto clave en la tradición sinóptica: ¿Cuál es la verdadera familia de Jesús, al familia que se va creando con el anuncio del Reino, la que podemos llamar “familia mesiánica”? Los Sinópticos, con distintos matices, han sido taxativos. He aquí el texto de Marcos:
“Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les pregunta: « ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre»” (Mc 3,31-35)
Es un texto tajante, texto escatológico, que nos e puede edulcorar con explicaciones suavizante, texto escandaloso e hiriente, porque se trata de contraponer una realidad del todo sagrada – yo y mi madre – y la realidad definitiva que se ha iniciado.

Esta postura teológica de Jesús, recogida por los Evangelios nos sorprende. Desde una exégesis humanista y afectiva nosotros quisiéramos imaginar gestos de cariño de Jesús hacia su Madre, como arranca del corazón. Podemos dar cauce a la imaginación y fantasear las cosas más bellas. Pero esas no están escritas en el Evangelio. “La madre de Jesús” es una designación entrañable que aparece en el Evangelio de Juan en las Bodas de Caná y luego en los Hechos de los Apóstoles, en la comunidad apostólica que se reúne en espera de la promesa del Espíritu.
“A los tres días, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino»” (Jn 2,1-3).
Podemos entrever que detrás de esa expresión “la madre de Jesús” hay una inmensa ternura. Ahora bien, cuando Jesús se dirige a su madre, lo mismo aquí que en la cruz, el relato pierde su carácter familiar, coloquial, y pasa a convertirse en una proclamación teológica, y quien era la madre es designada ahora, en las palabars del hijo, como Mujer, “la Mujer”, que nos evoca a Eva, María, como nueva Eva, o a aquella a quien Lucas, en labios de Isabel, confiesa como la Madre del Kyrios: “La Madre de mi Señor”, que es decir, la Madre de mi Señor Dios. Esa es la nueva entidad de María que pasa a la Iglesia. “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” (Lc 1,43). En esta línea de sentido nada extraño que María, la Mujer, la Madre de mi Señor, sea reconocida como la Madre de los discípulos del Hijo, la “Madre de la Iglesia”.
Jesús, pues, funda la comunidad escatológica del Mesías, la Comunidad del Espíritu. Y esto es del todo real. San Francisco de Asís, por ejemplo, llega a decir algo desconcertante, que está en armonía con esa realidad de la Comunidad nueva del Espíritu. “Y, dondequiera que estén y se encuentren los hermanos, muéstrense familiares mutuamente entre sí. Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, porque, si la madre cuida y ama a su hijo (cf. 1 Tes 2,7) carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual?” (Regla de S. Francisco VI,7-8).
Luego veremos las promesas que Jesús anuncia para los que, rompiendo con todo, hayan aceptado esta realidad nueva.


La familia del Reino que crea Jesús y los conflictos que esta familia ha originado, según los textos del Evangelio

1. El que se adhiere a Jesús es excomulgado de la Sinagoga, y nada extraño que sea proscrito también de su familia. El capítulo 9 de san Juan, dedicado al episodio de nacimiento, está todo centrado en este tema: El discípulo de Jesús es expulsado de la Sinagoga. En el punto álgido de la discusión se lee en este capítulo:
“Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si este no viniera de Dios, no tendría ningún poder». Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.          
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él. 39 Dijo Jesús: «Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos»” (Jn 9,33-39).

2. Los Evangelios se han escritos cuando se ha consumado la exclusión de la Sinagoga. Pablo en su primer escrito, en la carta primera del Nuevo Testamento llega a escribir una frase que es penoso citar, por el temor de ser mal entendido. Pablo escribe:
“Efectivamente, vosotros, hermanos, seguisteis el ejemplo de las iglesias de Dios que están en Judea, en Cristo Jesús, pues también vosotros habéis sufrido de vuestros propios compatriotas exactamente lo mismo que ellos de los judíos, que mataron al Señor Jesús y a los profetas, y nos persiguieron a nosotros; estos no agradan a Dios y son enemigos de todo el mundo; impiden que hablemos a los gentiles para que se salven, colmando en todo tiempo la medida de sus pecados…” (1 Tes 2,14-16).
“Enemigos de todo el mundo” en cuanto que la gracia, destinada a todo el mundo, está siendo impedida por ellos. Pablo de ninguna manera es “antisemita”, pues quisiera ser “anatema por Cristo” (¡absurdo!), con tal de que se salvasen sus hermanos: “pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne” (Rom 9,3).

3. Esta ruptura a la que se ha llegado tiene una expresión suprema en textos evangélicos, así en el discurso de misión de Mt 10, 34-35: No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
Jesús está utilizando un texto de Miqueas 7,6. Cuando se rechaza la soberanía de Dios en la propia vida, viene la confusión y la hecatombe: “el hijo desprecia al padre, | la hija se rebela contra la madre, | la nuera contra la suegra. | Los enemigos del hombre | son los de su propia casa”.

4. El ser de la familia de Jesús implica rupturas, desde esta alternativa:
- todo vale nada
- con tal de alcanzar el Reino y ser de esta familia.
En toda la tradición evangélica aparecen tres rupturas, rupturas que no son para una élite, sino para el cristiano como tal. Estas tres rupturas son las siguientes:

Primera, la más externa: los bienes de la tierra, tal como la hacienda.
Segunda, más persona y valiosa: renunciar a la propia familia, si el caso lo requiere.
Tercera, la ruptura absoluta y más íntima: renunciarse “a sí mismo”.

Y desde aquí se formula el seguimiento.
Renunciar es
ü  Cargar con la propia cruz (mi cruz)
ü  Y esto cada día
ü  Y con esta cruz seguir a Jesús, ir detrás de él.

5. Todo estos  se puede ilustrar con múltiples citas del Evangelio, de los cuatro Evangelios, porque estamos en el meollo del mensaje de Jesús.
Siguiendo con el texto de Mateo en el citado capítulo 10:
36           … los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
37           El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí;
                el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí;
38           y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí.
39           El que encuentre su vida la perderá,
                y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
40           El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado;


 5. En conclusión, Jesús es el salvador de la familia, en cuanto a la dignidad igual entre el hombre y la mujer, y en cuanto a la irrompibilidad del matrimonio.
Y por, frente a Dios, es decir, frente a él, pide la renuncia a la propia familia, al propio yo.
Y en este planteamiento se prevé que no ha de falta la contradicción y la persecución de la propia familia, lo que yo más quiero en el mundo.

6. Ahora bien, al renuncia no tiene sentido, si en la misma renuncia no va la revelación del bien que otorga la entrega absoluta. Dice el texto de Marcos:
Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».  Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».  Jesús dijo: «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio,  recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna” (Mc 19,27-30).

Aplicación de todo ello a la familia de un cristiano, quizás a mi propio caso personal, si acaso mi vida cristiana ha provocado un conflicto familiar

1. En la tradición hay una cuestión clásica, objeto de muchas discusiones: ¿Quién es un judío?
Un rabino de autoridad (Rabino Ari Enkin, director rabínico de United with Israel, Unidos con Israel  ) responde:
“Judío es cualquier persona cuya madre es judía o que ha pasado por el proceso formal de conversión al judaísmo.
Es importante tener en cuenta que al ser judío no tiene nada que ver con lo que crees o haces. Una persona nacida de padres no judíos que no ha pasado por el proceso formal de conversión sigue siendo una persona no judía incluso si él o ella cree en la religión judía y observa el judaísmo meticulosamente. Así, también, una persona nacida de madre judía, que se defina como atea y nunca practica la religión judía sigue siendo judía. Desde aquí vemos que el judaísmo es una religión y una nacionalidad”.
Y el mismo Rabino explica los requisitos de la conversión: “Conversión. En el judaísmo, las leyes de conversión se basan en las fuentes clásicas de la ley judía, especialmente en relación con los debates en el Talmud, y en la ley tal como está codificada en el Código de la Ley Judía (el Shulján Aruj). Los requisitos básicos para la conversión son la educación y la aceptación del judaísmo y los mandamientos, la circuncisión (si es hombre), y la inmersión en una mikvé (baño utilizado para la inmersión ritual)…” (Internet: https://unitedwithisrael.org/es/quien-es-judio).

2. Y ahora preguntamos: ¿Quién es un cristiano? El que ha recibido el verdadero bautismo de Jesucristo, siendo santificado por el Espíritu. Este queda signado por Jesús para siempre.
Pero afinamos la pregunta: ¿Quién es un cristiano como verdadero discípulo de Jesús? Y la respuesta es obvia: el que sigue el Evangelio que Jesús anunciado, dispuesto a las tres renuncias que hemos mencionado:
Renuncia a sus propios bienes.
Renuncia a su propia familia.
Renuncia a su propio yo.
Y todo ello para insertarse en el Reino de Dios que ya se ha iniciado en la tierra, formando de esta manera la Comunidad de Jesús.

3. El medio de la vida en que se vive la fe tiene diversas áreas, y en todas ellas pueden presentarse alternativas de renuncia. Indicamos tres:
a) La familia es una.
b) La sociedad es la prolongación de la familia.
c) El ejercicio profesional o trabajo y el ejercicio de la vida pública en la política son esferas en que se debe proyectar la pertenencia a Jesús y la preferencia de Jesús sobre todo.

4. En todos esos medios surgen:
a) Mi propia familia no es la dueña de mi destino; puede presentarse una ruptura.
b) La sociedad no puede imponer una norma de conducta, y mi identidad cristiana, mi pertenencia a Cristo, puede provocar una ruptura. Jesús nos dijo. “Os digo, pues: Todo aquel que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios, pero si uno me niega ante los hombres, será negado ante los ángeles de Dios” (Lc 12,8-9).
c) El ejercicio profesional y la política impone ciertas formas de actuar, que son incompatibles con el discipulado. El verdadero discípulo de Jesús debe escoger entre el Evangelio y el mundo.

En resumen y yendo al corazón de nuestra fe: El seguimiento pide todo, y Jesús promete la felicidad, incluso en esta vida, felicidad con la misma persecución.
Pero Dios no engaña. Gustad y ved qué bueno es el Señor: ¡dichoso el que se acoge a él.

Guadalajara, Jalisco, 26 septiembre 2018

viernes, 21 de septiembre de 2018

1118. Domingo XXV B - Jesús y los niños


Jesús y los niños
Mc 9,30-37 


Texto evangélico:
30 Se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, 31 porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». 32 Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.
33 Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». 34 Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. 35 Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». 36 Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: 37 «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».

Hermanos:
1. El Evangelio de hoy tiene dos partes. La primera, la declaración que Jesús hace de su propia identidad, recalcando que su destino es la muerte. La segunda, algo que se refiere a toda la comunidad, que debe plasmarse en la lección de un niño.
Recordemos del domingo pasado que al valiente y glorioso testimonio de Pedro sobre la identidad de Jesús: Tú eres el Mesías, sigue como revelación y como un rayo fulminante la identidad que Jesús se atribuye: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Primer anuncio de la Pasión que hoy vuelve a reforzarse.
Jesús vuelve a decir: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán, anuncio que quedaría incompleto, si el horizonte se cerrara ahí. No es así, porque el anuncio termina: y después de muerto, a los tres días resucitará.

2. Ahora san Marcos hace de su cuenta una observación, como si dijéramos que san Marcos se convierte y en exegeta de los acontecimientos que narra, y desafía a la comunidad que le escucha; hoy a nosotros. Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.
Un problema que el evangelista plantea a los psicólogos, a los teólogos, a los espirituales. “No entiendo lo que me estás diciendo, pero tengo miedo de preguntarte, porque intuyo lo que me vas a responder”.
Hermanos, unas de las enfermedades más peligrosas que podemos padecer es esta: el miedo a la verdad; sobre todo, cuando es el miedo a la verdad de nosotros mismos. Si no superamos este miedo, no somos libres. Somos esclavos de nuestra cobardía; en definitiva, esclavos de nuestros pecados.
Ese miedo a la verdad hay que superarlo, saliéndonos, arrancándonos del ámbito de nosotros mismo, y pasando al ámbito de Dios, un ámbito que es tan diferente.
La verdad de mí mismo ante mí me disgusta, me amarga, y acaso me aplasta, mientras no la acepte. La verdad mía ante Dios no me destroza; al contrario, me ilumina, me da paz, y acaba dándome consuelo con plena liberación. Esa es la verdad de Dios; esa es la verdad del sacramento de la reconciliación, que termina siendo un entrañable abrazo del Padre.

3. En esta situación se entiende mejor lo que sigue en el Evangelio, gráficamente descrito por san Marcos. En el camino iban discutiendo a ver quién de ellos era el más importante.
Al llegar a Cafarnaúm, en este viaje que estamos haciendo atravesando y evangelizando Galilea, se supone que a la casa de Simón, donde Jesús había puesto su residencia (según san Mateo), Jesús les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?».
Una pregunta familiar, normal, una pregunta que no es la pregunta inquisitoria de un tribunal. Y de nuevo san Marcos tiene un toque genial: la callada por respuesta. Dice: Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Hay silencios bonitos de reflexión, de aceptación, de sintonía, que la vida requiere. ¡Qué hermosos son esos silencios de acompañamiento o de interioridad con los cuales la vida se hace más vida!
Pero hay silencios de compromiso, silencios de cobardía. Y los apóstoles, con ser los apóstoles, guardan silencio por cobardía… Habían discutido por algo pueril, más aún, pecaminoso, absurdo en la comunidad de Jesús: Quién de ellos era el mayor, el más importante: la mundanidad que quiere contagiar a la comunidad de Jesús.

4. Hoy, hermanos, como es bien sabido, se quieren desenterrar silencios de la Iglesia, silencios que ahora nos avergüenzan. Pero a lo mejor hoy mismo estanos cubriendo con el silencio problemas que nos agitan. Hoy puede resonar la voz de Jesús: ¿De qué estáis discutiendo en el camino…?
Hoy toda la política es una pura discusión, y la Iglesia está agitada y hay una gran discusión que nos duele en el corazón, que nos hace mal.
Yo, humilde predicador del Evangelio, por la imposición de las manos (no precisamente por los estudios bíblicos que haya realizado), me pregunto: ¿No tienen nuestros pastores palabras más nítidas y claras para el sencillo pueblo de Dios, aunque nos puedan herir, aunque a lo mejor nos puedan llevar a cierto disentimiento? El silencio ¿es el silencio de la prudencia que lleva a la paz, o es el silencio de la cobardía que deja los problemas anquilosados?

5. Y ahora viene la escena del niño, que es una escena divina. En aquel momento Jesús se sentó, no porque viniera cansado de la caminata. Se sentó como maestro, porque quiere dar una lección soberana a los suyos, que en aquel momento son los apóstoles, y que hoy somos nosotros. La lección que quiere dar Jesús es esta: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.
Ser el último de todos, el servidor de todos – me reconozcan o no – es la mayor dignidad que yo puedo tener en la Iglesia, la mayor gracia que Dios puede darme, la mayor aspiración que yo puedo pedir, si de alguna forma quiero imitar a mi Señor, Jesús crucificado.

6. Y esta misma lección la quiso expresar el Señor con un gesto, como en ocasiones hacían los profetas.
Tomó a un niño, un niño de la casa. Piensen en un niño de cinco o seis años. Un niño que, al parecer, no tiene personalidad propia. Un niño que, si es algo, es por referencia a sus padres. Un niño que reclama pura protección.
Y a este niño lo puso en medio como maestro. Fijaos ene este niño y aprended de él la lección.
Y luego abrazó a este niño. Era Dios el que lo abrazaba.
Y entonces, después de abrazar al niño, dijo una frase de revelación: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.
Esto es muy serio: acoger a un niño, en su impotencia, es acoger a Jesús, es acoger a Dios mismo. El Dios de infinito poder, ese Dios, en su impotencia está en un niño, una niña. Acoger a un niño es acoger a Dios; respetar a un niño es respetar a Dios. Un niño por su necesidad, por su impotencia, es el Representante de Dios.
Un día la Iglesia se planteará si se pueden bautizar o no a un niño, a un infante, a un bebé. Aquí está la respuesta. Jesús  respetó a los niños, acogió a los niños con inmensa ternura.

Terminemos, hermanos, con una súplica sincera:
Señor Jesús, que nos has mostrado el amor infinito del Padre, enséñanos a respetar, amar y acoger a los niños, como tú lo has hecho. Amén.

Guadalajara, viernes, 21 septiembre 2018.